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Relatos Ardientes

La mujer que me encontró desnudo en la ruta

Esto pasó hace años, cuando todavía vivía en las afueras de una ciudad mediana, en una urbanización tranquila donde a partir de medianoche no se oía más que algún coche lejano y el ladrido suelto de un perro. Yo tenía la costumbre de salir a caminar de noche con mi perra, una mestiza grande y nerviosa que necesitaba paseos largos para agotarse. Lo que nadie sabía era que yo no salía solo a pasear.

Me excitaba el riesgo. No el exhibicionismo de querer que me miraran, ni el deseo de montar una escena para desconocidos. Lo mío era otra cosa: la descarga de adrenalina de ir casi desnudo por una zona donde, en teoría, no debía cruzarme con nadie, con la sensación constante de que en cualquier momento unas luces podían acercarse demasiado o una voz podía romper el silencio.

Al principio me limitaba a desabrocharme la camisa larga que usaba como única prenda al salir de casa, además de unas zapatillas. Más lejos, ya entre naves cerradas, descampados y postes de luz aislados, terminaba por quitármela. Caminaba así, con la piel erizada por el aire tibio de verano, la polla medio dura colgando entre las piernas mientras la correa de mi perra me tiraba hacia adelante.

No era raro que me tocara un poco mientras andaba. Apenas unas caricias lentas, el pulgar rozando el glande, la palma envolviendo el tronco con esa mezcla exacta de urgencia y control. Lo hacía porque me ponía al límite; porque cada ruido me disparaba el pulso y esa tensión me endurecía todavía más.

Una noche me llevé un susto de verdad.

Estaba en uno de los caminos de servicio junto a la zona industrial, medio oculto por árboles bajos y un muro de hormigón, cuando otro perro apareció casi de frente y se puso a olfatear a la mía. Me quedé congelado. Yo estaba completamente desnudo, con la camisa enroscada en la mano y la polla expuesta bajo una farola pobre que no iluminaba del todo, pero lo suficiente para delatarme.

Entonces oí una voz de mujer llamando al animal desde unos metros más atrás.

Me giré apenas, vi una silueta acercándose y reaccioné como un idiota asustado. Tiré de la correa, intenté taparme a medias con la camisa y eché a correr hacia la sombra. No sé si ella llegó a verme bien o solo intuyó algo raro, pero yo sentí la vergüenza y el miedo mezclados en el estómago durante todo el camino de vuelta.

Los días siguientes me obsesioné con eso. Pensaba en cruzármela de día en alguna panadería, en una gasolinera, en cualquier sitio, y notar en su cara que me reconocía. Cambié de ruta durante un tiempo, y volví a usar la camisa cerrada. Aun así, el susto no me curó; solo hizo que el recuerdo me excitara más de lo que quería admitir.

Dos semanas después decidí volver a la zona industrial. Me convencí de que aquella mujer no me había visto, o de que si lo había hecho, no volvería por allí a esas horas. Mentira. En el fondo regresé precisamente porque quería comprobar si el peligro seguía vivo.

Era una noche pesada, de calor pegado a la piel. Llevé la camisa abierta casi desde que dejé atrás las últimas casas y, al llegar a un tramo de carretera secundaria con un banco de madera cerca de una parada abandonada, terminé por quitármela. No había nadie a la vista. Solo el zumbido de los insectos, algún camión lejano y las farolas separadas por largos parches de penumbra.

Me senté en el banco con la perra echada a mis pies. Mi polla ya estaba dura, levantada contra el vientre. Empecé a pajearme despacio, sin apartar del todo la vista del camino, sintiendo el cuero tibio de la correa en una mano y el peso de mi verga en la otra.

Escuché un «hola» suave, casi tranquilo.

La voz salió de la sombra antes de que yo la ubicara. Levanté la cabeza de golpe y allí estaba ella.

No era una chica, sino una mujer hecha y derecha, claramente adulta, quizá rondando la treintena larga. Morena, delgada, con el pelo recogido de cualquier manera y una cara que no intentaba parecer inocente. Llevaba un vestido camisero claro, abierto de arriba abajo, y debajo no llevaba nada. Lo vi en cuanto se acercó al círculo de luz: las tetas pequeñas moviéndose al ritmo de sus pasos, el vientre plano, la línea oscura del vello recortado entre los muslos.

Su perro volvió a ponerse junto a la mía, como si aquella escena fuera la continuación natural de la otra noche.

