Mi vecina me pidió un masaje y sabía que la espiaba
Me llamo Damián y desde hace un tiempo vivo en una calle tranquila de una localidad pequeña, una de esas donde todos se saludan, todos preguntan y nadie tarda demasiado en enterarse de la vida ajena. Dejé la ciudad para abrir mi consulta de masajes terapéuticos en la planta baja de casa y, la verdad, el negocio me fue bien desde el principio.
La casa tenía justo enfrente otra igual, con ventanas casi encaradas en el segundo piso. Allí vivía una pareja de unos cuarenta y tantos, gente aparentemente normal, de rutina impecable, coche familiar y modales discretos. A él apenas lo veía; a ella, en cambio, terminé mirándola demasiado.
Todo empezó una tarde cualquiera, cuando la escuché llegar del trabajo y, por casualidad, levanté la vista desde mi cocina. La vi entrar en su dormitorio sin bajar el estor. Se quitó la blusa frente a la ventana, luego la falda, luego el sujetador, con una calma que me dejó inmóvil.
No aparté la mirada. Ni ese día ni los que siguieron.
Su nombre todavía no lo sabía entonces, pero ya conocía su cuerpo mejor de lo que debería. Era una mujer grande, de presencia fuerte, piernas largas, caderas amplias, pechos pesados y bien formados. Vestía con elegancia sobria para trabajar, pero en casa parecía disfrutar del momento preciso de desnudarse sabiendo que podía ser vista.
Al principio me bastaba con mirar desde la oscuridad de mi cuarto. Después empecé a esperar el sonido de su coche como un animal entrenado. Más tarde compré unos prismáticos, y con eso ya no me quedó ninguna excusa honorable que contarme a mí mismo.
La observaba quitarse la ropa, elegir una camiseta ancha o quedarse un rato en ropa interior. Tangas mínimos, braguitas ajustadas, sujetadores finos que a veces no lograban esconder la dureza de sus pezones. Algunas tardes se volvía despacio para mirarse en el espejo, y yo aprovechaba el giro para clavarme en la curva redonda de su culo.
Lo peor fue el día en que dejó de fingir que todo era casual.
Entró en el cuarto, cerró la puerta, apagó la luz principal y encendió dos velas en la mesilla. Después se tumbó en la cama completamente desnuda, con las piernas orientadas hacia la ventana. Yo estaba sentado en el borde del colchón, con los prismáticos apretados contra la cara y la polla ya dura dentro del pantalón.
Al principio se acarició los pechos con lentitud, rodeándose los pezones con la yema de los dedos, apretándolos hasta ponerlos duros. Luego bajó una mano por la barriga, separó las piernas y empezó a tocarse el coño sin ninguna prisa, como si quisiera que yo tuviera tiempo de verlo todo.
La vi abrirse los labios con dos dedos. La vi frotarse el clítoris. La vi meterse primero uno, luego dos dedos, mientras la otra mano seguía jugando arriba. Movía las caderas sobre el colchón, arqueando la espalda, y aunque la doble ventana apagaba los sonidos, yo podía imaginar sus gemidos por cómo se le abría la boca.
Me saqué la polla y me masturbé mirándola correrse.
Cuando tembló y cerró las piernas por un instante, yo estaba tan caliente que tuve que morderme el labio para no soltar un jadeo. Ella se incorporó, aún desnuda, se quedó de pie frente a la ventana y se acarició un pecho mirando en mi dirección. No podía jurarlo, pero tuve la certeza sucia y eléctrica de que sabía perfectamente que yo estaba allí.
Desde ese día ya no me engañé más. Yo era su mirón, y ella, quizá, mi exhibicionista.
Pasaron semanas así. A veces solo se cambiaba. A veces se quedaba en ropa interior, caminando despacio por el dormitorio como si el tiempo no importara. Y otras, las mejores, se masturbaba para la ventana mientras yo la espiaba desde la oscuridad y me hacía una paja siguiendo el ritmo de sus dedos.
La situación cambió una tarde con una llamada a la consulta.
—Hola, ¿haces masajes relajantes además de los terapéuticos? —preguntó una voz femenina, grave y segura.
