Durante un año fui la única hembra de la manada
Dicen que el león es el rey de la selva. Lo dicen los que nunca miraron de cerca a una manada. El macho descansa, ruge, marca el territorio con su sola presencia, pero es la leona la que sale a cazar, la que provee el alimento y la que decide cuándo hay cópula. Durante un año entero yo fui esa leona. Tenía tres machos en casa y era la única hembra que les daba de comer y de coger.
No es algo que cuente a cualquiera. Lo escribo ahora porque ya pasó, porque cerré ese capítulo con las manos limpias y la cabeza fría, y porque hay noches en que todavía me despierto con el coño mojado buscando el peso de alguno de ellos sobre mi cuerpo.
Empecé a tomar anticonceptivos justo al principio de aquella etapa. Con los tres lo hacía a pelo, sin barreras, recibiendo tres corridas distintas dentro sin que ninguno se preocupara, y si me quedaba embarazada jamás habría sabido de quién. Soy muy fértil, eso lo aprendí años atrás con Babacar, un hombre que pasó por mi vida y me dejó las ganas de parir hijos de piel oscura. Pero no era el momento. Quería divertirme primero. Quería vivir, aunque fuera un año, la fantasía de tener una manada propia entre las cuatro paredes de mi casa.
Éramos cuatro y yo era la única mujer. La rutina se fue armando sola, como se arman las cosas que el cuerpo necesita.
***
La mañana arrancaba con el líder. Diallo era el más grande y el más viejo de los tres, cuarenta y cuatro años, más de dos metros, una espalda que tapaba la ventana cuando se levantaba. Entre las piernas cargaba una polla oscura, gruesa, larga, de esas que no caben enteras en ninguna mano ni en ninguna boca. Tenía el privilegio de despertarme a solas, sin compartirme con nadie. No conozco una manera mejor de empezar el día que abrir los ojos con su peso encima, sintiéndolo empujar la punta de esa verga contra mi coño todavía cerrado por el sueño, ensancharme centímetro a centímetro hasta el fondo.
—Buenos días, leona —me decía contra el cuello, con esa voz grave que me erizaba la piel entera—. Abrí bien las piernas para tu macho.
No hacía falta más. Yo separaba los muslos antes de terminar de despertar, y él entraba despacio, con una paciencia de animal grande que sabe que tiene todo el tiempo del mundo. Me sentía ceder por dentro, resbalar por la humedad que ya había en mí desde el sueño, aceptar cada vena, cada nervio de esa polla gruesa que me acomodaba las tripas. Diallo no se apuraba nunca. Bajaba a mamarme las tetas, chupándome los pezones hasta ponérmelos duros como piedras, mientras seguía metiéndomela y sacándomela con embestidas lentas y hondas. Después me daba vuelta boca abajo, me levantaba el culo con las dos manos y me volvía a clavar la verga desde arriba, hundiéndose entero cada vez, obligándome a morder la almohada para no despertar al edificio entero.
—Así, leona, agarrala bien con ese coñito —me gruñía contra la nuca—. Apretame que te lleno.
Me trabajaba el cuerpo hasta que yo le clavaba las uñas en los hombros, hasta que le pedía por favor, hasta que le suplicaba que se corriera dentro. Y solo entonces aceleraba. La última tanda de embestidas siempre me arrancaba un orgasmo largo, sucio, y él descargaba con un rugido corto, vaciándome litros de semen espeso contra el fondo del útero. Yo lo sentía chorrear, sentía cómo se me acumulaba dentro y empezaba a caerme por los muslos apenas él sacaba la polla.
Cuando terminaba, él volvía a dormirse, satisfecho como un león viejo. Y a mí me tocaba trabajar.
Porque eso era lo que nadie veía: yo financiaba todo. Tres hombres adultos comen, gastan, ocupan espacio. Mi capricho de tener un cuarteto permanente en casa salía caro, y lo pagaba con mi sueldo, ocho horas diarias fuera de aquella cama.