—No corras esta vez —dijo.

Yo seguía sentado, desnudo, con la polla dura en la mano. No me tapé. No podía. El susto me había clavado al banco, pero debajo del susto venía otra cosa, más intensa: el golpe seco de comprender que me había encontrado y que no estaba allí por casualidad.

—Te he estado esperando —añadió.

—¿Esperándome?

—Te vi aquella noche. No todo, pero lo suficiente. Después volví varios días y ya no estabas.

Se detuvo frente a mí y abrió más el vestido con los dedos, sin teatralidad, solo para que no quedara ninguna duda. Tenía el coño al descubierto y las piernas ligeramente separadas. Mi respiración se volvió torpe. La polla me latía en la mano.

—Pensé que te habías asustado —dijo—. Y luego pensé que si volvías, sería porque en realidad te había gustado.

No supe qué responder. Ella sonrió apenas, como si mi silencio fuera bastante.

—A mí también me gustó —continuó—. Verte salir corriendo, muerto de vergüenza y completamente empalmado. No pude dejar de pensar en eso.

Sus palabras me atravesaron directo. La crudeza de oírlas en voz alta era mucho más excitante que cualquier fantasía que hubiera tenido solo. Bajó la vista a mi mano moviéndose todavía alrededor de la polla y dio un paso más.

—Sigue —me ordenó en voz baja—. Quiero ver cómo te la cascas.

Obedecí. No porque me lo ordenara, sino porque ya no habría podido parar aunque quisiera. Cerré el puño con más firmeza y empecé a masturbarme delante de ella, mirando cómo respiraba, cómo el vestido le caía abierto a los lados de la cintura y dejaba su cuerpo desnudo bajo la luz rota de la farola.

Ella se llevó una mano al coño y se acarició despacio, con dos dedos deslizándose por los labios mojados. No apartaba los ojos de mi polla.

—Así que esto era lo que buscabas —murmuró—. El riesgo de que te vieran.

—Sí.

—¿Y ahora? ¿Te excita que yo te esté mirando?

—Mucho.

Se humedeció los labios, avanzó hasta quedar entre mis rodillas y me apartó la mano de la verga con un gesto lento. Su palma la sustituyó al instante. Era cálida, decidida, sin temblores. Me acarició de arriba abajo, apretando lo justo para hacerme soltar el aire por la nariz.

—La otra noche vi el bulto de lejos y casi no dormí —dijo—. Quería saber si la tendrías así de dura cuando por fin me acercara.

Le respondí con un gemido estúpido. Ella sonrió de lado y me rozó el glande con el pulgar, recogiendo el líquido transparente que ya me salía. Luego se agachó sin dejar de mirarme y me pasó la lengua por la punta.

El primer contacto me hizo arquear la espalda. No fue un beso delicado, sino una lamida lenta, consciente, seguida de otra más firme alrededor del glande. Después abrió la boca y me la metió entera hasta donde pudo, bajando la cabeza con hambre y sujetándome los muslos para acomodarse mejor entre ellos.

—Joder... —se me escapó.

Me chupó la polla con una destreza que no parecía improvisada. Entraba y salía sin prisa al principio, dejando que su saliva me cubriera, apretando los labios en cada subida. Yo le agarré el pelo por reflejo, no para empujarla, sino porque necesitaba asirme a algo mientras la sentía trabajarme con la boca en mitad de la calle, junto a una carretera por la que podía pasar un coche en cualquier momento.

Ella apartó la boca un segundo y escupió sobre mi verga antes de volver a engullirla. El sonido húmedo de la mamada, mezclado con los jadeos y el jadeo bajo de los perros olfateándose, me puso al borde enseguida.

—Despacio —dijo, sacándosela para hablar—. No quiero que te corras todavía.

Se incorporó, me empujó con una mano en el pecho y me hizo sentarme más atrás en el banco. Luego se subió a horcajadas sobre mí, con el vestido abierto y el coño desnudo rozándome el pubis. Estaba caliente y mojada. Lo noté antes incluso de tocarla.

—Mírame —me pidió.

La miré. Ella agarró mi polla, la acomodó entre sus piernas y empezó a frotarse arriba y abajo, usando mi verga como si fuera un juguete para abrirse y mojarla todavía más. El glande le golpeaba el clítoris en cada roce y su respiración empezó a romperse.

—Me puse así desde que te vi correr desnudo —dijo—. Como una perra en celo pensando en el tipo del camino.

