Llamé a nuestro amigo para que nos viera en el jardín
Con los años, lo reconozco, el sexo entre nosotros se ha vuelto menos frecuente. Es algo que no tiene sentido negar. Pero lo que perdimos en cantidad lo ganamos en otra cosa: cada vez que ocurre, buscamos que sea un momento que nos saque de la rutina que a veces nos ahoga, algo que recordemos como distinto, como nuestro.
Nos conocemos demasiado bien. Entre nosotros no quedan tabúes ni secretos, o casi ninguno, así que nos limitamos a dejarnos llevar y a disfrutar de lo que sabemos que enciende al otro. Con el tiempo fuimos sacando la parte más escondida de cada uno, descubriendo juntos cosas que jamás imaginamos que nos darían placer.
Lo que más nos pone, y quien haya leído otras cosas nuestras ya lo sabrá, es el morbo de ser observados. Sabiéndolo o sin saberlo. A estas alturas hemos asumido que muchas fantasías se quedarán solo en eso, en fantasías compartidas que nunca pasarán de la conversación. Pero algunas, de vez en cuando, cruzan la línea.
Mariela suele sorprenderme con la facilidad con la que acepta un juego nuevo, aunque soy yo el que tiene que currarse las situaciones y montar los escenarios. Si ella lo piensa en frío, fuera del calentón, lo más probable es que no hagamos nada. Por eso aprendí a no darle tiempo a razonar.
Una de las últimas cosas que hicimos fue follar en el jardín con espectador. No se trataba de un desconocido, sino de un viejo amigo de la playa con el que ya habíamos dado algún paso. Llevaba días planteándole que se acercara a vernos en casa, sin riesgos de que nos pillaran, con la tranquilidad de nuestro propio terreno.
Al principio se resistía. La casa era nuestro santuario, decía. Pero después del último encuentro en la arena fue cediendo, a la vez que le daba miedo aprobarlo, miedo a no saber parar. La convencí del todo una noche, mientras la tenía sobre la mesa del jardín, follándola despacio.
—¿Te imaginas a Damián ahí, mirando cómo lo hacemos mientras se la machaca?
—Mmm, sí, me encanta que me vea disfrutar y que se corra conmigo.
—Contigo disfruta siempre. ¿Lo llamo?
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Estás seguro?
—Yo sí, sin ninguna duda.
—Llámalo —dijo en un susurro—. Pero solo a mirar. No quiero que participe, solo que nos vea. Y que venga rápido, no quiero que me dé tiempo a arrepentirme.
No esperé a que añadiera nada más. Cogí el móvil, lo puse en manos libres y marqué su número. Solíamos hablar siempre por mensaje, así que la llamada lo pillaría desprevenido. Sonó una vez, dos, y justo cuando pensaba que no iba a contestar:
—¡Hola, qué sorpresa!
—Hola. ¿Estás ocupado?
—Estaba arreglando unas cosas en casa.
—¿Cuánto tardas en llegar hasta aquí?
—¿A la playa? Uf, no…
—No, a nuestra casa.
—¿Cómo?
—A nuestra casa. Solo a vernos follar, sin tocar nada, solo mirando desde el jardín.
—Uf… qué pasada, es un sueño.
—No hay tiempo, ella está a punto y te está escuchando. Si puedes venir ahora, bien. Si no, seguiremos sin ti.
Mientras yo hablaba, Mariela se acariciaba los pechos con una mano y con la otra recorría un sexo que ya brillaba, húmedo, con el clítoris hinchado.
—Media hora y estoy ahí.
La miré pidiendo permiso y ella asintió, poniendo cara de viciosa.
—Aquí te esperamos. Estaré atento a tu llegada. La puerta quedará sin cerrojo y nosotros dentro. Entra sin hacer ruido y colócate donde quieras, discreto.
—Ya estoy saliendo. Hasta ahora.
***
Ella tenía los ojos vidriosos y se mordía el labio. Yo sabía que debía mantenerla justo en ese punto, sin dejar que subiera demasiado pero sin permitir que se enfriara. Imaginad también cómo estaba yo. Se me ocurrió hacer lo de otras veces: bajar un poco la temperatura sin apagar la llama.
—¿Quieres que te repase los pelitos de ese coño? Supongo que querrás estar perfecta para que te vea.
—Mmm, vale. Prepárame para él.
Entré en casa y volví con una toalla y los útiles para rasurarle los pocos pelos que le sobresalían. Hacía años que se había hecho el láser y solo conservaba una fina tira sobre el sexo, así que apenas necesitaba retirar algún pelo rebelde de vez en cuando. La cubrí de espuma y le quité lo que sobraba, hasta dejarle un sexo suave, perfectamente liso.
—Déjame prepararte yo a ti, que últimamente andas un poco vago —dijo ella.
