Las miradas del estadio cuando el short me delató
Me llamo Renata y, si soy honesta, casi todas mis locuras tienen el mismo origen: la forma en que me mira la gente cuando enseño un poco más de la cuenta. No lo busqué de niña. Llegó solo, ese día en que entendí que una falda corta y una sonrisa abrían puertas, conseguían favores y, sobre todo, conseguían miradas. Y a mí las miradas siempre me han gustado más de lo que debería admitir.
Tengo casi treinta años y crecí en Saltillo, aunque la historia que quiero contar pasó cuando trabajé un tiempo como edecán. Duré poco en ese mundo, y una de las razones de que me saliera es justo lo que voy a confesar. Todavía me muerdo el labio cuando lo recuerdo.
Empecé como promotora de mostrador, ofreciendo muestras de productos en tiendas. Iba tapada, formal, aburrida, y pagaban una miseria. Cuando me ofrecieron cubrir eventos en el estadio, casi grito de la emoción. Por fin algo distinto, algo donde mi cuerpo y mi entrenamiento de años de gimnasio valieran de algo.
El uniforme de la marca de refrescos era cómodo de verdad: un short rojo de corredora, con esa abertura lateral donde se unen las dos piezas de tela, una franja blanca al costado y una blusa ajustada con el logo de la empresa al frente. Lo mejor de todo eran los tenis. Después de meses en tacones, trabajar en tenis era la gloria.
Por supuesto, nos doblábamos el short en la cintura para hacerlo más pequeño y un poco más atrevido. Yo terminé llevando tanga, porque con esa tela tan corta cualquier otra cosa se marcaba demasiado. No es mi prenda favorita, soy más de boxer cachetero, pero esa noche la tanga fue la decisión correcta. O la equivocada, según cómo se mire.
***
Hubo un partido entre semana, no recuerdo el motivo, en plena temporada de lluvias, cuando el cielo se nubla cada tarde. Faltaron porristas y nos pidieron a nosotras que cubriéramos el lugar. Quedé en shock cuando vi el cambio de vestuario.
El uniforme de porrista era otra cosa: un short negro con tiras verdes, estilo guerrera, un top a juego y unos pompones. El short me quedaba directamente de cachetero, ajustado, mínimo, con la tela mordiéndome la curva de las nalgas. Me vi en el espejo del vestidor y pensé que aunque una no quiera, a veces el trabajo te obliga a andar de provocadora.
Creí que el plan era bailar en el medio tiempo y ya. Lo que nadie me había explicado era lo de «la batucada»: salir antes del partido a dar la vuelta completa al estadio, deteniéndonos por tramos para que cada una pasara a bailar al centro de una rueda. Es decir, exhibirnos a vista de toda la tribuna.
Sentí ese cosquilleo conocido bajándome por el vientre. Cuando empezamos a caminar y vi cómo la gente se amontonaba en las gradas, cómo los hombres dejaban su cerveza a medias para acercarse a la barda, el corazón se me disparó. No era miedo. Era otra cosa, esa mezcla de nervios y calor que me sube siempre que sé que me están comiendo con los ojos.
Y esta vez no tenía que fingir nada. No había que provocar que se me subiera la falda «por accidente», porque ni falda había. Andaba en algo que apenas merecía el nombre de short, prácticamente en ropa interior, en medio de cientos de desconocidos, y nadie podía decirme nada porque era mi trabajo.
***
En la primera parada se juntó un montón de gente. Vi cómo miraban a la compañera que bailaba en el centro, cómo seguían cada movimiento de su cadera con una atención casi animal. Yo no pasé en esa primera ronda, pero ya sentía las mejillas calientes y una humedad incómoda y deliciosa entre las piernas.
Seguimos avanzando. Cada metro era una tortura placentera. Literal andaba en cachetero entre una multitud, sintiendo el aire en la piel descubierta y la adrenalina latiendo en el pecho y más abajo. Mis compañeras caminaban tranquilas, acostumbradas, ajenas a lo que a mí me estaba pasando por dentro. Yo, en cambio, apretaba los muslos al caminar.
Nos detuvimos otra vez. Esta vez yo era la tercera en la rueda. Vi pasar a la primera chica, después a la segunda, y con cada una el latido se me aceleraba más, hasta que noté que la tela de la tanga ya estaba claramente mojada. La forma en que la observaban, con ese deseo descarado, sin disimulo, me prendía como si las miradas fueran manos.
Entonces llegó mi turno.
Me mordí el labio, respiré hondo y caminé hacia el centro contoneándome lo más lento y sexy que pude. Empecé a mover la cadera, después las nalgas, que siempre han sido mi mejor carta. Me agachaba despacio y subía levantando primero la cola, y cada vez que alzaba la vista veía esas caras encendidas, esos ojos clavados en mí, y me crecía algo por dentro, una euforia caliente que me hacía olvidar dónde estaba.
Lo que no calculé fue el efecto del propio baile.
