Lo que vi en la playa nudista dos domingos seguidos
Escribo esto varias semanas después de que pasara, en parte porque no estaba seguro de querer contarlo y en parte porque he estado distraído con otras cosas. Al final me decidí porque me gustaría saber cuántas de ustedes harían algo parecido a lo que hizo ella. Quizá ninguna. Quizá más de las que imagino.
Todo empezó uno de esos domingos muertos en los que uno se aburre en casa y termina yendo a la playa solo para mirar mujeres. Estaba cansado de la Malvarrosa. Demasiada gente, demasiado ruido, imposible acercarse con naturalidad a una mujer en topless sin que el resto de la playa la mirara también y ella se cerrara de golpe. La presión social mata cualquier encuentro. Así que decidí buscar algo más tranquilo y descubrí que había una cala nudista a las afueras de Valencia. Me fui hacia allá con pocas expectativas.
Al principio fue decepcionante. La cala estaba llena de hombres solos, paseando con la verga al aire y mirándose unos a otros. Sentí un par de miradas de más mientras caminaba buscando sitio, y eso me inhibía tanto que ya estaba pensando en marcharme. Tanta carne masculina y ni una mujer interesante a la vista.
Justo cuando iba a rendirme, vi a una mujer de espaldas que parecía francesa: pelo castaño entre liso y ondulado, espalda larga, hombros bonitos. Se había quitado la parte de arriba y, como me había quedado con ganas de mirar a alguien, inventé un recorrido estratégico. Caminaría hasta la orilla, miraría el mar como si nada y, al volver, pasaría justo por delante de ella para escanearle el pecho con calma. Los domingos son mis días de paja y necesitaba material.
Eso hice. Pero al llegar a la orilla me crucé con otra mujer que, de reojo, me pareció que no llevaba nada abajo. No estaba seguro, porque se quedó detrás de mí y no la había mirado de frente. Ante la duda, decidí quedarme un rato más fingiendo que contemplaba el mar mientras pensaba qué hacer. No perdía nada. Volví sobre mis pasos, acomodé mis cosas cerca y me tiré boca abajo en una posición perfecta para vigilar a la falsa francesa y a su amiga, que tenía algo más de peso y el doble de pecho.
Al girar la cabeza hacia mi derecha lo confirmé: había una mujer completamente desnuda a pocos metros. Alta, de pelo liso y grueso de un castaño oscuro, senos medianos que no le colgaban pero se notaban y se movían cuando se reía. Hablaba en un idioma que no conseguía identificar, algo del este. Tenía las piernas juntas, así que de momento solo le veía el pecho y el pubis perfectamente depilado, sin un solo vello.
La sorpresa fue descubrir con quién estaba. Hacía nudismo con su madre y su hermano al lado, los tres tan tranquilos. Vaya familia, pensé. La madre también tenía el pecho al aire, pero conservaba un bañador abajo que la diferenciaba de la hija. El hermano era un extra sin importancia en todo esto.
Tumbado casi a su altura, sentía cómo se me endurecía la polla mirando a las dos del topless mientras, de reojo, vigilaba a la desnuda esperando el momento en que me dejara verle algo más. Me picaba la curiosidad de saber si estaba depilada del todo o si se había dejado alguna forma. No tardó mucho. En un momento se levantó sin motivo aparente, se giró apuntando hacia mí y me dejó ver toda la raja lisa, sin asomo de vello, aunque sin llegar a abrirse. Se enrolló una toalla a la cintura y se fue a caminar por la orilla. Buen comienzo.
Al volver se sentó frente a su familia, justo de cara a mí, con las piernas cruzadas. Y cada vez que las descruzaba un instante para acomodarse, me dejaba verlo todo, de arriba abajo. La tenía rojita y cerrada, recién depilada, eso lo distingo enseguida en la playa. Contento con el espectáculo me levanté y me fui, y noté que ella y su familia recogían también poco después.
***
El domingo siguiente volví a la misma cala. Esta vez me senté de entrada en la zona nudista, pero había tan pocas mujeres que salí casi huyendo y regresé al mismo rincón de la semana anterior. Y ahí estaba ella otra vez, con su madre y su hermano, como si no se hubieran movido en siete días. ¿Cómo iba a plantarme debajo de ella por segunda semana seguida? Hay que tener muy poca vergüenza para hacerle saber a una mujer que vas a mirarle el sexo y que no puede hacer nada para impedirlo. Pues así soy yo, y eso hice.
