La vecina que me descubrió desde su ventana
Aquel verano alquilamos un apartamento en un pueblo de la costa, tres parejas y yo, que iba de paquete. Me lo había buscado mi amigo Diego para que no me quedara solo en la ciudad, y al principio me pareció buena idea: playa por la mañana, chiringuito al mediodía, paseos por el puerto al caer la tarde. Lo que no le conté a nadie fue con qué calentura llevaba el viaje desde el primer día.
Las dos chicas del grupo, Marina y Patricia, eran de esas que tardan veinticuatro horas en perder la vergüenza y otras veinticuatro en perderla del todo. El segundo día anunciaron, muy dignas, que pensaban hacer top-less, que para eso estábamos en la playa y había confianza. Y lo hicieron. Yo nunca las había visto así, y tuve que fingir un golpe de calor repentino y meterme al agua para disimular lo que se me estaba poniendo evidente bajo el bañador.
El sol, los cuerpos de mis amigas al descubierto, las decenas de desconocidas que tomaban el sol igual de ligeras de ropa… llegué al mediodía con los nervios a flor de piel. Mientras los demás se quedaban tomando algo en el chiringuito, dije que me adelantaba a ducharme y subí al apartamento.
Entré en mi habitación, cerré la puerta por costumbre, me quité el bañador húmedo y me senté en el borde de la cama. No hizo falta más. Cerré los ojos, dejé que la cabeza volviera a la imagen de la mañana y empecé a tocarme despacio, sin prisa, como quien alarga algo que sabe que va a terminar pronto.
La ventana estaba abierta de par en par por el calor. No le presté atención: el apartamento de enfrente, al otro lado del estrecho patio de luces, llevaba toda la semana vacío. En algún momento me pareció oír un ruido ahí afuera, un arrastrar de cosas, pero estaba demasiado metido en lo mío para hacerle caso.
Entonces, una voz de hombre rompió el silencio.
—Nuria, ¿dónde te has metido?
Y la respuesta llegó desde mucho más cerca de lo que mi cabeza podía aceptar, casi a mi lado, justo enfrente, a tres metros escasos.
—Estoy tendiendo las toallas —dijo una mujer.
Abrí los ojos de golpe. La vecina se había asomado a la ventana de enfrente a colgar la ropa de la playa, y me había pillado de lleno. Era una mujer de unos cuarenta y cinco años, melena ondulada hasta los hombros, una camiseta ancha de algodón y la piel ya tostada de varios días de sol. Estaba ahí, con las pinzas en la mano, mirándome.
Yo estaba sentado justo de cara al espejo de la pared, así que sin querer tenía un ángulo perfecto: podía ver su reacción reflejada sin que ella supiera que la observaba. Vi cómo le cambiaba la cara. La sorpresa primero, las cejas levantadas. Después algo distinto, más difícil de nombrar.
Que no grite. Que no llame al marido. Por favor.
Pero no gritó. Se le escapó media sonrisa, bajó la vista un instante y siguió tendiendo la ropa como si no pasara nada, fingiendo una calma que las miradas de reojo hacia mi ventana desmentían a cada segundo.
Tendría que haberme tapado, haber cerrado la ventana, haber muerto de vergüenza. Hice exactamente lo contrario. Cuando se giró a coger otra toalla, me acomodé un poco mejor en la cama, sin retirar la mano del todo, dejándome ver. Ella volvió a asomarse, lanzó otra mirada rápida y esta vez se quedó un segundo de más. Lo justo para entender lo que estaba pasando, y para decidir que no le molestaba.
A la mujer se le cayó la pinza que sostenía. La vi llevarse la mano a la boca para tapar una risa, recoger su barreño y meterse dentro sin prisa, con una última ojeada por encima del hombro. Yo cerré la ventana, todavía con el corazón a mil.
Me quedé sentado en la penumbra, sin saber si lo que acababa de pasar había sido una catástrofe o lo más excitante de mi vida. Las dos cosas a la vez, probablemente. Hasta ese día yo creía que ese piso estaba vacío. Lo más seguro es que la pareja hubiera llegado esa misma mañana y se hubiera ido directa a la playa.
***
Esa tarde salimos los siete a pasear, a tomar unas cañas, a picar algo en una terraza del paseo marítimo. Todo transcurrió con una normalidad aparente, entre las risas de Diego y los planes de excursión de Patricia, pero yo no estaba del todo ahí. No me podía sacar de la cabeza a la vecina asomada a la ventana, ese gesto suyo de morderse el labio mientras decidía si mirar o no mirar. Me producía una mezcla rarísima de excitación y de pánico. ¿Y si se lo contaba al marido? ¿Y si el tío aparecía a pedirme explicaciones delante de todos?