Me tumbé como había estado ella y me dejé embadurnar de espuma el vientre, el pubis, los testículos, todo. Me daba igual lo que hiciera, como siempre. Yo solía ir rasurado, pero en las últimas semanas, por motivos que no vienen al caso, me había dejado.
Estando así, tumbado y cubierto de espuma, oí llegar un coche y se lo dije.
—Mira por el portero. Si es él, deja la puerta abierta para que pueda entrar.
—Vale. Pero tú te quedas así, que tengo que terminarte —dijo, sacando su vena de ama.
Fue hacia la entrada, oí cómo manipulaba el cerrojo y cómo volvía hacia mí. Siguió con el rasurado mientras yo escuchaba entrar a Damián, que se quedó en la penumbra, tras unos setos, mirando la escena. Mi polla estaba durísima y ella la movía de un lado a otro para repasarme bien. Cuando solo le faltaba la parte de atrás, me hizo girar y ponerme en pompa para dejarme limpio por detrás. Desde esa postura yo no lo veía, pero sabía que él no perdía detalle.
Cuando acabó, todavía en esa posición, me limpió con una toalla húmeda y se acercó a mi oído.
—No querías que nos viera. Pues ahí lo tienes, con tu culo abierto y expuesto —susurró, mientras me apoyaba el mango de la maquinilla, aún vibrando, contra el culo.
Qué humillación para empezar, y qué placer al mismo tiempo. Mi polla, dura como una piedra, delataba mi excitación. Entonces ella, casi de contorsionista, se metió debajo y se tragó mi miembro hasta la garganta, como si él no estuviera. Tuvimos que parar para que no me corriera.
Al darme la vuelta lo vi por fin. Desnudo, sentado en una silla a un par de metros, masturbándose despacio sin apartar la mirada. Ella había hecho todo aquello con él tan cerca. Estoy seguro de que me dedicó la mamada mirándolo a él. La conozco.
***
No sabía cómo seguir, así que dejé que ella llevara la batuta. La notaba cómoda y no quería estropear nada. Aparté los útiles y la observé. Estaba sentada en una tumbona, con las piernas abiertas y los ojos entornados, justo enfrente de él, acariciándose el cuerpo, los pechos, el sexo. Él no perdía detalle y se la meneaba lentamente, con la polla dura y brillante.
Cogí otra silla y me senté a mirarla, casi a su lado. Era un espectáculo tórrido, con ella disfrutando y haciéndonos disfrutar a los dos. Damián, como siempre, respetaba las normas que ella imponía y no se acercaba, aunque sinceramente no entiendo de dónde sacaba ese autocontrol.
Por su cara supe que estaba disfrutando muchísimo. Su orgasmo se acercaba y, de repente, empezó a gemir, a gruñir, abriendo y cerrando las piernas mientras seguía tocándose. Él tampoco le quitaba ojo, y la velocidad de su mano decía que andaba igual de cerca.
La miré y ella asintió levemente. Acerqué la silla el metro que me separaba de Damián y posé mi mano sobre su miembro. Lo recibió de buen grado y siguió a mi ritmo. Estaba muy mojado por el líquido que rezumaba la punta y enseguida noté cómo empezaba a temblar. Aceleré, y al instante sentí en la mano su descarga, espesa y blanca, esparciéndose por su vientre. Lo solté y me llevé los dedos a los labios.
Ella no perdió detalle, mordiéndose el labio inferior. Me levanté, fui hacia ella, la tomé entre los brazos y la besé con pasión mientras mi polla, a reventar, golpeaba contra su pubis. Damián nos miraba, recuperándose, con el sexo todavía sin bajar del todo. Yo estaba en la gloria y no necesitaba más, pero sabía que mi mujer no me dejaría a medias.
Me soltó y se puso de rodillas en la tumbona, con el culo en pompa dirigido hacia él, moviéndolo de forma sensual. No pude resistir semejante provocación. Me coloqué detrás, la agarré de las caderas y froté mi verga durísima por su sexo y su culo empapados, hasta que en una de las pasadas entré sin avisar. Me recibió con ganas, apretándose contra mí.
Desde esa postura él solo podía verme a mí penetrándola, y ella tampoco lo veía a él. Así que se movió, mi polla se salió, y se arrodilló sobre el césped mirándolo de frente, con los pechos colgando, ofreciéndome de nuevo la grupa. Sabía lo que quería y no iba a negárselo. Se la metí algo rudo, que era justo lo que buscaba, y empecé a bombear con fuerza, haciendo que sus tetas se balancearan.
Ella, con la cabeza levantada, miraba cómo Damián volvía a masturbarse mordiéndose el labio. Yo, desde atrás, también estaba pendiente de los dos y sabía cuál era mi papel. La follaba con fuerza y, con su culo redondo y abierto ante mí, empecé a palmearlo cada vez más fuerte, hasta dejarlo bien rojo. Ella gemía y se apretaba contra mí sin dejar de mirarlo a él, que ya de pie se la sacudía a toda velocidad.
