Espié a la mujer de la ventana de enfrente
Eran las nueve y ya había caído la noche, una de esas noches frescas de octubre en las que apetece quedarse encerrado. Yo estaba en mi habitación del hotel, aburrido, con el teléfono pegado a la oreja y la mirada perdida en el edificio de enfrente. Otro hotel idéntico al mío, una colmena de ventanas oscuras separada de la mía por la anchura de la calle.
De pronto, una de esas ventanas se encendió. Era grande, sin cortinas, abierta de par en par a la noche. Y en aquel rectángulo de luz entró una mujer, también con el teléfono en la mano, también hablando.
Una mujer morena de unos cuarenta y muchos. Traje de chaqueta y pantalón que se notaba caro incluso a esa distancia. El pelo oscuro le caía justo por encima de los hombros, y unas gafas de pasta le daban un aire severo que me resultó, de inmediato, perturbador.
Lanzó el móvil sobre la cama. Yo hice lo mismo con el mío, casi sin pensarlo, y me quedé con las manos libres y la respiración un poco más rápida. La curiosidad me arrastraba. El mirón que llevaba dentro se desperezó y empezó a hablar más fuerte que el sentido común.
Con una naturalidad que me dejó seco, se quitó la chaqueta. No sabría decir qué me llamó más la atención, si lo sobrio del sujetador o lo rotundo de lo que contenía. Era negro, triangular, sin un solo adorno, de esos que una mujer se pone para que nadie sospeche lo que esconde. Y aun así, aquella carne lo desbordaba por todas partes, empujando contra la tela escasa como si quisiera escapar.
Entonces giró la cabeza hacia la ventana. Hacia mi edificio. Hacia mí.
Apagué la luz de un manotazo. ¿Me habrá visto? Me quedé clavado en el sitio, confiando en que la oscuridad me cubriera. Ella también se quedó quieta, como si pensara, como si dudara. Después se dio la vuelta y vi sus manos buscar el cierre del sujetador en la espalda.
Algo se tensó dentro de mí con una urgencia que no recordaba en años. No me acordaba de la última vez que el deseo me había golpeado tan rápido y tan fuerte. Me solté el pantalón y empecé a tocarme despacio, rogando en silencio para que el espectáculo durara.
El sujetador negro cayó sobre la cama, junto al teléfono. Ella se giró apenas, lo justo para que yo intuyera la curva sin llegar a verla del todo. Su brazo me censuraba la imagen, pero mi imaginación rellenaba lo que faltaba sin ningún esfuerzo. Se inclinó hacia una maleta abierta, buscando algo, y aquella carne se balanceó pesada, perezosa, indiferente a mi agonía.
Lo primero que sacó fue blanco. Volvió a darme la espalda y la vi abrochárselo con dos dedos hábiles. Se acabó, pensé, decepcionado. Pero entonces se volvió de cara a la ventana, se subió el pecho con las dos manos para acomodarlo y se puso en jarras, plantada frente a mí sin saberlo.
—Joder, qué injusto es esto —murmuré contra el cristal—. Tan cerca y tan lejos.
Maldije la calle que nos separaba. Habría dado cualquier cosa por ver de cerca aquel encaje, que tenía que ser finísimo, porque desde mi ventana adivinaba dos sombras oscuras que solo podían ser sus pezones. Este era más pequeño que el anterior, no contenía nada, lo insinuaba todo. Y conseguía que la urgencia entre mis piernas creciera con cada segundo.
***
Algo en su gesto me dijo que tampoco la convencía. Se volvió hacia el armario y el blanco cayó al suelo. Lo siguiente fue una explosión de rojo: sostuvo una pieza de lencería frente al cuerpo, y por un instante no hubo nada que me tapara la vista. Vi sus pechos enteros, pesados por los años pero magníficos, vi las areolas oscuras y anchas, vi los pezones erguidos en el centro como dos provocaciones. Empecé a babear. Y mi mano, abajo, ni siquiera se detuvo a pensarlo.
—Vamos —susurré, como un idiota que cree que pueden oírlo—. Ponte ese, por favor.
Pero el rojo volvió al cajón, altiva, como si me hubiera escuchado y hubiera decidido despreciarme. Inclinada de nuevo, sus pechos se separaban del cuerpo y yo creía distinguir hasta el último detalle, el motor de mi mano, el sueño de mi boca. Me imaginé cruzando la calle, entrando por aquella puerta, amasando aquella carne mientras ella seguía fingiendo que buscaba.
El siguiente era color visón, ese tono raro a medio camino entre la piel y el barro que algunas mujeres llevan bajo las blusas blancas. Vi otra vez su espalda, esa espalda que ya deseaba recorrer con la lengua, las cintas, el cierre, y de nuevo el paraíso. Otro sujetador minúsculo, incapaz siquiera de cubrir las areolas. El pecho izquierdo asomaba entero, una tentación demasiado grande para una pieza tan pequeña.
—Tócalo —dije bajito—. Solo quiero verte hacerlo.
Y entonces lo hizo. Como si me hubiera oído, como si me obedeciera, su mano derecha subió hasta el pecho izquierdo y, en lugar de cubrirlo, empezó a acariciarlo. Mi mano se convirtió en un pistón. Aquello era mejor que cualquier vídeo que yo pudiera buscar de madrugada. Ella dibujó círculos lentos alrededor del pezón, que respondió endureciéndose de una forma que yo distinguía con claridad a través de dos aceras y un río de asfalto. Era increíble. No tenía palabras.
Aquel tampoco le sirvió. Se lo desabrochó de cara a la ventana, despacio, dejando que la tela resbalara enseñándome el pecho centímetro a centímetro, con una lentitud casi cruel. Y se quedó así, expuesta, durante unos segundos que se me grabaron a fuego.