Volvimos a los apartamentos cerca de la medianoche. En el portal, esperando el ascensor, estaba ella. Mi vecina. Con su marido, un hombre grande y de buen humor, y otra pareja que parecían amigos suyos. Igual que nosotros, venían contentos, con esa alegría tonta de las copas de después de cenar.
—Vaya, me he dejado el tabaco —dijo el marido, palpándose los bolsillos—. ¿Me acompañas un momento al estanco de la esquina?
Lo decía por su amigo, no por mí, y los dos hombres salieron de nuevo a la calle. La vecina y la otra mujer se quedaron esperando el ascensor con nuestro grupo.
Llegó la cabina. Era diminuta, de esas antiguas para cuatro personas justas, y enseguida quedó claro que no cabíamos todos. La amiga de mi vecina lo miró con cara de fastidio.
—Uy, qué pequeño es, no entramos ni de broma.
—Pequeño es —contestó mi vecina, conteniendo la risa—, pero ya verás cómo sube rápido.
Las dos estallaron en carcajadas. Yo me puse rojo como un tomate, porque entendí perfectamente de qué se reían, mientras mis amigos seguían a lo suyo sin captar nada. Estaba clarísimo que ella le había contado a su amiga lo de la ventana, con pelos y señales.
—¿Subes con nosotras? —me preguntó la vecina, sosteniéndome la mirada con un descaro que me dejó sin palabras—. Venga, sube.
—Perdón… sí —balbuceé.
Me metí en el ascensor entre las dos, muerto de vergüenza y con el pulso disparado. El espacio era tan estrecho que notaba el perfume de mi vecina, una mezcla de crema solar y algo dulce.
—Qué calor hace, ¿no? —dijo la amiga, abanicándose con la mano—. Yo tengo todas las ventanas del apartamento abiertas, no hay quien duerma.
—Sí, mucho calor —respondió la vecina, y tapó una risita con los dedos—. Yo también las tengo todas abiertas. De par en par.
Lo dijo mirándome de reojo, y a mí se me secó la boca. El ascensor llegó a la planta. Salimos los tres con el resto del grupo.
—Lo primero que voy a hacer al entrar es quitarme toda esta ropa —añadió ella mientras buscaba las llaves—. Buenas noches, Carmen. Buenas noches, vecino.
—Buenas noches —acerté a decir.
Su amiga Carmen se alejó hacia el fondo del pasillo. La puerta de mi apartamento estaba justo al lado de la suya. Cada uno entró en el suyo, y yo tardé tres intentos en meter la llave en la cerradura de lo mucho que me temblaba la mano.
***
No me lo pensé dos veces. Dejé a mis amigos repartiéndose las habitaciones y me fui derecho a la mía. Cerré la puerta, me desnudé y me senté en la cama, en la misma posición que esa mañana, frente a la ventana. El cuerpo ya me respondía solo, anticipando lo que pudiera pasar. Volvía a sentir esa extraña mezcla de pudor y deseo que me había acompañado todo el día.
La ventana de enfrente estaba entreabierta, con una cortina fina que tapaba el interior. Esperé en la penumbra, sin saber muy bien qué esperaba. Entonces se encendió una lámpara al otro lado. Una mano apareció entre la tela y descorrió la cortina. Era ella.
Miró hacia mi habitación tres o cuatro segundos, hasta que me localizó en la oscuridad. Me vio sentado, expectante, sin disimular ya nada. Encendió un cigarrillo, apoyó el codo en el marco y se dispuso a observar, tranquila, como quien se acomoda a ver una película. Yo nunca había vivido algo parecido, esa sensación de ser mirado a propósito, de gustarle a alguien por hacer precisamente lo que no debía.
De cerca, y con la luz de la lámpara dándole en la cara, era una mujer muy guapa. Madura, segura de sí misma, con esa belleza serena de quien ya no tiene nada que demostrar. Empecé a tocarme despacio mientras ella daba caladas largas sin quitarme los ojos de encima.
