El vídeo de mi ex despertó mi lado más voyeur
A Lorena y a mí nos une una historia larga. Nos conocimos siendo casi unos críos y aprendimos juntos lo que era el sexo, torpes y eufóricos, a los veintipocos. Lo nuestro fue bonito mientras duró, pero la juventud y dos maneras opuestas de entender la vida nos empujaron al final que cualquiera habría predicho: nos hicimos daño y lo dejamos.
Durante años no supe nada de ella. Hasta que, hará cosa de tres, reapareció sin avisar y todo volvió a moverse.
Al principio fue pura amistad. Recordar la época en que éramos otros, reírnos de lo idiotas que fuimos, pedirnos perdón por las cosas feas que nos dijimos. Charlas largas, sin segundas intenciones. O eso me decía a mí mismo.
Pero ya se sabe lo que pasa donde hubo fuego. Con los meses, los rescoldos empezaron a calentar otra vez.
Hablábamos todos los días, y nuestras conversaciones se fueron volviendo más íntimas, más atrevidas, más cargadas. Sobre todo por las mañanas, cuando ella estaba en la administración del instituto donde trabajaba y tenía su propio despacho con la puerta cerrada.
Fantaseábamos con hacerlo allí, sobre su mesa, mientras el resto del personal bajaba al patio en la hora del recreo. Nos mandábamos fotos que no dejaban nada a la imaginación. Yo abría el móvil con el corazón a mil cada vez que veía su nombre en la pantalla.
Fue en esas charlas cuando empecé a interesarme por algo distinto: los detalles de su vida con la pareja que tenía en aquel momento. Ella misma decía que salía de nuestras conversaciones encendida y que necesitaba calmar esas ganas con alguien. Y a mí, escucharlo, lejos de molestarme, me ponía como una moto.
¿Qué clase de tipo se excita imaginando a su ex con otro?, pensaba. La respuesta era incómoda y clara: yo.
***
Llevamos la fantasía al terreno real una tarde que quedamos en mi casa con la excusa de un café.
Estábamos en el sofá, hablando de cualquier cosa, cuando sin pensarlo me incliné y la besé. Su primera reacción fue de sorpresa, los ojos muy abiertos. Pero no aparté la boca y la besé de nuevo. Algo cambió en su cara entonces, y me devolvió el beso con una intensidad que reconocí de inmediato, como si los años no hubieran pasado.
Las manos empezaron a recorrer lo que la memoria ya conocía. La ropa fue cayendo por el salón sin orden ni prisa. Dejé su boca para bajar despacio, besándole el cuello, el pecho, el vientre, hasta llegar a donde llevaba rato queriendo estar. Me entretuve allí, escuchándola respirar cada vez más rápido.
Cuando quiso devolverme el favor, me sorprendió. De jóvenes era algo a lo que siempre se negaba, y verla ahora hacerlo por voluntad propia, con esa calma, me dio un morbo que no esperaba. Los años la habían vuelto otra mujer.
Después me empujó contra el respaldo y, con una voz suave que contrastaba con el gesto, me susurró al oído:
—Vamos a terminar lo que empezamos.
Se montó encima y se hundió sobre mí. Marcaba ella el ritmo, lento y luego brutal, jugando con cada cambio de velocidad. Era una locura de placer. Se notaba que había aprendido a disfrutar y a hacer disfrutar de un modo que de jóvenes ni intuíamos.
Estaba a punto de terminar y, antes de que lo hiciera dentro, se incorporó, me sacó y me apretó contra sus pechos, moviéndose despacio. Ver su cara mientras lo hacía fue lo que me venció. Acabé entre sus manos, con la respiración rota y la cabeza dándome vueltas.
***
Esos encuentros se repitieron varias veces. Pero, como ya había pasado años atrás, la cosa se fue enfriando sola, y poco después volvimos a romper.
Esta vez, sin embargo, lo hablamos como adultos. Tras un par de discusiones entendimos lo evidente: estábamos intentando reeditar una pasión que ya pertenecía al pasado, y que lo mejor para los dos era quedarnos en lo que de verdad funcionaba entre nosotros, ser amigos.
Pasado un tiempo, ella empezó una relación nueva con un compañero de trabajo. Reconozco que al enterarme se me revolvió algo por dentro, esa punzada absurda de saber que ya había alguien ocupando un sitio que fue mío. Pero, junto a esa molestia, nació otra cosa que no supe nombrar al principio: un morbo irrefrenable al imaginarme que otro la estaba disfrutando.
Al principio ella era muy reservada con sus encuentros. Yo insistía, medio en broma, en que me contara algún detalle.
No podía evitar imaginármela encima de él, o de rodillas, gimiendo como gemía conmigo. Y, claro, terminaba con el móvil en una mano y la otra ocupada, fantaseando con escenas que solo existían en mi cabeza.
El morbo tenía, además, una banda sonora involuntaria. Los vecinos del piso de arriba no eran precisamente discretos en sus noches movidas. Las paredes finas dejaban pasar cada gemido, el golpeteo del cabecero contra el tabique, esa risa baja de él justo antes de empezar. Más de una vez me sorprendí inmóvil en la oscuridad, escuchando a través del techo, sin atreverme casi a respirar, con el cuerpo entero pendiente de los ruidos de unos desconocidos.
