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Relatos Ardientes

El plan era mirar: lo que pasó en esa habitación de hotel

Gustavo y Andrés decidieron tomarse unas copas en cuanto terminó la primera jornada del curso. La consultora para la que trabajaban, dedicada a la auditoría logística, había reunido en la ciudad a los responsables de todas sus delegaciones para una semana entera de ponencias, talleres y cálculos interminables. Después de ocho horas de diapositivas, los dos compañeros estaban saturados, y ninguno albergaba la menor esperanza de que los días siguientes fueran más livianos.

—Lo que tú necesitas es salir, conocer gente y olvidarte de todo por una noche —dijo Gustavo mientras caminaban hacia el hotel—. La vida son dos días, y uno está nublado.

Gustavo tenía cincuenta y dos años, bastantes más que su compañero. Llevaba casado mucho tiempo y, pese a conservar un porte elegante y una labia que pocos le conocían, nadie en la oficina le había atribuido jamás un desliz. Andrés, en cambio, acababa de cumplir treinta y ocho recién salido de un divorcio áspero. Su exmujer lo había engañado, y lo más duro no era el hecho en sí, sino con quién: con su amigo de la infancia, el mismo con el que había compartido la adolescencia entera.

A pesar de haberse descuidado en los últimos meses, golpeado por el ánimo bajo del divorcio, Andrés conservaba un cuerpo fibroso, sin un gramo de grasa de más. Era la envidia callada de medio departamento y, aunque él no lo notara, el objeto de más de una mirada entre sus compañeras.

Pasaron por sus habitaciones para ducharse y cambiarse, y la primera parada fue el propio bar del hotel, decorado al estilo de un pub inglés y bastante animado a esa hora. Andrés pidió un whisky con hielo; Gustavo, un gin-tonic. Se acomodaron en dos taburetes altos, de espaldas a la sala.

—Tú lo que tienes que hacer es divertirte —insistió Gustavo—. Nadie te pide que te enamores. Solo que vuelvas a sentirte vivo.

—No estoy para empezar nada con nadie —respondió Andrés, dándole vueltas al hielo del vaso.

—Y quién habla de empezar nada. Hablo de una noche. De que alguien te recuerde para qué sirve todo eso que tienes ahí abajo criando polvo —se rió Gustavo.

Andrés digirió las palabras. Quizá su compañero tuviera razón. Quizá llevaba demasiado tiempo encerrado, midiéndolo todo. Le daba igual que fuera más guapa o menos, más lista o más simple. Lo que su cuerpo pedía, a gritos, era otra piel.

Quizá tenga razón el muy bruto.

Unos minutos después, tras saltar de un tema intrascendente a otro, Gustavo le dio un codazo.

—No te caigas del taburete, pero hay una mujer en aquella mesa que no te quita el ojo de encima.

—Anda ya —respondió Andrés, divertido.

—Lo que oyes. Una cuarentona, muy elegante, sola en el rincón. Gírate despacio hacia la izquierda y lo compruebas. No disimula nada.

Andrés giró apenas la cabeza y se topó con la mirada directa de una mujer sentada a una mesa del rincón. Aparentaba algo más de cuarenta años, de facciones finas, con el cabello largo, rizado y con mechas claras. El vestido y el modo de sostener la copa la delataban como alguien acostumbrada a elegir, no a esperar. Y lo miraba a él sin pestañear.

—Joder, tienes razón. No ha apartado la vista ni un segundo —murmuró Andrés.

—Te lo dije. Déjalo de mi cuenta.

Sin encomendarse a nadie, Gustavo pidió al camarero otra copa igual a la que tomaba la mujer del fondo y se encaminó hacia su mesa con las dos consumiciones en la mano. Andrés observó cómo se saludaban con dos besos, como viejos conocidos, y cómo su compañero se sentaba a su lado con una naturalidad que desmentía toda la fama de discreto que arrastraba en la oficina. Un instante después, Gustavo lo llamó con la mano.

—Carolina, te presento a Andrés —dijo cuando llegó—. Un buen amigo y, como ves, un hombre muy interesante al que quiero ayudar a volver al mercado.

—Encantado, Carolina. No le hagas caso, exagera siempre —respondió Andrés tras darle dos besos.

—Pues si exagera con lo de interesante, miente muy bien —contestó ella, recorriéndolo de arriba abajo con una mirada que no pedía permiso.

Los tres se quedaron un buen rato en aquella mesa, encadenando consumiciones. Carolina era exactamente lo que prometía de lejos: elegante, segura, con unos ojos grises que de cerca resultaban casi líquidos. Decía no tener hijos; sobre si tenía pareja, esquivó la pregunta con una sonrisa, y a esas alturas a Andrés ya le importaba poco. El vestido largo, de colores vivos, se ajustaba lo justo para dejar claro que no llevaba sujetador.

La conversación fue subiendo de tono entre risas, y la mano de Carolina empezó a posarse, como por descuido, sobre el muslo de Andrés. Cuando ella se levantó para ir al baño, Gustavo se inclinó hacia su compañero.

