Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que mi amiga vio bajo mi falda de tenis

Antes de mudarme a la capital jugaba al tenis casi cada semana en un club modesto a las afueras, de esos con dos pistas de tierra batida y una cafetería que olía siempre a café recalentado. Lo había dejado por falta de tiempo, pero cuando Bea me escribió para proponerme un partido, no lo dudé ni un segundo. Hacía años que no sentía las ganas de volver a coger una raqueta solo por el placer de hacerlo.

—Te traigo a alguien —me dijo por teléfono—. Una compañera nueva del trabajo. Le he hablado de ti y quiere conocerte.

Quedamos una hora antes en la cafetería de las pistas, para tomar algo y romper el hielo. Bea ya estaba sentada en la terraza cuando llegué, y a su lado había una chica que se levantó enseguida a saludarme con dos besos rápidos y una sonrisa franca.

—Vega —dijo, tendiéndome la mano después de los besos, como si no supiera bien cuál de los dos gestos tocaba.

Era algo más joven que yo, con el pelo castaño recogido en una coleta tirante y unos ojos que se reían antes que la boca. Pedimos un té y estuvimos un buen rato hablando de cualquier cosa, de la ciudad, del trabajo, de lo difícil que era encontrar gente con quien jugar sin que se lo tomara como una competición de vida o muerte.

Vega era de buena familia. No lo dijo con esas palabras, pero se notaba en los detalles: un máster terminado en el extranjero, una empresa familiar grande a la que había vuelto para ir aprendiendo el oficio desde abajo, una rotación por distintos departamentos que Bea supervisaba en parte. Hablaba de todo aquello sin presumir, casi con fastidio.

—Lo que de verdad necesito es salir de casa de mis padres —confesó, removiendo el té con la cucharilla—. Vivir con ellos otra vez, a mi edad, es asfixiante. Mi tía controla hasta a qué hora vuelvo. Le pedí a Bea que me ayudara a buscar piso con gente normal.

—Por eso te quería presentar —intervino Bea, mirándome con intención—. Tú tienes sitio de sobra, y entre los viajes apenas paras en casa. Sería medio año como mucho.

Lo pensé un instante. La idea me gustaba más de lo que dejé ver. Le pedí un día para decidirlo, por no parecer demasiado ansiosa, y a Vega le pareció lo más razonable del mundo.

***

Llegó la hora del partido y nos fuimos cada una a cambiarnos. Yo me había llevado mi conjunto de siempre: un polo celeste, una falda blanca de tenis con vuelo, los calcetines cortos, las zapatillas. Me miré en el espejo del vestuario y sonreí. Bajo la falda no llevaba absolutamente nada.

Era un capricho que arrastraba desde hacía tiempo, una fantasía pequeña y privada que nunca me había atrevido a cumplir. Jugar así, con la tela revoloteando a cada golpe, sabiendo que un movimiento brusco podía dejar a la vista el coño desnudo que se suponía que nadie debía ver. Aquel club semivacío, con la única compañía de tres mujeres en las que confiaba, me pareció el lugar perfecto para hacerlo por fin.

Sorteamos las parejas girando una raqueta y me tocó del lado de Vega. Bea y su otra compañera, una rubia menuda llamada Ingrid, se colocaron enfrente. Los primeros peloteos fueron de calentamiento, suaves, midiéndonos. Pero en cuanto empezamos a jugar de verdad, todo cambió.

Al estirarme para devolver una bola cruzada, sentí el aire fresco de la tarde donde no debía sentirlo, directo entre los muslos, colándose hasta los labios del coño. La falda voló un instante y volvió a su sitio. Levanté la vista y vi a Bea, al otro lado de la red, haciéndome señas discretas hacia su propia falda, como avisándome de que se me había olvidado algo. Le sostuve la mirada y negué despacio con la cabeza, sonriendo. No se me ha olvidado nada.

Tardó un segundo en entenderlo. Cuando lo hizo, abrió la boca en una carcajada silenciosa y le susurró algo a Ingrid, que también me miró, esta vez sin disimulo. Las dos lo habían pillado.

Pero la que de verdad me interesaba era Vega, a mi lado. La sorprendí mirándome de reojo entre punto y punto, primero con curiosidad, luego con algo más espeso que no supe nombrar. Cada vez que yo me agachaba a recoger una bola, ella se quedaba un instante de más sin moverse, como esperando ver el chocho asomar bajo el vuelo blanco.

