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Relatos Ardientes

El reto que me llevó hasta el ventanal prohibido

Ilustración del relato erótico: El reto que me llevó hasta el ventanal prohibido

Hola de nuevo. Soy Camila, y vuelvo para contarles otra de mis noches, una de esas que todavía me arrancan un escalofrío cuando la recuerdo. Sé que varios de ustedes han leído lo que escribo, y no se imaginan lo que eso me hace: pensar que hay gente que conoce mi secreto, que me imagina afuera, sola y sin nada encima, me calienta tanto como salir de verdad. Así que digamos que me han regalado más de un orgasmo sin saberlo.

Habían pasado un par de semanas desde la última vez, esa noche en que me toqué con el culo apuntando a la calle y un par de personas alcanzaron a verme al pasar. Después de eso, los paseos de siempre se me quedaron cortos. Seguí saliendo desnuda al terreno, sí, sintiendo el aire de la madrugada en los pechos y entre las piernas, pero ya no me bastaba con caminar y mirar las luces apagadas de las otras casas.

Necesitaba un riesgo nuevo. Y así fue como empecé a inventarme retos.

Si voy a hacerlo, que sea peligroso de verdad.

El de esa noche lo había planeado con cuidado. Me vestí con unas medias gruesas que me llegaban a media pierna, casi como las de lencería pero buenas para moverme sin que mis pies hicieran ruido sobre el suelo. Encima, una falda negra cortísima que guardaba desde la época del instituto, una que ya no me cerraba bien y dejaba la mitad del trasero al aire. Para mis paseos era perfecta. Y arriba, un top minúsculo de botones, de esos que se abren con un tirón y que en realidad no tapaban casi nada.

El plan era cruzar todo el terreno desde mi puerta hasta la punta opuesta, dejando una prenda en cada parada. Esa parte ya la conocía. Lo nuevo, lo que me había puesto a temblar mientras lo pensaba en la cama, era la vuelta. De regreso debía ir a cuatro patas, como un animal, recogiendo la ropa que había abandonado y metiéndola en una mochila pequeña ajustada a la cintura. Toda desnuda, todo a gatas, sin levantarme.

Y había una condición extra. Una de las zonas del camino quedaba justo frente al gran ventanal de la casa de los dueños del terreno. Otras noches me agachaba al pasar por ahí, me hacía pequeña en la sombra. Esta vez no. Esta vez debía cruzar erguida, completamente expuesta, ofreciéndome al cristal por si alguien se asomaba. En mi cabeza, cada gramo de peligro se convertía en placer.

***

Salí pasada la medianoche. Lo primero que noté fue que la casa de uno de mis vecinos tenía la luz encendida y se oía música, voces, risas. Una reunión. No le di demasiada importancia: ya había salido otras veces con vecinos despiertos, bastaba con esquivar sus ventanas. Aun así, sentí el corazón acelerarse antes de tiempo.

Mi primera parada fue el cordel donde tendía la ropa. Ahí dejé el top. Al quitármelo y quedar desnuda de la cintura para arriba bajo el cielo abierto, un espasmo me subió desde el vientre. Es algo que no sé explicar bien: el momento exacto en que la última tela cae y el aire toca la piel que nadie debería ver. Me llevé dos dedos entre las piernas, despacio, y seguí avanzando así, tocándome con cada paso.

Llegué a una especie de bodega donde guardan herramientas y una escalera vieja. Ahí dejé la falda. Con eso ya tenía el trasero totalmente libre. Avancé hasta la reja del fondo, donde abandoné las medias, y para entonces me había tocado tanto que el orgasmo ya rondaba, cerca, esperando un descuido. Me obligué a frenarlo. Quería que llegara en el peor lugar posible.

En la punta del terreno me detuve. Miré alrededor. Solo seguía encendida la casa de la fiesta, y ahora la música sonaba más fuerte. Me arrodillé despacio sobre la tierra fría. Antes de empezar la vuelta me permití un momento para mí: levanté las caderas, metí los dedos hasta el fondo, los saqué brillando y me los llevé a la boca. Apreté mis pechos. Y cuando estuve lista, empecé a gatear.

Meneaba el culo a cada paso, lento, ofrecido, como si quisiera que alguien apareciera en ese instante y me tomara sin preguntar. Disponible para el mundo, para quien fuera.

***

Cada movimiento en esa posición era una chispa. Avancé hasta la casa grande donde alquilan habitaciones, pasé por debajo de la misma escalera de mis primeras noches y me sonreí sola, cómplice de mi propia locura. De vez en cuando me detenía en algún rincón oscuro, abría las piernas, me hundía tres dedos aguantando los gemidos, los chupaba y seguía.

Entonces llegué al tramo de la casa principal. Me erguí muy despacio. Miré hacia adentro: nadie. Y caminé de pie, a paso lento, como si fuera la dueña del lugar, como si no tuviera nada que esconder. Por dentro, el corazón se me salía del pecho. Apenas pasé ese punto, volví a bajar a cuatro patas y continué, jadeando por lo que acababa de hacer. Si alguien me hubiera visto cruzar erguida y desnuda frente a esa casa, se acababa todo. Y aun así lo había hecho.

No puedo creer hasta dónde llego por sentir esto.

Seguí hasta las casas que quedan enfrentadas. Me detuve en el mismo sitio de la última vez, pero esta vez al revés: el culo apuntando a las casas, la cara hacia el fondo. Si alguien se asomaba desde cualquier ángulo, lo más probable era que me viera con los dedos dentro. Antes me escondía en la sombra. Ahora me ofrecía a propósito, y eso era infinitamente más excitante. Me toqué tanto que volví a quedar al borde, así que me obligué a parar de nuevo. Quería guardarme para el final.

