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Relatos Ardientes

La heroína que me enseñó a obedecer aquella tarde

—Entonces, ¿es tu segunda vez? —me preguntó Centella mientras las dos mirábamos hacia abajo desde la azotea de aquel edificio. Un par de cuadras más adelante, la policía acordonaba la entrada del centro comercial y ayudaba a la gente a salir. Dos camiones blindados terminaban de cargar en su interior a los hombres enmascarados, todavía inconscientes sobre las camillas.

—Sí —respondí con cierta vergüenza.

La heroína me miró con calma de arriba abajo, como si la respuesta no la convenciera del todo pero hubiera decidido no presionarme. No es que no quisiera hablarle. Es que no me salían las palabras. Cinco minutos antes había estado en medio del caos de la toma de rehenes, y ahora tenía al lado a la mujer más poderosa del planeta.

Centella, nada menos. Una de los cinco miembros de la Vanguardia Suprema, la liga más temida y respetada del mundo. No entendía qué hacía una figura de semejante envergadura en una ciudad secundaria como la mía.

—No quiero parecer grosera —dije al fin—, pero… ¿qué haces por aquí?

Ella volvió la vista a la calle. El viento le revolvía la melena negra.

—Estaba de paso. Me pidieron ayuda en el sur y, de regreso, me enteré por las noticias locales de la situación. —Sonrió—. Aunque ya veo que esta ciudad tiene su propia protectora.

Me tapé la cara, que me ardía hasta las orejas.

—Gracias… pero todavía me falta. No estoy lista.

—Nadie está nunca preparado para esto. Simplemente golpean a tu puerta y te obligan a actuar. —Se sentó a mi lado sobre la cornisa y me envolvió la cabeza con los brazos, arrimándome contra su cuerpo. Sentí latir su corazón y sus pechos firmes, cubiertos por el traje, contra mi mejilla. Era una sensación reconfortante, demasiado—. Valoro que hayas decidido poner tus poderes al servicio de los demás. Aunque Nocturno opine que no hay que dar ánimos a los novatos, yo creo distinto. El que se atreve a decidir ya está listo para ponerse a prueba. Solo te hace falta entrenamiento… y algo más que un traje de baño ajustado.

—¡Ah, no, esto no es un traje! —Me moría de vergüenza—. Me sorprendieron en los vestidores. Todavía no entiendo cómo se fabrica la indumentaria de héroes, ni tengo un nombre para darme a conocer. No pensaba debutar aún.

Centella se puso de pie. Era muy alta, su capa ondeaba con elegancia, y su sola presencia denotaba la fuerza que escondía. Suspiró.

—Puedo llevarte con un experto en trajes. Pero el nombre corre por tu cuenta. ¿Qué te parece?

—Me parecería genial —contesté entusiasmada.

—Bien. Nos vemos aquí mismo en una semana. Mientras tanto, no hagas demasiadas locuras, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Buena chica. —Me guiñó un ojo, saltó al vacío y se elevó en el cielo con la capa ondeando tras ella.

***

—¡TENEMOS UNA HEROÍNA EN LA CIUDAD! —exclamó Bruno, mi compañero de clase, agitando los brazos con el celular en alto. En la pantalla, los titulares locales rezaban: «Centella y la nueva heroína de Vallehondo: Chica Mojada».

Era el día siguiente y yo estaba en el aula de la universidad, con el uniforme de siempre, falda a cuadros y camisa blanca. Mientras mi alegre amigo gritaba la noticia, yo enterraba la cabeza entre los brazos sobre el pupitre. ¿«Chica Mojada»? ¿Qué clase de nombre era ese? No tenía ni una pizca de gracia y parecía sacado de algún video porno barato de internet.

—Eso no es cierto —murmuré.

Bruno seguía leyendo, orgulloso, que unos asaltantes habían descrito a «una chica de baja estatura con un traje ajustado, que respondía al nombre de Chica Mojada». Adrián escuchaba en silencio a su lado, como siempre, aunque una chispa de satisfacción se le adivinaba en los ojos. Carla, sentada junto a mí, jugaba con su pelo rubio y dejaba escapar risitas. En el asiento de enfrente, Tomás hacía muecas de dolor y, cuando le pregunté, solo contestó: «días». No insistí.

