Mi vecina se masturbaba y mi mujer me sorprendió mirando
El calor de agosto en Valencia no daba tregua. A esa hora de la tarde el aire entraba por las ventanas espeso y caliente, como si alguien hubiera dejado un horno abierto en mitad del piso. Rubén estaba solo en casa, hundido en el sofá del salón, con la camiseta pegada a la espalda y la mirada perdida en un documental que ni siquiera entendía.
Tenía cuarenta y ocho años y un trabajo que nunca había imaginado para sí mismo. Estudió informática, pero una mezcla de mala suerte y desgana lo había dejado vendiendo ordenadores y televisores en una gran cadena de electrónica. No era lo que soñaba a los veinte, aunque a esas alturas tampoco se quejaba demasiado.
Su mujer, Marina, trabajaba como administrativa en una empresa importante del centro. Cobraba bien, pero nunca sabía a qué hora terminaba. Por eso casi siempre vivían a destiempo: uno en casa mientras el otro trabajaba, uno trabajando mientras el otro descansaba. Así eran muchas parejas de su edad, pensaba él. Dos vidas paralelas que solo se cruzaban de noche, cuando ya no quedaban fuerzas para nada.
Marina tenía cuarenta y dos años. Nunca había sido una mujer llamativa, pero los años le habían sentado bien. Tenía esa madurez serena que a Rubén siempre le había gustado, aunque hacía tiempo que no se lo decía. Tampoco él era ningún galán, con algún kilo de más y el pelo negro lleno de canas, pero esas canas le daban un aire que a ella, en otra época, le encantaba.
El sexo entre ellos nunca había sido un derroche de fantasía. Y, como suele pasar, los años y los horarios imposibles lo habían ido apagando. Cada vez menos veces, cada vez con menos ganas. Muchas de aquellas tardes solitarias Rubén terminaba masturbándose frente al ordenador, o tras intentar charlar con alguien en algún chat de desconocidos buscando lo mismo que él: un poco de morbo, un poco de excitación, algo que rompiera la rutina.
Pero esa tarde ni eso. El calor lo tenía vencido. Había probado a ver algún vídeo y no le apetecía. Había intentado conversar con alguien y nadie le seguía la cuerda. No es mi día, se dijo, resignado. Dudaba incluso de que su cuerpo respondiera si lo intentaba.
Entre la comida tardía, la siesta a medias y los intentos fallidos, se le había ido la tarde entera. Eran ya las ocho. Decidió darse una ducha para quitarse de encima el sopor y aguantar mejor la noche, y de paso matar el tiempo hasta que llegara Marina, que aún no había aparecido.
Fue a la cocina a encender la caldera. En verano la apagaban por la noche, ya que apenas pasaban tiempo en casa, y no la encendían hasta que hacía falta agua caliente. Antes de hacerlo, sintió sed. Abrió la nevera, sacó una botella de bebida isotónica y le dio un trago largo, de pie, con la puerta del frigorífico todavía templándole la espalda.
Al girarse hacia la caldera, algo al otro lado del patio interior le llamó la atención. Su cocina daba a un patio estrecho, y enfrente, a pocos metros, se levantaba otro edificio. Él vivía en la cuarta planta. En la tercera del edificio de enfrente, justo a la altura de su mirada, había una mujer.
Caminaba por su cocina vestida solo con un tanga negro. Sus pechos generosos se movían con cada paso, libres, ajenos a cualquier pudor. Rubén se quedó paralizado, con la botella todavía en la mano, incapaz de apartar los ojos. La mujer iba y venía entre cazuelas y sartenes como si estuviera completamente sola en el mundo, sin sospechar que alguien la miraba desde el otro lado del patio.
La conocía de vista, como se conoce a casi todos los vecinos en una ciudad grande: un saludo en el portal, un gesto en el ascensor, nada más. No sabía su nombre ni su edad. Solo sabía que vivía con un hombre, que ambos rondaban la mediana edad, y ahora también sabía que su cuerpo le gustaba, porque algo en él había empezado a despertar pese al cansancio del día.
Pasaron un par de minutos y la decepción lo invadió: la mujer salió de la cocina y desapareció de su vista. Rubén no se movió. Se quedó allí, junto a la ventana, con esa primera dureza que en toda la jornada no había logrado sentir.
