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Relatos Ardientes

Los jardineros que mi marido contrató sin saber

Ese viernes, a las siete de la mañana, sonó el timbre. Eran los tres jardineros que mi marido había contratado para rehacer el jardín entero durante el fin de semana. Andrés se había marchado de viaje el jueves y me había dejado una nota en la heladera: «Vienen a primera hora, atendelos vos». Como si yo no supiera atender a nadie.

Salí a abrir todavía con la bata puesta, una bata corta y bastante escotada que uso siempre por casa. No le di importancia. Para mí es lo normal, lo que me pongo cada mañana hasta que decido vestirme. Abrí la puerta sin pensar dos veces en cómo me veía.

Pero al verles la cara a los tres hombres, entendí enseguida que esa mañana me había pasado de confianza. Tendría que haberme puesto algo que me tapara más. Ya era tarde.

—Disculpen, no los esperaba tan temprano —mentí, con una sonrisa que no tenía nada de inocente—. Pasen, ya me cambio.

—No se preocupe, señora, por nosotros está usted perfecta así —dijo el más alto, sin disimular que me recorría de arriba abajo.

Volví a sonreír, esta vez todavía más coqueta. Conque perfecta, ¿eh?

—Bueno, los acompaño al jardín —respondí, y me adelanté para que me siguieran.

No pude evitarlo: caminé despacio, moviendo las caderas a cada paso, sintiendo las tres miradas clavadas en mí como un calor físico. Me gustaba. Aunque solo fueran los jardineros, igual eran hombres, y hacía mucho que nadie me miraba así. Me excitaba sentirme deseada, de modo que les regalé un poquito de espectáculo.

—Este es el jardín. En ese cuarto se pueden cambiar, ahí van a encontrar herramientas si les hacen falta —les expliqué—. Y si necesitan cualquier cosa, lo que sea, entran a la casa y me lo piden.

Lo dije con esa voz baja que sabía que los derretía. La frase quedó flotando en el aire como una promesa.

Los tres entraron al cuartito a ponerse la ropa de trabajo. Yo, con la excusa de cerrar una ventana, me asomé desde el costado de la casa. Y casi me caigo.

Al bajarse los pantalones, los tres dejaron ver unos bultos que me dejaron sin aire. Sentí un estremecimiento de la nuca a los talones, noté cómo se me endurecían los pezones bajo la bata y un cosquilleo entre las piernas que conocía demasiado bien.

Me escapé de ahí antes de que me descubrieran. Entré, me encerré en mi habitación y me toqué pensando en esos tres cuerpos, dejando volar la imaginación sin freno. Me vine rápido y fuerte, mordiendo la almohada. Cuando recuperé el aliento, supe que algo iba a pasar ese fin de semana. No pensaba desperdiciar una oportunidad así.

***

Para las tres de la tarde el calor era insoportable. Los tres trabajaban sin remera, bronceándose bajo el sol mientras removían la tierra. Desde la cocina los espiaba como una adolescente.

Me cambié. Una pollera tan corta que apenas me tapaba, y una blusa sin abotonar, anudada nada más a la altura del ombligo, tan abierta que se me veía medio pecho. Me miré al espejo, me reí sola de lo descarada que estaba siendo, y agarré una bandeja con algo para picar.

Salí al jardín meneándome. Los tres se quedaron de piedra cuando me vieron aparecer así.

—¿Quieren algo para picar, muchachos? —pregunté, inclinándome más de lo necesario al dejar la bandeja.

La agarraron con torpeza, sin poder despegar los ojos de mi escote.

—Gracias, señora —balbuceó el más joven de los tres.

—Que uno me acompañe a buscar unas cervezas, hace un calor de morirse y no quiero que se me deshidraten —dije, con falsa preocupación maternal.

Me di la vuelta hacia la cocina y el más alto me siguió, la vista pegada a mi cola. Caminé bien lento, contoneándome, disfrutando de tenerlo detrás respirando agitado.

Volví con las cervezas y, además, con un pomo de crema protectora.

—No quiero que se quemen la espalda. Vengan, que les pongo —anuncié.

Se tomaron las cervezas de un saque, ya con las mejillas coloradas, y se sentaron en el pasto para que les untara la crema. Empecé por los hombros, masajeando la espalda de cada uno, deslizando las manos despacio. De a ratos pasaba los brazos por delante y les acariciaba el pecho con movimientos lentos, sintiendo cómo se les aceleraba la respiración.

—Voy por más cerveza, esta ya se terminó —dije—. Mientras, sáquense los pantalones para que les ponga protector en las piernas.

Cuando volví, los tres estaban en bóxer, medio mareados por el alcohol y el sol, y bastante excitados. Aproveché para arrodillarme frente a ellos. Les puse crema en los muslos, deslizando las manos hacia arriba, mirándolos a los ojos sin pestañear. Con los dedos rozaba apenas el borde de la tela, jugando, sintiendo cómo se estremecían cada vez que me acercaba un poco más.

