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Relatos Ardientes

La vecina que me descubrió desde su ventana

Aquel verano alquilamos un apartamento en un pueblo de la costa, tres parejas y yo, que iba de paquete. Me lo había buscado mi amigo Diego para que no me quedara solo en la ciudad, y al principio me pareció buena idea: playa por la mañana, chiringuito al mediodía, paseos por el puerto al caer la tarde. Lo que no le conté a nadie fue con qué calentura llevaba el viaje desde el primer día.

Las dos chicas del grupo, Marina y Patricia, eran de esas que tardan veinticuatro horas en perder la vergüenza y otras veinticuatro en perderla del todo. El segundo día anunciaron, muy dignas, que pensaban hacer top-less, que para eso estábamos en la playa y había confianza. Y lo hicieron. Yo nunca las había visto así, y tuve que fingir un golpe de calor repentino y meterme al agua para disimular la polla dura que se me estaba marcando bajo el bañador.

El sol, las tetas de mis amigas al descubierto meneándose cada vez que se giraban, los pezones oscuros de Marina endurecidos por la sal, las decenas de desconocidas que tomaban el sol igual de ligeras de ropa, algunas con el coño apenas tapado por un triángulo de tela… llegué al mediodía con los huevos hinchados y la verga palpitando cada dos pasos. Mientras los demás se quedaban tomando algo en el chiringuito, dije que me adelantaba a ducharme y subí al apartamento.

Entré en mi habitación, cerré la puerta por costumbre, me quité el bañador húmedo y me senté en el borde de la cama con la polla ya medio dura apuntando al techo. No hizo falta más. Cerré los ojos, dejé que la cabeza volviera a la imagen de la mañana —las tetas de Patricia brillando de aceite, la línea del culo de Marina cuando se agachaba a buscar la toalla— y empecé a masturbarme despacio, apretando la base con el pulgar y el índice, subiendo lento hasta el glande, sin prisa, alargando cada pasada como quien se guarda para un premio largo. Escupí en la palma, me la unté bien y volví a empezar, esta vez con la mano floja, dejando que la piel resbalara sola, notando cómo se me hinchaban los huevos contra el muslo.

La ventana estaba abierta de par en par por el calor. No le presté atención: el apartamento de enfrente, al otro lado del estrecho patio de luces, llevaba toda la semana vacío. En algún momento me pareció oír un ruido ahí afuera, un arrastrar de cosas, pero estaba demasiado metido en lo mío, con la verga chorreando líquido preseminal y un cosquilleo subiendo por la espalda, para hacerle caso.

Entonces, una voz de hombre rompió el silencio.

—Nuria, ¿dónde te has metido?

Y la respuesta llegó desde mucho más cerca de lo que mi cabeza podía aceptar, casi a mi lado, justo enfrente, a tres metros escasos.

—Estoy tendiendo las toallas —dijo una mujer.

Abrí los ojos de golpe con la polla todavía en la mano. La vecina se había asomado a la ventana de enfrente a colgar la ropa de la playa, y me había pillado de lleno, con la verga tiesa apuntándole directamente. Era una mujer de unos cuarenta y cinco años, melena ondulada hasta los hombros, una camiseta ancha de algodón y la piel ya tostada de varios días de sol. Estaba ahí, con las pinzas en la mano, mirándome fijo la polla.

Yo estaba sentado justo de cara al espejo de la pared, así que sin querer tenía un ángulo perfecto: podía ver su reacción reflejada sin que ella supiera que la observaba. Vi cómo le cambiaba la cara. La sorpresa primero, las cejas levantadas, la boca entreabierta. Después algo distinto, más difícil de nombrar, un morderse el labio despacio mientras los ojos se le iban solos a mi entrepierna, a la mano que ni siquiera había apartado del todo.

Que no grite. Que no llame al marido. Por favor.