***
Antes de salir me metía en la ducha. Y ahí, siempre, me esperaba Sékou.
Treinta y dos años, casi un metro noventa, y un cuerpo que parecía esculpido a propósito para incomodar a cualquier hombre que se le pusiera al lado. Espalda ancha, abdominales de gimnasio, y una polla que, aunque un poco más corta que la de Diallo, era gruesa como una muñeca y siempre estaba dura. Entraba conmigo bajo el agua con el gel en una mano y una sonrisa de medio lado que no prometía nada bueno. Decía que su trabajo era limpiarme la corrida del líder, y lo decía completamente en serio: se agachaba primero, me abría los labios del coño con dos dedos y se ponía a chupar de ahí el semen del otro macho, tragándoselo sin asco, lamiéndome hasta dejarme el clítoris hinchado y latiendo.
—No puedes ir a la oficina con Diallo todavía dentro —bromeaba, con la boca mojada del semen ajeno—. Vamos a hacerte espacio para lo mío.
Sékou era el más bruto de los tres, en el mejor sentido. Me levantaba contra los azulejos, me hacía rodearle la cintura con las piernas y me clavaba esa polla gorda de un solo empujón, hasta la raíz. Me follaba con una violencia medida, sin lastimar pero sin pedir permiso, sosteniéndome del culo con las dos manos, haciéndome rebotar sobre él como si yo no pesara nada. Le gustaba abrir la ventana del baño de par en par. Decía que quería despertar a toda la urbanización con mis gemidos, y a juzgar por las caras de los vecinos en el ascensor, lo conseguía más de una vez.
—Grita, puta —me susurraba al oído entre embestida y embestida—. Que sepan quién te está cogiendo.
Y yo gritaba. Gritaba con la cabeza contra los azulejos fríos, con el agua caliente cayéndome en la cara, con esa verga gruesa golpeándome el fondo una y otra vez. A mitad de faena me bajaba, me daba vuelta contra la pared y me la metía por detrás, en el culo, sin apuro, resbalando con el jabón y con lo que quedaba del semen de Diallo entre mis muslos. Me abría con el pulgar y empujaba despacio hasta acomodarse entero, y ahí sí, ahí me follaba el culo con esa brutalidad suya que me hacía correrme dos, tres veces seguidas, sacudida contra los azulejos, con los dedos suyos entrándome y saliéndome del coño al mismo tiempo. Terminaba adentro también, siempre, llenándome el culo de leche caliente antes de darme una nalgada de despedida.
Salía de esa ducha con las piernas temblando, el coño hinchado, el culo goteando, y una sonrisa idiota que me duraba medio camino al trabajo. Desayunaba de pie, me vestía a las apuradas sintiendo cómo la ropa interior se me manchaba con los restos de dos machos, y me iba, dejándolos a los tres dormidos como gatos al sol.
***
Al mediodía volvía. Y al mediodía me esperaba el más joven.
Tunde tenía veintitrés años, era el más bajo de los tres, el más delgado, el más dulce. Tenía una polla larga, no tan gruesa como las otras dos, pero perfectamente formada, con esa curva hacia arriba que me pegaba justo en el punto exacto por dentro. Con él la cosa cambiaba por completo. Tunde no me follaba: me hacía el amor con la verga clavada hasta el fondo. Se ruborizaba, todavía, después de tantos meses, cada vez que me sentaba a horcajadas sobre él en el sofá y le agarraba la polla para guiármela adentro. Sonreía con una vergüenza que no terminaba de irse nunca.
—Despacio —me pedía, con las manos temblándome en las caderas—. No quiero que esto se acabe rápido.
