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Relatos Ardientes

Me exhibí ante desconocidos y descubrí mi placer secreto

Esta historia la contamos los dos, ella y yo, cada uno desde su lado de la cámara.

Todo empezó como un juego en el que fui entrando casi sin querer, y terminó gustándome más de lo que jamás habría confesado en voz alta. Aquella tarde, cuando Marcos me abrió la camisa casi hasta el ombligo en plena pista, estaba muerta de vergüenza. Sentía mis pechos moverse libres bajo la tela con cada paso, y siempre quedaba algún trozo de piel prohibida asomando al aire.

Después dejé de preocuparme. La gente apenas reparaba en mí, salvo un grupito de chicos que miraban a todas las mujeres que iban ligeras de ropa, y yo lo iba. Y la verdad es que aquella noche había muchas: faldas que parecían cinturones anchos, escotes que enseñaban hasta el alma. Yo, con mi pantalón corto, casi era la más discreta del local.

Solo me asusté un poco cuando empezamos a bailar y uno de esos chicos me pidió la siguiente pieza. Empezó bien, pero pronto sus manos fueron a donde no debían. Sentí sus dedos sobre mis pechos descubiertos, sin ningún reparo, dejándolos luego a la vista de sus amigos. Y reconozco que me gustaba cómo se colocaba cerca de ellos para que pudieran ver mejor cada vez que algo quedaba fuera de la tela.

Noté cómo desabrochaba el último botón de la camisa y el del pantalón, que intentó bajar sin conseguirlo del todo, hasta que Marcos me rescató y me sacó de allí entre risas. Yo tenía las mejillas ardiendo y, debajo, una excitación que no entendía.

Y por la noche llegó lo otro: la exhibición ante decenas de personas que me veían entera a través de una pantalla, pidiéndome más y más de forma grosera. El final fue tumbarme desnuda sobre la mesa, debajo de Marcos, mientras esos espectadores anónimos nos animaban desde el otro lado del mundo. Llegué al orgasmo en segundos. Y comprendí que, después de aquello, lo que Marcos me propusiera lo haría encantada.

***

Me desperté con las primeras luces y empecé a pensar que el día anterior se me había ido de las manos. No solo en el baile, sino en lo de la cámara, en mostrarla y poseerla delante de toda esa gente, aunque fuese a través de una ventana pequeña. Estábamos los dos desnudos en la cama, yo pegado a su espalda, una mano sobre su pecho, las sábanas enredadas en los pies.

Intenté no moverme. Se estaba demasiado bien contra su cuerpo caliente, mis muslos contra los suyos, su respiración acompasada acercándose y alejándose de la mía. No sabía cómo habíamos acabado así de enredados, pero quería estirar el momento. Al final tuve que ir soltándome poco a poco para levantarme sin despertarla.

Me lavé un poco la cara y me miré en el espejo, intentando adivinar qué veía Lucía en mí para concederme tanto en apenas dos días. No me veía mal, pero había muchos hombres así. Nunca me creí uno de esos donjuanes irresistibles que atraen a las mujeres sin mover un dedo.

Llegué a la conclusión de que todo era la ocasión y la cercanía. Lucía necesitaba vengarse de Daniel de alguna manera, por insistir tanto en empujarla a los brazos de otro en contra de su voluntad. Y ahora lo hacía al fin, pero sin que él lo supiera, para no darle el gusto, aunque fuese consciente de que en el fondo estaba haciendo justo lo que él tanto había pedido.

Cuando volví, ella seguía tumbada, pero había cambiado de postura. Boca arriba, un brazo extendido como buscándome, una rodilla flexionada. Estaba expuesta sin el menor asomo de pudor, mostrándose tranquila en su cama, en su casa, segura de que nadie más que yo la veía. El pelo largo y revuelto le cubría parte del hombro.

Gruñó un poco, como un ronroneo, cuando posé la mano sobre su vientre tibio.

—¿Qué hora es? —murmuró sin abrir del todo los ojos.

—Ni idea —respondí.

—¿Preparo el desayuno mientras te despiertas?

—No. Quédate un rato más.

Quise saber qué pensaba de todo lo de ayer, pero ataqué afirmando que se le había notado el disfrute, que el espectáculo nocturno la había excitado más de lo que ella misma esperaba. Y con una sonrisa me confesó que sí, que desde que le abrí la camisa en la disco había ido encendiéndose hasta no poder aguantar al llegar a casa. Lo de poner la cámara, dijo, jamás imaginó que resultara tan excitante.

La besé despacio, ese beso de buenos días que es la mejor manera de empezar la jornada, y me recosté sobre su cuerpo buscando otra vez el calor y la suavidad de su piel. Pero el teléfono de la mesilla sonó. Cuando lo agarró y vi que era Daniel, me aparté y bajé de la cama para dejarla sola, y me fui a la cocina a preparar el café haciendo el menor ruido posible.

Y la oí mentirle: que yo me había marchado muy temprano el lunes, que ella solo había bajado a tomar algo al pueblo, que no había ido a bailar, que únicamente tomaba el sol junto a la piscina. Qué fácil le salía. Colgó, vino a la cocina y me abrazó por detrás, todavía sin una sola prenda encima.

Desayunamos así, desnudos, porque ya empezaba a apretar el calor y la casa estaba lo bastante aislada como para que nadie pasara cerca. Entonces le propuse otro juego ante la cámara: una escena cotidiana de levantarse y vestirse, para un público que a esas horas seguramente ya estaba enganchado a la pantalla como la noche anterior.