Cuando ya se daba por vencido, ella reapareció. Pero esta vez no en la cocina, sino en el dormitorio, cuya ventana quedaba unos metros a la derecha. Seguía igual, casi desnuda, con aquel tanga diminuto que dejaba a la vista todo lo demás.
Hurgó en uno de los cajones, retiró la sábana de la cama y se tumbó. En la mano llevaba un consolador. Rubén no se lo podía creer. Estaba, sin buscarlo, en su día de suerte.
Nunca se había considerado un voyeur. Jamás había sentido curiosidad por mirar a escondidas, por ser espectador del placer ajeno. Sabía que había gente a la que le iba eso, pero a él nunca le había llamado. Hasta esa tarde. Esa tarde su vecina le había despertado una mezcla extraña de curiosidad, deseo y morbo, y no pensaba perderse lo que intuía que estaba a punto de ocurrir.
Tumbada, con las piernas ligeramente abiertas y el consolador esperando a un lado, la mujer empezó a acariciarse los pechos con una lentitud deliberada. Se detenía en los pezones, oscuros y gruesos, que con cada roce se endurecían y crecían. Los pellizcaba, tiraba de ellos, primero uno y luego el otro, después los dos a la vez. Desde enfrente se notaba cómo su cuerpo se arqueaba apenas, cómo abría la boca.
Rubén estaba igual. La simple visión de aquella escena —real, no el guion de una mala película ni el invento de un fotógrafo— le había puesto la polla dura, marcada bajo el fino pantalón de deporte. Casi sin pensarlo, deslizó la mano por dentro de la ropa y empezó a acariciarse por encima del bóxer, ya húmedo de sudor y de los primeros fluidos.
La mujer continuaba con su juego. Apretaba sus pechos, los amasaba, y poco a poco su mano libre fue bajando hasta la entrepierna. Acariciaba por encima del tanga, deslizando los dedos despacio de abajo arriba, hasta presionar el clítoris. Cada vez que lo hacía, un temblor le recorría el cuerpo.
Pronto la tela ya no le bastó. Metió la mano por debajo y se tocó directamente, y entonces sus movimientos se volvieron más bruscos, su boca se abrió más. La distancia no dejaba oírla, pero Rubén habría jurado que de su garganta escapaban gemidos.
Él se había bajado ya el pantalón y el bóxer para liberar la erección y poder rodearla mejor con la mano. Se masturbaba despacio, sin prisa, intentando que durara, mientras con la otra mano se acariciaba, se humedecía los dedos con saliva, atento a cada gesto de la mujer de enfrente.
Ella se quitó el tanga. Se lo llevó a la cara y aspiró, abrió más las piernas y, mientras con una mano se separaba los labios, con la otra tomó el consolador. Le lamió la punta y lo deslizó por toda su raja, de abajo arriba, una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez con más fuerza, retorciéndose sobre la cama.
Rubén aceleró el ritmo. Solo quería una cosa: aguantar sin correrse hasta que ella lo hiciera. Quería acompasarse a su placer, corresponder, aunque ella no supiera siquiera que él existía.
La mujer se introdujo el consolador de una sola vez, sin miramientos, y empezó a moverlo con determinación mientras con la otra mano se apretaba un pecho. Volvió a gemir, esta vez con tanta intensidad que Rubén estuvo seguro de haberla oído de verdad, no como producto de su imaginación calenturienta.
***
Pero Rubén se había olvidado de algo. Marina había vuelto a casa.
Marina se asomó al salón y no lo encontró. Pensó que estaría en la ducha, pero allí tampoco estaba. La televisión seguía encendida, así que tenía que andar por algún sitio. Pasó por el dormitorio y, al no verlo, aprovechó para descalzarse. Llevaba demasiadas horas sobre los tacones. Antes de quitarse el vestido de verano se acercó a la cocina. Y allí lo vio.
Lo que vio la dejó de piedra. Su marido, desnudo de cintura para abajo, con una erección descomunal, una erección que hacía años no le regalaba. Se estaba masturbando, de pie, muy cerca de la ventana abierta, absorto, ajeno por completo al ruido que ella había hecho al llegar.
Marina no entendía nada. No era propio de él. Sabía que Rubén se masturbaba a solas, igual que hacía ella. La rutina los había vuelto distantes, pero el cuerpo seguía pidiendo placer, y muchas mañanas, mientras él trabajaba, ella se daba un rato en la cama o bajo el chorro templado de la ducha apuntando justo donde más le gustaba.