—¿Qué te parece?

—Que está espectacular —admitió Andrés—. En otra época habría dicho que es de las que no se olvidan.

—Pues ve a por ella. La tienes hecha.

—Hecha, hecha… le caigo bien, eso se nota. Pero no quiero meter la pata. Imagínate la cara que se me queda si la malinterpreto.

—Tú tranquilo. Déjalo de mi cuenta —remató Gustavo, justo cuando Carolina regresaba con una sonrisa capaz de derretir el hielo de los vasos.

—¿Os habéis portado bien en mi ausencia? ¿Ninguna loba os ha rondado? —preguntó al sentarse.

—Alguna ha pasado por delante, pero no tenemos ojos para ninguna que no seas tú —respondió Gustavo.

—Vaya. Así que soy una loba.

—Yo no he dicho nada —se apresuró Andrés, algo azorado.

—Yo sí lo pienso —dijo Gustavo—. Y, ya que estamos, mi amigo y yo nos preguntábamos si te atreverías a subir con los dos a una de nuestras habitaciones.

Andrés estuvo a punto de atragantarse con el whisky. Carolina, en cambio, ni se inmutó.

—Eres un hombre directo —le dijo a Gustavo, mientras su mano volvía al muslo de Andrés y subía un poco más de lo prudente—. Es una lástima que el guapo sea tu amigo y no tú.

—No se puede tener todo —respondió Gustavo sin perder la sonrisa—. O guapo, o gracioso.

—Está bien. Subo. Pero a tu habitación —señaló a Gustavo con la barbilla—. Para que veas de cerca cómo me ocupo de tu amigo en tu propia cama.

Andrés creyó estar soñando. La mujer le gustaba desde el primer minuto, y oír aquello terminó de decidir a su cuerpo por él.

***

El trío abandonó el bar y se dirigió a los ascensores. En cuanto las puertas se cerraron y Gustavo pulsó el botón de la sexta planta, Carolina se giró hacia Andrés y le pasó la lengua por los labios, despacio, antes de besarlo con un hambre que él no esperaba, al menos no allí. Él se dejó hacer. Durante el corto trayecto las bocas no se separaron; la mano de ella encontró el bulto duro bajo el pantalón mientras la de él tanteaba por primera vez la curva de sus caderas. Gustavo, apoyado en el espejo del fondo, asistía al espectáculo con una sonrisa de oreja a oreja.

Ya en la habitación, Gustavo cumplió su parte del trato. Arrastró el sillón hasta un rincón, lo giró de modo que toda la estancia quedara a la vista y se sentó con la calma de quien ha esperado mucho ese momento. No pensaba tocar. Solo mirar. Era, descubriría Andrés más tarde, lo único que de verdad le interesaba.

Andrés y Carolina siguieron a lo suyo, besándose y desnudándose a tirones, calentándose hasta que la ropa empezó a sobrar. Ella le desabrochó el pantalón y dejó que cayera a sus pies, ansiosa por comprobar con la mano lo que el bulto prometía. Lo rodeó con los dedos, midiéndolo, y soltó un suspiro de aprobación.

—¿Cuánto hace que no te hacen una como Dios manda? —preguntó.

—Casi un año —reconoció Andrés.

—Pues voy a encargarme de que esta noche te dure el recuerdo —dijo ella, arrodillándose.

Carolina lo liberó del todo y empezó por la base, recorriéndolo con la lengua de abajo arriba antes de levantarle el miembro para atender también los testículos. Lo hizo sin prisa, con una destreza que delataba años de oficio, hasta que se lo metió entero en la boca y lo hundió hasta el fondo de la garganta. Marcaba ella el ritmo, lo sacaba casi por completo y volvía a tragarlo, succionando con los labios mientras la mano libre le masajeaba los testículos.

Andrés, que al principio apenas se atrevía a moverse, terminó por hundir los dedos en el pelo de ella y acompañar el vaivén con la cadera. Desde el sillón, Gustavo no perdía detalle. Se había bajado también el pantalón y se acariciaba despacio, conteniéndose, decidido a no ser el primero en terminar.

El placer fue subiendo demasiado rápido. Andrés intentó avisar, pero el cuerpo se le adelantó: las piernas le temblaron, todo él se tensó y se vació en la boca de Carolina con un gemido largo, de los que no se fingen. Ella tragó casi todo, dejando que solo un hilo le resbalara por la comisura.

—Ha sido… increíble —balbuceó él cuando recuperó el aliento.

—Lo sé —respondió ella, limpiándose con el dorso de la mano—. Y esto no ha hecho más que empezar.

Esta vez fue Andrés quien se lanzó a besarla, hundiendo la lengua en aquella boca que sabía a él. Le quitó el vestido de un tirón y confirmó lo que ya intuía desde el bar: no llevaba nada debajo. Sus pechos, de tamaño medio y forma perfecta, reclamaron primero sus manos y enseguida su boca. Los acarició, los lamió, los mordió con una mezcla de delicadeza y urgencia que hizo gemir a Carolina hasta que ambos cayeron sobre la cama.

