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Relatos Ardientes

La peluquera del anuncio que me atendió en tanga

Ilustración del relato erótico: La peluquera del anuncio que me atendió en tanga

Es curioso lo que aflora cuando una conversación pierde ese filtro «correcto» que solemos arrastrar. Escribir en internet me regaló, entre toneladas de ruido, conocer a gente que disfruta vaciando sus fantasías sin vergüenza. Y por una de esas charlas terminé viviendo lo que voy a contar.

Hay que tragarse mucho ruido antes de dar con alguien que merezca la pena. Con ella había acertado. Llevábamos semanas hablando sin tabúes hasta que llegamos al tema que importa. Me contó que había encontrado el anuncio de una chica que estudiaba peluquería y se ofrecía a practicar el corte de caballero con un detalle muy particular: lo hacía en tanga. Nada de sexo, nada de tocamientos. Solo una estudiante cortándote el pelo casi desnuda.

Mi confidente me confesó que se había puesto cachonda imaginándose a sí misma haciendo algo parecido: un gesto cotidiano en cueros, expuesta ante un extraño, sintiendo la tensión sexual sin que nadie cruzara la línea. Sus palabras exactas fueron: «sentirme una guarra delante de un desconocido, sin llegar a serlo, pero deseándolo».

Ella juraba que jamás se atrevería: aunque venciera la vergüenza, le parecía demasiado peligroso. Yo, que siempre animo a cumplir una fantasía viable, no logré convencerla. Pero el tema se me quedó clavado.

El anuncio seguía publicado. No era el típico servicio por dinero: pedía exactamente el importe de un corte de pelo, ni un euro más. Como contacto, un correo electrónico. Así que escribí.

El primer mensaje fue ella avisándome, una y otra vez, de que no ofrecía nada sexual. Cuando se relajó esa desconfianza lógica, me contó que no lo hacía por dinero: estudiaba una carrera en mi ciudad y la peluquería era un capricho, un curso al que se apuntó para tener la opción. Y entonces soltó lo que me encendió la bombilla: le ponía muchísimo exhibirse y calentar a un extraño.

***

La conversación parecía más de un match de Tinder que de un anuncio de esa clase. Sin fiarme del todo de que algo tan apetecible fuera real, propuse vernos una semana más tarde para conocernos mejor. Fuimos ganando confianza, y a dos días de la cita mi voto por el «sí» ganaba por mayoría simple. Pero, como supongo que a ella, no me bastaba.

Esa noche hablamos por chat hasta la madrugada y al día siguiente nos cruzamos mensajes sin parar. Cuando cayó la víspera, mi «sí» ya era mayoría absoluta. Y entonces me preguntó:

—Entonces… ¿mañana te corto el pelo?

—Mis greñas me lo piden a gritos. Pero si te sientes más cómoda, lo aplazamos sin problema.

—No, quiero hacerlo. Va a ser… interesante.

***

Y allí estaba yo al día siguiente, llamando al telefonillo de un piso del centro. No diré que no estuviera nervioso, pero confiaba en que mi peor escenario fuera salir de allí con dolor de huevos y un corte de pelo desastroso.

Contestó una voz dulce y subí al primer piso. La puerta se abrió y apareció justo lo que me había descrito, pero mejor. Una mujer de unos veintisiete años, muy guapa, más bien bajita, de pelo castaño y liso hasta media espalda. La sudadera ancha no dejaba intuir demasiado de su cuerpo, pero todo apuntaba a que debajo era tal y como me había contado.

—¡Hola! —me dijo con una sonrisa enorme y tranquilizadora.

—Hola. Tenía cita a las cinco y media para un corte de pelo.

Contuvo la risa y me siguió el juego. Al invitarme a pasar y darme la espalda, vi lo que esas mallas grises marcaban: un culo pequeño y respingón, justo lo bastante para sostener el bajo de la sudadera. Al cruzar el salón se giró para presentarme a una compañera de piso y me pilló con los ojos clavados donde no debía.

—Te presento a Lara —dijo con una sonrisa de complicidad, señalando a la chica que veía la tele en el sofá.

Seguimos hasta su habitación y cerró la puerta.

—Perdona a Lara. Casi siempre está en su cuarto, pero le dije que venías y quería cotillear.

—Tranquila. Entiendo que es tu guardaespaldas. Me parece perfecto.

—¡Qué va! Creo que no se traga lo del corte de pelo y piensa que eres un ligue.

—Habrá flipado al verme entrar. Te saco unos cuantos años.

—Unos cuantos, sí. Ninguno de más.

Toda la semana hablando nos había regalado una complicidad rarísima. La notaba tranquila, o al menos segura, y yo igual. Solo quedaba disfrutar y rezar por no acabar rapado.

