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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el concurso de camisetas mojadas

Había descubierto que me gustaba acostarme con Marcos, y la palabra exacta era esa, sin rodeos ni adornos. No me interesaba decir «hacer el amor» ni ninguna de esas fórmulas tibias. Me gustaba cómo me sostenía al borde, cómo entraba en mí despacio y me dejaba temblando, cómo mi cuerpo respondía a cada empuje hasta que terminábamos juntos, sin trampas.

Lo otro, lo de la cámara encendida, lo de que alguien nos mirara, lo de mostrarme sin ropa frente a una pantalla, me daba más o menos igual. Pero a él lo encendía, eso saltaba a la vista, y verlo así de excitado terminaba excitándome a mí.

Nunca tuve del todo claro si el juego era suyo o de mi marido. Tampoco me importaba demasiado ahora que había decidido divertirme. Marcos era una caja de sorpresas, y empezaba a esperar con curiosidad qué nueva idea, qué atrevimiento distinto le pasaba por la cabeza cada día.

Algo me había quedado claro: en el fondo me gustaba exhibirme, gustaba que los hombres me admiraran. Por eso me incomodó un poco cuando insinuó que tal vez disfrutaría acostándome con alguno de esos desconocidos que babean apenas ven el cuerpo de una mujer. Lo dijo de pasada, como quien suelta una semilla y espera a ver si germina.

—Algún día lo harás —murmuró—. Hoy no toca, pero llegará.

No supe qué contestar. En realidad ya lo había hecho con él, así que no sería ninguna novedad. Salvo que se refiriera a un extraño, a alguien sin nombre ni cara conocida, solo por el placer de entregarme. Justo lo que mi marido fantaseaba, aunque él lo imaginaba con un conocido. Marcos, en cambio, parecía dispuesto a ir mucho más lejos.

La ocurrencia de esa tarde me resultó graciosa y desconcertante a partes iguales. Quería llevarme a un concurso de camisetas mojadas. No sabía bien qué era, pero lo intuía: empapar a las chicas para que la tela transparente dejara ver lo de debajo. Un paso más allá de la cámara, porque ahora habría público de verdad, gente respirando cerca, no un objetivo frío al otro lado de la habitación.

Buscaré la ropa más adecuada y le daré una sorpresa, pensé. Que vea que no soy ninguna mojigata, que puedo enseñarme ante un público real y disfrutarlo. Se trataba solo de eso. O eso me dije.

***

Llevaba toda la siesta dándole vueltas a qué haríamos esa noche. Era evidente que ella había disfrutado la tarde, pero yo quería rematar con algo distinto, algo más al filo que lo del día anterior. Mientras Lucía dormitaba en la tumbona junto a la piscina, abrí el móvil y me puse a rastrear sitios poco convencionales por la zona. Encontré uno curioso a media hora largando, una terraza de carretera que organizaba concursos de camisetas mojadas los fines de semana de verano.

Cuando despertó y me preguntó por los planes, se lo conté para tantear su reacción e ir preparándola.

—A poco menos de media hora de aquí hay una terraza con piscina —dije—. Hacen concursos de camisetas mojadas.

—¿Eso de dejarse empapar para que se vea todo lo de abajo? —preguntó, entornando los ojos.

—Más o menos.

—Puede estar bien. ¿Hay que vestirse de alguna forma especial?

—Supongo que con una camiseta o una camisa que se pueda mojar. Lo demás, como quiera cada una.

Le expliqué que el cartel no aclaraba mucho, solo prometía premios y diversión, con chicas subiendo a un estrado para que les echaran agua encima. Nunca había ido a nada parecido y no sabía cómo funcionaba exactamente. Aceptó por curiosidad, y según dijo, por mí, para que viera a otras mujeres enseñando algo aunque fuera con la camiseta puesta. Me reí y le aseguré que confiaba en que ganara alguno de los premios anunciados, que no me defraudara.

