El mirón del coche volvió a detenerse
Me llamo Diego y mi pareja, Mara, siempre había sido más contenida que yo fuera de la cama. En privado, en cambio, se transformaba. Le gustaba hablar sucio, chuparme hasta dejarme temblando y ponerme a prueba con fantasías que, al terminar, juraba entre risas que jamás haría despierta y sobria.
Yo era el que más empujaba los límites. No porque quisiera obligarla a nada, sino porque entre nosotros el morbo funcionaba así: hablar, provocar, tantear, decidir juntos hasta dónde llegar. Y una de nuestras costumbres más repetidas era follar en el coche cuando no queríamos volver a casa todavía.
Teníamos un sitio al que íbamos a menudo, una calle lateral junto a unas naves, con una salida de tierra al fondo y una hilera de farolas que dejaban zonas oscuras entre manchas de luz amarilla. No era un lugar completamente escondido, y precisamente eso nos gustaba. El riesgo de que alguien pasara nos ponía calientes antes incluso de quitarnos la ropa.
Aquella noche hacía un calor pegajoso. Ella llevaba una blusa corta y una falda vaquera; yo, una camiseta ligera y pantalón oscuro. Aparqué donde siempre, apagué el motor y nos miramos apenas un segundo antes de echarnos encima el uno del otro.
—Hoy te veo con ganas —le dije, metiéndole la mano por el muslo.
—No hables tanto y tócame —me respondió, apretando la boca contra la mía.
Nos fuimos atrás casi por costumbre. Dejé las puertas entreabiertas para que entrara algo de aire, y ella se sentó sobre mis piernas, de espaldas al parabrisas, moviendo el culo despacio contra mi polla ya dura bajo la tela. La luz de una farola nos daba de lleno desde la calle, y yo sabía que, si alguien se acercaba, podría ver bastante más de lo que una pareja prudente permitiría.
Le subí la falda hasta la cintura. Debajo llevaba un tanga negro mínimo, de esos que más que tapar marcan. Le aparté la tela a un lado y pasé los dedos por su coño húmedo. Mara soltó un gemido corto, de esos que intenta tragarse pero no puede, y me clavó las uñas en el hombro.
—Estás empapada —le susurré al oído.
—Porque llevo todo el día pensando en esto —dijo—. Y en tu polla.
Metí dos dedos despacio y empecé a follármela con la mano mientras ella se restregaba encima de mí. Notaba su culo firme abrirse y cerrarse contra mi palma cada vez que cambiaba el ritmo. Le besé la espalda, le mordí el cuello, le bajé un tirante de la blusa para lamerle el hombro. Todo iba como tantas otras veces, hasta que vi movimiento al otro lado de la puerta.
Un hombre pasó trotando por la calle, con ropa de correr y auriculares al cuello. Miró hacia dentro un instante de más. Suficiente para entender lo que estábamos haciendo. Siguió de largo, pero a los pocos minutos volvió en dirección contraria y esta vez redujo el paso justo al llegar a nuestra altura.
—Hay uno mirando —le dije en voz baja.
Mara giró apenas la cabeza, sin bajarse de encima de mí.
—¿Mucho?
—Lo bastante para saber que no está viendo el paisaje.
Ella soltó una risa nerviosa, pero no me apartó la mano. Al contrario: hundió más el culo sobre mis dedos y dejó escapar otro gemido. Yo entendí enseguida lo que significaba. Le excitaba casi tanto como a mí.
El corredor fingió estirar la pierna al lado del coche. Desde donde estaba debía de tener una vista perfecta de la curva del culo de Mara, de mi mano abriéndole las nalgas y entrando y saliendo de su coño. La situación me disparó la sangre.
—Si quieres paro —le dije, aunque no tenía ninguna intención real de hacerlo.
—No —respondió demasiado rápido—. Pero no le hables.
No le hice caso del todo. Metí la mano por detrás, le abrí el culo con los dedos y le acaricié el ano con la yema, despacio, sabiendo que desde fuera el gesto se veía obsceno y clarísimo. Ella dio un respingo, echó la cabeza hacia atrás y murmuró mi nombre con la voz ya rota de deseo.
El hombre se acercó un poco más, hasta quedar a una distancia ridícula de la puerta abierta. Lo vi tragar saliva. Llevaba una camiseta ceñida por el sudor y unas mallas cortas que ya no disimulaban la erección.
—Buenas noches —dijo con torpeza—. No quiero interrumpir… pero sería mentir decir que no me está poniendo muy caliente verlos.
Mara se quedó quieta unos segundos. Yo noté la tensión en su cuerpo, una mezcla exacta de vergüenza y excitación. Giró un poco la cara hacia él, lo suficiente para comprobar que era un tipo atractivo, atlético, de barba corta y mirada insegura.