—¡Es increíble! —seguía Bruno—. Centella aparece en nuestra ciudad y ahora tenemos heroína propia. —Entonces giró el celular hacia nosotros—. Miren lo que conseguí.

Era un video grabado con un móvil casi al final de mi pelea. El problema era el remate: quien lo había filmado se había incorporado entre la multitud y había captado un primer plano de mis pechos al descubierto antes de que pudiera cubrirlos.

—¡Qué ricos se ven! Creo que estoy enamorado —dijo Bruno, abrazando la pantalla.

Me moría. Estuve a punto de gritarle, pero Tomás se me adelantó preguntando de dónde lo había sacado, y así no quedó en evidencia mi pánico. Genial. Simplemente genial. Mi debut público había sido un fiasco total: sin nombre propio, sin uniforme y con material de mis pezones ya en circulación.

***

La semana pasó sin sobresaltos, aunque la ciudad no dejaba de hablar de mí. Unos decían que era una inexperta; otros, que mi presencia sobraba. Algunos pocos opinaban que debía mostrarme más y demostrarles que se equivocaban. Llegué a desmotivarme tanto que pensé en no acudir a la cita, pero el día señalado sentí que no podía defraudar a una de las mujeres más importantes del planeta.

Esa misma mañana, las noticias informaron que Centella y Nocturno se habían enfrentado a la temible Belladona y, pese a la dura confrontación, habían vencido una vez más. Las cámaras solo mostraban a Centella, agitada, con algunos rasguños y manchas de tierra en la piel. Me pregunté si estaría en condiciones de cumplir nuestra cita.

Lo estaba. Cuando llegué a la azotea, ella ya me esperaba con su traje ajustadísimo y la capa ondulante.

—Veo que no tienes antifaz —me dijo, severa.

Lo había olvidado por completo. Al saber que me encontraría con ella, había sentido una confianza extraña que me despistó. Centella sacó de entre sus pechos un antifaz de látex rojo y me lo tendió.

—Me alegra que confíes en mí. Pero conviene que mantengas tu identidad en secreto. Al lugar adonde vamos…

No terminó la frase. Se llevó la mano a la cabeza, cerró los ojos y dio un paso en falso, como adolorida.

—¿Te lastimó tu pelea de hoy? No hace falta que lo hagamos —le dije, pero negó con la cabeza y aseguró que era un dolor leve, que estaba bien.

Con una sonrisa cariñosa, extendió el brazo por detrás de mí y, sin querer, me rozó un pecho con la mano.

—¡Disculpa! —exclamó, y la bajó hasta mi cintura, sujetándome con firmeza—. ¿Nos vamos?

Y sin decir más, se lanzó al vacío como la vez anterior. Una sensación de vértigo me invadió y, casi sin aire, me aferré a ella como pude. Crucé los brazos por su cuello y ella me levantó las piernas con el brazo libre, cargándome como a una damisela en apuros. Mi rostro quedó muy cerca del suyo. Podía ver los cortes y los moretones leves de su última batalla. Miré hacia abajo una vez y decidí no volver a hacerlo.

Centella no volaba: acumulaba energía cinética y daba saltos enormes que la elevaban dando la ilusión del vuelo, cayendo de tanto en tanto sobre una azotea para tomar impulso de nuevo. Yo, en cambio, estaba literalmente fuera de mi elemento. Sin agua cerca, mis poderes no servían de nada, y eso me asustaba.

—Así que… Chica Mojada, ¿eh? —dijo ella.

Me ardió la cara. Centella sonrió.

—No te preocupes. Los nombres que elige la gente suelen tener más impacto. Y, además… lo encuentro lindo.

***

Aterrizamos en las afueras de la ciudad, detrás de una estación de servicio abandonada, junto a la ruta que llevaba a la población vecina. Los carteles de precios estaban desgastados y los surtidores, oxidados y solitarios. Centella me dejó en el suelo con cuidado y me hizo señas de que la siguiera hasta unas viejas cabinas telefónicas de vidrios oscurecidos.