El juego se convirtió en otra cosa. Dejó de importar el marcador. Yo exageraba los gestos, me estiraba más de lo necesario, corría hacia las bolas cortas sabiendo perfectamente lo que la falda hacía a mi espalda. Notaba el coño empapándose por dentro, los labios hinchados de sentirse mirados, un hilo tibio bajándome por la cara interna del muslo que no era sudor. Era una sensación nueva y embriagadora: la de saberme mirada, deseada, y disfrutarlo en lugar de avergonzarme.

Al terminar el primer set, Bea se fue casi corriendo hacia el vestuario. Pensamos que le había entrado prisa por ir al baño. Pero cuando volvió y entró de nuevo en la pista, se levantó apenas la falda con dos dedos y nos enseñó que ella también se había quitado la ropa interior. Reanudamos el juego entre risas, y en el primer golpe se agachó de una forma tan deliberada que las tres vimos lo mismo que yo había estado enseñando toda la tarde: los labios del coño perfectamente afeitados, todavía enrojecidos por la depilación reciente.

—Esto es un escándalo —dijo Ingrid, muerta de risa, abanicándose con la mano.

Pero no se fue. Ninguna se fue. Seguimos jugando un set más, cómplices, riéndonos como adolescentes que han descubierto un secreto, fingiendo concentración en una pelota que a nadie le importaba ya.

***

Cuando recogíamos las cosas, sudadas y todavía riéndonos, Vega se acercó a mí mientras las otras dos se adelantaban hacia la salida.

—Me di cuenta desde el primer juego —me dijo en voz baja, casi al oído—. Y no he podido pensar en otra cosa desde entonces. Se me ha puesto el coño empapado en la pista, mirándote.

Sentí un calor que no tenía nada que ver con el ejercicio.

—¿Y te ha molestado? —pregunté, aunque sabía la respuesta.

—Al contrario. Me ha encantado mirarte. Me ha encantado que supieras que te miraba. Cada vez que te agachabas se me escapaba un gemido, te lo juro.

Caminamos hacia los vestuarios sin decir nada más, pero el silencio iba cargado. Las duchas del club eran individuales, con puertas abatibles de plástico que no llegaban ni al techo ni al suelo. Bea e Ingrid se metieron en las dos del fondo. Vega y yo nos quedamos con las contiguas.

Me desnudé con el corazón acelerado y abrí el agua. Oía la ducha de Vega justo al otro lado del tabique, el rumor del agua, el ruido de sus pies sobre la rejilla. Y de pronto, un golpe seco y un quejido.

—¡Ay!

Salí enseguida, envuelta a medias en la toalla. Vega había abierto su puerta y se sujetaba el codo, que se había dado contra el grifo. No era nada grave, pero la imagen me dejó clavada en el sitio.

Estaba completamente desnuda, con el agua resbalándole por la piel, y lo que me impresionó no fue la desnudez en sí, sino las marcas. Tenía el cuerpo cruzado por la línea nítida de un bañador entero, anticuado, de los de una sola pieza. El vientre, las tetas, las caderas, casi blancos del todo, en un contraste brutal con el dorado del resto. Los pezones rosados coronaban dos pechos redondos y firmes que se mecían con su respiración, y el triángulo del pubis, también pálido, aparecía cubierto por un vello castaño y corto.

—Vaya —se me escapó, sin pensar—. Esas marcas…

Ella siguió mi mirada hacia abajo y se rió, sin taparse, sin ninguna vergüenza, abriendo apenas las piernas para que la viera mejor.

—Cosas de mi tía —dijo—. En la piscina de casa solo se permite ese tipo de bañador. Nada de bikinis, ni se te ocurra. Mi tía Remedios es como una monja con ropa cara, la guardiana del recato de la familia. Esto —se señaló el contorno pálido de la piel— es su obra.

Me acerqué un paso. El agua de mi propia ducha seguía corriendo a mi espalda, llenando el aire de vapor.

—Es injusto tener un cuerpo así escondido bajo una tela espantosa —dije.

—¿Tú crees? —Su voz había bajado un tono.

—Lo creo.

Nos quedamos así, las dos a la puerta de su ducha, mirándonos. Yo a ella, entera y mojada; ella a mí, sujetando una toalla que ya no cubría gran cosa. Toda la tensión de la pista, todas las miradas robadas durante el partido, se condensaron en aquel pasillo estrecho y húmedo.