Le metí dos dedos en el coño de golpe. Ella soltó un sonido ronco y me clavó las uñas en los hombros.

—Ahí... así.

Se los saqué lentamente para meter uno más profundo y usar el pulgar en su clítoris. Estaba empapada, de verdad mojada, no por pose ni por teatro. Cada vez que hundía los dedos, su cuerpo se me venía encima un poco más. Me besó entonces, por fin, con una urgencia que no tenía nada de romántica: lengua, dientes, saliva y respiraciones cortadas.

—Fóllame —dijo contra mi boca—. Aquí mismo.

No necesité que lo repitiera. La sujeté por la cintura, levanté apenas sus caderas y guié la polla a su entrada. Ella misma bajó de golpe, clavándosela hasta el fondo con un gemido seco que se perdió entre el ruido lejano de un motor.

Sentirla tragándome así, de una sola sentada, me dejó sin aire. Su coño estaba estrecho y húmedo, apretándome en pulsos involuntarios. Se quedó inmóvil un segundo, con la frente pegada a la mía, como saboreando el impacto.

—Joder, sí —murmuró—. La tienes justo como la imaginé.

Empezó a moverse despacio al principio, subiendo y bajando sobre mí mientras yo la sostenía por las caderas. El banco crujía debajo de nosotros. Su vestido se había quedado abierto a los lados y sus tetas rebotaban libres con cada descenso. Yo enterraba la cara entre ellas a ratos, lamiéndole un pezón mientras le clavaba los dedos en el culo.

—Más fuerte —dijo.

Le obedecí. Empecé a empujar desde abajo, levantando la pelvis para recibirla con más violencia. Cada embestida le arrancaba un gemido más alto. Ella dejó de montarme con ritmo controlado y empezó a dejarse caer de verdad, follándome con hambre, usando mi polla como si llevara semanas necesitándola.

Una pareja de faros apareció a lo lejos en la carretera y nos bañó de luz un instante. Los dos lo vimos. Los dos seguimos. Ese detalle terminó de dispararme la cabeza.

—Nos pueden ver —le dije.

—Por eso estoy aquí.

Se bajó de mí y me hizo ponerme de pie. Luego se giró y apoyó las manos en el respaldo del banco, separando las piernas. La visión de su culo ofrecido bajo las farolas me golpeó como un puñetazo. Le acaricié las nalgas, le abrí un poco más las piernas y le pasé dos dedos por el coño hinchado y resbaladizo antes de volver a entrarle desde atrás.

Esta vez la penetré de una embestida dura. Ella lanzó un grito ahogado y arqueó la espalda.

—Así, cabrón... así.

La follé con fuerza, agarrándola de la cintura primero y luego del pelo recogido, tirando de ella lo bastante para abrirle más el cuello y poder ver su perfil excitado bajo la luz. Mi pelvis golpeaba su culo con un chasquido húmedo y repetido. Su coño me apretaba cada vez más, como si quisiera retenerme dentro.

Ella llevó una mano entre las piernas y empezó a masturbarse mientras yo se la metía sin aflojar. La oía jadear, insultar entre dientes, pedirme más.

—No pares... no pares... me corro así... joder...

Le metí una mano por delante, le agarré una teta y le pellizqué el pezón al mismo tiempo que aceleraba. Mi verga entraba y salía cubierta de humedad, cada vez más rápido, cada vez más sucio el sonido. Sentía los huevos golpeándole el pubis y el orgasmo empezando a tensarme el vientre.

Ella se corrió primero. Lo noté en la contracción brutal de su coño y en cómo las piernas se le aflojaron de golpe. Se quedó temblando contra el banco mientras seguía frotándose el clítoris y yo no dejaba de embestirla. Su gemido fue largo, roto, casi animal.

—Sí... sí... joder, sí...

La saqué un instante y la hice girarse. Estaba roja, sudada, con el pelo suelto y los ojos brillantes. La senté en el respaldo ancho del banco, le levanté una pierna y volví a metérsela de frente. Quería verla mientras me la follaba hasta correrme.

Ella me rodeó la cintura con las piernas y me atrajo hacia sí. Nos besamos otra vez, más torpemente, porque el ritmo ya no permitía nada elegante. Yo embestía con una mano en su muslo y la otra en su nuca, entrando hasta el fondo, sacándola casi entera y volviendo a hundirla en un vaivén cada vez más desesperado.

—¿Dónde quieres la corrida? —pregunté, jadeando.

