Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El juego que el alemán preparó en la playa nudista

Ilustración del relato erótico: El juego que el alemán preparó en la playa nudista

Renata llevaba quince años transformando el dinero ajeno en más dinero, y por primera vez nada de eso le importaba. En la gestora de fondos donde trabajaba la consideraban una visionaria: la mujer que olía una tendencia antes de que existiera, la que los grandes fondos europeos se rifaban a golpe de talonario. Mauricio, su jefe, hacía malabares para retenerla. Y ella, que en su mejor momento jamás pensó en marcharse, ahora solo quería vomitarlo todo y bajarse del barco.

Lo único que seguía sacándola de su letargo era el regalo de Daniel. Una tarjeta extraña, un logotipo que le sonaba de algún sitio, una promesa sin explicación. A veces pensaba que todo era mentira, una excusa para mantenerle la cabeza ocupada y lejos del precipicio.

—No te cojas una excedencia —le había dicho Mauricio—. Tómate los días que necesites. Y si no quieres desconectar del todo, pásate el lunes por la reunión con el fondo que quiere entrar en tecnológicas.

—De acuerdo, así te lo compro —cedió ella, sin demasiadas ganas.

La gestora ocupaba la planta dieciséis de una de las torres más caras de Málaga, con vistas al puerto y al mar abierto. Renata llegó a la reunión por primera vez en su vida tarde, recién salida de un salón de belleza, con el pelo alisado y la piel todavía caliente del spa. Se ruborizó al entrar: no estaba acostumbrada a ser la última.

El equipo del fondo extranjero la esperaba en la sala acristalada. Lo encabezaba Lukas, el director: alemán, cincuenta y pocos años, casi dos metros, complexión atlética y el pelo blanco que le daba un aire señorial. Renata notó su masculinidad de inmediato, aunque él la exhibía con una discreción casi insultante. Lo acompañaban Iván, un ruso con cara de matón y modales exquisitos; Sven y Pieter, dos rubios altos y flacos; y Marco, el más joven, un español de apenas veintidós años. Cerraba el grupo Brenda, la secretaria de dirección, inglesa, rubia, atractiva y de una simpatía desarmante.

Renata expuso las posibilidades de la zona con la frialdad de siempre, pero algo había cambiado. Cada vez que levantaba la vista, alguien del equipo la observaba con detenimiento. Educadamente. Sutilmente. Manejan demasiado dinero como para que les importe si una es guapa, se dijo, sin terminar de creérselo.

—Renata, ¿cómo tienes la agenda estos días? —preguntó Mauricio al cerrar la reunión—. Nuestros amigos van a quedarse a hacer turismo. Me encantaría que los acompañaras.

—Por supuesto, os preparo una agenda de visitas…

—No te preocupes —la interrumpió Lukas, con una sonrisa lenta—. Con tu permiso, seremos nosotros quienes te organicemos a ti. Cenas, cultura y, cómo no, playa de la buena. ¿Te parece?

—Eh… sí, de acuerdo —contestó, descolocada. Normalmente era ella quien llevaba las riendas en estas situaciones. Aquel hombre, en una sola frase, se las había quitado de las manos.

—Pues no hay más que hablar —zanjó Mauricio—. Renata, dales tu móvil y quedas exonerada de pisar la oficina. Te vuelcas en todo lo que necesiten —y subrayó con la mirada aquel «todo».

***

No tenía nada que ponerse. Ocho años sin salir de fiesta dejan el armario lleno de trajes y vacío de noches. Tuvo que llamar a Carla, la única amiga en la que confiaba, para que la arrastrara por las tiendas del centro y la ayudara a tirar de tarjeta como hacía siglos que no hacía.

A la primera cena solo acudieron Lukas y Brenda. El resto del equipo había «conocido a gente» y tenía sus propios planes. Cenaron en un restaurante íntimo, charlaron, rieron. Renata se encontró extrañamente cómoda, hasta que Lukas se levantó, se puso la americana con una elegancia exasperante y anunció que estaba agotado.