Era el único de los tres al que yo podía dominar. Le marcaba el ritmo, subía y bajaba sobre él con calma, apretándole la verga con las paredes del coño, sintiendo esa curva rozarme por dentro justo donde tenía que rozarme. Le sostenía la cara entre las manos, le hacía chuparme las tetas, le decía al oído lo que tenía que hacer. A veces me bajaba, me arrodillaba entre sus piernas y le metía la polla entera en la boca, hasta la garganta, chupándosela despacio, mirándolo desde abajo hasta que se ponía a suplicarme que volviera a montarlo antes de correrse en mi cara.
—Adentro —le ordenaba yo, volviendo a acomodármela—. Te corrés adentro, como los otros.
Y él obedecía. Se corría con un gemido agudo, casi de nene, disparándome chorros calientes en el fondo mientras yo me apretaba contra su pubis para no perder ni una gota. Cuando acababa, se aferraba a mí como un náufrago, todavía dentro, todavía duro, me abrazaba y se acomodaba en el hueco de mi hombro, y dormíamos la siesta enredados con su polla húmeda apoyada en mi muslo.
Después me hacía un masaje. Empezaba por los pies y subía despacio, sin segundas intenciones, solo porque le gustaba tocarme. Me abría las nalgas con los pulgares, me acariciaba los labios del coño hinchado con la yema de los dedos, sin metérmela otra vez, solo mimándome. Me lo merecía, me decía. Yo trabajaba, yo cargaba con todo, y aquella hora de la tarde con Tunde era mi recompensa más limpia.
***
A media tarde, después de la siesta amorosa, le tocaba el turno otra vez al líder.
Con Diallo, en la cama de la tarde, éramos otra cosa. No era el animal del amanecer ni el juego del más joven. Éramos marido y mujer, aunque ninguno lo dijera nunca. Me desnudaba despacio, me besaba en la boca con lengua, me acostaba boca arriba y se subía encima con toda su mole, y me follaba mirándome a los ojos, sin prisa y sin teatro, con una intimidad que me apretaba el pecho. Su polla entraba y salía con un ritmo pausado, hondo, cada embestida arrancándome un gemido bajito. Me agarraba las manos y me las clavaba a los lados de la cabeza, me tenía inmovilizada, y así, sin poder moverme, me hacía correrme dos y tres veces antes de descargar él, siempre adentro, siempre hasta el fondo. Era el único de los tres que tenía ciertos derechos sobre mí que los demás no tenían, derechos que yo le había concedido y que cumplía sin que él tuviera que pedirlos.
Había una jerarquía. Yo era la hembra, sí, pero él era el líder, y entre nosotros existía un pacto que los otros dos respetaban sin discutir.
***
Y después caía la noche.
La noche era lo mejor del día. Cenábamos los cuatro alrededor de la mesa, hablando de cualquier cosa, riéndonos, como si fuéramos una familia rarísima y perfecta. Y cuando se levantaban los platos, subíamos los tres a la habitación, y ahí dejaba de ser una mujer con tres amantes para convertirme en la única hembra de una manada.
Me tiraban desnuda en el medio de la cama, me abrían de piernas como en la camilla del ginecólogo y se turnaban sin darme respiro. Diallo se acostaba boca arriba y me montaba encima, ensartándome con su polla enorme por el coño, mientras Sékou se acomodaba detrás y me abría el culo con la lengua, chupándome ahí un rato largo hasta que se decidía a clavarme la suya. Los dos entrando a la vez, en los dos agujeros, moviéndose coordinados como si lo hubieran ensayado, dejándome atravesada, doble, sintiendo cada polla frotar contra la otra a través de la piel fina que las separaba por dentro. Tunde miraba desde un costado, rojo como un tomate, meneándosela lento, hasta que yo estiraba el cuello y le abría la boca. Se me arrodillaba al lado, me metía su verga curva entre los labios y me la clavaba hasta la garganta, agarrándome del pelo, follándome la cara al ritmo de los otros dos. Siempre era el primero en correrse, el pobre, no aguantaba la imagen de los otros dos montándome a la vez, y me vaciaba la garganta entera de semen que yo tragaba sin resistirme, sacando la lengua para que viera cómo bajaba.