***

Colocó su silla frente al armario de espejo y me invitó a sentarme. Según lo hablado, se quedaría en tanga todo el rato. Echó el pestillo y me dispuse a saborear el instante más difícil para ella.

Dejé las bromas a un lado para deleitarme con su tormento interno. Tenía que desnudarse delante de un extraño para cumplir su fantasía, y ambos íbamos a gozar de ese momento: yo viéndola pasar vergüenza, ella sintiéndola.

—Bueno… pues allá voy, ¿no?

—Si es lo que quieres… —contesté sin dejar de mirarla.

—Sí… claro que sí… pero estás disfrutando, ¿eh?

—Muchísimo —admití, repantigándome en la silla.

Suspiró y empezó por las zapatillas. Se quitó los calcetines, me miró mordiéndose el labio y se dio la vuelta. Disfrutando otra vez de las vistas de aquellas mallas ajustadas, se sacó la sudadera por la cabeza. Debajo, solo ropa interior. Descubrió una espalda fina, una cintura estrecha que dibujaba una figura tremendamente sensual. Estaba buena, lo sabía, y le encantaba que yo lo supiera.

—¿Me giro o prefieres que siga así? —preguntó mirándome por encima del hombro.

—Tú eliges. Aunque yo prefiero verte la cara mientras lo haces.

Media sonrisa cómplice y se volvió hacia mí. El sujetador rojo cubría unos pechos que, sin ser grandes, se adivinaban bonitos y firmes. Dudó un par de segundos antes de bajarse las mallas sin atreverse a mirarme. Con menos elegancia de la que le habría gustado por culpa de los nervios, las sacó por los tobillos y se quedó en ropa interior para mí.

Alzó la vista y nuestros ojos se cruzaron. Tenía esa mirada de pudor, no tanto por estar casi desnuda como por estar disfrutándolo y que yo lo supiera. Se llevó las manos a la espalda y, esta vez mirándome de frente, se desabrochó el sujetador. Mantuve los ojos en los suyos unos segundos. Ya tendría tiempo de mirar su cuerpo; en ese instante, lo más desnudo de ella era el morbo que destilaba su mirada.

—Bueno… ¿qué te parece? —preguntó nerviosa.

—Que tienes frío —respondí bajando por fin la mirada.

—¡Eres un cabrón! —se rio tapándose los pechos.

—Ya te avisé.

—Pues que sepas que no hace nada de frío —aclaró volviendo a descubrirlos.

***

Empezó a ordenar los utensilios con una meticulosidad sospechosa; necesitaba tiempo para hacerse a la idea. Por fin reunió el valor, o más bien la excitación, para acercarse: respiraba agitada y dejaba que sus pechos se mecieran junto a mí al colocarme la capa. Yo tampoco era de piedra, pero la capa me cubría y aumentaba la desigualdad: yo a salvo, ella expuesta a merced de su propio cuerpo.

—Venga, dime, ¿cómo lo quieres? —preguntó apoyando las manos en mis hombros.

—Solo las puntas.

—¡Vete a la mierda! —soltó muerta de risa.

—Lo mínimo que puedo hacer es dejarte hacer lo que quieras con mi pelo.

—¿Seguro? Mira que te rapo entero.

—Habría merecido la pena.

—Gracias… Te voy a dejar guapísimo, ya verás —contestó ruborizada.

El corte en sí tiene poco interés, salvo que noté su nerviosismo. Estaba más pendiente de dejarme bien que de disfrutar de su exhibición, y eso era justo lo último que yo quería.

—Tranquila. Relájate. Yo estoy gozando muchísimo, y me gustaría que tú también. Corta a tu aire y no te preocupes por nada.

Su mano libre acarició mi hombro mientras me sonreía a través del espejo. Nada sexual; fue un «gracias» sincero. Y siguió con su trabajo mientras yo memorizaba cada centímetro de aquella mujer.

Como sé que le gusta que admiren su cuerpo, intentaré describirlo. Se había pintado los labios de rojo, un detalle que le había comentado de pasada que me gustaba. Era delgada y de curvas sensuales, con la piel morena, los pechos pequeños y firmes y unas piernas largas que multiplicaban el erotismo de llevar un tanga como única prenda. Aquel trocito de tela rosa tapaba lo justo para mantenerme imaginando lo único que no podía ver.

***

Tijera en mano fue ganando confianza, y su cuerpo se acercó al mío hasta el primer roce. Lo tomé por casual, hasta que llegó el segundo: su pecho me rozaba el hombro y acabó apoyándose, dejándome sentir la dureza de su pezón.