Le dije que sí, que podía atenderla con cita. Acordamos la hora para el final de la tarde. Todo parecía normal hasta que, cinco minutos antes, oí detenerse el coche de enfrente y comprendí quién iba a cruzar mi puerta.
Bajé al gabinete con una sensación rara en el estómago, mitad miedo, mitad hambre. Cuando sonó el timbre y abrí, ahí estaba ella. Morena, alta, con una blusa crema, pantalón ajustado y el mismo gesto firme que tantas veces había visto acercarse a su ventana.
—Hola —dijo, sonriendo apenas—. Soy Verónica. Creo que tengo cita contigo.
Me aparté para dejarla pasar, intentando que no se me notara la cara de idiota. Ella entró como si ya conociera el sitio, mirando cada detalle de la consulta con una calma que me puso más nervioso que cualquier descaro.
—Qué curioso —añadió—. Vivimos enfrente y nunca nos hemos presentado como vecinos.
—Supongo que no se había dado la ocasión —respondí.
—Supongo que no.
La llevé al cuarto de masaje, le indiqué dónde dejar la ropa y le ofrecí la toalla desechable habitual. Le expliqué el protocolo con voz profesional, demasiado rígida incluso para mis propios oídos. Ella me escuchó con una media sonrisa que parecía decir que conocía cada pensamiento que yo estaba tratando de esconder.
—Cuando salgas, me desnudo y me tumbo —repetí.
—¿Y si no quiero esperar a que salgas? —preguntó.
La miré y tardé un segundo demasiado largo en contestar.
—Como prefieras.
Empezó a desabrocharse la blusa delante de mí. Sin prisas, sin rubor, sin pedir permiso de nuevo. Yo fingí revisar el aceite, la música, las velas aromáticas, cualquier cosa menos quedarme mirándole los pechos mientras se abría la tela.
—Te pones nervioso muy fácil para dedicarte a esto —dijo.
—No suelo tener clientas que se desnuden delante de mí.
—No suelo tener masajistas que me observen desde su ventana.
Sentí un golpe seco en el pecho. La miré de frente. Ella ya se había quitado la blusa y estaba desabrochándose el sujetador sin apartar los ojos de los míos.
—Así que sí lo sabías —murmuré.
—Desde hace meses.
El sujetador cayó al suelo. Sus pechos quedaron libres, pesados, llenos, con los pezones ya endurecidos. Me observó tragar saliva y disfrutó del efecto con una seguridad casi cruel.
—El anterior vecino también miraba —dijo—. Tú, al menos, eras más constante.
Se descalzó, bajó el pantalón y lo dejó a un lado. Llevaba un tanga negro mínimo que le marcaba el culo y apenas cubría el coño. Dio una vuelta lenta sobre sí misma para mostrarse, y luego metió los pulgares en la cintura de la tela.
—Dime una cosa, Damián. ¿Te gustaba más mirarme cuando creías que no lo sabía o ahora?
No respondí. Mi polla ya empujaba el pantalón de una forma demasiado evidente.
Ella se rio por lo bajo y terminó de bajarse el tanga. Se quedó completamente desnuda a menos de un metro de mí. Coño depilado, muslos fuertes, pezones erguidos, mirada fija. Era exactamente la fantasía que me había machacado durante tantos meses, solo que mejor, porque ahora estaba allí y olía a perfume, a piel caliente y a algo más oscuro que me estaba nublando la cabeza.
—No hace falta que me des esa braguita ridícula —dijo, apartando con dos dedos la prenda desechable—. Quiero sentir tus manos de verdad.
Se tumbó boca abajo en la camilla y yo tardé un segundo en reaccionar. Al acercarme con el aceite vi el temblor en sus piernas y comprendí que también estaba excitada. No era solo un juego para humillarme; ella quería aquello tanto como yo.
Empecé por la espalda, usando la presión de siempre, recorriendo los hombros, la nuca, la línea de la columna. Mi trabajo consistía en controlar el cuerpo ajeno con las manos, pero nunca me había costado tanto no perder el control del mío. La piel de Verónica estaba caliente, receptiva, y cada vez que deslizaba las palmas hacia los costados notaba cómo se le escapaba el aire más despacio.
—Así que me has visto tocarme —dijo de pronto, con la cara apoyada de lado.
—Sí.
—¿Muchas veces?
—Bastantes.