—Pues estás interrumpiendo un poco —dije yo, sin apartar la mano de entre las piernas de ella.
—Lo sé —contestó—. Si me dicen que me vaya, me voy. Pero si me dejan mirar, no molesto.
Miré a Mara. Tenía los labios entreabiertos y los ojos brillantes. No parecía asustada. Parecía caliente hasta el límite.
—Dime que no quieres —le susurré.
—Eres un cerdo —murmuró, casi sonriendo—. Sigue.
Eso bastó. Le desabroché la blusa y la abrí del todo. No iba completamente desnuda, pero su sujetador oscuro apenas contenía el vaivén de sus tetas mientras seguía moviéndose sobre mí. Apreté una de ellas, bajé la boca y le mordí el pezón a través de la tela. El hombre no apartaba la vista.
—Quiero chupártela —dijo ella al fin, con la respiración agitada—. Pero me da morbo que me vea.
—Entonces que te vea bien.
Me deslicé hacia un lado del asiento y ella se puso de rodillas entre mis piernas. Le saqué la polla, dura y tensa, y Mara la agarró con una mano mientras miraba de reojo al desconocido. Luego me pasó la lengua por la punta, lenta, juguetona, como si también se la estuviera enseñando a él.
—A cuatro patas —le dije.
Me sostuvo la mirada un instante y obedeció.
Se colocó con el culo hacia la puerta abierta, las rodillas sobre el asiento y la cara hundida entre mis muslos. La imagen era brutal: su espalda arqueada, la falda remangada, el hilo del tanga metido entre las nalgas, mi polla entrando en su boca mientras el corredor la contemplaba a menos de un metro.
Mara mamaba de maravilla y lo sabía. Me tragó hasta el fondo, retirándose despacio para dejar la polla brillante de saliva antes de volver a hundirla. Su lengua se movía firme por la base, una mano en mis huevos, la otra apartándose el tanga para tocarse el coño mientras me chupaba. Yo le separé las nalgas y le abrí más el culo con los dedos, dejando la vista limpia para el mirón.
El hombre jadeó. Ya no disimulaba en absoluto. Se frotaba el paquete por encima de las mallas con una desesperación contenida, como si esperara permiso para hacer algo más.
—Si vas a mirar, mira de verdad —le dije.
Con dos dedos aparté el tanga de Mara por completo y dejé su coño y su ano expuestos. Ella gimió sin soltarme la polla, vibrando sobre mí. El desconocido dio un paso más, temblándole la respiración.
—No sé si debería… —empezó.
—Enséñala —dijo Mara de pronto, apartándose de mi polla un segundo.
Los dos la miramos. Tenía la boca húmeda, el mentón brillante de saliva y una expresión descarada que me puso aún más duro.
—Si vas a pajearte con mi culo, al menos enséñala —repitió.
El tipo obedeció. Se bajó las mallas hasta medio muslo y sacó una polla grande, recta, completamente erecta. Empezó a masturbarse mirándola a ella como si estuviera viendo una aparición. Mara se mordió el labio al verla.
—Joder —dijo—. Pues sí que venías entretenido.
Volvió a chuparme, esta vez con más hambre. Me lamía desde los huevos hasta la punta, se metía la polla honda y luego me miraba desde abajo mientras se masturbaba. La combinación de su boca, el aire caliente de la noche y la imagen del otro hombre cascándosela a centímetros de su culo me estaba volviendo loco.
Le metí dos dedos en el coño mientras mamaba y noté un chorro de humedad inmediata. Estaba empapadísima. Saqué la mano y se la mostré al corredor.
—Todo eso se lo estás provocando tú con tus ojitos de mirón —le dije.
Él tragó saliva, sin dejar de mover la mano.
—Puedo tocarla solo si ella quiere —dijo.
Levanté la barbilla de Mara con dos dedos.
—¿Quieres que te toque?
No respondió con palabras. Sacó mi polla de la boca, abrió más las piernas y empujó el culo hacia la puerta. Era una respuesta clarísima.
El hombre acercó la mano con cuidado, casi reverencial al principio. Le acarició una nalga, luego la otra, como si no terminara de creer que podía hacerlo. Después se atrevió a apretar. Mara soltó un gemido largo, grave, y volvió a meterse mi polla en la boca.
Ver otra mano sobándole el culo a mi mujer me revolvió algo primario en el pecho. Había celos, sí, pero mezclados con una excitación animal que no me dejaba pensar. Le separé las nalgas y el desconocido pasó un dedo húmedo por su ano.
—Más —murmuró Mara, con la boca aún ocupada.
Él obedeció. Deslizó los dedos primero por su coño, empapándoselos bien, y después volvió al culo, masajeándole la entrada con círculos lentos. Mara dejó de chupar para jadear con la cara apoyada en mi muslo. Se estaba corriendo sin tocarse, solo con mis manos, su propia boca ocupada antes y los dedos de un extraño abriéndole el culo.