Fue ella quien alargó la mano y tiró suavemente del borde de mi toalla. La dejé caer. No hubo prisa, ni torpeza. Solo el reconocimiento de algo que las dos llevábamos toda la tarde queriendo.

—Llevo desde el sorteo imaginándome esto —murmuró, recorriéndome con los ojos despacio, como si quisiera memorizarme—. Imaginándome tu coño, imaginando cómo sabes.

Me metí con ella en su ducha, bajo el chorro tibio. La puerta abatible se cerró a medias a nuestra espalda. Al fondo del pasillo, las otras dos duchas seguían corriendo, y supe, por una risa ahogada que llegó desde allí, que Bea e Ingrid sabían perfectamente lo que estaba pasando. Que escuchaban. Y la idea, lejos de frenarme, me encendió todavía más, me hizo apretar los muslos para contener el latido que ya me golpeaba entre las piernas.

El agua nos resbalaba entre los cuerpos. Pasé los dedos por aquella línea pálida de su vientre, por la frontera exacta donde la piel cambiaba de color, y la sentí estremecerse. Ella me apartó el pelo mojado de la cara y me besó, primero despacio, después con un hambre que llevaba horas conteniendo. Sus dientes me mordieron el labio inferior, su lengua se metió hasta el fondo de mi boca y me robó el aliento.

—Toda la tarde mirándote —dijo contra mi boca—. Ahora me toca a mí dejar que mires.

Y se apoyó en los azulejos, ofreciéndose, observándome mientras yo la recorría con las manos y la vista. Le atrapé un pezón entre los labios y chupé, sintiendo cómo se endurecía dentro de mi boca, mientras con la otra mano le amasaba la otra teta, jugando con la punta entre el índice y el pulgar. Vega gimió bajito, arqueando la espalda contra los azulejos fríos, buscando más.

—No pares —jadeó—. Chúpame las tetas, joder, más fuerte.

Bajé la boca por la línea pálida del bañador, mordisqueándola, siguiendo la frontera exacta hasta el ombligo, hasta el arranque del pubis. Me arrodillé en el plato de la ducha, con el agua cayéndome sobre la nuca, y le abrí las piernas con las dos manos. Su coño estaba ahí, húmedo por dentro y por fuera, con los labios ya hinchados y entreabiertos, brillando bajo el chorro. Le pasé la lengua entera, de abajo arriba, y ella se agarró a mi pelo con las dos manos.

—Ay, joder, sí…

La lamí despacio, saboreándola, hundiendo la lengua entre los labios, dibujando círculos alrededor del clítoris hinchado sin llegar a tocarlo del todo. Vega abría más las piernas, empujaba las caderas contra mi cara, me pedía sin palabras que se lo comiera hasta el fondo. Cuando por fin cerré la boca sobre su clítoris y chupé, dio un respingo y soltó un gemido tan alto que del vestuario de al lado nos llegó una risa contenida.

—Que te oyen —susurré, con los labios pegados a su coño.

—Que oigan —contestó, apretándome más contra ella—. Que oigan cómo me corro en tu boca.

Le metí dos dedos, muy despacio, notando cómo su coño se cerraba caliente y apretado alrededor, y volví a chuparle el clítoris mientras la follaba con la mano al ritmo que ella marcaba con las caderas. Vega apretaba los muslos contra mis orejas, se mordía el dorso de la mano para no gritar, y yo notaba en la yema de los dedos las contracciones que se le empezaban a acumular por dentro.

—Me corro, me corro, no pares, por favor…

Chupé más fuerte, curvé los dedos buscando ese punto por dentro, y Vega se soltó del todo. Se corrió empujando la pelvis contra mi cara, temblándole las piernas, dejando escapar un gemido largo y sucio que rebotó en los azulejos del club entero. Yo seguí lamiéndola despacio mientras bajaba, recogiéndole con la lengua el flujo tibio que se le escapaba, hasta que me apartó el pelo con las dos manos porque no aguantaba más.

Me levanté y me apretó contra ella, respirando entrecortada, y me besó buscándose a sí misma en mi boca.

—Ahora tú —dijo, y me giró contra los azulejos.