—¿Te corriste mirándome?
Mis manos siguieron en sus hombros, pero el silencio respondió por mí.
—Eso pensé —murmuró—. Me excitaba imaginarlo.
Bajé hacia la espalda baja y ella separó apenas las piernas. No era un accidente. Era una invitación calculada. La línea de su culo quedaba abierta delante de mí y el olor de su excitación empezó a mezclarse con el aceite.
—Mi marido cree que vengo a destensarme —continuó—. No sabe que me pone cachonda sentirme observada. No sabe que algunas tardes me he desnudado más despacio solo para ti.
Tuve que apretar la mandíbula. Mis manos siguieron masajeando, pero cada palabra me iba arrancando un poco más del papel de profesional.
—Date la vuelta —le dije al fin.
Obedeció despacio, sin cubrirse. Su cuerpo desnudo quedó extendido ante mí en toda su evidencia. Los pechos se abrieron hacia los lados sobre la camilla, el coño brillaba húmedo entre sus muslos y sus ojos no se apartaban de mi entrepierna.
—Se te marca muchísimo —dijo—. ¿Vas a seguir fingiendo?
Puse las manos en sus piernas, empezando por las pantorrillas, subiendo poco a poco. Ella abrió más los muslos. Cuando llegué a la cara interna de uno de ellos, respiró hondo y dejó caer la rodilla hacia fuera, dándome mejor acceso a su coño. Yo estaba a centímetros de tocarlo.
—Si me toco mientras sigues, ¿te molesta? —preguntó con una inocencia burlona.
Sin esperar respuesta, llevó dos dedos a su clítoris y empezó a frotarse delante de mí.
La vi recoger su propia humedad y extenderla por los labios. La vi meter un dedo dentro mientras yo seguía con la mano en su muslo, como un imbécil paralizado entre el deber y las ganas de tirarme encima. Ella aceleró, mojándose más, jadeando ya sin disimulo.
—Mírame —ordenó.
La miré.
—Llevo meses pensando en tu cara mientras me corro en esa ventana. Y tú sigues ahí, tocándome la pierna como si no quisieras follarme.
Eso fue el final de cualquier intento de distancia. Aparté el aceite, me acerqué a la camilla y le agarré la muñeca húmeda. Me llevé sus dedos a la boca y los chupé uno por uno, saboreando su coño. Verónica soltó un gemido ronco y arqueó la espalda.
—Joder —susurró—. Por fin.
La besé con hambre. Nada elegante, nada tímido. Un beso sucio, de lengua, de dientes y de respiración mezclada. Ella me agarró del cuello y me devolvió el beso con la misma violencia, abriendo las piernas alrededor de mis caderas mientras yo le apretaba un pecho y le retorcía el pezón entre los dedos.
—Más fuerte —me pidió.
Le pellizqué el pezón con más dureza y me respondió con un jadeo tembloroso. Bajé la boca por su cuello, por el escote de sus pechos, hundiendo la cara entre ellos antes de morder uno de los pezones. Le encantó. Me lo dijo con el cuerpo entero, estremeciéndose debajo de mí.
Metí una mano entre sus piernas y le abrí los labios con los dedos. Estaba empapada. No húmeda: empapada de verdad, caliente, resbaladiza, abierta para mí desde antes de que la tocara. Le hundí dos dedos en el coño y los moví despacio al principio, sintiendo cómo se apretaba alrededor de ellos.
—Así me imaginabas, ¿no? —jadeó.
—Peor. La realidad es mejor.
Bajé de la camilla y me arrodillé entre sus piernas. Le aparté más los muslos y le pasé la lengua de abajo arriba, lenta y firme, desde la entrada del coño hasta el clítoris. Verónica soltó un quejido largo y me agarró del pelo. Repetí el movimiento, esta vez abriéndola más con los dedos para meter la lengua entre sus labios.
No me contuve. Le lamí el coño con ganas, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua donde antes había metido los dedos, alternando succiones cortas con pasadas largas y húmedas. Ella se retorcía, abría más las piernas, me empujaba la cabeza hacia sí.
—No pares... no pares, cabrón...
