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Relatos Ardientes

La mujer que me observaba frente al cuadro

Ingrid me lo repite cada vez que puede: que no parezco la misma mujer cuando llevo el uniforme de la oficina. En el trabajo soy rigurosa, seca, hasta autoritaria en apariencia. Fuera de allí me transformo en alguien relajada, coqueta y, lo que más le sorprende, con un gusto evidente por exhibirme.

—Cuando éramos solo compañeras de departamento, jamás habría imaginado que te gustara tanto enseñar el cuerpo —me dijo una tarde, después de sacarme una foto en una terraza, con la falda más alta de lo prudente.

No lo decía con reproche. Lo decía con esa media sonrisa que ya conozco, la de quien ha descubierto un secreto y disfruta guardándolo.

Lucía, mi compañera de piso desde hace tres años, también conoce bien mis manías. Tiene formación artística, dibuja y pinta con un nivel que a mí me parece de otro mundo. Fue ella quien me avisó de la exposición.

—Hay una galería en el centro con copias de un pintor que estuvo en Viena a principios de siglo —me explicó mientras cenábamos—. ¿Te suena El beso, de Klimt?

—Claro que me suena.

—Pues hay copias de Klimt y de Schiele, sobre todo. Y un par de autores más. Tienes que ir. —Bajó la voz, divertida—. Y como te conozco, sé de antemano cuál vas a preferir sobre todos los demás. Ya me dirás si acerté.

***

Despertó mi curiosidad de tal forma que, en cuanto tuve una mañana libre, me planté en la galería. No había casi nadie, como suele pasar en estos sitios. Los cuadros tenían una temática claramente erótica, muy vistosos, algunos bordeando lo explícito. Fui recorriéndolos despacio, deteniéndome en cada uno, sintiendo cómo el calor me subía por el cuello.

Y entonces llegué a él.

Tres cuerpos desnudos de mujer, un pez dorado, ondas de oro, destellos que parecían moverse bajo la luz. No sé cuánto tiempo me quedé plantada frente a esa imagen. Perdí la noción del lugar, del tiempo, de mí misma. Estaba completamente abstraída, fascinada, cuando noté una mano que se posaba con una suavidad extrema sobre mi cadera izquierda.

El contacto me devolvió de golpe a la realidad. Supe enseguida que era una mano de mujer: el peso, la delicadeza, la forma de apoyarse sin apretar. Antes de que pudiera girar la cabeza, oí una voz apenas más fuerte que un susurro junto a mi oído.

—Llevo un rato aquí, a tu lado, observándote. A mí también me fascina este cuadro. Habría vendido el alma por ser la chica que mira hacia atrás, la que enseña el cuerpo sin pudor mientras alguien la contempla.

Si el cuadro me había sorprendido, la persona lo hizo todavía más. Al volverme, reconocí a Adela, la tía de Lucía. La había visto una sola vez, semanas atrás, en una situación que ninguna de las dos había mencionado nunca. Me dio dos besos como si fuéramos viejas conocidas.

—Contigo todo son casualidades —dijo, sin soltarme del todo la cintura—. Que conozca tu casa, que compartas piso con mi sobrina, que nos encontremos aquí, justo frente a este cuadro, las dos hipnotizadas por lo mismo. No me dirás que no te gustaría ser esa mujer, la que posó para que un desconocido la mirara y sonríe encantada de que lo haga.

No pude más que asentir. Era exactamente lo que sentía. Algo en su forma de hablar, tan directa, tan sin disculpas, me desarmaba.

—Es lo mismo que deseo yo —añadió—. Ser esa protagonista.

***

Se me ocurrió que era buena hora para almorzar, y propuse llamar a Lucía para que se uniera. Comimos las tres en una terraza, y fue allí donde Adela se desnudó, aunque solo con palabras.

Le confesó a su sobrina, más que a mí, que mantenía una doble vida. De cara al mundo era una mujer impecable, contenida, de esas que cuidan cada gesto por la posición que ocupan. En privado se permitía todos los placeres que el cuerpo le pidiera. En eso estaba, precisamente, el día que yo la había sorprendido en mi propio piso semanas atrás.

—Reaccionaste con una elegancia que no esperaba —me dijo, mirándome por encima de la copa—. No perdiste los papeles. Te lo agradecí.

—Tú tampoco los perdiste —respondí—. Te observé por la mirilla de la puerta. Vi cómo te vestías sin prisa, cómo elegías la ropa con cuidado antes de salir. Con una calma que me dejó sin palabras.

Lucía nos escuchaba con una sonrisa torcida, divertida de ver a su tía y a su compañera de piso reconocerse así, sin rodeos. Cuando salió el tema de la exposición, levantó una mano.

—Esperad. Ya que estamos confesando cosas, voy a apuntar algo. —Sacó una servilleta y escribió en ella con disimulo, tapándola con la palma—. Decidme las dos cuál fue vuestro cuadro favorito.

El pez dorado —dijimos Adela y yo, al mismo tiempo.

Lucía giró la servilleta. Había escrito ese mismo título.

—Te conozco demasiado bien —me dijo, mirándome a mí—. Sabía cuál ibas a elegir antes de que entraras siquiera.

Hice entonces algo que ni yo misma esperaba. Bajé las manos por las caderas, por dentro de la falda, y me deslicé la ropa interior hacia abajo hasta quitármela bajo la mesa. Se la entregué a Lucía con discreción, pero a la vista de Adela.

—Toma. Te las has ganado.

Las dos me miraron, después se miraron entre ellas, y sonrieron sorprendidas. Adela y yo nos pusimos a comentar cuánto habríamos disfrutado posando para ese cuadro, siendo la mujer que se deja mirar. Lucía no respondió. Solo se quedó pensativa, en silencio, con la servilleta todavía entre los dedos.