Yo tenía las manos sobre los reposabrazos y allí empecé a notar su piel: primero el muslo, después la cadera. Nada raro, de no ser por su ausencia de ropa. Aquello se convirtió en una versión adulta del juego en el que no puedes moverte mientras te observan. Yo, inmóvil, luchaba por no mover un dedo; ella parecía olvidar que estaba desnuda junto a un hombre. O quizá era justo lo contrario.

En un momento se plantó frente a mí. No sé si cortaba o lo fingía, porque sus pechos eran todo mi campo de visión, a un palmo de mi cara. Embobado, la dejé hacer. Cuando se apartó, casi suspiro de pena, pero duró poco: unos movimientos más y mi mano sintió el calor de la única parte cubierta de su cuerpo. Esta vez no fue un roce; se apoyó en el dorso de mi mano inerte mientras daba unos retoques.

Nunca había sentido tanto con tan poco; me dolía la polla apretada contra el vaquero. Se mantuvo ahí unos segundos, hasta que se retiró. Dio un par de vueltas más y, cada vez que se inclinaba, sus pechos se aplastaban contra mí. Tuve la sensación de que ese contacto entre su sexo y mi mano no me había calentado solo a mí.

—Pareces una profesional. Pensaba que lo de poner las tetas sobre los clientes se aprendía con años de práctica.

—¡Qué va! Eso es de primero de peluquería. De hecho, saqué un sobresaliente en esa asignatura.

Lejos de cortarse, siguió el juego. Volví a tenerla enfrente, con los pezones duros a la altura de mis ojos. Yo la miraba descaradamente, queriendo que notara cuánto me ponía tenerlos al alcance de la boca. Y lo notó.

Dejó las tijeras y volvió con el peine y un bote de espuma. Se puso de lado y, ¡sorpresa!, su sexo regresó sobre mi mano; ahora sentía con claridad su humedad. Seguía peinándome, balanceando el cuerpo adelante y atrás. Tensé un poco la mano, solo para ver su reacción. No se retiró: su vaivén cogió un ritmo más rápido, apretando la entrepierna contra el reposabrazos con mi mano atrapada en medio.

Estaba cachondísima; su cara lo confirmaba. Y yo, igual. Tiró el peine, se echó espuma en la mano y se esmeró en mi pelo como nadie lo había hecho jamás. Creo que necesitaba usar los dedos en algún sitio y se conformó con mi cabeza. Con un suspiro de frustración los apartó por fin.

—Creo que ya está.

—¿Yo… o tú? —pregunté siguiendo con la mirada su sexo empapado.

Aguantó la vergüenza de que rompiera el juego del disimulo, alzó los hombros y se mordió el labio. Los dos sabíamos que estábamos a mil, pero el trato era el trato.

***

Recogió sus cosas tratando de esconder el rubor. Cuando me quitó la capa, el expuesto fui yo. Miró fijamente el bulto de mi pantalón.

—Espero que eso no sea por lo guapo que te he dejado.

—Ni siquiera me he mirado el pelo. Tenía cosas mejores que ver.

Se colocó tras mi espalda, las manos en mis hombros bajando despacio hacia mi pecho.

—Pues mírate y dime si te gusta. Necesito tu opinión sincera.

—Estás perfecta. Digo… está perfecto. Me va a costar encontrar una peluquera tan buena como tú.

—Ya, claro… te costará encontrar dos de estas —dijo agarrándose los pechos.

Barrió los pelos del suelo sin dejar de mirar mi pantalón.

—Quizá algún día monte una peluquería nudista —soltó.

—Podría llamarse Tijeras y Tentación. Un negocio redondo.

Las bromas habrían durado toda la tarde, pero ya no quedaba pelo en el suelo. Saqué la cartera para pagar; quise dejar propina, pero se negó en redondo. Solo aceptaba los seis euros del corte.

—Tengo que confesarte algo… te mentí. No había hecho esto antes.

Aquello explicaba muchas cosas. No entraré en la charla íntima que vino después. Llegó la hora de marcharme, con la sensación de que ella tampoco quería que me fuese todavía.

—Me he portado muy bien —dije—. ¿Y mi regalo?

—¿Regalo?

—Claro. A los niños les dan una piruleta cuando se portan bien en la peluquería. Y yo me he portado como un santo.

—Un santo muy pervertido, diría yo. No tengo piruletas…

—Pues dame otra cosa. Algo para pervertidos que se portan bien.

—¿Y qué se le regala a un pervertido? —preguntó con una complicidad que hasta yo capté.

—Solo veo una cosa que puedas darme.

Mi mirada estaba fija en aquel tanga rosa, marcado de lo mojado que estaba. Su respiración se aceleró. No dijo nada. Solo me miró igual que cuando se quitó el sujetador, y lo bajó despacio por los muslos. La prenda quedó en sus tobillos. Se agachó a recogerla en cuclillas, y la tuve frente a mí unos segundos antes de incorporarse.