—En la boca no —dijo de inmediato—. Quiero sentirla.

Eso me bastó. Seguí follándola unos segundos más, apenas capaz de aguantar, hasta que me aparté en el último momento y me pajee rápido delante de su vientre. Ella miraba fijamente mi polla mientras se corría de nuevo en pequeños espasmos.

Me vacié sobre su pubis, su barriga y parte del vestido abierto. Los chorros le salpicaron la piel y ella pasó dos dedos por la corrida para extenderla despacio, sin pudor. Verla hacer eso casi me hizo perder el equilibrio.

Pensé que ahí acabaría todo, pero no. Ella bajó del banco, se arrodilló y me lamió el glande sensible, recogiendo lo que quedaba con una paciencia obscena que me arrancó un siseo. Luego se puso de pie y acercó los dedos húmedos a mi boca.

—Prueba cómo quedé por tu culpa.

Se los chupé. Sabía a su coño mezclado con mi corrida y con el sudor de esa noche. Ella sonrió satisfecha.

Nos quedamos un momento respirando, escuchando el silencio extraño que sigue al sexo cuando todavía late el miedo de estar a la vista de cualquiera. Su perro tiró suavemente de la correa. Mi perra seguía tumbada, como si todo aquello no fuera con ella.

—No me dijiste tu nombre —le solté al fin.

—No hace falta.

—Aun así.

Me dio uno falso, estoy casi seguro. Yo le di otro inventado también. Nos reímos por eso, por la ridiculez de fingir anonimato después de haber follado como animales al borde de una carretera.

—¿Vuelves siempre por aquí? —preguntó mientras se cerraba el vestido sin abotonarlo.

—Sí.

—Entonces volveré a buscarte.

No me dio su teléfono ni me pidió el mío. Recogió la correa de su perro, me miró una última vez de arriba abajo y se alejó hacia la parte oscura del camino. Yo me quedé quieto, desnudo todavía, con la camisa en el banco y las piernas blandas, mirando cómo su silueta se borraba entre los árboles y la luz sucia de las farolas.

***

Volvió. No al día siguiente, ni a la semana exacta, pero volvió. Y durante varios meses repetimos el mismo juego en distintos puntos de aquella ruta: detrás de una nave cerrada, en un descampado junto a una valla, una vez incluso apoyados contra mi coche después de caminar con los perros durante media hora fingiendo normalidad.

Nunca hablamos demasiado de nuestras vidas. Éramos dos desconocidos unidos por una mezcla concreta de morbo, riesgo y hambre. A veces ella aparecía ya sin ropa interior; otras me encontraba masturbándome y se arrodillaba sin decir una palabra. En una ocasión me hizo correrme sobre sus tetas mientras un camión reducía la marcha al otro lado de la cuneta, y en otra me montó en el asiento trasero del coche con las ventanas empañadas y una risa nerviosa que me puso más duro que cualquier postura.

Pero esa primera noche fue la que se quedó clavada en mi cabeza para siempre. No por la novedad, sino porque convirtió una fantasía solitaria en algo real, sucio y compartido. Hasta entonces mi excitación dependía de una posibilidad abstracta: que alguien pudiera verme. Ella la volvió cuerpo, boca, coño y voz.

Desde entonces entendí algo sobre mí que no había querido nombrar. No necesitaba exhibirme ante multitudes ni jugar a provocador. Lo que me incendiaba era ese filo preciso entre el secreto y el descubrimiento, entre esconderme y ser atrapado justo por la persona adecuada.

Y durante mucho tiempo, en aquella ruta oscura de las afueras, la persona adecuada fue ella.

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Comentarios(7)

NachoCba21

buenisimo!!! me engancho desde el primer parrafo

PatricioBA

¿Hay segunda parte? Quede con ganas de saber como siguió todo eso.

DiegoLectorBA

Me recordó a algo que me paso en un viaje largo hace años, esas situaciones inesperadas que quedan grabadas. Muy buen relato, se siente autentico.

VeronicaRios

La primer vez que ella lo vio, ¿como reaccionó exactamente? Me quede con intriga de ese momento.

Luzma_UY

La tension entre la primera y la segunda vez esta muy bien construida. Se nota que sabes manejar los tiempos, nada se siente forzado.

CosasDeNoche_ok

corto pero potente, me gusto mucho :)

Rodrigo_Ctes

jaja eso de que llevaba semanas esperándolo me mato... tremenda la mujer. Muy buen final.

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