Ya no aguanté. Yo estaba ardiendo. Sin avisar, le bajé el bóxer al que tenía más cerca y me la metí en la boca.

—Dios... —murmuró, agarrándose del borde de la reposera.

La tenía enorme y se le puso dura enseguida. Yo lo disfrutaba tanto como él. Los otros dos no se quedaron quietos: se acercaron, me acariciaron los pechos, me besaron el cuello, me metieron mano entre las piernas.

—Está bien mojada la señora —dijo uno, mostrándole los dedos al otro, con una sonrisa de incredulidad.

Entre los dos me sacaron la poca ropa que me quedaba. Uno se tendió en el pasto y me acomodó encima de su cara; me lamió hasta hacerme temblar, mientras yo me retorcía y suspiraba sin disimular ya nada. El otro me ofrecía su verga a la boca, turnándose con su amigo. Yo estaba en otro planeta.

Sin decir palabra, me alzaron en brazos y me llevaron al cuartito de las herramientas, tumbándome sobre el catre. Ahí me tomaron uno por uno, mientras yo no paraba de chuparle la verga al que esperaba su turno. Estuvimos así más de una hora, hasta que terminaron casi a la vez, sobre mi cara y mi pecho. Me reí, agotada y feliz, sintiendo el calor escurrirse por mi cuerpo.

***

Me bañé. Ellos siguieron trabajando hasta que cayó la noche. Cuando se disponían a irse, vinieron a despedirse y yo les tenía la cena lista en la mesa de la cocina.

Comimos, charlamos, se rieron. Vivían lejos, me contaron, y entre semana se les hacía pesado el viaje. Entonces se me ocurrió la idea perfecta.

—¿Por qué no se quedan a dormir? Tengo cuarto de huéspedes y mañana siguen temprano sin matarse viajando.

Se miraron entre ellos, lo pensaron un segundo y aceptaron.

Se quedaron en el living tomando algo. Cerca de las diez bajé por un vaso de leche y, desde el pasillo, los vi a los tres tocándose mirando la tele. Se me erizó la piel entera. Entré a la cocina sin decir nada.

Al rato sentí unos brazos rodeándome por detrás. Era el más joven; me apretó los pechos, me acarició la cola y repegó su bulto entre mis nalgas. Yo, por instinto, separé las piernas y arqueé la espalda para sentirlo mejor.

Me recostó sobre la mesa de la cocina y bajó a lamerme hasta que me empapé. Después me puso las piernas sobre sus hombros y me la metió de a poco, haciéndome gemir contra la madera fría. Sus compañeros entraron enseguida, me dieron de chupar mientras me besaban los pechos, y cuando el primero terminó, los otros dos lo reemplazaron. Me cogieron por turnos un buen rato, sin apuro, hasta acabar dentro de mí.

Mientras subían a acostarse, los escuché hablar bajito:

—Qué suerte la nuestra. Ojalá el laburo no se acabe rápido.

Sonreí en la oscuridad. Yo ya estaba pensando cómo estirar ese trabajo lo más posible.

***

Al día siguiente bajé a desayunar con un camisón cortito y medio transparente, sin nada debajo. Ellos me miraron incrédulos por encima de las tazas.

—Espero que tengan apetito —les dije, parándome junto a la mesa—. Hoy hay desayuno completo.

—Nos encanta el desayuno completo, señora —respondió Marcos, siguiéndome el juego.

Apenas terminaron el café, se acercaron y me empezaron a tocar por todos lados, abrazándome, besándome. Yo, ardiendo otra vez, los dejé hacer. Me arrodillé y les di a los tres lo que querían, y después me cogieron entre todos ahí mismo, en la cocina, antes de salir al jardín a seguir con la obra.

Lo mismo se repitió esa noche, y el domingo a la mañana. Cada vez me animaba más, cada vez les pedía más.

El domingo a la tarde, cuando ya estaban terminando y juntando las herramientas, me los llevé a los tres a mi habitación. Me recosté en la cama, abrí las piernas y los llamé con la mano, despacio, para que se acercaran. Esa última vez fue la mejor de todas: me dieron por turnos, se alternaron, me hicieron sentir el centro de todo.

Cuando finalmente se vistieron para irse, quedamos en que volverían la semana siguiente. Andrés llegaba el lunes; el jardín iba a quedar impecable y él jamás sabría el resto.

—Les voy a tener un trabajo a la medida de sus habilidades —les dije en la puerta, con una sonrisa pícara—. Las que me demostraron todo el fin de semana.

Se fueron riendo. Yo cerré la puerta, me apoyé contra ella y suspiré. Ya estaba contando los días.

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Comentarios(2)

MateoR_91

Tremendo relato, me quede sin palabras jajaja

Clara_Lectora

Por favor segui con esto, quede con ganas de saber como termino todo. Mas relatos asi!!

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