Pero no gritó. Se le escapó media sonrisa, bajó la vista un instante hacia mi polla mojada de saliva y siguió tendiendo la ropa como si no pasara nada, fingiendo una calma que las miradas de reojo hacia mi ventana desmentían a cada segundo. Vi cómo se le marcaban los pezones bajo la camiseta blanca, endurecidos, y entendí que aquello le estaba gustando tanto como a mí.

Tendría que haberme tapado, haber cerrado la ventana, haber muerto de vergüenza. Hice exactamente lo contrario. Cuando se giró a coger otra toalla, me acomodé un poco mejor en la cama, abrí las piernas, agarré la verga por la base y la levanté para que la viera bien, gruesa, brillando, con una gota gorda temblando en la punta. Ella volvió a asomarse, lanzó otra mirada rápida y esta vez se quedó un segundo de más. Lo justo para entender lo que estaba pasando, y para decidir que no le molestaba. Empecé a menearme lento delante de ella, la mano subiendo y bajando por toda la longitud, dejando que el ruido húmedo de la saliva llegara hasta el otro lado del patio.

A la mujer se le cayó la pinza que sostenía. La vi llevarse la mano a la boca para tapar una risa, apretar los muslos un instante y respirar hondo, con el pecho subiendo alto. Recogió su barreño y se metió dentro sin prisa, con una última ojeada por encima del hombro que se me clavó directamente en los huevos. Yo cerré la ventana con la mano libre, todavía con la polla en la otra y el corazón a mil.

Me quedé sentado en la penumbra, sin saber si lo que acababa de pasar había sido una catástrofe o lo más excitante de mi vida. Las dos cosas a la vez, probablemente. Terminé lo que había empezado en cuatro pajazos rápidos y furiosos, mordiéndome el labio para no gemir, y me corrí con una arcada de placer, disparando chorros gruesos de semen que me cayeron sobre el vientre y los muslos, todos con la cara de Nuria pegada a la retina. Hasta ese día yo creía que ese piso estaba vacío. Lo más seguro es que la pareja hubiera llegado esa misma mañana y se hubiera ido directa a la playa.

***

Esa tarde salimos los siete a pasear, a tomar unas cañas, a picar algo en una terraza del paseo marítimo. Todo transcurrió con una normalidad aparente, entre las risas de Diego y los planes de excursión de Patricia, pero yo no estaba del todo ahí. No me podía sacar de la cabeza a la vecina asomada a la ventana, ese gesto suyo de morderse el labio mientras miraba fijamente cómo me la meneaba. Se me ponía dura otra vez cada dos por tres, y tenía que cruzar las piernas debajo de la mesa. Me producía una mezcla rarísima de excitación y de pánico. ¿Y si se lo contaba al marido? ¿Y si el tío aparecía a pedirme explicaciones delante de todos?

Volvimos a los apartamentos cerca de la medianoche. En el portal, esperando el ascensor, estaba ella. Mi vecina. Con su marido, un hombre grande y de buen humor, y otra pareja que parecían amigos suyos. Igual que nosotros, venían contentos, con esa alegría tonta de las copas de después de cenar.

—Vaya, me he dejado el tabaco —dijo el marido, palpándose los bolsillos—. ¿Me acompañas un momento al estanco de la esquina?

Lo decía por su amigo, no por mí, y los dos hombres salieron de nuevo a la calle. La vecina y la otra mujer se quedaron esperando el ascensor con nuestro grupo.

Llegó la cabina. Era diminuta, de esas antiguas para cuatro personas justas, y enseguida quedó claro que no cabíamos todos. La amiga de mi vecina lo miró con cara de fastidio.

—Uy, qué pequeño es, no entramos ni de broma.

—Pequeño es —contestó mi vecina, conteniendo la risa—, pero ya verás cómo sube rápido. Y bien empinado. Sube que da gusto.

Las dos estallaron en carcajadas. Yo me puse rojo como un tomate, porque entendí perfectamente de qué se reían, mientras mis amigos seguían a lo suyo sin captar nada. Estaba clarísimo que ella le había contado a su amiga lo de la ventana, con pelos y señales, incluidos el tamaño de mi polla y la manera en que me la había estado cascando delante de sus narices.