Con cada movimiento brusco de cadera, el short negro se fue metiendo hacia adentro, deslizándose entre las nalgas poco a poco. Lo sentía y, en lugar de asustarme, me encendía más. Para cuando me di cuenta del todo, la tela ya no parecía cachetero: parecía una tanga finísima, y mis nalgas estaban prácticamente al aire frente a toda la tribuna.
No podía acomodarme. Tenía un pompón en cada mano. Aunque quisiera bajarme el short, no puedo, pensé, y esa imposibilidad me llenó de un calor nuevo. Estaba atrapada en mi propia exhibición, expuesta sin remedio, y la idea me derretía.
Volví a mi lugar en la rueda con la cola completamente de fuera. Me quedé ahí, de pie, aplaudiendo, marcando el ritmo, mientras otra compañera bailaba en el centro. Y aun así sentía decenas de ojos que se desviaban de ella hacia mí, hacia ese descuido que se había vuelto el espectáculo verdadero.
***
—Se te subió todo el short —me dijo entre dientes la chica que venía detrás, sin dejar de sonreír al público.
—Ya sé —respondí, y solté una risita nerviosa—. No puedo bajármelo, traigo los pompones.
—Yo tampoco te puedo ayudar —dijo ella, encogiéndose de hombros.
Y así seguimos caminando, con la batucada otra vez en marcha y un grupo de hombres siguiéndonos pegados a la barda, señalando, codeándose, buscando el mejor ángulo para verme. Yo debía mostrarme apenada, fingir incomodidad, y por dentro estaba ardiendo. Cada paso me rozaba la tela contra la piel mojada y tenía que concentrarme para no temblar.
Pensé que ya habíamos terminado, que solo quedaba llegar a la zona sin acceso al público. Pero el destino tenía un último regalo: nos detuvimos una vez más para que bailaran las últimas compañeras.
Otra vez de pie, agitando los pompones, con el short convertido en hilo y las nalgas expuestas a todo el que quisiera mirar. No sabría describir todo lo que sentía a la vez: vergüenza, excitación, poder, ese vértigo de ser el centro absoluto de tantas miradas hambrientas. Y cuando noté que, incluso mientras otra chica bailaba en el medio, varios hombres me seguían mirando a mí, supe que mi pequeño accidente se había vuelto la atracción principal.
Terminó la última ronda. Reanudamos la marcha hacia la salida, hacia la zona protegida donde se acababa la batucada y, con ella, mi tormento favorito.
***
En cuanto llegamos, la chica de atrás me bajó el short de un tirón y me lo acomodó.
—Amiga, se te subió todito —dijo riéndose—. Qué pena, ¿no?
—Uf, sí, qué horror —mentí, llevándome las manos a la cara como si me muriera de vergüenza.
Tenía que actuar el papel de la inocente que no disfrutó el momento, cuando la verdad era que no recordaba haber estado tan excitada en mi vida.
—Cuando bailemos en el medio tiempo a lo mejor te pasa igual —agregó ella, guiñándome un ojo.
—Ahí ya no hay tanta gente alrededor —contesté, y las dos nos reímos.
Lo que no le conté fue lo que pasó después, cuando llegué sola a mi habitación esa noche. Me costó dormir. Cerraba los ojos y volvía a la rueda, al centro del estadio, a esa multitud de hombres con los ojos clavados en mí. Volvía a sentir la tela metiéndose, la piel al aire, la certeza de estar mostrándome sin poder evitarlo.
Me metí a la cama con la imagen pegada en la cabeza y la mano fue bajando sola, despacio, por el vientre que todavía vibraba. Me toqué pensando en cada mirada, en cada hombre que se acercó a la barda, en la chica que me avisó al oído. Recreé el momento exacto en que entendí que estaba prácticamente desnuda frente a cientos de desconocidos, y bastó eso para que me arqueara en la cama, mordiéndome la almohada para no hacer ruido, terminando con una intensidad que me dejó temblando largo rato.
***
Unos días más tarde, alguien grabó la batucada con el celular y, de todas las personas del mundo, terminó enseñándoselo a mi papá. Me metió un regaño tremendo por andar bailando con la cola de fuera frente a medio estadio. No pude defenderme. ¿Qué iba a decirle? ¿Que había sido el momento más excitante de mi corta carrera de edecán? Bajé la cabeza, aguanté el sermón y poco después renuncié.
Les mentiría si dijera que no me mojé un poquito esa noche del estadio. Una cosa es traer una minifalda y bailar sexy enseñando apenas un poco, jugando con la insinuación. Otra muy distinta es quedarte ahí, en pleno campo, con las nalgas al aire y sin manera de cubrirte, sintiendo cómo cientos de ojos te recorren como si te tocaran. Eso es otro nivel de adrenalina, otro nivel de placer.
Lo admito sin culpa: casi todas mis locuras tienen que ver con enseñar de más y con disfrutar de que me miren. Aquella tarde de batucada fue solo el principio. Tengo otras historias parecidas, igual de atrevidas, de esas que una hace por estas mismas fechas del año. Pero esas, queridos míos, se las contaré en otra ocasión.





