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Relatos Ardientes

Me detuve en el arcén para que ellos me miraran

Marcos me llamó al mediodía, cuando yo todavía tenía las manos manchadas de tinta y la cabeza en otra parte. Quería que quedáramos por la tarde en la terraza de una cafetería que había justo a medio camino entre su oficina y mi casa, porque —según dijo— dos compañeras suyas tenían muchas ganas de conocer a su prometida.

¿Su prometida?

Me quedé con el teléfono pegado a la oreja sin decir nada. Llevábamos juntos apenas unos meses, de una manera tibia, sin promesas de ninguna clase, y de pronto él hablaba de mí como si hubiera un anillo de por medio. Le había hablado tanto y tan bien de mí a esas chicas, insistió, que estaban interesadísimas. A mí me produjo más extrañeza que orgullo, pero no dije nada. Ya empezaba a conocerlo lo suficiente como para no discutir por teléfono.

Acepté. Cuando llegué a la terraza, ellas ya estaban sentadas, una al lado de la otra, con dos refrescos sudando sobre la mesa de metal. Marcos pidió un combinado en cuanto se sentó.

—Tú debes de ser Elena —dijo la más alta, tendiéndome la mano—. Yo soy Lucía, y esta es Marina. Trabajamos con él.

Eran dos mujeres normales, un poco más jóvenes que yo, recién graduadas en turismo. Guapas sin estridencias, vestidas con esa sencillez de quien no necesita llamar la atención. La conversación fluyó enseguida: de dónde éramos, qué habíamos estudiado, cómo eran nuestras familias. Nada que se saliera de lo previsible, y sin embargo me sentí cómoda con ellas de una manera que no había sentido con Marcos en semanas.

En un momento, Marina dejó el vaso y me miró con una sonrisa franca.

—Oye, mañana tenemos que ir a reconocer una ruta nueva. Es una excursión de un día que queremos montar, subiendo unas montañas. Solo conocemos el destino final, lo demás hay que medirlo sobre el terreno. ¿Por qué no te vienes? Con tu profesión seguro que ves cosas que a nosotras se nos escapan.

A Marcos se le tensó algo en la cara. No se le veía nada entusiasmado con la idea, pero ellas insistieron, y cuanto más insistían ellas, más callaba él. Yo no tenía ningún plan para el día siguiente y, sinceramente, me apetecía. Quedamos en desayunar todos en la misma cafetería y salir de allí directamente.

***

Un poco antes de la hora acordada, Marcos apareció en mi casa. Apenas había cruzado el umbral cuando se llevó la mano a la frente.

—Me he dejado algo encendido en el coche. Bajo a apagarlo mientras terminas de arreglarte.

Le di las llaves de casa para que no tuviera que esperar en la calle, pensando que tardaría dos minutos. Tardó muchos más. Cuando subió, sudoroso y con una excusa floja sobre que el coche estaba aparcado más lejos de lo que recordaba, ya empezaba a fastidiarme la mañana sin haber salido todavía.

Lucía y Marina nos esperaban con un coche de la empresa. Desayunamos rápido, repasamos el mapa sobre la mesa y partimos. El destino estaba a una hora y media, según el navegador, la mayor parte por una nacional de doble sentido que serpenteaba entre campos primero y entre montañas después.

Marina conducía. Lucía iba de copiloto, girada hacia atrás la mitad del tiempo para charlar conmigo. Marcos, a mi lado en el asiento trasero, miraba por la ventanilla con cara de estar haciéndonos un favor enorme.

A mitad de camino nos topamos con una retención de las de verdad. Un camión se había averiado cruzado en la carretera, bloqueando los dos sentidos. Estuvimos parados casi cuarenta minutos, con el motor apagado y las ventanillas bajadas, viendo cómo el calor del asfalto temblaba a lo lejos. Bebí agua. Después bebí un poco más. Fue un error.

Cuando por fin desalojaron el camión y reanudamos la marcha, ya notaba esa presión incómoda y conocida. Aguanté lo que pude. A un cuarto de hora del destino, no pude más.

—Para un momento —le dije a Marina—. Necesito hacer pis.

—¿Y no puedes aguantar quince minutos más, joder? —saltó Marcos antes de que ella respondiera.

—O paras ya, o me lo hago aquí mismo —contesté, mirándolo a los ojos.

La verdad es que podría haber aguantado. Podría haber apretado los dientes y esperado al destino. Pero en cuanto Marina se desvió hacia el arcén y detuvo el coche en una explanada de grava, sentí algo distinto a la simple urgencia. Sentí ese cosquilleo viejo, el que llevaba años acompañándome y del que nunca había hablado con nadie: las ganas de que me vieran.

Bajé del coche. La carretera seguía con tráfico lento por culpa de la retención anterior, una caravana de coches que pasaba despacio, sin prisa, con tiempo de sobra para mirar. Caminé hasta el lateral del vehículo, me bajé los vaqueros y me puse en cuclillas dejando la puerta del coche entornada, como quien se cubre por pudor.

Pero no me cubría. Yo sabía perfectamente que la puerta entreabierta no tapaba nada desde la carretera. Lo había calculado en un segundo. Cualquiera que pasara por el carril contrario, reducido a paso de tortuga, podía verme entera: la curva de la espalda, las caderas, el culo en pompa hacia los faros que se acercaban.

Y pasaron. Cuatro, cinco coches, quizá más. Noté las miradas como se nota el sol en la piel, una caricia tibia y descarada. Un conductor frenó un poco más de la cuenta. Otro hizo como que no miraba y miró dos veces. Me tomé mi tiempo. Mucho más del que necesitaba. Que miren, pensé, que disfruten de las vistas tanto como yo de saber que están mirando.