Me colocó con la espalda contra la pared fría y me abrió las piernas de un rodillazo suave entre los muslos. Empezó por las tetas, chupándomelas una y otra, mordiéndome los pezones con una avidez que me sacó un gemido. Su mano bajó por el vientre, se detuvo un segundo en el pubis y siguió, dos dedos abriéndose paso entre los labios empapados de mi coño.

—Estás chorreando —murmuró contra mi cuello—. Llevas horas así, ¿verdad? Desde la primera dejada.

—Desde antes —jadeé—. Desde que me quité las bragas en el vestuario.

Se rió contra mi piel y hundió los dedos hasta el nudillo. Me follaba despacio, saboreando cada empuje, mientras con el pulgar me hacía círculos sobre el clítoris. Yo cerraba los ojos, arqueaba la espalda contra los azulejos, mordía el aire mojado. Del otro lado del tabique se oía ahora un roce distinto: dos respiraciones, un jadeo agudo que reconocí como el de Ingrid. Bea e Ingrid tampoco habían aguantado.

—Escúchalas —susurró Vega—. Se están comiendo por nosotras.

La idea de las cuatro follando a la vez, separadas por un tabique de plástico, me disparó por dentro. Vega bajó, se arrodilló en el plato y me sustituyó los dedos por la lengua. Me clavé las uñas en las palmas cuando su boca se cerró sobre mi coño, cuando sentí su lengua metiéndose entre los labios, subiendo y bajando, buscándome el clítoris con una paciencia que me estaba volviendo loca.

—Métemela más —le pedí—. Cómemelo entero.

Vega obedeció. Me abrió los labios con los dedos y hundió la boca, chupándome como si tuviera sed de mí, alternando lengüetazos largos con succiones sobre el clítoris que me hacían temblar las rodillas. Me metió dos dedos y los curvó hacia arriba, y con la boca no me soltó ni un instante. Yo la agarré del pelo mojado y empujé la pelvis contra su cara, sin cuidado ya, sin vergüenza.

—Así, así, ahí, no pares…

El orgasmo me subió desde los pies. Me corrí con un grito ronco que ni intenté ahogar, apretándole la cabeza contra el coño, sintiendo cómo ella seguía chupando, cómo me bebía las últimas contracciones. Del otro tabique llegó un gemido casi simultáneo, el de Bea, y luego otro, y entendí que las cuatro nos estábamos corriendo casi a la vez, cada una en su ducha, cada una en la boca de otra.

Vega se levantó despacio, con la barbilla brillante, y me besó. Me dio a probar mi propio sabor mezclado con el suyo, mientras el agua nos caía encima y se llevaba todo. Mirar y ser mirada habían dejado de ser dos cosas distintas. Follar y ser follada, tampoco. Eran la misma, y nos turnábamos en ellas sin palabras, bajo el vapor, mientras el agua se llevaba lo poco que quedaba de pudor.

***

Cuando salimos, Bea e Ingrid ya se habían ido, dejándonos solas con discreción y un mensaje de Bea en el móvil que decía únicamente «mañana me lo contáis todo», seguido de tres puntos suspensivos.

Vega se vistió a mi lado, todavía con el pelo húmedo, y se volvió hacia mí mientras se abrochaba la camisa.

—¿Has decidido ya lo del piso? —preguntó, fingiendo inocencia.

La miré, miré aquella sonrisa que se reía antes que la boca, y pensé en seis meses de convivencia, en duchas compartidas y en todas las cosas que mi nueva compañera de piso aún no había visto y yo estaba deseando enseñarle.

—Tráete las maletas el sábado —dije—. Pero el bañador de tu tía lo dejas en casa de tus padres.

Se rió, esta vez con toda la boca, y supe que aquel partido de tenis sin bragas había sido solo el primer set de algo mucho más largo.

Ver todos los relatos de Voyerismo

Valora este relato

Comentarios(6)

SebasRio22

increible!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

caro_v

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como quedo todo entre las dos

Fede_mdq

jajaja lo del sorteo de equipos... no fue tan casualidad verdad? me encanto igual

Luci_Bs

Lo lei dos veces, te juro. Tiene algo que te engancha desde la primera oracion. Muy bien escrito

PaulaR_BA

Me recorde de una situacion parecida jugando al paddle, y dije nooo jaja. Buenisimo

Nati_lec

Y despues del partido como quedaron las cosas entre ustedes? me quede con ganas de saber

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.