A la hora de arreglarse corrió a ducharse, decidida a causar buena impresión si la iba a ver tanta gente. Antes de que se metiera, la tumbé sobre la cama, desnuda como estaba, le sujeté las piernas y enterré la cara entre sus muslos. Jugué con la lengua hasta encontrar el punto exacto, lamí y mordí despacio hasta que la sentí a punto de quebrarse.

No quería que terminara ahí. Al contrario: quería que llegáramos a medias, encendida, deseando acabar lo empezado, esperando su premio al volver. Así que me aparté, le di un azote suave en el trasero y le dije que se diera prisa, que no sabía bien dónde quedaba el lugar y no podíamos llegar tarde.

Cuando salió arreglada estaba espléndida. Una camiseta blanca de escote redondo que apenas mostraba nada, una falda corta, muy corta, y una chaquetilla de punto que, según ella, era por si luego con la humedad pasaba frío.

***

El sitio era un bar de carretera con un cartel luminoso encima de la puerta, decenas de coches aparcados y demasiado bullicio dentro. Entramos antes de que empezara el espectáculo, pero el alcohol y los gritos ya animaban el ambiente. La gente se arremolinaba de pie junto a un estrado de madera, casi todos hombres, como era de esperar. También había chicas, jóvenes la mayoría, ligeras de ropa, algunas ya solo en bragas y camisetas finas, esperando que pidieran voluntarias.

—¿Hay que desnudarse? —me preguntó al oído.

—No creo. Supongo que se quitan ropa para no empaparla toda. Tú espera, ya iremos viendo. Estoy aquí.

El presentador soltó un discurso animado invitando a concursar por turnos, para que la tarima no se llenara de golpe. Subieron cinco o seis nada más, y entonces le hice un gesto con la cabeza.

—¿Vamos?

Se levantó, me dejó la chaquetilla en las manos y subió tranquila, entre los aplausos y los gritos de los que esperaban junto a la escalera. La animaban como a las demás, pero con un entusiasmo distinto: una mujer hecha, con sus curvas, con aire de señora elegante, dispuesta a competir con las chiquillas.

Era la única que seguía vestida. Las otras ya estaban listas para el remojón. Cuando vio cómo empapaban a la primera de arriba abajo, me buscó con la mirada, se acercó al borde del estrado, bajó la cremallera lateral y me lanzó la falda entre nuevos gritos. Quedó al final de la fila, esperando su turno medio avergonzada, recatada de una forma que solo la hacía más deseable.

Yo solo tenía ojos para ella. Hacía un cuadro de un erotismo brutal: la cabeza un poco inclinada, las manos cubriéndose el vientre, esperando como quien acepta un destino dulce. La camiseta finísima, sin mangas, no aguantaría el primer chorro sin transparentar todo. El pelo recogido, y unas braguitas negras de encaje, mínimas, que dibujaban un triángulo perfecto por delante y se hundían entre sus nalgas por detrás, dejándolas tensas y a la vista, sin que ella se diera cuenta de que era ahí donde debía taparse.

Le llegó el turno. Un ayudante le inclinó la cabeza y le echó la primera jarra por la espalda, igual que a las demás. La tela se le pegó a la piel, marcó la curva de la espalda y dejó claro, al trasluz, que no llevaba sujetador. Otro, con una pistola de agua de las de playa, fue rociándola por delante poco a poco, recargando y volviendo a apuntar, hasta empaparle todo el pecho. La camiseta encogida tiraba hacia atrás, dejaba el frente tensado, y sus pechos quedaron expuestos a la vista de todos, los pezones de punta clavados en la tela mojada. Casi tan desnuda como si no llevara nada, pero con el morbo de saber que sí.

El del agua iba de una a otra, ora a esta, ora a aquella, según le parecía que necesitaban mostrar más. Los chorros resbalaban por los cuerpos y encharcaban la tarima. Alguna, molesta con la ropa, se quitó la camiseta entre aullidos del público que pedía más. La más lanzada se deshizo también del tanga, y otras la imitaron mientras el presentador las jaleaba sin parar.

