La chica tímida que me pidió mirar en el pinar
Los días que libro del trabajo, o cuando el turno me lo permite, saco a mi perro a un pinar que queda a un cuarto de hora de casa. Es un sitio amplio, abierto, con la tierra cubierta de agujas secas y olor a resina caliente. Allí lo suelto y él corre como un poseído, persigue piñas, las muerde, las deja y vuelve a por otra. Yo lo sigo caminando despacio, dejándole espacio, disfrutando del silencio.
Con el tiempo uno acaba conociendo a la gente que frecuenta esos paseos. Los dueños de los perros nos saludamos, nos quedamos un rato charlando mientras los animales se olfatean y juegan. Es una rutina cómoda, sin compromisos. Hablas del calor, de la lluvia que no llega, de cualquier tontería, y al rato cada uno sigue su camino.
Aquel verano fue especialmente cruel. Las noches eran un horno y dormir se había vuelto casi imposible. Por eso madrugaba más de lo normal, para aprovechar el poco fresco que dejaba el amanecer antes de que el sol lo abrasara todo.
Una de esas mañanas, al llegar, ya había alguien. Una chica de pie junto a la entrada del pinar, con su perro olisqueando la base de un árbol. Al verme llegar levantó la mano para saludar. La llamaré Carla.
Me fui acercando con tranquilidad, pensando que al menos el paseo se haría más llevadero con compañía. Carla era una chica de aspecto corriente, de esas que no llaman la atención a primera vista pero que cuanto más las miras, más te gustan. Llevaba gafas, tenía la cara bonita y una timidez evidente: hablaba sin sostener la mirada, jugueteando con el extremo de la correa. No era despampanante. Pecho discreto, curvas suaves, pero un cuerpo firme y compacto que el conjunto deportivo rojo que llevaba —pantalón corto y top— marcaba sin pudor por culpa del calor.
—Buenos días. Has madrugado hoy —dije.
—Sí, un poco —respondió, mirando al suelo—. Quería aprovechar el fresco antes de acabar empapada en sudor.
—Te entiendo. Las noches son horribles, no hay quien duerma.
—Uf, ni te lo imagino. Ni con el ventilador. Me acuesto sudando y me despierto peor.
Sonreí. Había algo encantador en su manera de avergonzarse de cosas tan inocentes. Echamos a andar juntos por el camino central, los dos perros corriendo en círculos alrededor de nosotros, y la conversación fluyó sola. Ella se relajaba a ratos y volvía a encogerse cuando se daba cuenta de que la estaba escuchando con demasiada atención.
El pinar tiene, a ojo, el tamaño de un par de campos de fútbol, con un camino de tierra a cada lado y, al fondo, una arboleda más baja y tupida donde la luz apenas entra. Hacia allí nos llevaron los perros, y fue allí donde vimos algo que no esperábamos.
***
Entre los árboles del fondo había una pareja. Una chica de pie, con las manos apoyadas contra un tronco, las piernas separadas, la falda recogida en la cintura y la camiseta subida. Detrás de ella, un hombre más o menos de su edad la embestía sin contemplaciones. Ella no dejaba de gemir, sin importarle el eco que rebotaba entre los pinos.
Nos quedamos los dos quietos, en silencio, a unos cuantos metros. Los perros seguían a lo suyo, ajenos por completo. Yo noté de inmediato el calor subiéndome por el cuello, esa mezcla de incomodidad y excitación de estar viendo algo que no deberías.
—A estos les ha pillado el calentón aquí mismo —susurré, medio en broma, para no delatar nuestra presencia.
—Eso parece —murmuró ella—. Casi me da vergüenza mirar.
Pero miraba. La observé de reojo y la cara se le había puesto roja. Apartaba la vista al suelo, sí, pero cada pocos segundos los ojos se le iban de nuevo hacia la pareja, como atraídos por un imán que no controlaba. No sabía si era el bochorno de la mañana o lo que estaba viendo, pero el rubor le había bajado hasta el pecho.
Y entonces lo noté: bajo la fina tela del top rojo, los pezones se le habían endurecido. Una gota de sudor le resbaló por el cuello y se perdió entre sus pechos. Carla fingía vergüenza, pero su cuerpo la estaba traicionando delante de mí.
—Es todo un espectáculo —dije—, pero mejor seguimos, ¿no?
—Ah… sí, mejor —contestó, sin moverse del sitio.
Me giré para retomar el camino. A los pocos metros me di cuenta de que ella no me seguía. Volví la cabeza y allí estaba, plantada, los ojos clavados en la pareja, completamente absorta. Regresé en silencio hasta quedar a su lado.
—Carla, ¿estás bien?
—La verdad… nunca había visto algo así —dijo, y por fin levantó la vista hacia mí—. En las películas sí, claro, pero jamás se me habría ocurrido verlo en persona.
—Es algo natural. Te entra el calentón, tienes con quien, y lo haces donde te pille.
—A mí no se me ocurriría jamás. Hacerlo en mitad del bosque, donde cualquiera puede verte… qué vergüenza —y volvió a bajar la mirada.
Pero ese fue su error. Sus ojos, buscando dónde posarse para huir de los míos, fueron a parar justo a la parte delantera de mi pantalón. Y yo, después de varios minutos escuchando los gemidos de aquella chica y viendo cómo se la follaban contra el árbol, estaba más que empalmado. Soy un hombre, qué le voy a hacer.