—Sois jóvenes, disfrutad de la noche. Os invito y no acepto un no por respuesta.

Mientras él se despedía, una mano surgió de entre las mesas, atrapó el móvil de Renata y desapareció corriendo. Las dos mujeres se quedaron paralizadas el tiempo justo para que el ladrón se esfumara. El que no perdió un segundo fue Lukas, que salió tras él y volvió minutos después con una sonrisa de oreja a oreja y el teléfono en la mano.

—¿Cómo lo ha hecho? —preguntó Renata.

—Mejor no preguntes —rió Brenda—. Es un as en estas cosas. Pobre del que lo alcance.

El móvil estaba intacto. Solo que Renata no recordaba haberlo apagado. Estoy desconectando demasiado, pensó, y dejó pasar el detalle.

***

Con el champán que Lukas había dejado pagado, las dos mujeres salieron a beberse la noche. Acabaron en una terraza junto al paseo marítimo, bailando como Renata no bailaba hacía años y, sobre todo, hablando. Necesitaba desahogarse, y Brenda resultó una oyente perfecta.

Le contó los últimos ocho años. La traición de sus amigas. El bloqueo. La sensación de no saber hacia dónde iba su vida. Y, en algún punto de la confesión, admitió que ni siquiera tenía ganas de tocarse, ella que de joven había sido una maestra en eso.

Brenda le acariciaba la pierna mientras escuchaba, despacio, sin prisa.

—Eso hay que remediarlo —murmuró—. Tu cuerpo está en su mejor momento. Si la cabeza no acompaña, el cuerpo termina pasándote factura.

Entonces le contó su propia historia. De adolescente odiaba el sexo: solo estudiaba, solo competía, y cada día estaba más sola. Todo cambió en su primer trabajo, en una multinacional. Un viaje a Hamburgo, una reunión donde su jefe esperaba mucho de ella. Renata escuchaba sin pestañear.

—Cuando recogía la presentación, se acercó por detrás —dijo Brenda, con la voz más baja—. Me apartó el pelo y me besó el cuello. Fue tan delicado que me desarmó. «Has conseguido tú sola veinticinco millones», me susurró al oído.

A sus veintipocos, Brenda todavía era virgen. Aquel hombre lo descubrió y, lejos de apartarse, fue más lento. La tumbó sobre la mesa de juntas, le retiró el traje prenda a prenda, y se tomó media hora con la boca entre sus muslos antes de que ella se abriera de verdad. Cuando por fin la penetró, lo hizo milímetro a milímetro, y después se quedaron abrazados un buen rato sin hablar.

—Ahí descubrí que me gustan los fluidos —dijo Brenda, y su mano seguía subiendo por la pierna de Renata—. Los de ellos y los de ellas. Aquel día me convertí en su mano derecha.

Renata se dio cuenta tarde de hasta dónde había llegado aquella mano, y de que en las mesas contiguas más de un comensal las miraba sin disimulo, hombres y mujeres por igual. Se incorporó de golpe, ardiendo.

—Te he avergonzado —dijo Brenda, divertida, mientras Renata pagaba.

—No… qué va. Pero…

—No te preocupes. Mañana será otro día. ¿Te apetece romper el hielo? Me han hablado muy bien de una cala nudista.

Renata seguía tan fuera de juego que dijo que sí sin pensarlo, ella que ni siquiera había hecho topless en su vida.

***

Llegó a la cala con los nervios a flor de piel. Era junio y entre semana; la playa de cantos rodados estaba casi vacía. Extendió la toalla, se quitó el pareo y, con los ojos cerrados, se deshizo de la parte de arriba del bikini. La brisa del Mediterráneo le rozó los pechos como una caricia de terciopelo. Se untó crema despacio, dándole vueltas a la situación surrealista que estaba viviendo, cuando sonó el móvil.

—Renata, soy Brenda. Malas noticias: me ha surgido un problema y tengo que quedarme en el hotel. No podré ir. Disfruta de la mañana, te lo recompensaré.