Lo que al principio era casualidad se convirtió en costumbre. Sabía a qué hora solían empezar, los viernes sobre todo, y me descubría esperándolo, atento al primer crujido, mezclando en mi cabeza esos sonidos reales con las imágenes que Lorena me regalaba por las mañanas. Dos fantasías superpuestas alimentándose entre sí.
***
Después de varios meses dándole vueltas, me decidí a confesárselo. Le conté lo de los vecinos, lo mucho que me excitaba escuchar a otros, y hasta llegué a admitir que una noche me había masturbado plantado junto a su puerta mientras ellos se dejaban la voz.
Aquello le llamó muchísimo la atención. Empezó a preguntar, curiosa, qué era exactamente lo que me ponía de todo eso. Entre risas, envalentonado, le solté que por qué no se grababa con su chico y me lo pasaba.
Se negó en redondo. Y, para no acabar discutiendo, dejé caer el tema como quien suelta una broma sin importancia.
Pero algo se movió en ella. Porque, a partir de entonces, cada vez que quedaba con él, al día siguiente me lo contaba con más detalle. Cómo era de grande, si lo prefería encima o de otra forma, cómo le gustaba a ella cabalgarlo hasta el final, los orgasmos que la dejaban temblando hasta las piernas. Me lo narraba con una naturalidad que me derretía y me torturaba a partes iguales.
Yo escuchaba en silencio, grabando cada palabra para usarla después, a solas, en la oscuridad de mi habitación.
***
Una mañana habíamos quedado a desayunar, que era nuestra costumbre para soltarnos confidencias. Lorena llegó con una sonrisa rara, la de quien guarda un secreto.
—Oye —dijo, removiendo el café—, me he grabado con mi chico. Y no veas cómo me ha quedado.
Noté de inmediato cómo reaccionaba mi cuerpo. La sangre se me fue a un sitio muy concreto.
—Quiero verlo —solté sin disimular—. O mejor, pásamelo.
—Ni hablar, eso es muy privado.
—Pues al menos enséñamelo.
Lo pensó un segundo.
—Vale, pero aquí no. No quiero que lo vea nadie.
Terminamos las consumiciones casi a la carrera y salimos hacia su coche, aparcado en una calle más tranquila. Nos metimos dentro y ella sacó el móvil, dudando todavía.
—Mira, lo he pensado y te lo voy a pasar —dijo al fin—. Pero te pido por favor que no se lo enseñes a nadie. Como mi chico se entere, me mata.
—¿Qué te crees, que voy a ir por ahí enseñando un vídeo de mi ex con otro? —me reí—. Es solo para mí.
—Anda, tonto. Toma y calla.
***
Me pasó el archivo y, por fin, la fantasía que llevaba meses rondándome se hizo real. Ahí estaba Lorena, en la pantalla, siendo follada por otro, gimiendo igual que gemía conmigo.
La habitación parecía la de un hotel: sábanas blancas, una lámpara de mesilla encendida, la cámara apoyada en algún sitio que recogía la cama entera. Ella tenía las piernas sobre los hombros de él, que la embestía con fuerza. El sonido era lo peor, o lo mejor. Sus jadeos, las palabras que le decía, ese tono que yo había escuchado tantas veces de cerca y que ahora salía de la pantalla dedicado a otro.
Verle la cara de placer, los pechos moviéndose al compás de cada golpe, me provocó una erección como pocas veces había tenido. Era ella, la conocía de memoria, cada gesto, cada sonido, y a la vez era una desconocida entregada por completo a un hombre que no era yo. Ese contraste, el de mirar sin ser visto algo tan íntimo, era exactamente lo que llevaba meses persiguiendo sin saberlo. Me volvía loco.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó, un poco cortada, buscándome la mirada.
—¿Tú qué crees? —respondí, y le cogí la mano para llevarla, sin rodeos, hasta el bulto del pantalón.
—Madre mía —murmuró al notarme—. Ya veo que te ha gustado.
—Muchísimo.
Empezó a acariciarme por encima de la tela, despacio, mientras me preguntaba en voz baja qué era lo que más me había gustado del vídeo. Yo, mientras tanto, deslicé la mano por su muslo hacia arriba.
—Estate quieto, que estamos en la calle y pasa gente —dijo, sin apartarme del todo.
—¿Y no te da morbo precisamente eso?
—Me da, pero no es el sitio. Nos pueden ver.
Me las ingenié para que metiera la mano dentro, piel con piel.
—¿Pero qué haces? —se rió, nerviosa, mirando por la ventanilla.
—Tú sigue. Nadie nos ve.
Y siguió, acelerando el movimiento, vigilando la calle de reojo como quien hace una travesura. Esa mezcla de riesgo y prisa me encendió aún más.
—Ven, bésame —susurró.
Nos dimos un beso largo, hondo, y entre el vídeo todavía fresco en mi cabeza y su mano, no aguanté más. Acabé entre sus dedos, con un escalofrío que me recorrió entero.
—Vaya, vaya —dijo, sonriendo, limpiándose con un pañuelo—. Veo que te ha gustado de verdad.
—Uf, niña, maravilloso.
—Pues no te preocupes —añadió, y me dio otro beso en la boca antes de arrancar el coche—. Que ya te enseñaré el próximo que grabe.