***

Aquello empezaba a desmadrarse. Un ayudante daba tragos de una botella, a morro, a las chicas que ya entraban en calor. Al final, cuando solo Lucía conservaba la camiseta, también se la quitó y la dejó caer a sus pies. Alguien la recogió y tuvo el detalle de pasármela cuando se la pedí.

Llegó la votación, que no era más que el rugido del público. El presentador se acercaba a cada chica con una regadera que un ayudante le rellenaba, y le derramaba el agua por el cuerpo, resaltándolo bajo los focos, la piel brillando como bañada en aceite.

Una se quitó las bragas en ese instante y los chillidos se dispararon. Las demás hicieron lo mismo, salvo una más rellenita que apenas llevaba una tira por delante y otra por detrás. Yo estaba aturdido, acalorado, pendiente solo de ella. Cuando le tocó, el presentador la sujetó por la espalda para que no retrocediera y le fue echando agua por el pecho. Y yo no miraba su cuerpo, sino su cara: encendida, el pelo ya suelto, los ojos brillantes, una mano agarrando las braguitas por el lateral mientras el público pedía a gritos que se las quitara.

Era un espectáculo perfecto. Verla así, excitada y serena a la vez, las manos firmes, el gesto concentrado, como si no oyera a nadie. Hasta que encontró mi mirada clavada en ella. Entonces, con una calma desafiante, sin levantarse del borde donde se apoyaba, fue bajándolas despacio, enrolladas entre los muslos tan mojados que no la dejaban maniobrar, hasta apartarlas a un lado con un par de meneos de los pies.

Intenté llegar hasta esa prenda, pero ya había desaparecido. Supongo que algún afortunado la guardó de recuerdo de la mujer que tuvo desnuda a un palmo aquella noche de verano.

Dejaron de echarle agua. Daba saltitos, nerviosa de verse observada por tanta gente, los pechos rebotando a cada bote, los pezones tensos delatando su excitación. Una mano se posó en su trasero para guiarla hacia el centro de la tarima, donde anunciaban a las ganadoras. Al verse junto a las otras pareció serenarse, darse cuenta de dónde estaba, e intentó cubrirse un poco mientras me buscaba con la mirada. Me encontró aplaudiendo a rabiar y me sonrió, confiada.

No vi cómo logró bajar del estrado desnuda entre el gentío. Vino hacia mí entre un revuelo enorme, y por momentos parecía que no avanzaba. Preferí quedarme quieto para que no me perdiera. Cuando se acercó, vi las manos que la tocaban por todos lados, su cuerpo casi oculto bajo un mar de dedos que le apretaban los pechos, las nalgas, el vientre. Y su cara roja, su sonrisa de satisfacción, dejaban claro que lo estaba disfrutando.

Todavía al echarse a mis brazos alguna mano aprovechó esos últimos segundos. En cuanto se pegó a mí le coloqué la chaquetilla sobre los hombros, y la gente, al ver que alguien la protegía, fue apartándose.

Reía entre mis brazos, de puro nervio, de alivio, quizá al caer en lo que acababa de hacer. La chaqueta apenas le cubría, mi mano sujetándola para no perderla, y su piel todavía sintiendo el roce de los que pasaban a su lado.

Volvimos a casa con ella cubierta solo por esa prenda, porque no quería mojar la falda. Reía como loca, carcajadas de euforia, los pechos meciéndose en cada bache mientras yo intentaba conducir sin desviar demasiado la vista. En el asiento trasero, dos botellas de buen whisky: su premio. Y mientras avanzábamos por la carretera oscura, yo ya buscaba un descampado donde parar el coche y tomarla sin esperar a llegar.

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Comentarios(4)

PlayeroFeliz

Genial!!! de los mejores que lei esta semana

RolandoP

Por favor hacenos una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues!!

Maru_09

Me recordo a un concurso similar al que fui hace años, esa noche fue... especial jajaja. Muy bien narrado

LectorVip99

Ufff que morbo, me gusto mucho

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