—¿Subes con nosotras, vecino? —me preguntó ella, bajándome la mirada un segundo hasta la entrepierna, con un descaro que me dejó sin palabras—. Venga, sube. Ya has visto que a mí me gustan las cosas que suben.

—Perdón… sí —balbuceé.

Me metí en el ascensor entre las dos, muerto de vergüenza y con el pulso disparado y la polla otra vez despertando. El espacio era tan estrecho que notaba el perfume de mi vecina, una mezcla de crema solar y algo dulce, y también el calor de su cadera pegada a la mía. En una sacudida del ascensor sentí cómo el dorso de su mano me rozaba deliberadamente el bulto del pantalón. Casi me da algo.

—Qué calor hace, ¿no? —dijo la amiga, abanicándose con la mano—. Yo tengo todas las ventanas del apartamento abiertas, no hay quien duerma.

—Sí, mucho calor —respondió la vecina, y tapó una risita con los dedos—. Yo también las tengo todas abiertas. De par en par. Y con muy buenas vistas, además.

Lo dijo mirándome de reojo, y a mí se me secó la boca. El ascensor llegó a la planta. Salimos los tres con el resto del grupo.

—Lo primero que voy a hacer al entrar es quitarme toda esta ropa —añadió ella mientras buscaba las llaves—, que la tengo pegada al cuerpo. Buenas noches, Carmen. Buenas noches, vecino. Descansa bien. O no descanses, tú verás.

—Buenas noches —acerté a decir con la garganta seca.

Su amiga Carmen se alejó hacia el fondo del pasillo. La puerta de mi apartamento estaba justo al lado de la suya. Cada uno entró en el suyo, y yo tardé tres intentos en meter la llave en la cerradura de lo mucho que me temblaba la mano, con la polla ya empalmada empujando la tela.

***

No me lo pensé dos veces. Dejé a mis amigos repartiéndose las habitaciones y me fui derecho a la mía. Cerré la puerta, me desnudé de un tirón y me senté en la cama, en la misma posición que esa mañana, frente a la ventana, con la verga ya en pleno estado de guerra, tiesa y palpitando. El cuerpo ya me respondía solo, anticipando lo que pudiera pasar. Volvía a sentir esa extraña mezcla de pudor y deseo que me había acompañado todo el día.

La ventana de enfrente estaba entreabierta, con una cortina fina que tapaba el interior. Esperé en la penumbra, sin saber muy bien qué esperaba, apretándome de vez en cuando el glande con la yema del pulgar para calmar las ganas. Entonces se encendió una lámpara al otro lado. Una mano apareció entre la tela y descorrió la cortina. Era ella.

Miró hacia mi habitación tres o cuatro segundos, hasta que me localizó en la oscuridad, sentado en el borde de la cama con las piernas abiertas y la polla tiesa apuntándole. Encendió un cigarrillo, apoyó el codo en el marco y se dispuso a observar, tranquila, como quien se acomoda a ver una película. Yo nunca había vivido algo parecido, esa sensación de ser mirado a propósito, de gustarle a alguien por hacer precisamente lo que no debía.

De cerca, y con la luz de la lámpara dándole en la cara, era una mujer muy guapa. Madura, segura de sí misma, con esa belleza serena de quien ya no tiene nada que demostrar. Empecé a cascármela despacio mientras ella daba caladas largas sin quitarme los ojos de encima. La mano subiendo y bajando lento, apretando fuerte en la base y aflojando arriba, todo el rato mirándola a la cara para que viera cuánto me ponía tenerla ahí, calladita, mirándome.

La vi morderse el labio. Soltó el humo hacia el patio y, con la mano libre, se desabrochó los botones de la blusa, uno a uno, sin prisa. No llevaba nada debajo, pero la tela seguía cerrada lo justo para que yo solo intuyera lo que había detrás. Era una tortura deliciosa. Aceleré un poco el ritmo, la mano ya haciendo ese ruido húmedo de piel contra piel mojada. Ella dio otra calada y, con dos dedos, apartó la blusa apenas un palmo, lo suficiente para mostrarme la curva entera de un pecho perfecto, redondo y firme, con el pezón oscuro y grande, endurecido, apuntando hacia mí. Se lo pellizcó con los dedos, se lo tiró un poco, se lo rodó despacio. Yo tuve que soltar la polla y agarrármela por la base, apretando fuerte para no correrme ahí mismo.