Después me cambiaban de posición. Me ponían de rodillas y Diallo se me clavaba desde atrás mientras Sékou me hacía chuparle la polla que salía de mi culo y de mi coño, alternando. Me tumbaban de costado y me empalaban a la vez, uno adelante y otro atrás, con Tunde recuperado ya mamándome el clítoris entre los dos machos. Eran horas. Horas de manos, de bocas, de cuerpos cambiando de posición, de ellos turnándose para terminar uno tras otro mientras yo perdía la cuenta de mis propios orgasmos, con el semen goteándome por los muslos, por el culo, por la comisura de la boca. Soy la única hembra de la manada, me repetía como un mantra, y mi trabajo es cumplirles a los tres.
Y les cumplía. Vaya si les cumplía. Me quedaba dormida boca abajo, atravesada en el medio del colchón, con las corridas de los tres secándose sobre la piel, y así me encontraba Diallo a la mañana siguiente para empezar todo de nuevo.
***
Lo que no te cuentan de las fantasías es lo que cuestan cuando dejan de ser fantasía y se convierten en una rutina diaria de doce meses.
Al cabo de un año, aquel estilo de vida empezó a vaciarme. Económicamente, primero: tres hombres bajo mi techo eran un agujero por el que se me iba el sueldo entero. Y físicamente después. Llegaba al trabajo arrastrándome, con ojeras de no dormir, con el coño hinchado bajo la ropa y el cuerpo molido de tanto placer. El deseo seguía intacto, pero la mujer que lo sostenía estaba al límite.
Una mañana me miré al espejo del baño, con Sékou todavía dormido en mi cama y los otros dos en la habitación de al lado, y me hice la pregunta que llevaba meses esquivando. ¿Esto es lo que quiero para siempre?
La respuesta fue no.
***
No fue una pelea. No hubo gritos ni dramas. Una tarde de domingo los senté a los tres en el sofá, ese mismo sofá donde tantas veces cabalgué a Tunde, y les dije la verdad.
—Esto se terminó, chicos. No por ustedes. Por mí.
Diallo asintió despacio, como si lo hubiera visto venir desde hacía semanas. Sékou hizo una broma para no ponerse triste. Tunde fue el único que se quebró un poco, el más joven, el más dulce, y tuve que abrazarlo un rato largo antes de que entendiera que no era un castigo, que simplemente había llegado el momento.
Se fueron de a uno, con sus cosas en bolsos deportivos, y la casa se quedó enorme y silenciosa.
Esa primera noche dormí en el centro de la cama, sola, abriendo los brazos para ocupar todo el colchón que durante un año había sido un campo de batalla de cuerpos, de semen y de sudor. Lloré un poco. No de pena, sino de esa cosa rara que da cerrar un capítulo que sabés que no vas a repetir.
***
Decidí ordenarme. De ahora en adelante, los hombres de a uno. Sin manadas, sin turnos, sin financiar a nadie.
Porque hay algo que aquel año me dejó claro, entre tanto sexo y tanto cansancio: ya no me alcanzaba con divertirme. Quiero ser madre. Quiero parir, sentir crecer una vida adentro, criar a un hijo con la piel del color de los hombres que siempre me gustaron.
Así que cerré la etapa de la leona y empecé otra. La de buscar, con calma y de a uno, al candidato indicado. Uno solo. El que se quede.
A veces, lo confieso, extraño la manada. Extraño el mañanero de Diallo con esa polla enorme abriéndome antes del despertador, la ducha brutal de Sékou con su verga gorda entrándome por los dos lados, las siestas dulces de Tunde con su curva perfecta clavada dentro. Pero fue exactamente lo que tenía que ser: un año salvaje, una experiencia real que viví sin pedir permiso y de la que no me arrepiento de nada.
Gracias por leerme.
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