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Relatos Ardientes

Espié a la chica de la tienda un domingo temprano

Enfrente de mi casa hay una tienda de productos naturales. Granos sin gluten, infusiones que prometen curarte de todo, botellas de zumo prensado en frío que cuestan lo que una comida entera. También dan clases de yoga los martes, aunque eso nunca ha sido lo mío. La regentan dos mujeres: una señora mayor de pelo canoso que siempre saluda con una calma de monja, y una chica morena de melena rizada con cierto aire hippy que parece sacada de otra década.

A la chica la había visto un par de veces en pleno verano, saliendo a correr sobre las dos de la tarde con el calor más bruto del día. Top corto, mallas ajustadas, el pelo recogido y la cara enrojecida por el esfuerzo. Pasaba jadeando por delante de mi portal sin reparar en mí. No tenía mal cuerpo, la verdad. Tenía esa clase de cuerpo que una nota sin proponérselo y luego le cuesta olvidar, con un culo respingón bailando dentro de las mallas y unas tetas pequeñas y firmes que rebotaban con cada zancada.

Aquel domingo me desperté antes de que sonara nada. Clara seguía dormida, hecha un ovillo y respirando hondo, así que me vestí en silencio, agarré la correa y bajé con el perro. La calle estaba desierta de esa forma en que solo lo está los domingos a primera hora: las persianas bajadas, los coches aparcados sin prisa, el aire todavía limpio antes de que el día se ensuciara de gente.

Caminamos más de una hora. El perro olfateó cada esquina como si el mundo fuera nuevo, y yo me dejé llevar sin pensar en nada. Eran casi las nueve cuando enfilé de vuelta hacia casa. Y al pasar por delante de la tienda, vi luz encendida al fondo del local.

Me detuve sin darme cuenta.

La chica morena estaba bajando los tres escalones que separaban la trastienda de la zona del mostrador. Y lo hacía como quien camina por su propia casa a solas: descalza, despreocupada, vestida únicamente con un tanga negro. Casi desnuda. A plena vista de la calle, detrás de un escaparate sin cortinas, sin sospechar que a esa hora ridícula podía haber alguien mirando.

Ese alguien era yo.

Me quedé clavado en la acera, con la correa floja en la mano y el corazón de pronto golpeando más fuerte. Mediría poco más de metro sesenta. Delgada, con pechos pequeños y firmes, los pezones de un marrón claro que casi se perdía contra su piel pálida. El vientre liso, la cintura estrecha, las caderas justas que al moverse le dibujaban una curva que no tenía nada de inocente. El ejercicio se le notaba en cada línea del cuerpo. Se me puso dura al instante, apretándome contra la costura del pantalón como si tuviera vida propia.

Siguió su camino sin enterarse de nada. Y yo, ¿quién en su sano juicio anda paseando un domingo a las nueve de la mañana? Yo. Por una vez, la suerte estaba de mi lado.

Se acercó a la nevera de bebidas que había junto al mostrador y abrió la puerta de espaldas a mí. Por fin le vi el culo entero: prieto, redondo, partido por la fina tira del tanga que se le perdía entre las nalgas, marcándole la raja y desapareciendo hacia abajo, hacia esa zona oscura que se me antojaba caliente y húmeda. Su espalda delgada dejaba intuir cada vértebra de la columna, pero lejos de molestar, le daba un aspecto casi de estatua. Se puso en cuclillas separando un poco las rodillas, y en ese instante el tanga se le hundió más entre las nalgas, dejando ver por un segundo la sombra de su coño apretado contra la tela. Sacó una botella de la balda baja y se incorporó despacio, abriéndola con una mano mientras se erguía.

Se giró a medias, echó la cabeza hacia atrás y bebió un buen trago de aquel líquido naranja. La garganta se le movió al tragar. Algo en ese gesto tan corriente, tan doméstico, me dejó la boca seca. Me imaginé esa misma garganta tragando otra cosa, y la polla me dio un latigazo dentro del pantalón.

Date la vuelta y vete antes de que te vea, pensé. No me moví.

Ella quedó pensativa unos segundos, con la botella colgando de la mano, y entonces giró la cara hacia la calle. Hacia mí. Nuestras miradas se cruzaron a través del cristal.

Intenté disimular, claro, pero era inútil. No hay forma elegante de fingir que no estabas mirando cuando llevas medio minuto plantado en la acera con los ojos como platos. Y por si quedaba alguna duda, el bulto en mi pantalón me delataba sin remedio, marcado como un mástil contra la tela clara del chándal. Ella bajó la mirada un segundo hasta mi entrepierna, sin disimulo, y se mordió el labio inferior. Moví los labios articulando un torpe «buenos días».

Esperaba un grito, un insulto, que cerrara de golpe o tirara de una cortina inexistente. En lugar de eso, sonrió. Una sonrisa lenta, ladeada, y me guiñó un ojo. Le leí en los labios un «buenos días, feliz domingo» que sonó dentro de mi cabeza más caliente de lo que cualquier voz real habría conseguido. Antes de girarse, se llevó una mano al pecho y se pellizcó despacio uno de los pezones, con dos dedos, mirándome fijo. Solo un segundo. Lo suficiente para que se me nublara la vista.