Me emocioné imaginando que cruzaríamos la puerta de un escondite secreto, pero al asomarme no vi nada fuera de lo común. Busqué su mirada, confundida, y ella me guio con los ojos hacia el interior del cubículo. Me adentré en el estrecho espacio.

—No reconocerá a un miembro no oficial —murmuró ella desde afuera—. Tendremos que entrar juntas.

Y, dicho esto, avanzó. A medida que se metía, yo me pegaba a las paredes para hacerle sitio, sin demasiado éxito. La cabina estaba pensada para una sola persona de pie, y aunque yo era menuda, aquella mujer formidable tenía mucha… presencia. Cuando al fin logramos entrar, sus pechos quedaron casi sobre mi rostro. Su escote se había desacomodado y los pezones amenazaban con escapar por encima de la estrella blanca que los contenía. Tenía las piernas abiertas para dejar pasar las mías entre las suyas.

Sentí su aroma con la misma claridad que cuando me había cargado. La oí suspirar y, mirándome hacia abajo, me preguntó si estaba bien. Asentí apenas. Ella tomó el auricular que colgaba junto a mi cara.

—Centella. Sastre cero cuatro. Pruebas doce. Confección. Código de autorización seis nueve seis nueve.

Colgó el tubo y aguardó en silencio. Una voz sintética respondió: «Reconocimiento de voz completado. Código autorizado. Cierre la puerta para iniciar el transporte». Centella giró la cabeza y descubrió que la capa se le había quedado trabada, impidiendo que la puerta cerrara.

—Disculpa, ¿podrías…? —pidió con voz suave.

Estiré un brazo por su costado mientras con la otra mano tiraba de la tela. Era casi imposible con tan poco espacio, pero finalmente cedió y la puerta se cerró de golpe. Con el impacto, el cuerpo de Centella se desplazó hacia delante y mi rostro quedó, ahora sí, hundido en su escote. Sus pechos eran blandos, tibios, acalorados. Apenas había luz allí dentro. Cuando intenté pedir perdón, la sentí contener un gemido mordiéndose el labio.

—Quédate quieta —susurró, y su voz había cambiado. Ya no era la de la heroína paciente de la azotea. Era una orden.

El tiempo no avanzaba. La voz sintética anunció: «Transportes simultáneos en curso. Por favor, aguarde». Centella se removió y, al hacerlo, dejó caer la cadera contra mis muslos, que le cruzaban por debajo. Pude sentir el calor de su entrepierna a través del traje. En la penumbra, me pareció notar que la tela se le marcaba a la altura de los pezones.

—Te das cuenta de lo que provocas, ¿verdad? —dijo, y deslizó una mano por mi nuca, obligándome a levantar la cara hacia ella—. Una novata que no sabe ni cubrirse en público. Voy a tener que enseñarte un par de cosas.

Tragué saliva. Esto no era lo que había venido a buscar. Y, sin embargo, una parte de mí no quería que parara.

—Sí —murmuré.

—Sí, ¿qué?

—Sí… por favor.

Sonrió en la oscuridad. Bajó la mano hasta el borde de mi escaso traje de baño y, sin prisa, lo apartó para descubrirme un pecho. Lo cubrió con la palma, midiéndolo, y pellizcó el pezón endurecido entre dos dedos hasta arrancarme un quejido.

—Calla —ordenó—. Si alguien activa la cabina contigua, nos oirá. Vas a aprender a obedecer en silencio.

Asentí, mordiéndome el labio para no gemir. Ella siguió jugando con mi pezón mientras su muslo se metía con firmeza entre mis piernas, presionando justo donde más lo necesitaba. Empecé a moverme contra él casi sin darme cuenta, buscando alivio, y ella me dejó hacerlo solo un instante antes de detenerme con una mano en la cadera.

—Quieta. No te muevas hasta que yo lo diga.

Obedecí. El esfuerzo de quedarme inmóvil mientras todo mi cuerpo pedía lo contrario era una tortura deliciosa. Centella me observaba, disfrutando de mi obediencia, hasta que por fin volvió a presionar el muslo contra mí.