Sin dejar de atender sus pezones, Andrés bajó una mano entre sus piernas y la encontró empapada por encima del tanga. Tiró de la prenda hasta arrancarla y, sin pensarlo, se la lanzó a Gustavo, que la atrapó al vuelo y la llevó un instante a su cara antes de seguir acariciándose con ella. Nada parecía gustarle más que aquel detalle.

Andrés le abrió las piernas y contempló un momento aquel sexo depilado, brillante, de labios suaves y ligeramente entreabiertos. Se inclinó y empezó a lamerlo despacio, eternizándose en cada pasada, subiendo desde abajo hasta el clítoris, que notaba hinchado y duro. Repitió el recorrido una y otra vez, mientras sus manos seguían castigando los pezones de la mujer, que gemía cada vez más fuerte.

Cuando ella estuvo lo bastante abierta, hundió la lengua en su interior y sumó dos dedos. La reacción de Carolina fue inmediata: el cuerpo se le contrajo, los gemidos se volvieron casi animales, y sus manos lo agarraron de la cabeza para empujarlo aún más adentro. El orgasmo la sacudió entera y le mojó la boca y la barbilla a Andrés, que no se apartó hasta que ella se lo suplicó.

Desde su rincón, Gustavo seguía cada movimiento, cada reacción, con la respiración entrecortada y la prenda de ella todavía entre los dedos. No había en su cara ni rastro de celos. Solo una satisfacción extraña, casi orgullosa, como la de quien contempla algo que él mismo ha puesto en marcha.

Tras unos minutos de tregua, fue Carolina quien tomó la iniciativa. Recorrió a besos el pecho y el vientre de Andrés hasta volver a despertarle el miembro con la boca, y en cuanto lo tuvo de nuevo duro se montó encima. Restregó su sexo a lo largo de la verga, rozándose el clítoris con la punta, y se dejó caer despacio hasta calzársela entera. Volvió a gemir, esta vez con la garganta abierta del todo.

Empezó a cabalgarlo con un balanceo cada vez más rápido. Andrés se aferró a sus caderas, le palmeó las nalgas, primero con cuidado y, al ver que cada azote la encendía más, con creciente intensidad. Aquellos golpes secos eran música para Carolina y, a juzgar por su cara, también para Gustavo, que se acariciaba al borde mismo del límite.

Ella se corrió de nuevo, gritando, restregándose con más entrega contra él, mientras Andrés le pellizcaba los pezones y tiraba de ellos. El cuerpo de Carolina se tensó como una cuerda y un calor húmedo lo recorrió de arriba abajo.

Más entero que la mujer y mucho más fuerte, Andrés la sujetó por la cintura, hizo que le rodeara la cadera con las piernas y la levantó para apoyarla contra la pared más cercana a Gustavo. Allí la embistió a conciencia, cada vez más deprisa, buscando el fondo con cada empujón, hasta que el placer volvió a desbordarlo. Se vació dentro de ella con un gemido ronco, y el sonido húmedo de sus cuerpos llenó la habitación a apenas un metro de los ojos de Gustavo.

Cuando por fin la dejó en el suelo, agotada y satisfecha, le llegó el turno a Gustavo. Se puso en pie, se acercó a Carolina y, apuntándole a la cara, se corrió con un par de chorros y un gruñido contenido. Después se inclinó sobre ella y le habló al oído, lo bastante alto para que Andrés lo oyera.

—Felicidades, mi amor. Espero que te haya gustado tu regalo de cumpleaños.

Andrés, todavía con el pulso desbocado, tardó un segundo en entenderlo. Carolina sonrió desde el suelo, sin un ápice de vergüenza, y le tendió la mano a su marido.

—El mejor en años —respondió ella—. Y eso que cada cumpleaños pones el listón más alto.

Solo entonces comprendió Andrés cuál había sido su papel en realidad. No había seducido a nadie: lo habían elegido a él, escogido desde antes incluso de poner un pie en aquel bar. Y, mientras los miraba a los dos sonreírse como cómplices, descubrió que la idea, lejos de molestarle, le resultaba lo más excitante que le había pasado en muchísimo tiempo.

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Comentarios(6)

NightReader_77

Increible, quede sin palabras!!!

MauroMx

Me dejo con ganas de mas, hay segunda parte planeada??

SombraDelBosque

El voyerismo bien ejecutado y sin volverse vulgar. Bravo

Romina_SL

Me recordo a una situacion que vivi en un viaje, esa sensacion de saber que alguien te mira sin decirte nada... lo captaste perfecto. Muy bueno.

LuciaMar

Es una historia basada en algo real? se siente demasiado autentica

ElenaK

La tension desde el primer parrafo me tuvo pegada hasta el final!

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