Al darme cuenta intenté disimular, girándome un poco de lado. Demasiado tarde.
—Parece que a ti tampoco te desagrada mirar —dijo, y por primera vez había algo travieso en su voz.
—No es algo que suela hacer —admití—. Pero si lo tengo delante, miro un poco, sí.
—Estás todo empalmado —soltó, y al instante se mordió el labio, otra vez roja, como si las palabras se le hubieran escapado solas.
—Bueno, nada que no se arregle en casa —reí—. No iba a ponerme a ello aquí.
—Es verdad. Aunque si tienes necesidad, puedes hacerlo. No te preocupes, yo sigo mi paseo.
—Claro, y luego nos vemos en las mesas y charlamos como si nada.
—Pues sí. Ya te digo, por mí no te cortes.
***
La situación se estaba volviendo extraña, y esa rareza me ponía todavía más cachondo. Su timidez, lejos de frenarme, era pura gasolina. El pantalón empezaba a resultarme un suplicio.
—Siendo realista —dije—, va a ser muy incómodo volver así a casa. Joder, menuda situación.
—Tranquilo. Yo sigo caminando. Hasta luego, o hasta otro día.
—Hasta luego, pues. Disfruta del paseo. Y perdona.
La vi alejarse por el camino, con su perro trotando a su lado. Esperé un poco, hasta que la pareja del árbol terminó y se marchó por el otro extremo, y entonces me aparté hacia la sombra de unos pinos más cerrados, donde nadie pudiera verme desde el sendero. Me bajé el pantalón lo justo y me puse manos a la obra. Llevaba tal calentón encima que sabía que sería cuestión de un par de minutos.
El sudor me corría por la espalda. Cerré los ojos y dejé que la imagen de aquella chica gimiendo se mezclara con la de Carla mordiéndose el labio, con sus pezones marcados bajo el rojo del top. Estaba completamente entregado cuando, por el rabillo del ojo, vi moverse algo. Mi perro y el suyo jugaban a pocos metros de mí.
Me giré de golpe. Y allí estaba ella, de pie, roja como un tomate, mirándome.
—Carla, ¿qué haces? —intenté subirme el pantalón a toda prisa, pero los nervios me jugaron una mala pasada y media polla se me quedó a la vista.
—Esto me da más vergüenza a mí que a ti —dijo, y bajó la voz—. Pero quería ver cómo lo hacías. Nunca he visto a un hombre hacerlo. Ni siquiera a mi novio. Por favor, sigue. Prometo quedarme callada.
—Joder, Carla… ahora sí que es incómodo.
—Prometo no acercarme —insistió—. Solo déjame mirar.
Algo dentro de mí se rindió por completo. Si quería ver, iba a verlo todo. No dije nada. Me apoyé contra el tronco más cercano y retomé lo que estaba haciendo, esta vez con ella delante.
Se quedó quieta, con las manos cruzadas a la espalda, mirando, inundada de vergüenza y empapada de sudor. Si era posible, sus pezones estaban aún más duros que antes. El conjunto rojo se le pegaba al cuerpo y subía y bajaba con su respiración.
Y allí estaba yo, con la polla en la mano. El sudor hacía que la mano subiera y bajara con una facilidad casi obscena. Se sentía increíble. Mil cosas me pasaban por la cabeza, pero verla a ella así, de pie, sudando, inocente y tímida, me calentaba más que cualquier fantasía. El único sonido entre los pinos era mi respiración agitada.
—¿Puedo acercarme un poco más? —preguntó en un hilo de voz.
—Claro. Ya lo estás viendo todo, qué más da.
Dio unos pasos hasta quedar a poco más de un brazo de distancia. Noté cómo se acumulaba todo dentro de mí, a punto de estallar. Tuve mil tentaciones: coger su mano y guiarla, pedirle que se arrodillara, decirle lo que se me pasaba por la cabeza. Pero me callé. No quería romper aquel momento extraño y frágil.
No perdió detalle de cómo terminé. Casi todo cayó al suelo, sobre la tierra y las agujas de pino. Pero el primer chorro, el más fuerte, fue a parar a su muslo derecho. Carla dio un pequeño respingo instintivo y se quedó mirando cómo aquella gota tibia le bajaba por la pierna hasta la rodilla. Y entonces, por primera vez en toda la mañana, sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, pero franca.
—Me tengo que ir —dijo de pronto—. Adiós.
Y se marchó, caminando rápido, con las manos otra vez cruzadas sobre el pecho. Justo antes de perderse tras la curva del camino, la vi inclinarse un poco y limpiarse la pierna con la mano.
—Adiós, Carla —susurré para mis adentros.
***
Volví a casa con una mezcla rara de satisfacción y desconcierto. Había sido una experiencia distinta, morbosa, de esas que no se planean. Siempre he tenido algo de mirón, lo reconozco, y también algo de exhibicionista. Lo de aquella mañana no hizo más que confirmármelo.
Durante varios días la busqué en el pinar, a la misma hora, sin éxito. Empezaba a pensar que la había asustado, que no volvería. Pero una mañana, casi una semana después, la vi de nuevo junto a la entrada, con su perro y su conjunto deportivo, esta vez azul. Al verme levantó la mano para saludar, como si nada hubiera pasado. Y supe, por la manera en que esta vez sí me sostuvo la mirada un segundo de más, que aquello no había terminado.
Pero esa, amigos míos, es otra historia. Hasta la próxima.