—Mételos —dijo ella, ronca—. Quiero sentirlos.
El hombre le introdujo uno, luego dos, muy despacio. Mara se arqueó más, ofreciéndose sin pudor. Yo la sujeté por la cintura para que no se moviera demasiado y la vi temblar.
—Mírala —le dije al corredor—. Mírala cómo te suplica.
—Está jodidamente preciosa —dijo él, sin apartar los ojos de donde sus dedos entraban y salían.
Mara levantó la cabeza y lo miró por primera vez de frente desde tan cerca. Tenía la expresión nublada de deseo puro.
—No hables tanto y mételos mejor —le ordenó.
Yo me reí. Ella era así cuando se calentaba de verdad: descarada, mandona, obscena. El corredor le hizo caso, empujando un poco más hondo mientras con la otra mano se pajeaba frenético. La escena se había salido ya de cualquier juego que hubiéramos imaginado hablando en la cama.
Saqué la polla de su boca y se la apoyé en la mejilla.
—Quiero follarte ya —le dije.
—Espérate —jadeó—. Déjame así un poco más… me estoy poniendo loca.
El hombre retiró los dedos del culo y se los llevó a la boca, saboreando su humedad sin esconderse. Mara lo vio y gimió todavía más fuerte. Le fascinaba verse deseada de esa manera tan cruda.
—Quiero tu polla en mi culo —me soltó de pronto, mirándome a mí—. Ahora.
No siempre hacíamos anal, y cuando lo hacíamos era porque ya estaba completamente fuera de sí. Aquella noche lo estaba. Le aparté más la falda, agarré mi polla y la pasé entre sus nalgas, embadurnándola con su humedad y un poco de saliva. El desconocido seguía al lado, masturbándose tan rápido que apenas podía sostener el ritmo.
—Ábrete bien —le dije a ella.
Mara se echó hacia atrás, separándose las nalgas con una mano. Vi su ano hinchado por los dedos recientes y la punta de mi polla buscó la entrada. Empujé despacio. Ella dejó escapar un quejido ronco, mitad dolor, mitad placer, y hundió la frente en el respaldo delantero.
—Más —pidió—. No pares ahora.
Le entré poco a poco hasta meterla entera. El calor apretado de su culo me arrancó un gemido a mí también. Me quedé quieto un segundo, agarrándole fuerte la cintura, respirando hondo para no correrme en el acto.
—Joder… —murmuré.
—Fóllame —ordenó ella—. Que nos vea.
Empecé despacio, sacando y metiendo la polla con embestidas cortas para abrirla más. Mara gemía sin freno. El hombre, al lado, miraba casi sin parpadear cómo su culo se tragaba cada empuje. Le puse una mano en la espalda, la otra entre las piernas, y empecé a masturbarle el coño al mismo tiempo que se la metía por detrás. Eso la desarmó.
—Sí… sí… así… —repetía—. Más fuerte, por favor… más fuerte.
La follé con ganas. El asiento crujía, su cuerpo chocaba contra el mío, sus gemidos se mezclaban con el sonido húmedo y obsceno de la penetración. El corredor tenía la polla tan roja de masturbarse que parecía a punto de explotar.
—¿Te vas a correr? —le preguntó Mara, girando la cara hacia él con una sonrisa sucia.
—Sí… joder, sí… no aguanto mucho más.
—Entonces córrete viéndome —dijo ella—. Pero no me toques con la polla.
Ese límite salió de su boca con claridad, y me excitó todavía más que lo marcara en pleno calentón. El desconocido asintió de inmediato, jadeando.
Yo seguí follándola por el culo mientras él se acercaba apenas lo justo para apuntarse hacia su raja abierta. Mara se abrió el coño con dos dedos, sin dejar de recibir mis embestidas, y la imagen fue tan obscena que casi me dejó seco.
El tipo se corrió con un gruñido contenido. La corrida cayó espesa sobre el coño de Mara, resbalándole entre los labios y por la base de mis embestidas, manchándole también el muslo y parte de la mano con la que se abría. Ella tembló entera al sentir el calor.
—Joder… —susurró—. Joder, qué morbo…
No me detuve. Al contrario: usé esa mezcla húmeda de semen y lubricación para deslizar la mano por su coño mientras seguía dándole por el culo. Mara se vino así, sacudiéndose sobre mí, con el culo apretándome fuerte y el cuerpo hecho un espasmo continuo. Gritó mi nombre sin ninguna vergüenza.
El corredor retrocedió un paso, todavía respirando como un animal exhausto.
—Gracias —dijo, aturdido—. No voy a olvidar esto en la vida.
Mara levantó la cabeza, con el pelo pegado a la cara y los ojos oscuros de deseo.