Le metí dos dedos hasta el fondo mientras chupaba el clítoris. Luego tres, estirándola despacio, sintiendo cómo me mojaba la mano entera. Verónica tenía el cuerpo tenso, los abdominales duros, las caderas levantándose para buscar más fricción. Le mordí apenas el clítoris y casi gritó.
—Joder, sí... así... así...
La trabajé sin prisa pero sin suavidad falsa, usando la boca y la mano como si quisiera cobrarme todas las tardes en que la había mirado sin tocarla. Cada vez que notaba que se acercaba, aflojaba un poco solo para volver a meter presión justo después. Quería verla perder del todo el control.
Lo perdió cuando le metí los dedos curvados y encontré ese punto que la hizo sacudirse. Chupé fuerte arriba al mismo tiempo y Verónica se corrió con un espasmo violento. Cerró las piernas alrededor de mi cabeza, me empapó la boca y tembló tanto que tuve que sujetarle los muslos para que no se cerraran por completo.
Me aparté apenas para verla. Tenía el pecho subiendo y bajando, la cara roja y los labios abiertos. Estaba preciosa de una manera brutal.
—Súbete —me dijo, aún jadeando—. Quiero sentir esa polla de una vez.
Me quité el pantalón y la ropa interior sin apartar la vista de ella. Cuando mi polla quedó libre, Verónica se incorporó sobre los codos y sonrió al verla.
—Con razón te escondías tan mal detrás de la ventana.
Se llevó la mano al coño, recogió parte de su propia humedad y me la extendió por la polla con movimientos lentos. Solo ese gesto estuvo a punto de hacerme correrme como un adolescente. Me agarró con firmeza, me dio un par de bombeos y luego tiró de mí para que subiera a la camilla.
La puse al borde, le levanté una pierna sobre mi hombro y apoyé la punta en su entrada. Nos miramos un segundo, cargado de todo lo que había pasado antes de ese cuarto.
—Si me vas a follar, fóllame de verdad —dijo.
Le entré de una sola embestida.
Su coño me tragó entero, apretado y mojado, y el gemido que soltó me golpeó el pecho como un premio. Me quedé un instante dentro, hundido hasta el fondo, disfrutando de cómo se ajustaba a mi polla, y luego empecé a moverme.
Primero despacio. Después menos despacio. Verónica me clavó las uñas en los brazos y abrió más la boca, tragándose a medias sus propios ruidos. Le sujeté la otra pierna y la dejé completamente abierta para mí, penetrándola con embestidas largas que le hacían temblar los pechos a cada choque.
—Más —pidió—. Más fuerte.
Se lo di. Empecé a follarla con golpes secos de cadera, haciendo sonar la piel contra la piel en la habitación. La camilla crujía bajo nosotros, las velas seguían encendidas y la escena tenía algo obsceno y perfecto: la clienta desnuda, la vecina exhibicionista, el mirón por fin dentro del cuerpo que llevaba meses deseando.
Le agarré un pecho con una mano y se lo apreté mientras la seguía penetrando. Con la otra le froté el clítoris al ritmo de cada embestida. Verónica arqueó el cuello y dejó escapar un gemido más alto.
—Calla un poco o nos va a oír media calle —le dije.
—Que oigan si quieren —respondió, y esa frase me calentó todavía más.
La giré con firmeza y la puse boca abajo sobre la camilla. Ella entendió enseguida; se arrodilló, me ofreció el culo, separó las piernas y giró la cara lo justo para mirarme por encima del hombro. Le di una palmada fuerte en una nalga. Se le marcó la piel y soltó un jadeo excitado.
—Otra —me exigió.
Le di otra, más seca. Después le pasé la mano por la marca roja, la abrí con los dedos y volví a meterme en su coño por detrás. Entré hasta el fondo y empecé a follarla así, agarrándola de las caderas, marcando un ritmo duro que la hacía avanzar unos centímetros en la camilla con cada golpe.
Ahora sí gemía sin vergüenza. Gemidos cortos al principio, luego más rotos, más sucios. Yo tampoco estaba callado ya. Cada vez que salía casi por completo y volvía a hundirme le decía alguna obscenidad al oído, y ella contestaba apretándose más, echando el culo hacia atrás para recibirme mejor.
—Así me querías, ¿eh? —le gruñí—. Que te mirara y que luego te follara.
—Sí... sí... joder, sí... quería esto...