Otra vez plantada. ¿Qué hago aquí medio desnuda?, pensó, mientras una lágrima se le escapaba sin permiso.

Diez minutos después, la soledad se rompió con cuatro turistas alemanes, veinteañeros, que no tardaron en plantar sus toallas a pocos metros de la suya. Renata se hizo la despistada, como si no entendiera el idioma, aunque lo dominaba a la perfección. Y entonces oyó lo que decían de ella: que vaya trasero, que seguro que era una estrecha que no se había enterado de dónde estaba, que se moría por arrancarle la última prenda de un manotazo. Estuvo a punto de girarse y cantarles las cuarenta. Pero algo en ella, agotada de ser siempre la que controla, prefirió esperar a ver hasta dónde llegaban.

La jugada le salió mal. Aparecieron dos chicas, los alemanes perdieron el interés al instante y se metieron todos juntos al agua entre risas. Renata observó la escena como quien mira su propia vida hundirse: siempre un paso por detrás, siempre tarde. Se dio la vuelta sobre la toalla y ni se molestó en quitarse la única prenda que le quedaba.

De repente, un eclipse le tapó el sol en plena cara pecosa de pelirroja. Abrió los ojos y se quedó petrificada.

—¿Lukas? ¿Qué haces aquí?

—Tengo la casa cerca y quería bañarme —respondió él, mientras se quitaba la camiseta y el bañador y se quedaba completamente desnudo a un palmo de ella—. ¿Y tú?

—Pues… quería desconectar, pero me han dejado colgada —contestó, sin mencionar a Brenda. Por dentro, algo empezó a moverse. Admiraba a aquel hombre, pero no esperaba encontrárselo allí, y menos así.

Lukas empezó a untarse crema por todo el cuerpo, deteniéndose con deliberada lentitud entre las piernas, como si se acariciara, a medio metro de su cara. Renata intentaba mirar hacia otro lado y no perdía detalle.

—Me voy al agua. ¿Me pones crema en la espalda antes? —pidió él.

—Eh… sí, vale —dijo ella, aturdida. Tenía una espalda ancha y la piel ardiendo. Renata sentía que estaba subiendo a una nube sin frenos y no sabía cómo gestionar el cambio.

Él la tomó suavemente de la mano y la guió hacia el agua. Le sugirió que se quitara la braguita, que se sentiría más libre. Ella se negó: era su primer topless, todavía estaba avergonzada.

—Ya eres mayor para avergonzarte, cielo —dijo Lukas—. Tienes un cuerpo precioso, es para lucirlo.

Dentro del agua nadaron, conversaron, jugaron como dos adolescentes. Las olas los mecían y, de tanto en tanto, sus cuerpos se rozaban. El sexo de Lukas, aún flácido, le golpeaba el trasero con una insistencia que le aflojaba las rodillas. En un descuido, Renata se subió a su espalda y lo abrazó, notando por primera vez en años aquella corriente de excitación que creía muerta. Se aguantó las ganas. Había demasiado dinero en juego, y le aterraba que la tomara por una cualquiera.

Pero Lukas era un maestro. Se hundió de golpe bajo el agua y la lanzó hacia delante; cuando ella salió a flote, la braguita ya no estaba.

—No, Lukas, por favor, devuélvemela. Esto no es un juego.

—Yo no la tengo —dijo él, conteniendo la risa—. Se la habrá tragado el mar. Tendrás que bucear, no hay mucho fondo y el agua está clarísima.

Con el sofoco, Renata se puso a bucear como una loca, hasta que la encontró: enganchada en el sexo de Lukas, ahora completamente erguido. Subió a la superficie roja como un tomate, mirando a todos lados como si la cala estuviera llena de gente observándola.

—Cógela —la retó él—. ¿O te da miedo lo que puedas encontrarte?