—Pues corre antes de que cambie de opinión y te deje seco otra vez solo mirándome.
El hombre soltó una risa incrédula, se subió las mallas y se fue casi tambaleándose, mirando hacia atrás un par de veces. Cuando desapareció de la calle, el silencio dentro del coche se volvió todavía más denso.
Yo seguía dentro del culo de Mara, duro como una piedra. Ella también lo notó. Se incorporó apenas y me miró por encima del hombro.
—Esto no ha terminado —dijo.
Salí de su culo despacio. Una mezcla de mi saliva, su humedad y la corrida del otro brillaba entre sus piernas. Mara se llevó dos dedos al coño, recogió lo que chorreaba y lo extendió por mi polla con una naturalidad obscena.
—Ahora me la vas a meter delante —ordenó.
Se dio la vuelta dentro del asiento como pudo, quedó medio reclinada y se sentó sobre mí de cara, guiándose la polla al coño con la mano. Entró de una vez, soltando un gemido grave al empalarse. Yo la agarré de las caderas y nos quedamos un segundo así, respirando juntos, sintiendo el cambio del apretón anal a su calor blando y empapado.
—Mírate —le dije—. Toda sucia, toda abierta, y aún quieres más.
—Quiero tu corrida —respondió—. Y la quiero ya.
Empezó a cabalgarme con furia, subiendo y bajando sin ningún ritmo bonito, solo el que da el hambre. Sus tetas rebotaban dentro del sujetador medio caído, su coño me tragaba hasta el fondo y yo tenía las manos llenas de ella, del sudor, del semen del otro, de la locura de lo que acababa de pasar.
La ayudé con embestidas desde abajo, clavándome en ella cada vez que bajaba. Mara se agarró al reposacabezas delantero para impulsarse mejor. El coche entero se movía. Nos daba igual. Si alguien pasaba ya no había nada que ocultar.
—Dime qué te gustó —le pedí.
—Todo —jadeó—. Que mirara. Que me viera chuparte la polla. Que me tocara el culo. Ver cómo se corría por mirar… todo, joder.
—¿Y que yo te follara mientras otro se pajeaba al lado?
—Eso sobre todo.
Le agarré del pelo, no para hacerle daño, sino para obligarla a mirarme mientras la taladraba desde abajo.
—Eres una exhibicionista de mierda.
—Sí —me dijo sin pestañear—. Pero solo para ti.
Ese remate me atravesó. La hice girar un poco y empecé a follarla con embestidas cortas, brutales, justo en el ángulo que la hacía apretar los dientes. Ella se metió una mano entre las piernas y se frotó el clítoris frenética.
—Me corro otra vez —avisó—. No pares, no pares, no pares.
La vi romperse delante de mí, sacudida por otro orgasmo más violento que el primero. Su coño me apretó con espasmos descontrolados y eso fue todo lo que necesité. La sujeté fuerte de la cintura, la hundí hasta el fondo y me corrí dentro con un gemido ronco, largo, descargando sin poder moverme durante varios segundos.
Ella se dejó caer sobre mi pecho, temblando todavía. Nos quedamos así un rato, sudados, respirando el olor espeso del sexo dentro del coche caliente. Afuera seguía pasando el viento por la calle industrial como si no hubiera ocurrido nada extraordinario.
—No me puedo creer lo que hemos hecho —murmuré al fin.
Mara levantó la cabeza y sonrió con una mezcla deliciosa de cansancio y descaro.
—Yo sí. Llevábamos demasiado tiempo fantaseando con que alguien mirara.
Le acaricié el muslo, todavía húmedo.
—¿Le habrías dejado más?
Ella negó con la cabeza despacio.
—Mirar, tocar con permiso, correrse viéndonos… eso sí. Lo demás era tuyo.
Me gustó oírlo más de lo que esperaba. No porque calmara celos, sino porque definía exactamente lo que había sido aquella locura: un desborde compartido, una frontera abierta solo lo justo para encenderlo todo sin romper lo nuestro.
Nos vestimos con torpeza, limpiándonos como pudimos con pañuelos del coche. Antes de arrancar, Mara me besó despacio, saboreándome todavía.
—Vamos a volver —dijo.
—¿Por el sitio o por si aparece otra vez?
Se acomodó la falda, me miró con una sonrisa indecente y contestó:
—Por las dos cosas.
Y durante meses lo hicimos. Volvimos una y otra vez a aquella calle, a veces solo para follar, a veces para recordar, a veces con la esperanza absurda de ver reaparecer al corredor de la mirada hambrienta. No volvió. Pero nos dejó algo mejor: el recuerdo exacto de la noche en que descubrimos cuánto nos excitaba que el deseo tuviera testigos.
Para quienes leen desde Córdoba: escorts VIP en Villa María, con fotos reales.