Le metí la mano por delante para encontrarle el clítoris otra vez. Estaba hinchado y resbaladizo. Empecé a frotárselo en círculos rápidos mientras seguía machacándole el coño con la polla. Verónica apoyó la frente en la camilla y mordió la funda para ahogar un grito.
—No pares, no pares, no pares...
Le di justo lo contrario de una caricia. Apreté más fuerte, follándola a un ritmo brutal, sintiendo cómo el coño se le iba cerrando, cada vez más sensible, cada vez más cerca del orgasmo. Su espalda se tensó por completo. Las piernas le temblaron.
—Me voy a correr —avisó con la voz rota.
—Pues córrete.
Se corrió de golpe, con un gemido ahogado y un sacudón violento de caderas. El coño me apretó con espasmos rápidos y calientes, y noté cómo se le escapaba más humedad por los muslos. Verla así me remató. Aguanté unas cuantas embestidas más, profundas, desordenadas, hasta que el orgasmo me subió desde los huevos y me hizo apretarle las caderas con fuerza.
Me corrí dentro de ella, enterrado hasta el fondo, soltando el aire entre dientes mientras seguía moviéndome un poco, alargando el espasmo. Verónica recibió cada pulsación apretándose aún más, gimiendo bajito, satisfecha.
Nos quedamos quietos unos segundos, sudados, respirando fuerte, con mi polla todavía dentro y nuestras pieles pegadas por el calor. Luego salí despacio y vi cómo parte de mi corrida se mezclaba con la suya en la cara interna de sus muslos.
Le pasé la mano por la espalda y ella soltó una risa corta, cansada.
—Vaya masaje —dijo.
La ayudé a incorporarse. Me besó de nuevo, esta vez sin hambre urgente, más lento, saboreando lo hecho. Luego se limpió como pudo con las toallas del gabinete, se vistió despacio y volvió a convertirse en la mujer impecable que llegaba del trabajo, salvo por el brillo satisfecho que le había quedado en los ojos.
Antes de salir, se volvió hacia mí en la puerta.
—Esta noche mira mi ventana.
No hizo falta que me lo repitiera.
***
Cuando anocheció subí a mi habitación con la luz apagada. Ni siquiera necesité los prismáticos. Ella apareció al otro lado con una bata ligera sobre la ropa de casa, cerró la puerta del dormitorio y se acercó a la ventana.
Se quedó mirándome. Ya no había duda posible: sabía dónde estaba yo, y quería que la viera.
Se quitó la bata lentamente, dejando al descubierto su cuerpo desnudo. Esta vez no había velas ni teatro previo. Solo la certeza directa de que actuaba para mí. Abrió un poco las piernas, pasó una mano entre los muslos y empezó a tocarse mientras sostenía mi mirada a través de la calle y del cristal.
Yo me saqué la polla casi al instante. Ella sonrió al darse cuenta y siguió frotándose el clítoris, mostrando los dedos mojados, llevándoselos a la boca, metiéndose luego dos dentro del coño con la misma insolencia de la tarde, solo que ahora el juego tenía otro peso porque ya conocíamos de memoria el cuerpo del otro.
Me masturbé para ella mientras la veía correrse de pie, con una mano apoyada en el marco de la ventana y la otra trabajando entre sus piernas. Cuando llegó al orgasmo echó la cabeza hacia atrás y mantuvo las piernas abiertas, ofreciéndose a mi vista hasta el último temblor.
Yo me corrí casi al mismo tiempo, apretando la mandíbula para no gemir demasiado alto.
Después se limpió sin apartar la vista de mí, se puso la bata otra vez y me dedicó un gesto mínimo con los dedos, como una promesa. Yo aún estaba recuperando el aliento cuando sonó mi teléfono.
—Mañana a la misma hora —dijo su voz al otro lado—. No hace falta que respondas. Si no dices que no, entenderé que te viene bien.
Miré de nuevo hacia su casa. Desde la cocina se distinguía la silueta de un hombre moviéndose dentro, ajeno a todo. Verónica, de espaldas a él, seguía con el móvil en la mano y una sonrisa apenas visible desde mi ventana.
No respondí. No hacía falta.
La cita ya estaba dada, y esta vez yo también pensaba llegar con un plan.
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