El azafato me dejó su número en una toallita
Pensé que eran imaginaciones mías, hasta que encontré un número escrito en el envoltorio de la toallita que me había entregado al bajar del avión.
Pensé que eran imaginaciones mías, hasta que encontré un número escrito en el envoltorio de la toallita que me había entregado al bajar del avión.
Llegué a su casa por un trabajo del colegio y la encontré en hawaianas. A partir de ese momento ya no pude mirarla a los ojos sin pensar en sus pies.
Centella me sujetó contra la pared de la cabina, sus pechos contra mi cara, y susurró que aprendiera a quedarme quieta y a obedecer cada orden.
Subió los pies a mis piernas, me ordenó desabrochar las cintas de sus sandalias y, con una sonrisa que no era inocente, me dijo que ese sería el precio de su silencio.
«Soy tu señora y te ordeno que te quedes quieto», susurró. Yo había sobrevivido a tres misiones de combate, pero nada me había preparado para obedecerla a ella.
Cuando abrí los ojos no estaba en mi pupitre: estaba desnudo, atado a la silla del profesor, y unos tacones empezaban a rodearme en el aula vacía.
Subí al escenario sin pensarlo, frente a una sala llena de desconocidos y de un hombre que ya no me miraba. Esa noche dejé de rogar y empecé a sentir.
Me ordenó separar las piernas y apoyar las manos en la nuca. Lo que él tomaba por un cacheo de rutina era, en realidad, el principio de mi juego.