Me subí los vaqueros despacio, con una calma que no era casual, y volví al coche con las mejillas encendidas pero no de vergüenza. Asomé la cabeza por la ventanilla del copiloto.

—¿Os bajáis a estirar las piernas? —les pregunté a las chicas.

Marina y Lucía se miraron, y Lucía me hizo un gesto con la mano, señalando el aire fresco de la montaña.

—Con este fresquito, como bajemos, nosotras tampoco aguantamos —dijo riéndose.

Me pareció que algo se entendía entre nosotras sin necesidad de decirlo.

***

El último cuarto de hora fue insufrible, pero no por la carretera. Marcos no paró de hablar.

—Toma ejemplo de tus compañeras —decía, señalándolas con la barbilla—. Mira qué compostura. Vaya diferencia. Con lo bien que les había hablado de ti, y ahora te ven hacer esto. ¿Qué van a pensar?

Lucía y Marina iban delante, calladas, incómodas, intercambiando miradas por el espejo retrovisor que Marcos no supo leer. Él seguía y seguía, intentando humillarme, convencido de que yo iba a encogerme en el asiento. No me encogí. Miré por la ventanilla el paisaje de montaña y dejé que hablara solo.

Llegamos por fin al punto exacto del destino. No había nada: una explanada de tierra a modo de aparcamiento, sin una caseta, sin un servicio, sin una sombra. Marcos fue el primero en bajarse, y antes de cerrar la puerta ya se estaba aliviando contra un matorral con un suspiro de alivio desesperado. Cuando se volvió, subiéndose la cremallera, anunció con tono solemne:

—Bueno, ahora hay que buscar un baño para las chicas.

—¿Cómooo? —dijeron las dos a la vez.

Marina cerró la puerta del coche de un golpe seco.

—Si quieres irte a buscarnos un váter, vete ya —dijo—. Pero nosotras vamos a mear aquí mismo, que tenemos ganas desde hace media hora. Así que decide: o te vas a buscar el servicio, o te das la vuelta, te alejas y nos dejas tranquilas.

Marcos abrió la boca, la volvió a cerrar y, por una vez en todo el día, no encontró nada que decir. Se alejó unos metros, de espaldas, con las manos en los bolsillos y la dignidad por los suelos.

Yo no me alejé. Me quedé apoyada en el capó, en el papel de quien guarda las distancias por discreción, mientras ellas se buscaban un rincón detrás del coche. Y, igual que con los coches de la carretera, no aparté la vista. Las vi a las dos en cuclillas, los vaqueros a media pierna, la curva clara de la piel contra el verde de la montaña. Marina tenía un culo precioso, redondo y firme, y Lucía no le iba a la zaga. No fingí no mirar. Para qué.

—Tienes un culo precioso —le dije a Marina cuando se incorporaba, y se lo dije con la naturalidad de quien comenta el tiempo.

Ella se rió, sin sonrojarse, abrochándose el botón.

—Tú tampoco te quedas corta. Lo hemos visto antes, desde el coche.

Y por un momento, entre las tres, hubo algo eléctrico y divertido que no necesitaba ir a ninguna parte para existir. Solo el placer de saberse mirada y de mirar sin culpa.

***

Hicieron sus mediciones, tomaron sus notas, fotografiaron el aparcamiento y los accesos. A la vuelta dejamos a Marcos en la puerta de su casa —él se bajó murmurando algo sobre lo cansado que estaba— y las tres seguimos hasta dejar el coche de empresa cerca de mi barrio.

Cuando paramos, Lucía se giró del todo en el asiento.

—¿Lleváis mucho tiempo juntos? —me preguntó—. Porque ayer en la terraza nos pareció que no pegáis ni como amigos.

Marina apagó el motor y se sumó.

—Te seremos sinceras. Te propusimos el viaje porque no nos fiamos un pelo de él. Es un baboso, siempre con comentarios sexuales fuera de lugar. Una compañera se fue de la empresa harta de aguantarlo, y nosotras no estamos dispuestas a llegar a ese punto. Queríamos verte de cerca, ver con quién andaba.

—Y nos has encantado —añadió Lucía—. Esa espontaneidad tuya en el arcén… De no haber estado él, habríamos hecho lo mismo sin pensarlo. Pero con él delante no le concedemos ni una sonrisa. Nos da asco.

Me reí, y en esa risa había alivio. Desde ese mismo momento empecé a considerar en serio dejar a Marcos. No por los celos, ni por la humillación de la carretera, sino porque aquellas dos desconocidas me habían visto en una mañana mejor de lo que él me había visto en meses.

Nos pasamos los tres números de móvil allí mismo, en el coche aparcado. Seguimos siendo amigas. Nos vemos de vez en cuando, y siempre, en algún momento de la noche, alguna saca el tema de aquel arcén y nos reímos como tres cómplices.

Con Marcos mantuve una relación todavía más superficial unas semanas más, más o menos como antes, pero ya muy en alerta, observándolo a él como él nunca supo observarme a mí. No tardé en cortar. Resultó que lo que de verdad me gustaba no era que él me mirara, sino elegir yo quién lo hacía.

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Comentarios(5)

CuriosoCba

Dios mio... que locura. Lo lei de noche y no me pude despegar de la pantalla.

ManuelQ_BA

Lo que describis en el inicio es tremendo. Se siente tan autentico que me pregunto si es ficcion o no jaja. Muy bueno.

NocheLibre22

Quiero la continuacion!!! Que hicieron los que la vieron? jaja esperando la segunda parte

Valentina_B

Me recordo a una vez viajando de noche por ruta, esa sensacion rara de que los faros te encuentren en un momento inesperado. Lo entiendo demasiado bien 😅

BeatrizOC

Muy bien escrito, se siente la adrenalina y el morbo mezclados de una manera que engancha. Sigue escribiendo asi!!

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