***

Era un día radiante. El sol entraba a raudales por los ventanales de la terraza, y a Lucía se le ocurrió pasar el resto de la tarde en la playa.

—¿Os molesta que vaya con vosotras? —preguntó Adela.

—Claro que no. Vente —dijimos las dos a la vez.

Pagó Lucía y fuimos a casa a cambiarnos. Entre las dos le prestamos toda la ropa de playa: prefirió un bikini a un bañador, un vestido ligero y hasta un bolso. Se quitó su ropa de marca en el cuarto de Lucía, con la naturalidad de quien no tiene nada que esconder, y nos pidió un minuto en el baño para desmaquillarse. Cuando salió, sin maquillaje y con el pelo recogido, parecía otra mujer. Más joven. Más real.

***

Al llegar a la arena, Lucía y yo hicimos lo de siempre: corrimos a meternos en el agua mientras Adela se quedaba en la tumbona, organizando las cosas.

—Tía, ¿hay que esperar para hacer la digestión? —le gritó Lucía desde la orilla, riendo—. Como me decías de pequeña.

La respuesta fue una carcajada que nos llegó por encima de las olas.

Cuando volvimos, chorreando y con la piel erizada por el agua fría, Adela ya estaba boca abajo en la toalla.

—Marina, ¿te importa ponerme protector? —me dijo, girando apenas la cabeza—. No vaya a ser que a estas alturas me queme.

Lucía me hizo un gesto que entendí al instante. Significaba algo así como «ponle la crema con calma». Crema, masaje, tiempo. Las tres cosas.

Adela se acomodó: boca abajo, los brazos extendidos, las piernas ligeramente separadas, el bikini todavía completo. Empecé por el cuello y los hombros, repartiendo el aceite con las palmas. Tenía la piel firme, sorprendentemente firme para una mujer que me sacaba al menos veinte años.

—Por la espalda mejor te desatas la parte de arriba —le sugerí.

—De acuerdo. Es más, me lo quito directamente.

Ella misma se soltó el sujetador y lo apartó. Al hacerlo noté que no tenía ni una sola marca de bañador, que el moreno era parejo por todo el cuerpo. No dije nada. Seguí extendiendo la crema por la espalda, sintiendo cómo su respiración se hacía más lenta bajo mis manos.

Cuando llegué a la zona baja de la espalda, le bajé un poco la parte de abajo del bikini, sin preguntar, untándole la piel de las caderas.

—¿Te molesta si te remeto la tela? —le pregunté en voz baja.

—Sí, hazlo —contestó sin dudar.

Le pasé la crema por las nalgas, intentando alcanzar lo más posible por debajo de la tela. Pero enseguida se removió, inquieta, pellizcándose el bikini, incómoda.

—Lucía —dijo, girándose un poco hacia su sobrina—, ¿te importa si me lo quito del todo? Así remetido me molesta.

—Tía —respondió Lucía, observándola con una ceja levantada—, es que no tienes marca por ninguna parte. Tienes todo el cuerpo igual de moreno. Ya me contarás.

—La piscina de casa —contestó Adela, con una calma estudiada—. El trampolín lo uso poco, pero las hamacas dan mucho juego. Ya ves.

***

—Venga, Marina, sigue antes de que me queme.

Retomé el masaje hacia abajo. Las pantorrillas, los muslos, despacio, dejando que el calor del sol y el de mis manos se confundieran. Tiene una firmeza envidiable en todo el cuerpo, pensé. Subí por la parte interna de los muslos, abriéndolos apenas con la presión de los dedos, y noté cómo respondía a cada movimiento con una tensión contenida.

Cubrí cada centímetro de piel con una lentitud deliberada. No quería dejar ni un milímetro sin proteger, le dije, casi en broma, y ella soltó una risa baja, gutural, que no tenía nada que ver con el sol. Bajo las palmas notaba cómo el cuerpo entero le respondía, cómo la respiración se le entrecortaba en pausas cada vez más cortas.

Lo que vino después fue cuestión de paciencia y del punto exacto. En muy poco tiempo, su cuerpo se sacudió en una convulsión discreta, apenas perceptible para cualquiera que pasara cerca, pero profunda según ella misma me confesaría más tarde. Se quedó quieta un instante, con la cara hundida en la toalla, y luego giró apenas la cabeza hacia mí.

—Perdona la vulgaridad —murmuró, con los ojos entrecerrados y una sonrisa floja—. Pero me he corrido como una gata en celo.

Lucía, a un par de metros, miraba el mar fingiendo no haber visto nada. Pero la conozco. Y supe, por la forma en que apretaba los labios para no sonreír, que lo había visto todo. Que las tres sabíamos exactamente lo que acababa de pasar entre la crema, el sol y la mirada cómplice de quien disfruta tanto mirando como siendo mirada.

Y supe también, mientras le cerraba el tapón al bote de protector con dedos que aún olían a coco, que esta historia tenía una segunda parte.

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Comentarios(5)

CaroNocturna

Que tension tan bien llevada... me tuve que releer el final dos veces. Excelente.

rfito

buenisimo!!! me gusto muchísimo

LauraB_DF

Me encanto el ambiente que fuiste armando, casi podía sentir la galería. Espero que hayas mas relatos por aca.

Ariel_BA

La parte en que las dos se dan cuenta fue tremenda. Segunda parte por favor!!!

VioletaK_99

Me recordo a una situacion parecida jaja... los museos tienen algo especial que te pone en otro estado. Muy bien escrito.

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