La piel había perdido el bronceado del verano, pero conservaba un dorado tibio, salvo alrededor de los pezones, donde la marca del bikini la dejaba blanca como la nieve. No le gustaba el topless, estaba claro. Qué desperdicio, pensé. Con esos pechos, esconderlos era un crimen.
Me pregunté cuántos huéspedes del hotel estarían como yo, pegados a sus ventanas, masturbándose a oscuras. Y, egoísta, deseé ser el único, que aquel teatro fuera solo para mí, aunque cierto morbo de saber que la compartía con otros mirones invisibles tampoco me molestaba del todo.
***
El número del striptease, si es que lo era, no había terminado. Mi desconocida fue hasta la cama y cogió un jersey rojo de cuello alto. Se lo puso de un tirón, se miró en un espejo que yo imaginaba contra la pared y se giró otra vez hacia la ventana. Hacia mí. Hacia su mirón. El jersey ajustado le marcaba el pecho de una forma obscena, sin sujetador, los pezones dibujados bajo la lana. No sé para quién se estaba arreglando, pero ese alguien iba a tener unas ganas terribles de tocarla.
Faltaba la mitad de abajo. Se giró y se bajó el pantalón del traje hasta dejarlo caer al suelo. Sus piernas estaban a la altura del resto: muslos firmes, carnosos, de los que seguramente ella encontraba demasiado gruesos y yo encontraba perfectos. Y cuando volvía a relamerme, se agachó. Ahí quedó su trasero en pompa, envuelto en unas braguitas negras sencillas que se hundían entre las nalgas y dibujaban dos curvas que me cortaron la respiración.
—Cualquiera querría tenerte así —dije entre dientes—. Y yo más que cualquiera.
Era un trasero grande sin ser enorme, el de una mujer madura que se cuidaba. Distinguía su firmeza, la tensión de los muslos, y la mano me aceleró sola imaginando que me corría justo ahí, en aquella postura.
Pero se levantó. Cogió unos pantalones ceñidos, se los probó y se estudió en el espejo. Algo no la convenció, y a mí me regaló otro número: de cara a la ventana, dobló el pantalón con calma, ofreciéndome de paso la vista frontal de sus bragas. Lo que habría dado por que se las bajara.
—Enséñamelo —pedí a la nada—. Solo un poco.
No lo hizo. Cogió unas medias negras como la noche y apoyó una pierna en el borde de la cama. Habría dado lo que fuera por arrodillarme junto a ella en ese instante, por subir besando aquel muslo, cada vez más arriba, hasta el nacimiento de las piernas. Despacio, deleitándose, fue subiendo la media por la pierna izquierda, cubriéndola de la manera más sexy que cabía imaginar. Después repitió con la derecha. Yo ya había tenido que soltarme para no terminar antes de tiempo.
Con las medias puestas, me dio la espalda. Me ofreció el trasero otra vez, ahora más redondo, más altivo, más desafiante por la presión de la tela. Era la clase de mujer a la que no me atrevería a mirar en un ascensor por miedo a quedar atrapado para siempre.
Se puso entonces una falda negra hasta media pantorrilla, recta, de niña formal, lo que en ella multiplicaba todo. Se miró y por fuerza tuvo que verse magnífica. Agarró el bajo y lo levantó hacia los lados, descubriendo las medias, y mi deseo arrancó de nuevo. Ella se contemplaba en el espejo, indiferente, sin dar señales de saber que un desconocido no perdía detalle al otro lado de la calle.
—Me vuelves loco con ese aire de mujer decente —murmuré.
Soltó la falda y se tocó el pecho por encima del jersey, como comprobando la sensación de no llevar nada debajo. Casi podía adivinar su sonrisa. Levantó la prenda desde abajo, jugando frente al espejo, y aquel pecho pesado se negó a seguir encerrado y escapó rotundo, pleno, monumental.
Y entonces empezó a tocárselos. Tenía que saber que la miraba. Tenía que estar tan caliente como yo: mirón y mirada, voyeur y contemplada, los dos atados al mismo hilo invisible. Acarició la curva inferior de los pechos, rodeó las areolas, llegó a los pezones endurecidos por el roce de la lana. Los distinguía con una nitidez imposible. La vi morderse el labio, y en ese momento no aguanté más.
El final me golpeó contra el cristal, generoso después de varios días sin descargar. Fue el tributo más justo a lo que acababa de ver. El orgasmo me dejó sin piernas y tuve que apoyarme en la ventana, agotado, manchado, ridículo y feliz.
***
Y entonces, de un altavoz que nunca se había llegado a apagar, surgió una voz.
—¿Te ha gustado, Andrés?
Tardé un segundo en entender. Miré el teléfono tirado sobre la cama, la pantalla aún encendida, la llamada todavía en curso. Al otro lado de la calle, mi desconocida se giró por fin del todo hacia la ventana, se quitó las gafas con dos dedos y me saludó con la mano, como quien saluda a un viejo conocido.
—Elena… —se me escapó—. Eres una diosa. Eres mi diosa.
—Reservé esta habitación esta mañana, justo enfrente de la tuya —dijo, y noté la sonrisa en su voz—. Quería comprobar una cosa.
—¿Comprobar qué?
—Si seguías siendo el mismo mirón con el que me casé hace doce años. —Hizo una pausa deliciosa—. Y ya veo que sí.
Me reí, sin aliento todavía, con la frente contra el cristal frío.
—Te debo una —dije—. Y te juro que pienso pagártela esta noche, de cerca.
—Cuento con ello —respondió—. Pero esta vez no apagues la luz.