—Te lo has ganado, por lo bien que te has portado —dijo poniéndose en pie.

—Creo que a ti también te ha gustado —repliqué señalando el estado del tanga.

—Mi idea era mancharlo mucho más cuando me quedara sola. Pero tiene más morbo que te lo quedes tú.

—No te preocupes, igual lo mancho yo al llegar a casa.

***

Tenía que coger el abrigo y despedirme. Lo lógico era que ella se vistiera para acompañarme. Pero ninguno daba el paso. Veía cómo juntaba los muslos y, al separarlos, brillaban. No se resistió, menos mal, porque yo no me habría atrevido.

—Yo también quiero un regalo —dijo.

—¿Cuál?

—Quiero… quiero ver cómo lo manchas.

La exhibicionista quería ser, además, voyeur. La curiosidad por la tienda de campaña de mis pantalones pudo más que su pudor.

—Lo haría encantado. Pero eso no estaba en el contrato.

—Considéralo un anexo. Quiero verte correrte mientras me miras.

—Pues si las dos partes estamos de acuerdo…

Me desabroché el pantalón. Ella me empujó del pecho hasta sentarme en la silla y me hizo rodar hasta su cama, donde se sentó frente a mí, abierta de piernas, tan cerca que olía su humedad. Deseándonos, a punto, pero sin tocarnos.

Aquella tarde no era de ir más allá: se trataba de mirar y nada más. Liberé lo que llevaba toda la tarde pidiendo salir e hice lo que tanto deseaba, masturbarme delante de ella, que no tardó ni un minuto en imitarme en la misma silla donde me había cortado el pelo.

No nos tocamos. Lo deseábamos, pero disfrutábamos demasiado de vernos, de oler nuestra excitación, como para estropearlo con un polvo. Ella se acariciaba los pechos con una mano y jugaba entre las piernas con la otra, abierta hacia mí. Un dedo se hundió en su interior y luego viajó a su boca, saboreando lo que yo tanto quería probar. Me enseñaba todo lo prohibido, y esa era la clave del morbo que iba a hacernos explotar.

Cuando sus jadeos ya debían oírse en el salón, supe que no aguantaba más. Agarré el tanga para dárselo, pero ella me lo arrebató y se lo puso. Pegada a mí, separó el elástico. Entendí a la perfección lo que quería. De pie frente a ella, me masturbé frenéticamente sobre su pubis, sin tocarla, apenas un roce. Nuestros cuerpos juntos pero sin contacto, su respiración en mi cara, las ganas de besarnos contenidas. Terminé dentro de su tanga, sobre su sexo ardiente.

Y ella hizo lo mismo: volvió a sentarse en la cama, metió la mano y se frotó hasta que un orgasmo la dejó tumbada, mirándome con la vista perdida.

***

Cuando nos recuperamos, ya sí tocaba marcharse. No nos dijimos gran cosa; ya habían hablado los cuerpos. Cogí el abrigo y ella se levantó, aún en tanga.

—Va a ser incómodo despedirme de tu compañera —dije.

—No creo que la veas. Estará en su cuarto —respondió alcanzando la sudadera.

—¿Sí? Pues entonces no te vistas.

—¿Qué?

—Ya te has atrevido a esto. No me dirás que no te atreves a acompañarme a la puerta en tanga.

Me miró desafiante y soltó la sudadera. Me cogió de la mano y cruzamos el pasillo hasta el salón: no había nadie. Seguimos hasta la entrada y, sin tiempo a despedidas, abrí. El frío de la escalera la golpeó, pero estaba demasiado caliente para quejarse. Yo salí; ella se quedó en el umbral, casi desnuda, a la vista de cualquier vecino que pasara.

—Me ha encantado. Muchísimas gracias —dijo.

—Gracias a ti. Voy a ligar un montón con este corte.

Lo normal habría sido besarla. Pero no era el trato. Nos miramos sabiendo que, si uno daba el paso, el otro respondería. No lo dimos. Me di la vuelta y bajé el tramo de escaleras que me separaba de la calle.

—¡Dani! ¡Espera! Te dejas tu premio por niño bueno.

En el rellano se quitó el tanga y bajó a entregármelo. Una sonrisa fue todo lo que pude darle sin romper el acuerdo. Y allí se quedó, desnuda, viendo pasar a la gente, hasta que crucé la puerta de aquel edificio que no olvidaré.

Mi intención era contárselo todo a la confidente que había provocado aquella vivencia: esa mujer de la que conocía el lado más íntimo y a la que jamás había visto, de la que ignoraba hasta dónde vivía. Y entonces caí en la cuenta de lo inocente que llego a ser.

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Comentarios (1)

DiegoCba91

jajaja ese anuncio donde lo encontraste?? preguntando para un amigo obvio

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