Estaba a punto de terminar cuando, de golpe, se encendió la luz grande del salón al otro lado. Había vuelto el marido. Ella se cubrió a toda prisa con la blusa, se giró y corrió la cortina, aunque dejó un hueco estrecho, deliberado, para que yo siguiera viendo.

Me quedé clavado, sin atreverme a moverme, con la verga hinchada y latiendo en la mano. La vi recibir a su marido, que la saludó con un beso de trámite, sin ganas, y se dejó caer en el sofá frente al televisor. Ella se sentó a su lado con la blusa todavía abierta. Pasaron unos minutos así, él mirando la pantalla, ella mirando de reojo hacia mi ventana.

Entonces hizo algo que no esperaba. Empezó a acariciarle el muslo a su marido, a subir la mano por dentro del pantalón, a buscarle la polla ofreciéndosele descaradamente. Le sacó las tetas de la blusa, se las puso en la cara al tío, se le sentó de lado en el regazo. El hombre apenas reaccionó, la apartó con dos palmadas de perro en el muslo, la dejó ahí con las tetas al aire y la mano en el paquete. Ella insistió, se inclinó hacia él, le susurró algo al oído, seguramente ofreciéndole mamársela ahí mismo. El hombre se encogió de hombros, miró el reloj. Al cabo de un par de minutos se levantó del sofá, dijo algo que no oí y se metió en el cuarto de baño, dejándola sola, con las tetas fuera y las mejillas encendidas.

La vi quedarse quieta en el sofá, con la vista perdida, una frustración tan evidente que la sentí desde mi lado del patio. Como si supiera de antemano que la noche iba a terminar así, seca, sin follar, con las ganas rebotándole por dentro. Giró la cabeza hacia la ventana, hacia mí, durante un instante larguísimo. Luego se levantó y desapareció también hacia el fondo del apartamento.

Pasaron varios minutos que se me hicieron eternos. Pensé que ya no volvería, que ahí se acababa todo. Empecé a vestirme, medio resignado, medio aliviado, con la polla todavía dura protestando dentro del pantalón. Y justo entonces volvió a aparecer en la ventana.

Venía envuelta en una toalla, con el pelo mojado pegado a la cara, recién salida de la ducha. Llegó hasta el marco, encendió otro cigarrillo y se quedó mirando el patio con un aire melancólico. Tenía la blusa olvidada en algún sitio y la noche entera por delante.

Encendí la lámpara de mi mesilla para que supiera que seguía allí. Ella levantó la vista, me encontró sentado de nuevo, desnudo, expectante, y una sonrisa lenta le cambió la cara. Esa sonrisa me bastó para que la polla se me pusiera dura de piedra al instante, sin tocarme siquiera, saltando hacia arriba sola. Ella lo notó, se le abrieron los ojos, y se mordió el labio de pura satisfacción, como si esa reacción mía fuera justo lo que necesitaba después del desplante de su marido.

Con un gesto pícaro, dejó caer la toalla.

Apareció entera frente a mí, sin pudor, recortada contra la luz cálida de la lámpara. Tenía un cuerpo magnífico, de mujer hecha, de curvas suaves y firmes a la vez: las tetas grandes y pesadas cayéndole apenas un dedo, con los pezones oscuros duros y erectos; el vientre suave con una leve redondez; las caderas anchas; el coño con una franja fina de vello oscuro recortado que apenas tapaba los labios hinchados. Se acarició un pecho con la mano libre, despacio, sin dejar de mirarme, se lo pellizcó, se lo apretó entero. Yo empecé a menearme al mismo ritmo, los dos a tres metros y un patio de distancia, unidos por nada más que las miradas y las ganas acumuladas.