Después subió los escalones de la trastienda y desapareció de mi vista.

***

Crucé la calle hacia mi portal con las piernas un poco torpes y la respiración alterada. Estaba encendido de una manera que no recordaba desde hacía años, por una desconocida a la que ni siquiera le había puesto nombre. La cabeza me daba vueltas con la misma pregunta: ¿vivirá ahí? ¿Encima de la tienda?

Necesitaba bajar el ritmo antes de subir a casa, así que me quedé en el descansillo de mi propio piso, junto a la ventana del salón, y encendí un cigarro para despejarme. Hacía calor desde el amanecer, de modo que las ventanas estaban abiertas con las persianas medio bajadas, dejando una rendija de luz y de calle.

Desde ahí se veía la tienda vacía. Y un poco más arriba, en el piso superior del mismo edificio, una habitación con una cama. Sobre ella, alguien durmiendo bajo una sábana fina. Así que sí: vivía ahí. La chica debía de haberse metido de nuevo en la cama después del paseo descalzo por el local.

Di una calada y me dije que con eso bastaba. Que ya había tenido mi golpe de suerte del día. Pero no aparté la vista.

De repente apareció ella, asomando por una esquina de la habitación con la misma botella naranja en la mano. Se paró frente a la cama y la apuró de un trago largo, la cabeza echada atrás otra vez, ese gesto que ya empezaba a reconocer. Luego la dejó en algún lado y se quedó quieta, mirando el cuerpo dormido bajo la sábana.

La vi dudar. O eso me pareció. Un instante de quietud, como quien decide algo. Después se enganchó los pulgares en los costados del tanga y se lo bajó por las piernas con una naturalidad que me cortó el aliento. Quedó desnuda del todo, la mata oscura entre las piernas recortada contra la luz de la mañana, un triángulo cerrado y prieto sobre el coño que apenas alcanzaba a intuir desde tan lejos. Apartó la sábana que cubría al hombre y se sentó a horcajadas sobre él.

Era un hombre, sí. Él apenas reaccionó, todavía atrapado en el sueño o despertando a medias. Ella, en cambio, sabía exactamente lo que quería. La veía solo de perfil, recortada contra la pared de la habitación, pero no me hacía falta más para entenderlo todo. Se agachó sobre él y bajó la cara hasta su entrepierna, y aunque el hombro le tapaba la vista, adiviné perfectamente lo que hacía: le estaba comiendo la polla para despertársela, chupándosela despacio, ese ritmo lento y sucio del que no tiene prisa. Vi cómo su cabeza subía y bajaba tres, cuatro, cinco veces, la melena rizada cayéndole sobre la cara, la espalda arqueada y el culo levantado en pompa hacia el techo. Se le veían las plantas de los pies cruzadas por detrás. Cada vez que bajaba la boca, ella tragaba entero, y cada vez que subía se demoraba en la punta, chupando fuerte, como si le sacara el gusto.

El hombre debió de reaccionar al fin, porque vi cómo le agarraba la cabeza con una mano y le marcaba el ritmo, hundiéndosela un poco más adentro. Ella se dejó, sumisa, aceptando cada empujón con la boca abierta. Cuando por fin se apartó, tenía los labios brillantes y un hilo de saliva colgándole de la barbilla que se limpió con el dorso de la mano antes de trepar sobre él.

Se acomodó sobre él, llevó una mano entre sus piernas y empezó a moverse despacio, buscando el ángulo, ajustándose. Le vi coger la polla mojada del hombre con dos dedos y frotarse la punta contra el coño, arriba y abajo, empapándola en su propia humedad, restregándose el clítoris con el glande como si estuviera afilando el filo antes de clavárselo. Por la forma en que arqueaba la espalda supe que estaba tan encendida como yo lo estaba mirándola. No tardó ni un par de minutos en levantar las caderas y dejarse caer de golpe, hundiéndolo dentro de ella hasta el fondo. Vi cómo su cuerpo se estremecía entero al empalarse, cómo la boca se le abrió en un jadeo que no llegué a oír, cómo se quedó unos segundos quieta con él enterrado hasta la raíz, disfrutando de tenerlo dentro.

Empezó un vaivén lento y seguro, hacia delante y hacia atrás, como si tuviera todo el domingo por delante. No subía y bajaba: se restregaba, molía las caderas contra la pelvis de él, se lo trabajaba con el coño en círculos apretados que le tenían que estar volviendo loco. Sus manos descansaban sobre los muslos de él y luego subían por su propio vientre hasta cerrarse sobre sus pechos pequeños, apretándolos, retorciéndose los pezones con los dedos hasta ponérselos duros, lo que la hacía echar la cabeza atrás una vez más. El perfil de su garganta tensa contra la luz era lo más obsceno que había visto en mucho tiempo. Se llevó dos dedos a la boca, los chupó bien y bajó la mano hasta su coño, frotándose el clítoris mientras seguía cabalgándolo sin perder el ritmo.