El alemán llevaba un rato calculando las olas. Justo cuando ella estiró el brazo, una grande la levantó y la estrelló contra los dos metros de hombre, que la abrazó para que la resaca no la arrastrara. Ahora estaba pegada a él, piel contra piel, y notaba su miembro latiendo contra su vello, libre por primera vez en el mar. Lukas podía haberla tomado allí mismo, con la ola de cómplice. No lo hizo. Sabía que el verdadero placer estaba en dejarle solo la guinda en la punta de los labios, los de la boca y los otros.

La escena no pasó inadvertida. El grupo de chicos y chicas que seguía en el agua sonreía y cuchicheaba. Cuando Renata se dio cuenta, quiso morirse de vergüenza y le pidió salir, no sin antes recuperar la braguita para llegar vestida a la orilla.

***

Fuera, se secaron y volvieron a la crema. Renata se tumbó boca abajo para no enseñar más los pechos y dejó que él le untara la espalda con un masaje que la hizo estremecer. Lukas no necesitó colar los dedos bajo la tela: sabía que ya estaba a punto. Pidió permiso para bajar a la parte trasera de los muslos, «que las tienes muy rojas», y con un movimiento suave deslizó los dedos por el borde de la braguita. A Renata se le escapó un gemido que no pudo controlar.

Se incorporó de golpe, avergonzada, y propuso ir a tomar algo para disimular lo ocurrido, como si nadie lo hubiera oído. La situación la estaba desbordando. Estaba excitada, sí, pero si la cagaba con el alemán, Mauricio la mataría.

Recogieron y fueron hacia los coches, aparcados junto a una urbanización para que nadie viera a Renata dejar el suyo frente a la arena. Qué casualidad: el de alquiler de Lukas estaba al lado. Ella subió primero y se acercó a pedirle la dirección. Él se inclinó sobre la ventanilla, todavía con el bulto marcado en el bañador.

—Cielo, ¿por qué no vamos a mi casa? Está cerca. Quiero agasajarte como mereces por todo lo que has hecho estos días. Y te debo una disculpa por lo del agua.

La forma de decirlo la volvió a descolocar. Por fuera mantenía el tipo; por dentro, lubricaba de un modo escandaloso. Hacía ocho años que su cuerpo no respondía así. Lukas tenía la cabeza casi dentro del coche, a un palmo de su cara, y ella temía que oliera lo que estaba fabricando.

—No sabía que te gustaba conducir con los pechos al aire —dijo él, con una media sonrisa—. Le has cogido el gusto al topless.

—¡Ostras! —Renata se llevó las manos al pecho. El pareo se le había caído al subir, y había recorrido medio aparcamiento descubierta sin enterarse, absorta como estaba—. Perdona, no me había dado cuenta.

—Estás preciosa, si me permites decírtelo. Tienes unos pechos maravillosos —y le lanzó una mirada de deseo, pero refrenó las ganas de besarlos. Renata captó la intención. Y lo peor de todo fue darse cuenta de que su cerebro habría querido que lo hiciera—. Sígueme, llegamos en diez minutos.

Mientras conducía detrás de él, le volvió a la cabeza el regalo de Daniel. La tarjeta, el logotipo que le sonaba, el silencio de días. Su mente, normalmente quirúrgica, se negaba a concentrarse, y eso la preocupaba. Decidió que en cuanto terminara con Lukas llamaría a Daniel para avisarle de que quizá lo habían estafado; lo quería demasiado como para dejar que se aprovecharan de él.

Sin embargo, mientras enfilaba el camino del chalet con el corazón desbocado y los muslos húmedos, una sospecha empezó a abrirse paso entre la niebla. El móvil apagado en la cena. Brenda plantándola justo esa mañana. Lukas apareciendo en la única cala donde no la conocía nadie. Demasiadas casualidades para una mujer que se ganaba la vida descartando el azar. Aparcó en el garaje sin terminar de formular la idea, y ese fue precisamente el momento en que el juego empezó de verdad.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

MatiRivero

Tremendo relato!!! Me atrapó desde el principio hasta el final

ValentinaT23

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber mas...

NachoCba

La escena de la playa me parecio increible, muy bien narrado. Ojalá haya continuacion

Diego_Baires

excelente!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.