Volvimos al gimnasio a terminar lo del jueves
El audio se lo mandé a Noelia a las tres y cuarto de la mañana, todavía con la marca de sus dientes en el hombro. «Mañana volvemos y no le dejamos ni respirar», grabé bajito, para que mi marido no se despertara del otro lado de la cama. Ella tardó dos minutos en contestar. En su audio se le oía la risa entre dientes y el rumor del agua de la ducha detrás. «Trae lubricante del bueno, guarra. Esta vez me lo pones en el culo mientras tú miras».
Me acosté con el móvil apretado contra el pecho. No pegué ojo hasta las siete.
A las once en punto empujamos la puerta del box. Rubén nos esperaba apoyado contra el marco del cuarto de material, con esa camiseta gris de tirantes que se le pegaba al torso y unos pantalones cortos negros que no disimulaban nada: ya estaba medio duro solo de vernos entrar. La sala olía a goma nueva y a sudor viejo, la mezcla exacta que nos había arruinado la cabeza el jueves.
—Pensé que ibais a echaros atrás —dijo, con esa voz baja que me hacía apretar los muslos sin querer.
Me acerqué la primera. Le rocé el pecho con las tetas al pasar y me pegué a él, la cara a un palmo de la suya.
—¿Echarnos atrás? —respondí, mordiéndome el labio—. Venimos a por más. Y esta vez sin nadie en las máquinas.
Noelia se colocó detrás de él, la barbilla apoyada en su hombro, y le habló al oído sin apartar los ojos de los míos.
—Cierra la puerta, entrenador. Vas a necesitar sitio.
Rubén giró la llave. El clic seco del cerrojo nos volvió a poner la piel de gallina a las dos. Se quitó la camiseta de un tirón, la tiró contra una pila de esterillas y se quedó ahí, el torso brillante, la línea del calzoncillo asomando por encima del pantalón corto.
—Calentamiento —ordenó, con la sonrisa apenas dibujada—. Quiero veros besaros como el otro día. Como si os diera igual que os viera cualquiera.
Nos miramos. Yo agarré a Noelia por la nuca y la besé profundo, sin cortarme, la lengua dentro de su boca desde el primer segundo. Le mordí el labio hasta hacerla gemir y me aparté un dedo para respirar.
—Desde ayer no dejo de pensar en tu lengua en el coño —le susurré.
Ella me tiró del cordón del top y me lo bajó de golpe. Las tetas se me salieron sin previo aviso, los pezones ya duros del frío del aire y de sus ojos encima. Se agachó y me chupó un pezón entero, succionando con fuerza hasta que arqueé la espalda contra ella y solté un jadeo largo.
—Muérdemelas —le pedí, agarrándole la coleta—. No seas suave.
Noelia me clavó los dientes. Grité. Rubén se bajó los pantalones despacio, disfrutando de que le mirásemos. La polla le saltó pesada, gruesa, el glande morado brillando de precúm, las bolas colgando llenas.
—De rodillas las dos —dijo—. Quiero ver cómo os la peleáis.
Nos arrodillamos al momento, sin darle tiempo a repetirlo. Yo llegué primero. Abrí la boca y me la metí entera hasta la garganta al primer intento, sin arcadas, la saliva escurriéndome por la barbilla y goteándome sobre las tetas desnudas. La chupé larga, subiendo y bajando con los labios apretados, mirándolo desde abajo.
—Joder, Carla… qué boca —gruñó, agarrándome del pelo y empujándome un poco más las caderas—. Trágamela hasta el fondo.
Noelia, celosa, se agachó al lado y le lamió las bolas con la lengua plana, chupándoselas una a una, ruidosa, metiéndose la lengua entre los pliegues, saboreándole el sudor.
—Mírame, entrenador —dijo ella con la voz ronca, sin soltarle los huevos—. Mira cómo te los como mientras ella se ahoga.
Le saqué la polla de la boca un segundo, jadeando, con hilos de saliva colgándome del labio.
—Ahora tú —le dije a Noelia—. Enséñale lo profundo que llega tu garganta.
Se la metió hasta la raíz, la nariz contra el pubis, el cuello contrayéndose alrededor del glande, los ojos llorosos pero sin apartarlos. Subía y bajaba con un ritmo brutal, ahogándose, la saliva cayéndole a hilos gruesos sobre las tetas y sobre las mías cuando se movía.
—Hostia… me vais a hacer correrme aquí mismo —jadeó Rubén.
Bajé y le pasé la lengua por el ano, círculos lentos, la punta empujando despacio, luego más, hasta metérsela entera.
—¿Te gusta que te coma el culo, entrenador? —le pregunté entre lamidas—. El jueves no te atreviste a pedírnoslo.
Gimió alto, agarrándonos el pelo a las dos.
—Sigue… meted más… sois unas cerdas.
Noelia se estaba masturbando de pie, tres dedos dentro del coño, apoyada en la pila de mancuernas.
—Ahora nos toca —exigió—. Cómenos hasta que te empapemos la cara.
Rubén nos tumbó en las colchonetas, una al lado de la otra. Me arrancó los leggings y el tanga de un tirón y me abrió las piernas al máximo. Yo tenía el coño depilado, los labios hinchados, el clítoris asomado, chorreando desde antes de entrar al box.
Empezó despacio: la lengua plana desde el ano hasta el clítoris, separándome los labios, saboreándome cada pliegue con parsimonia.