Pero aquello era distinto. Decidió acercarse en silencio. Quería entender qué le pasaba a su marido. Y entonces lo comprendió todo. Vio la escena de la vecina de enfrente, su cuerpo desnudo tendido en la cama, las piernas abiertas, una mano entre las piernas y la otra apretándose los pechos. Le recordó tanto a ella misma…
Y tomó una decisión. No iba a reñirle. No tenía derecho. Él no había buscado aquello; se lo había encontrado por casualidad, igual que ella acababa de encontrárselo a él.
Miró, a un metro escaso, la dureza de su marido. Casi había olvidado cuánto le gustaba metérsela en la boca mientras ella misma, en cuclillas, se acariciaba hasta correrse. El recuerdo la encendió de golpe. Olvidó el trabajo, la tensión, el cansancio. Sabía lo que más le gustaba a Rubén, y se lo iba a regalar.
Se acercó desabrochando los botones del pecho de su vestido, dejando asomar sus pechos. No eran tan grandes como los de la vecina, pero siempre habían sido sensibles a los besos. Increíblemente, Rubén seguía sin notarla, concentrado en no correrse antes que la mujer de enfrente. Así que Marina pudo agacharse a su lado, posar una mano sobre la de él e inclinar la cabeza para lamerle despacio la punta.
Rubén se sobresaltó. Era Marina. Y en lugar de enfadarse por lo que estaba haciendo, se la estaba empezando a chupar. Se relajó, dejó que su mujer se la metiera entera en la boca y lo succionara con ganas.
Casi no le cabía. Marina lamía de la base a la punta y volvía a tragársela, una y otra vez. Él le puso una mano en la cabeza mientras con la otra se apoyaba en la pared, porque las piernas le temblaban del puro morbo.
Ella seguía mamando, recuperando algo que le había encantado toda la vida y que, sin saber bien por qué, llevaba demasiado tiempo sin hacer. Nunca habría imaginado que comerle la polla a su marido mientras él miraba a otra mujer masturbarse pudiera resultarle tan excitante. Pero lo era. Le encantaba el sabor, le encantaba oír su respiración entrecortada. Sin pensarlo, llevó una mano a su propia entrepierna. Aún tenía las braguitas de la mañana, empapadas ya.
Apartó la tela y se tocó directamente, hundiendo dos dedos mientras la palma le presionaba el clítoris. El placer le arrancó un gemido y, sin darse cuenta, aceleró el ritmo con el que su boca recorría la polla de Rubén.
Él ya no iba a aguantar mucho. La escena no podía ser más perfecta: por un lado su mujer, regalándole la mamada que hacía tanto no recibía; por otro, la vecina, que se masturbaba ahora a un ritmo frenético. Ninguno de los dos tardaría.
De pronto, los gemidos de Marina se convirtieron en la banda sonora del patio. Y enfrente, la vecina se corrió: gimió con fuerza, durante un largo rato, convulsionándose en la cama, retorciéndose, buscando sentir aquel orgasmo en cada poro de la piel. Después se quedó quieta, reposando, saboreándolo.
Eso fue lo que Rubén no pudo soportar. Con la mano que sujetaba la cabeza de Marina le pidió más ritmo, y ella obedeció a la vez que se daba placer a sí misma. Y se corrió. En ese preciso instante, agarrado a la pared, descargó en la boca de su mujer mientras tiraba de su cabeza para no perder ni una gota.
Sentir aquello fue el detonante que Marina necesitaba. Mientras tragaba, hundió aún más los dedos, presionó con fuerza, y estalló también en un orgasmo intenso, lleno de un morbo que jamás había imaginado y que la dejó temblando.
Después, Marina logró ponerse de pie. Rubén la agarró por la cintura y la atrajo contra su cuerpo. Le besó la boca, le lamió los labios, algo que nunca había hecho tras correrse en ella, y descubrió que le gustaba, que le daba ganas de más.
No hicieron falta palabras. Solo besos, caricias, miradas. Rubén le quitó el vestido casi de un tirón, lo lanzó al suelo y se arrancó la camiseta. Y así, unidos por la boca, con las manos recorriéndose el cuerpo caliente y sudado, los dos caminaron hacia el dormitorio para hacer lo que nunca debieron dejar de hacer.