Sus movimientos se volvieron más rápidos, más bruscos. Ahora sí subía y bajaba en serio, levantando el culo hasta casi sacárselo entero y dejándose caer de golpe, una y otra vez, con un ritmo que se me antojaba brutal desde donde miraba. No entendía cómo el hombre podía seguir medio dormido con semejante cabalgada encima, porque lo estaba montando sin contemplaciones, con un hambre que no admitía pausa. Se agarró la cabeza con las dos manos, los codos abiertos, sin dejar de subir y bajar, y por la tensión de toda su silueta supe que estaba disfrutando de lo lindo. Se le veían las tetas rebotar con cada embestida, los pezones apuntando hacia arriba, y el sonido de la carne contra la carne debía de resonar en toda la habitación.

Llegado a ese punto, no me quedaba otra. El calentón era de campeonato y yo estaba más duro de lo que era razonable, escondido en mi propio salón detrás de una persiana, espiando a una mujer a la que esa misma mañana había visto sonreírme a través de un cristal. La tira de moralidad que me quedaba se rindió sin pelear.

Me la saqué y empecé a masturbarme al ritmo que ella marcaba allá arriba. La tenía tan hinchada que la piel me tiraba, la punta ya mojada del líquido preseminal que me chorreaba desde antes de tocármela. La agarré con fuerza por la base y empecé a bombeármela arriba y abajo, con el puño cerrado, sin descanso, los ojos fijos en su perfil. Cada vez que ella aceleraba, yo aceleraba. Cada vez que ella se dejaba caer entero sobre él, yo apretaba más el puño y me sacudía más fuerte. Era como si me estuviera dirigiendo sin saberlo, como si los dos fuéramos parte de la misma escena imposible, ella follándoselo a él y yo follándome mi propia mano al compás de sus caderas.

No aparté la vista ni un segundo de aquella amazona que, en un movimiento fluido, se dio la vuelta sobre él para quedar de cara a la ventana sin verme, y siguió empalándose sin parar. Ahora le veía la cara contraída de placer, la boca entreabierta, el pelo rizado pegado a la frente por el sudor. Le veía las tetas de frente, saltando arriba y abajo cada vez que rebotaba sobre la polla, y entre las piernas alcanzaba a intuir el brillo húmedo donde el sexo del tipo entraba y salía de ella. Se llevó una mano a la boca, se chupó los dedos y volvió a bajarla hasta su coño, frotándose sin pudor mientras se ensartaba con más ganas. La otra mano le agarraba una teta y se la apretaba con saña, tirándose del pezón hasta estirarlo. Noté cómo me subía todo desde muy abajo, ese aviso que ya no se puede frenar, los huevos apretándose hacia arriba, la polla latiéndome dentro del puño.

Quise aguantar. Quise esperar a verla terminar, ver cómo se deshacía ella primero, cómo se corría empalada en aquella polla ajena mientras yo miraba desde tres pisos abajo. Pero no había manera de resistir más. Vi cómo ella echaba la cabeza atrás, cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo se agarraba las tetas con las dos manos y se sacudía en un espasmo largo montada sobre él, y eso me remató. Apreté los dientes para no soltar un rugido, agarré la polla más fuerte y me corrí con una violencia que me dobló un poco las rodillas, disparando chorros gruesos de semen que salpicaron la pared bajo la ventana, el marco de la persiana y el suelo de baldosas frías. Fueron tres, cuatro descargas seguidas, cada una acompañada de un tirón que me vaciaba entero. La última se me escurrió por los dedos, tibia y espesa.

Me quedé ahí, jadeando, con la frente contra el marco de la persiana y la polla todavía dura en la mano, chorreando los últimos restos, mientras ella seguía con su baile incansable, ajena por completo al espectador que se había vaciado por su culpa a tres pisos de distancia.

Cuando recuperé el aliento, decidí dejar de mirar. Apagué el cigarro, limpié el desastre antes de que Clara se despertara y me senté en el sofá con el corazón aún desbocado, la polla aún medio hinchada dentro del pantalón, el olor a semen impregnado en los dedos por más que me los hubiera frotado con la camiseta.

Tal vez algún día me anime a cruzar la calle y entrar de verdad. A comprar cualquier cosa, un zumo, una infusión, lo que sea, solo por tener una excusa para mirarla de cerca y ver si vuelve a guiñarme el ojo.

Puede que hasta tengan cerveza.

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Comentarios(6)

MiraFurtiva

que bueno!!! me tuvo enganchado de principio a fin

nocturno88

se hizo cortisimo, ojalá haya segunda parte. quede con ganas de mas!

LectorSecreto

me recordo a algo que me paso en el barrio hace tiempo. esa sensacion de ser el unico testigo de algo... tremendo jaja

JulietaGM

excelente!! muy bien narrado

chica_curiosa

¿Es real? tiene muchos detalles que lo hacen muy creible. Buen relato!

FelipeGV

domingo a las 9 de la mañana y ya con esa suerte jaja. muy bueno

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