Llegué a gatas hasta mi puerta. La abrí apenas y estiré el brazo para alcanzar la mochila. Pero lo primero que tocó mi mano no fue la mochila, sino el bote de crema. El mismo que había usado otra noche para sentirme llena. En cuanto lo vi, una idea se me clavó en la cabeza y ya no pude sacarla: no quería usarlo dentro de casa. Quería llevármelo afuera. A un lugar peligroso. Al ventanal de la casa grande.

De solo imaginarme ahí, frente al cristal, casi me corro en ese mismo instante. Como en trance, metí el bote en la mochila, la ajusté a mi cintura, dejé la puerta entornada y empecé el regreso por mis cosas, con el sexo goteando a cada meneo.

***

Recogí el top en el cordel y lo guardé rápido. Mientras avanzaba hacia la bodega no podía pensar en otra cosa que en tocarme contra ese ventanal. Sabía que era una locura. No me importaba. Ya era esclava de mis propias ganas.

Tomé la falda para guardarla, y justo en ese momento oí voces: la gente de la fiesta salía. Del puro pánico me metí como pude en la bodega, doblada, a oscuras. No cabía a gatas, así que tuve que quedarme de pie, apretada contra las herramientas, espiando por la rendija de la puerta. Eran invitados que salían a fumar. El lugar olía a humedad y a polvo, y me dio terror que hubiera arañas, pero no podía moverme. Esos obstáculos, lejos de cortarme, siempre me calentaban más: una cuota extra de peligro.

Cuando vi que se distraían, salí en silencio y seguí. El problema era que ahora tocaba pasar por la reja principal, a plena vista de las visitas. Me acerqué lo más que pude y decidí esperar unos minutos. Y como ya estaba completamente perdida de calentura, saqué el bote, me lo metí despacio y empecé a moverme mientras mordía mi propio brazo para no hacer ruido. Apenas un minuto de placer robado en la oscuridad, a unos metros de gente que no tenía idea de que yo estaba ahí.

Cuando por fin terminaron de fumar y entraron, saqué el bote y lo lamí. Recogí las medias, las guardé, y entonces solo me quedaba una cosa: llegar al ventanal y acabar conmigo misma ahí mismo.

***

Me deslicé por fuera de la casa de la fiesta para llegar antes. Cuando estuve frente al gran cristal, todo el cuerpo se me erizó. Me apoyé de espaldas contra una columna de concreto, sin importarme las piedras bajo mis piernas, y volví a meterme el bote. Empecé a moverme rápido, frenética, justo en el punto más expuesto de todo el terreno. Miraba hacia el ventanal y solo veía mi propio reflejo: la cara sudada, la boca abierta, una expresión que no reconocía como mía. En lugar de frenarme, esa imagen me empujó más.

Abrí las piernas todo lo que pude. Me saqué las medias de la mochila y me las metí en la boca para no gritar, pero ni así lograba callarme del todo. Con una mano entraba y salía el bote, con la otra me apretaba un pecho, retorciéndome contra la columna, hasta que el orgasmo me partió en dos.

—Ah… —se me escapó, ahogado—. Qué rico…

Lo murmuré despacito mientras movía el bote apenas, alargando los espasmos, masajeándome para exprimir cada segundo de aquel placer brutal. Fue de los más intensos de mi vida.

Y entonces, todavía temblando, vi cómo se encendía la luz del segundo piso de la casa grande. Después, casi de inmediato, la de la escalera que daba directo al ventanal donde yo estaba tirada.

***

El corazón se me detuvo. Como pude, me arrastré a cuatro patas hasta la esquina de la casa, rezando para que no me hubieran oído, con las piernas todavía flojas por el orgasmo. Me escondí lo mejor que pude y miré. Era el dueño del terreno. Bajó, caminó directo hacia la casa de la fiesta y, por lo que entendí, les pidió que apagaran la música y dejaran de hacer escándalo, porque al rato todo quedó en silencio y la gente empezó a marcharse.

Lo vi volver. Y entonces se detuvo. Justo en el lugar donde yo había estado. Se agachó, recogió algo del suelo y lo tiró a la basura. Era mi bote de crema. Con el susto lo había dejado abandonado entre las piedras, y ahora lo perdía para siempre. Me dieron ganas de reír y de morirme a la vez. Aunque, bueno, ese bote me había regalado un orgasmo que jamás voy a olvidar.

Esperé a que el hombre subiera y se apagaran las luces. No volví por el ventanal, obviamente, sino que me escabullí por detrás de la casa grande hasta llegar, por última vez, a mi puerta. Entré, cerré, y me dejé caer al suelo con la espalda contra la pared, sonriendo como una idiota. Reto cumplido.

Esa fue la noche de mi primer reto de verdad. Después vinieron muchos más, y algún día les contaré cómo llegaron a mi vida los «accesorios» que sumé a mis paseos, los nocturnos y otros no tan nocturnos. Pero esos son cuentos para otro momento.

Espero de corazón que disfruten leyéndome tanto como yo disfruté esa madrugada. Perdonen que me haya quedado tan larga, pero fue una noche demasiado intensa y yo todavía era una novata en esto de retarme a mí misma. Besos a todos.

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Comentarios (2)

Espectador77

Tremendo relato!!! quede sin palabras, de verdad.

NightReader86

Espero que haya una segunda parte, la historia termino justo cuando se ponia buena. Quiero saber que paso despues!

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