—Estás empapada, Carla —gruñó contra mí, metiéndome la lengua dentro y follándome con ella—. Sabes a vicio.
Curvó dos dedos y me frotó el punto G con embestidas rápidas, la lengua chupándome el clítoris al mismo tiempo. Se me nubló la vista.
—No pares… no pares… me corro… —jadeé, agarrándole la cabeza y empujándosela contra el coño.
Noelia se subió, me chupó las tetas, me tiró de los pezones con los dientes.
—Grita, Carla —me susurró contra la boca—. Quiero oírte gritar cuando te corras en su boca.
Exploté. Un chorro caliente le salpicó la barba y el pecho a Rubén, otro le mojó los brazos. El cuerpo se me convulsionó entero, las piernas me temblaron sin control y mordí a Noelia en el hombro para no gritar tan fuerte.
—Ahora yo —suplicó ella.
Rubén la puso a cuatro patas, el culo en pompa, las manos hundidas en la colchoneta. Le lamió el coño desde atrás, la lengua explorándole cada pliegue, chupándole el clítoris duro, tres dedos dentro frotándole el punto G, el pulgar entrando despacio en el ano.
—Tu culo me vuelve loco, Noelia —dijo, cambiando la lengua al ano y follándola con ella mientras los dedos seguían dentro.
Ella empujaba hacia atrás, buscándole la boca.
—Fóllame ya… métemela… rómpeme.
Entró de una embestida hasta el fondo. Las bolas le chocaban contra el clítoris cada vez que empujaba, y el sonido húmedo llenaba el almacén.
—Dime que soy mejor que ella —le gruñó, azotándole el culo hasta ponérselo rojo—. Dímelo.
—Eres mejor… me estás rompiendo… fóllame como a una puta barata —gritó Noelia, corriéndose enseguida, un chorro largo empapándole los muslos y las colchonetas de goma.
Me metí entre los dos, le lamí las bolas a él por debajo, subí por el tronco cuando la sacaba, chupé el clítoris hinchado de mi amiga entre embestida y embestida.
—Ahora el anal —ordené—. Quiero verte reventarle el culo.
Rubén sacó el bote de lubricante de la mochila. Empezó con ella, la puso boca abajo, le abrió las nalgas, le pasó la lengua por el ano hasta dejárselo brillante, metió un dedo, luego dos, dilatándoselo despacio.
—Relájate, cerda —le susurró—. Voy a entrar entero.
Le fue metiendo la polla centímetro a centímetro. Noelia gimió largo, ronco, con la boca abierta contra la colchoneta.
—Despacio… joder… me estás abriendo en canal… así… más adentro… lléname el culo.
Aceleró. Embestidas profundas, la mano libre frotándole el clítoris al mismo tiempo. Ella se corrió anal, el ano contrayéndose alrededor de la polla como un puño, un chorro nuevo saliéndole del coño sin freno.
Pedí mi turno antes de que él acabara.
—Ahora yo. Quiero sentirlo hasta el fondo.
Me puso en la misma posición. Al principio entró con cuidado, esperando a que le hiciera sitio, pero en cuanto vio que aguantaba se soltó y me folló sin piedad, tirándome del pelo, azotándome las nalgas hasta ponérmelas ardiendo.
—Dime que te gusta mi polla en tu culo, Carla —me gruñó al oído.
—Me encanta… fóllame el culo como a una guarra… métemela hasta las bolas —grité, corriéndome otra vez, con el cuerpo temblándome entero.
Luego llegó la doble. Noelia sacó de su bolsa el dildo grueso que se había traído a propósito, se colocó detrás de mí y me lo empezó a meter en el ano al ritmo de las embestidas de Rubén en el coño. Sincronizados, empujando los dos a la vez.
—Siente las dos —me dijo Noelia, embistiendo—. Una en cada agujero.
Grité de placer sin poder parar, empapando las colchonetas debajo, chorros que caían por los bordes al suelo.
Cambiamos de posición sin parar. Noelia cabalgándolo, el coño apretándose entero alrededor de su polla, rebotando con fuerza mientras yo le lamía el ano a ella y le chupaba las bolas a él. Después yo encima, de espaldas, las tetas moviéndose con cada rebote, ella agachada delante comiéndome el clítoris mientras él me abría con la polla desde debajo.
Al final, Rubén nos apartó y se puso de rodillas, jadeando, la polla en la mano.
—Corredme en la cara las dos. Quiero veros abrir la boca como el otro día.
Nos arrodillamos delante de él, la lengua fuera, las tetas juntas. Se masturbó rápido, apretando los dientes, hasta que soltó unos chorros espesos que nos salpicaron la cara, el pecho, la lengua. Noelia me pasó la lengua por la mejilla, recogiéndome los restos, y me besó con la boca llena. Nos lo tragamos las dos, sin dejar caer una gota.
Nos quedamos tiradas en la colchoneta, sudadas, riéndonos entre jadeos. Rubén se dejó caer al lado, la polla todavía semidura contra el muslo.
—Esto ha sido mejor que el jueves —le dije a Noelia, limpiándome la barbilla con el dorso de la mano.
Ella me besó el cuello, todavía temblando.
—¿Y si mañana lo repetimos en mi casa? Tengo juguetes más grandes que este.
Rubén sonrió, con los ojos entrecerrados.
—Traed todo lo que tengáis. No me pienso ir hasta que no podáis ni levantaros del sofá.
Nos miramos las dos, cómplices, y le dijimos que sí sin hablar.
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