Ese día la cala estaba llena de chicas con pechos grandes, algunas espectaculares, difícil no mirarlas. A mi izquierda tenía a dos que no se conocían entre sí y a las que volvía la cara cada poco para calcularles las medidas. Me metí a nadar, cosa que la semana anterior no había hecho, pensando que era imposible hablar con la desnuda: estaba en pelotas y rodeada de su familia. Para colmo, el hermano charlaba con un señor cuya verga apuntaba a las hormigas de la arena, los dos en el mismo idioma.
Lo que me envalentonó fueron sus sonrisas. La depilada me lanzó un par de sonrisas poco tímidas al salir yo del agua. Seguro había notado que la del pecho enorme a mi lado me distraía. Esa no me va a robar a este hombre, y menos delante de mi madre, debió pensar. Aquello me confundió más que aclararme nada. No me resolvía cómo hablarle, solo me metía más presión. Decidí tomármelo con calma.
Me quedé un rato largo tumbado, fingiendo dormir con la cara hundida en la toalla pero con un ojo siempre abierto hacia ella. Cada movimiento suyo me llegaba como en cámara lenta: cuando se apartaba el pelo, cuando se estiraba al sol, cuando intercambiaba un par de frases con su madre en ese idioma cerrado y áspero que me resultaba imposible seguir. No entendía una sola palabra, pero entendía perfectamente lo que pasaba entre nosotros sin necesidad de traducirlo. Había una conversación muda hecha de miradas que se cruzaban un instante y se soltaban, de sonrisas que duraban lo justo para no comprometerse a nada.
Antes de volver a meterme al mar le pedí si podía vigilarme las cosas. Aceptó con una sonrisa. Al regresar le di las gracias y cada uno se tumbó por su lado, los dos boca abajo, ella con las piernas un poco separadas y la raja apuntándome directa. ¿La habrá dejado así a propósito? Desde mi sitio le veía el sexo entero, tan depilado como el domingo anterior, y la raya del culo.
Cuando volvió a sentarse le pedí otra vez el favor y me fui a nadar. Esta vez, al regresar, hablamos. Le pregunté de dónde era y si esa era su familia. Nadia, se llamaba. Estaba de vacaciones por Valencia con su madre y su hermano, alojada a cien metros de la cala, y al día siguiente, lunes, volvían a Letonia. Mientras me contestaba, yo le miraba el sexo a propósito para que supiera que la estaba disfrutando entera. Me dijo que había ido a ver un partido del Valencia con su hermano y que ese día no entraba al mar por miedo a las medusas.
Me encantaba cuando abría las piernas para mí. A un metro de distancia no había otra dirección posible adonde mirar, así que escaneaba cada detalle para que no se me borrara fácil de la memoria. Ya había dejado de hablarle cuando llegó la madre empapada del mar. Se sentó al lado de Nadia y, de un solo tirón, se quitó la tanga amarilla. Madre e hija depiladas, las dos de frente a mí. Intenté disimular, pero como no tengo vergüenza no pude, y terminé comiéndome con los ojos el sexo de la madre.
Como en un sueño absurdo, paseé la mirada del sexo de la madre al de la hija, que tenía la piel algo más firme. La madre se quedó así un buen rato antes de ponerse algo seco. Nadia debía de estar acostumbrada a las extravagancias de su familia; yo no. El espectáculo terminó cuando la madre se vistió, y no sé si fui más afortunado por ver a dos mujeres así o más tonto por no atreverme a nada más.
Al darme cuenta de que ya no iba a sacar más de lo que había sacado, decidí marcharme. Hice un último repaso visual a cada una de las chicas de pecho grande de la cala, para recordarlas bien más tarde, y empecé a recoger. De pie, vi la silueta entera de Nadia, larga como la de una sirena varada al sol. Pasé cerca de ella y le deseé buen viaje.
—Chau —respondió, con una sonrisa y una voz mucho más suaves de lo que esperaba.
Le sostuve la mirada un segundo de más, quería que supiera que se la había visto toda y que lo había disfrutado sin disimulo. Algo se le encendió en los ojos, no sabría decir si rabia o ganas. Mientras me alejaba, la vi vestirse a toda prisa, recoger sus cosas y salir disparada de la cala sin su familia. Intenté seguirla pero la perdí entre la gente. ¿Adónde iría con tanta prisa y sola? Son preguntas que quizá una mujer responde más fácil que yo. Yo solo me quedé con dos domingos, una desconocida del este y la certeza de que ella sabía exactamente lo que estaba haciendo cada vez que abría las piernas.