Un nuevo orgasmo se acercaba cuando fue Damián el que se adelantó. Gruñendo, soltó chorros de semen sobre el césped, a un palmo escaso de ella, respetando siempre las pautas que ella había marcado, aunque después me confesaría que le habría encantado que se corriera encima. Al verlo, ella aceleró aún más y empezó a correrse intensamente.
—¡Córrete, cornudo! Solo faltas tú. Quiero sentir tu leche dentro.
No necesitaba más. La sujeté bien de las caderas y me uní a ellos, derramándome en su interior mientras seguía disfrutando de la escena y de sus palabras.
—¡Sí, cornudo! Me encanta sentirte dentro mientras él se corre por mí y para mí.
***
Nos quedamos un rato así, los tres recobrando el aliento. Él ya sentado, yo todavía dentro de ella y ella de rodillas. Después me salí, me puse de pie y la ayudé a levantarse. Sabía lo que tocaba: ella lo miró mientras los restos de mi semen le resbalaban por las piernas, inclinó la cabeza a modo de saludo y agradecimiento, y se metió en casa.
Damián hizo ademán de levantarse, pero le dije con la mano que sin prisa, mientras me sentaba en la silla que quedaba a su lado, justo donde había empezado todo.
—No me habría imaginado nada de esto —dijo.
—Yo tampoco. Ha sido muy morboso. ¿Has disfrutado?
—Iba a decir que como un cabrón, pero ese papel es el tuyo —se rió—. Ha sido alucinante. Sobre todo al principio, cómo se acariciaba hasta correrse para nosotros.
—Sí. Pero se ha corrido sobre todo para ti, y para ver cómo disfrutábamos los dos. Espero que, como siempre, no te haya molestado lo otro.
—Para nada. Ya me he acostumbrado, incluso lo esperaba. Me da morbo. Sé que a ella eso la pone mucho, y que tú eres capaz de cualquier cosa que ella pida.
—Me alegro. Reconozco que yo también lo veo cada vez más normal, y lo espero con ganas. Bueno, supongo que querrás asearte. Si quieres pasar al baño…
—Necesito quitarme estos restos, sí —se rió—, pero no hace falta. Lo hago en la ducha de aquí fuera.
—Como prefieras. Voy a por una toalla y algo de jabón.
—¿Me vas a enjabonar tú? —bromeó.
—Si tú quieres… ya sabes que soy muy bien mandado —contesté de camino a la casa.
Entré al baño, donde Mariela se duchaba, a coger una toalla y el gel. Me preguntó qué tal y le conté la conversación.
—Ja, ja, qué flojo estás hecho. No hay cojones —me picó.
Salí convencido de que no lo haría, pero según me acercaba se me iba el valor. Y al verlo allí, desnudo bajo el chorro, casi me echo atrás. Miré hacia la casa y la vi a ella tras la ventana, con cara divertida. Eso fue lo que me espoleó.
Llegué junto a Damián, que recibía el agua de espaldas a mí. Me eché gel en las manos y empecé a frotarle la espalda. Debía de esperarlo, porque no se sorprendió y me dejó hacer. Pasé las manos por la espalda, el cuello, bajé por las piernas y dejé las nalgas para el final. Las enjaboné y le di un toque para que se girara. Lo hizo, y comprobé que su sexo, pese a las dos descargas, todavía conservaba un grosor interesante. Le enjaboné el pecho y terminé por el vientre, donde más restos quedaban. Sin decir nada, lo dejé salir y me quedé aseándome mientras él se secaba con la toalla.
La situación era rara, pero no incómoda. Los dos solos, desnudos, sin hablar. Mariela ya no estaba en la ventana. Le ofrecí algo de beber, pero contestó que se había hecho tarde. Habían pasado casi dos horas y debía volver a casa. Me puse unos calzones, él se vistió y lo acompañé a la puerta, donde, mirándome a los ojos, dijo:
—Gracias. Dile que es increíble, que cada día me sorprende más, y que siempre estaré para lo que ella quiera. No necesito nada más. Está muy por encima de cualquier cosa que pudiera soñar.
—Se lo diré, aunque ya lo sabe. Gracias a ti por venir y por aceptar sus normas, incluso lo que no buscabas, lo de mi humillación, y el no tocarla.
—Si lo hago es porque estoy de acuerdo y porque disfruto de nuestros juegos.
Nos despedimos con un apretón de manos y se alejó en su coche. Yo entré en casa, donde me esperaba ella, que me recibió con un beso suave en los labios y los ojos brillantes. No necesitaba más.