La vi morderse el labio. Soltó el humo hacia el patio y, con la mano libre, se desabrochó los botones de la blusa, uno a uno, sin prisa. No llevaba nada debajo, pero la tela seguía cerrada lo justo para que yo solo intuyera lo que había detrás. Era una tortura deliciosa. Aceleré un poco el ritmo. Ella dio otra calada y, con dos dedos, apartó la blusa apenas un palmo, lo suficiente para mostrarme la curva de un pecho perfecto a la luz amarilla de la lámpara.
Estaba a punto de terminar cuando, de golpe, se encendió la luz grande del salón al otro lado. Había vuelto el marido. Ella se cubrió a toda prisa con la blusa, se giró y corrió la cortina, aunque dejó un hueco estrecho, deliberado, para que yo siguiera viendo.
Me quedé clavado, sin atreverme a moverme. La vi recibir a su marido, que la saludó con un beso de trámite, sin ganas, y se dejó caer en el sofá frente al televisor. Ella se sentó a su lado con la blusa todavía abierta. Pasaron unos minutos así, él mirando la pantalla, ella mirando de reojo hacia mi ventana.
Entonces hizo algo que no esperaba. Empezó a acariciarle el muslo a su marido, a buscarle por encima del pantalón, ofreciéndose. Él apenas reaccionó. Ella insistió, se inclinó hacia él, le susurró algo al oído. El hombre se encogió de hombros, miró el reloj. Al cabo de un par de minutos se levantó del sofá, dijo algo que no oí y se metió en el cuarto de baño, dejándola sola.
La vi quedarse quieta en el sofá, con la vista perdida, una frustración tan evidente que la sentí desde mi lado del patio. Como si supiera de antemano que la noche iba a terminar así. Giró la cabeza hacia la ventana, hacia mí, durante un instante larguísimo. Luego se levantó y desapareció también hacia el fondo del apartamento.
Pasaron varios minutos que se me hicieron eternos. Pensé que ya no volvería, que ahí se acababa todo. Empecé a vestirme, medio resignado, medio aliviado. Y justo entonces volvió a aparecer en la ventana.
Venía envuelta en una toalla, con el pelo mojado pegado a la cara, recién salida de la ducha. Llegó hasta el marco, encendió otro cigarrillo y se quedó mirando el patio con un aire melancólico. Tenía la blusa olvidada en algún sitio y la noche entera por delante.
Encendí la lámpara de mi mesilla para que supiera que seguía allí. Ella levantó la vista, me encontró sentado de nuevo, expectante, y una sonrisa lenta le cambió la cara. Esa sonrisa me bastó para que el cuerpo me respondiera al instante, sin tocarme siquiera. Ella lo notó, y se mordió el labio de pura satisfacción, como si esa reacción mía fuera justo lo que necesitaba después del desplante de su marido.
Con un gesto pícaro, dejó caer la toalla.
Apareció entera frente a mí, sin pudor, recortada contra la luz cálida de la lámpara. Tenía un cuerpo magnífico, de mujer hecha, de curvas suaves y firmes a la vez. Se acarició un pecho con la mano libre, despacio, sin dejar de mirarme, y yo empecé a tocarme al mismo ritmo, los dos a tres metros y un patio de distancia, unidos por nada más que las miradas.
No aguanté demasiado. El orgasmo me sorprendió a los pocos segundos, intenso, imposible de frenar. A ella se le escapó una carcajada que tapó enseguida con la mano, divertida y cómplice. Cuando recuperó la compostura, dio una última calada al cigarrillo, me lanzó un beso con los dedos y se metió dentro, corriendo la cortina del todo.
***
Los dos días siguientes el grupo se fue a una excursión que teníamos planeada desde antes del viaje. Pasé las horas en la montaña pensando en una sola cosa: si mi musa de la ventana seguiría allí cuando volviéramos, si habría una tercera noche, si me atrevería a algo más que mirar.
Llegamos al apartamento al atardecer. Dejé las cosas, me asomé a la habitación y miré hacia enfrente, conteniendo la respiración.
La ventana estaba cerrada, las toallas ya no colgaban del tendedero, la cortina descorrida sobre un cuarto vacío. Se habían ido. Me quedé un rato largo mirando ese hueco oscuro, con una sensación absurda de pérdida por una mujer cuyo nombre solo conocía porque su marido lo había dicho en voz alta una tarde de verano.
Nunca volví a verla. Pero cada vez que paso un verano cerca del mar y noto el bochorno entrando por una ventana abierta, vuelvo a pensar en Nuria, en su cigarrillo, en su risa tapada con la mano, y en aquella noche en que dos desconocidos se desearon de lejos sin tocarse jamás.