Era un reto más, y no me extrañó que aceptara. Estaba lanzada, dispuesta a todo lo que yo inventara. Volvimos a la habitación, encendí el portátil y coloqué la cámara enfocando la cama. Le dije que se tumbara, que yo iría dirigiendo el objetivo hacia ella, y que en cuanto me hiciera una señal cortaría la emisión al instante.

Resultó mucho más morboso que cualquier striptease. Empecé a emitir con ella tendida en la misma postura del despertar. Se levantó de espaldas a la cámara cuando le indiqué que ya tenía suficientes espectadores, y se fue vistiendo despacio, una prenda tras otra, girándose hacia el objetivo justo lo necesario para que los de detrás de la pantalla no se perdieran ningún detalle. La luz de la mañana entraba perfecta por la ventana.

Paré cuando salió del encuadre poniéndose la última camiseta. Quería enseñarle la grabación, que se viera tal como la habían admirado esos desconocidos. Estaba encantada, riéndose a carcajadas de los mensajes que le escribían en la ventana del chat, asombrada de que hubiera tanta gente sin nada mejor que hacer a esas horas. Tenía razón, pero ya se sabe: hay gente para todo.

—¿Y ahora qué? —preguntó curiosa—. ¿Qué se te ha ocurrido para hoy?

Le conté el plan. Ella había hecho nudismo en playas grandes, pero allí cada uno iba a lo suyo y nadie miraba a nadie. Yo le propuse algo distinto: una cala pequeña al otro lado del pantano, una zona acotada donde nadie nos molestaría, pero a la que solían bajar sobre todo hombres solos. Más miradas. Más admiradores reales.

Por la mañana hicimos cosas de la casa y nos refrescamos un rato en la piscina. Por la tarde tomamos el coche. El camino era malo, pero el lugar valía la pena: un bosque de pinos a ambos lados, sombra de sobra para dejar el coche, y una bajada entre árboles hasta el borde del agua.

Ya había gente, aunque sin la multitud de las playas que ella conocía, y creo que eso la tranquilizó. Se quitó la ropa con calma para quedarnos los dos como vinimos al mundo y tumbarnos al sol antes de mojarnos. Y enseguida noté que le gustaba el juego de desnudarse, porque para mi sorpresa no llevaba bikini bajo el vestido, sino una ropa interior blanca y calada, preciosa.

Fue como si se desnudara para meterse en la cama de noche. Se sacó el vestido despacísimo por la cabeza, fingiendo que se enganchaba, dejando que todos los que estábamos cerca la observáramos en ropa interior sin que ella tuviera que mirar a nadie. Luego se quitó el sujetador con la misma lentitud calculada, que volvió a atraer las miradas, antes de bajarse las bragas de golpe y tumbarse a mi lado.

Al rato le pedí que fuera sola hasta el agua, que quería hacerle fotos para otro álbum como el del paseo por el monte. No se lo pensó. Se levantó, caminó hasta la orilla y metió el pie en el agua helada dando grititos. Después paseó por la ribera, alejándose más de lo que yo habría querido, supongo que para mostrarse también a los que estaban lejos.

Cuando volvió y se sentó sobre la toalla, me confesó que era mucho más excitante hacerlo en persona que por la web. Allí podía ver las caras, el descaro de los hombres que la observaban, las cosas que algunos le decían y le ofrecían sin ningún disimulo, y que no cesaron hasta que ella se sentó de nuevo a mi lado.

—¿Te gustaría hacerlo con alguno de ellos? —le pregunté.

—Ja, ni loca. Y eso que algunos están muy bien, la verdad —rio.

—Yo creo que sí lo harías. Pero no hoy. Hoy no.

Me miró raro, y entendí lo que pensaba: que al final yo era como Daniel, otro que la quería empujar a los brazos de un extraño. Se lo quité de la cabeza enseguida. No hablaba de obligarla a nada. Hablaba de que algún día podría desearlo ella sola, por el puro placer de ser mirada, como la noche anterior, como acababa de decirme que era más brutal y más morboso al natural, con gente de carne y hueso delante.

Regresamos cuando nos cansamos. El sol entre los pinos no calentaba demasiado, el agua estaba helada y el desfile de hombres solos pasando una y otra vez por delante había empezado a resultar pesado. Recogimos las toallas. Yo me puse el bañador y cargué con lo que pesaba; ella tomó su ropa con una mano y echó a andar desnuda cuesta arriba, alegando que hacía demasiado calor para vestirse, ante el deleite de cuantos bajaban y la pena de no llegar a tiempo de verla bien.

Tampoco hubo problema en que viajara desnuda en el coche. El trayecto era solitario, pero aun así me desvié por el camino alternativo, el que no cruza el pueblo, para evitar un mal encuentro con la policía, que quizá no compartiría su teoría sobre el calor y la ropa. Mientras conducía, la miraba de reojo: relajada, satisfecha, con esa sonrisa de quien acaba de descubrir hasta dónde llega su propio deseo.

Y supe que aquel juego que empezó casi sin querer no había hecho más que empezar.

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Comentarios(5)

Facundo_Cba

Tremendo relato!!! me dejo sin palabras, de verdad.

RosaritaBA

Que historia mas bien contada. Quede con ganas de saber que paso al final con esos desconocidos, tiene segunda parte?

PabloSurf

Me recordo a un verano en la costa, hay algo en el aire libre y el sol que te hace perder la timidez jajaj. Muy bueno

SilencioYDeseo

Muy bien contado, se siente autentico y natural. Seguí así!

NightReader86

La progresion de la historia me encanto. Empezar desde la comodidad de una pantalla hasta animarse a algo así en persona... esa transformacion interna esta muy bien narrada. Un placer leerlo.

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