—Ahora sí. Despacio.

Me froté contra ella en círculos lentos, conteniendo cada jadeo en la garganta. Ella me guiaba el ritmo con la mano en mi cadera, acelerándolo y frenándolo a su antojo, recordándome con cada pausa quién mandaba. Su otra mano abandonó mi pecho, bajó por mi vientre y se coló bajo la tela húmeda del traje.

—Mírame —exigió.

Levanté la vista. Sus dedos me encontraron resbaladiza y se deslizaron con una facilidad que me hizo cerrar los ojos de vergüenza.

—He dicho que me mires.

Los abrí de nuevo. Sostener su mirada mientras me tocaba era casi peor que el placer mismo, y al mismo tiempo lo multiplicaba. Trazó círculos sobre mi clítoris con la yema del pulgar mientras dos dedos se hundían en mí, lentos, profundos, sin apuro. Cada vez que estaba a punto de llegar, frenaba y me dejaba colgada al borde, jadeando contra su cuello.

—Por favor —supliqué en un hilo de voz.

—Por favor, ¿qué? Pídelo bien.

—Por favor… déjame terminar.

—Esa es mi buena chica.

Reanudó el movimiento, esta vez sin detenerse, sus dedos firmes y exactos, su muslo apretado contra el dorso de su propia mano. Mordí el cuello de su traje para no gritar cuando el orgasmo me partió en dos. Me sacudí entera contra ella, las piernas temblando, sostenida solo por su cuerpo y por la estrechez de la cabina, mientras ella me susurraba al oído que aguantara, que lo soportara, que era exactamente lo que necesitaba.

Cuando por fin me aflojé, jadeante y empapada, la voz sintética eligió ese instante para anunciar: «Transporte habilitado». Una vibración intensa lo invadió todo, como una turbulencia. Mi visión se volvió blanca y perdí toda noción del espacio. Me aferré a Centella con los ojos apretados. La sentí transpirar, la oí decir algo que no pude entender.

***

Cuando cesó el efecto, abrí los ojos despacio. Temblaba, todavía sujeta a ella, con la cara hundida en sus pechos y una mano cerrada, sin saber cómo, sobre su nalga descubierta, donde el traje se le había corrido entre las curvas.

—Tranquila —dijo ella, recuperando la voz cálida de antes—. El transporte siempre marea las primeras veces. Te acostumbrarás. —Sonrió, y en su sonrisa había algo nuevo, una complicidad que no existía en la azotea—. Aunque me parece que vas a necesitar más de una lección. Acomódame el traje, ¿quieres?

Deslicé la mano por su cadera, encontré el borde de la tela fucsia y, al tirar de ella, mis dedos rozaron un pliegue húmedo y cálido que la hizo contener el aliento.

—Cuidado —susurró, mordiéndose el labio—. O empezaré a pensar que lo haces a propósito.

Terminé de colocar la tela en su sitio y retiré la mano, con las piernas todavía mojadas bajo su peso. Ella se incorporó con elegancia y abrió la puerta a un pasillo blanco e iluminado que no se parecía en nada al campo que habíamos dejado atrás. Me tendió la mano para ayudarme a salir.

—Bienvenida al taller —dijo—. Vamos a conseguirte ese traje. Y, si te portas bien, quizá también un nombre que valga la pena. —Se inclinó hasta rozarme la oreja con los labios—. Pero eso, Chica Mojada, te lo vas a tener que ganar.

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Comentarios (5)

Valentina_86

excelente!!! de lo mejor que lei en esta categoria en mucho tiempo

SilviaDuarte

Me encanto como esta narrado, te mete en la historia desde la primera linea y no te suelta. Seguí escribiendo por favor!

CapitanLector

Por favor una segunda parte!!! justo cuando mas emocionante se ponia lo dejaste ahi jaja, me quede con ganas de mas

LectorFurtivo_07

Muy bueno. Me recordo un poco a algo que yo vivi hace anos, aunque ni de cerca tan intenso jaja. La dinamica esta muy bien capturada, se siente creible.

CuriosaEnLaNoche

¿va a haber continuacion? quedé con mucha intriga

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