La vi bajar la mano por el vientre, meterse dos dedos entre los muslos, abrirse los labios del coño con dos dedos y meterse el corazón hasta el fondo. Empezó a masturbarse con un ritmo lento y hondo, moviendo la cadera adelante y atrás sobre su propia mano, la boca abierta soltando el humo del cigarrillo en jadeos silenciosos. Yo me la casqué al compás, con la mano bien mojada de saliva, apretando fuerte, tirando de la piel hasta la base, subiendo despacio hasta el glande, imaginándome que ese coño mojado en el que ella tenía los dedos era el mío el que se lo estaba llenando. Ella se llevó los dedos brillantes a la boca, se los chupó despacio mirándome, se los volvió a bajar al coño. Con la otra mano se apretó una teta y se la levantó para chuparse el pezón, la lengua rosa asomando entre los dientes.

No aguanté demasiado. Sentí los huevos apretarse contra el cuerpo, el cosquilleo subiendo por la base de la espalda, y el orgasmo me sorprendió a los pocos segundos, intenso, imposible de frenar. Solté chorros gruesos de semen que salpicaron el suelo entre mis pies y me chorrearon por los dedos, mientras yo apretaba los dientes para no gemir en voz alta. A ella se le escapó una carcajada breve que tapó enseguida con la mano, divertida y cómplice, y siguió tocándose con la boca en una mueca de placer hasta que se estremeció entera contra el marco de la ventana, apretando los muslos alrededor de su mano, con los ojos entrecerrados clavados en mí. La vi correrse en silencio, mordiéndose el nudillo del pulgar. Cuando recuperó la compostura, se llevó los dedos empapados a la nariz, olió despacio, sonrió, dio una última calada al cigarrillo, me lanzó un beso con los dedos mojados de su corrida y se metió dentro, corriendo la cortina del todo.

***

Los dos días siguientes el grupo se fue a una excursión que teníamos planeada desde antes del viaje. Pasé las horas en la montaña pensando en una sola cosa: si mi musa de la ventana seguiría allí cuando volviéramos, si habría una tercera noche, si me atrevería a algo más que mirar, si esta vez sería capaz de cruzar el patio de alguna forma, colarme en su cama, follármela por fin como se merecía después de aquel marido inútil.

Llegamos al apartamento al atardecer. Dejé las cosas, me asomé a la habitación y miré hacia enfrente, conteniendo la respiración.

La ventana estaba cerrada, las toallas ya no colgaban del tendedero, la cortina descorrida sobre un cuarto vacío. Se habían ido. Me quedé un rato largo mirando ese hueco oscuro, con una sensación absurda de pérdida por una mujer cuyo nombre solo conocía porque su marido lo había dicho en voz alta una tarde de verano.

Nunca volví a verla. Pero cada vez que paso un verano cerca del mar y noto el bochorno entrando por una ventana abierta, vuelvo a pensar en Nuria, en su cigarrillo, en sus tetas apretadas contra el marco, en sus dedos hundidos en el coño y en su risa tapada con la mano, y en aquella noche en que dos desconocidos se follaron de lejos sin tocarse jamás.

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Comentarios(7)

NachoCba77

la tension del momento inicial esta muy bien lograda, se siente demasiado real. Buenisimo!!

RominaBA_lec

Por favor seguilo, ese final me dejo con ganas de saber que paso despues

MartaLuna_88

jajaja pobrecito en ese momento... pero esta muy bien descripto todo. Me encanto como lo contaste

LectorNocturno

excelente!!!

TigreDunas

Me recordo a un momento muy incomodo que tuve con una vecina de chico, no tan extremo pero algo parecido jajaja. Muy buen relato, saludos desde Mendoza

FanaticoRelatos

Bien escrito y con bastante suspenso para ser de esta categoria. El punto de vista del narrador funciona muy bien, te mete en la historia

Rodrigo_VdP

Y que paso con ella despues??? eso es lo que quiero saber jajaja. Seguilo por favor que quede enganchado

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