Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Los mirones del bar querían verla otra vez

Desde que contraté a Lorena, el bar cambió de pulso. No hablo solo de la caja, aunque también se notó, sino del aire mismo del local. Los jubilados alargaban el café, los mecánicos pedían otra ronda y hasta los tipos más secos encontraban cualquier excusa para acercarse a la barra a verla moverse entre botellas, platos y comandas.

Yo llevaba años metido en aquel sitio, entre la plancha, la freidora y el olor constante a cerveza derramada. Conocía a mi clientela de memoria. Sabía cuándo uno entraba con ganas de charla, cuándo otro venía a matar el rato y, sobre todo, cuándo un hombre se estaba calentando solo con mirar.

Lorena era adulta de sobra, una mujer de cuerpo rotundo, pechos grandes, cintura marcada y una forma de caminar que no necesitaba exagerar nada para hacerse notar. No era tonta ni inocente. Aprendió rápido el trabajo y más rápido todavía lo que provocaba en un local lleno de hombres que pasaban el día fantaseando con cualquier cosa que oliera a carne fresca.

La barra era estrecha, la cocina todavía más. Trabajábamos casi pegados. A veces, al pasar detrás de mí, me rozaba la espalda con las tetas y ni siquiera se apartaba enseguida. Otras, al inclinarse por hielo o refrescos, dejaba el escote justo en el ángulo donde sabía que yo iba a mirar aunque tratara de disimular.

Yo también jugaba. No con palabras, porque me cuidaba mucho de no decir una estupidez antes de tiempo, sino con el cuerpo. Una mano en su cadera para apartarla mientras sacaba una bandeja. Los dedos un segundo de más en su culo cuando me cruzaba por detrás. La palma rozándole el costado y alcanzando de paso la curva de una teta bajo la camiseta.

Ella no se quejaba.

Al contrario. A veces giraba apenas la cara, me miraba por encima del hombro y sonreía con una calma que me dejaba más duro que cualquier gemido. Era una sonrisa de mujer consciente, no de niña sorprendida. Una sonrisa que decía sé lo que haces, y todavía no te he parado.

Los clientes también lo notaban todo. Un día entendí por qué de pronto se vendían tantos batidos fríos. La nevera expositora estaba baja, junto a la barra, y para alcanzar las botellas del fondo Lorena tenía que inclinarse mucho. Su escote se abría como una invitación y más de uno se quedaba con la boca entreabierta mirándole el canal de las tetas.

—Ponlos al fondo —le dije aquella mañana, fingiendo seriedad—. Ahí enfrían mejor.

Ella me sostuvo la mirada un segundo de más antes de responder.

—Claro. Al fondo.

Lo dijo sabiendo exactamente por qué se lo pedía. Desde entonces, cada vez que alguno pedía un batido, ella metía medio cuerpo en la cámara y dejaba a la vista una fracción suficiente para que en las mesas se hiciera un silencio de hambre. El bar entero parecía beber de ese escote.

Por la noche la esperaba su novio, Damián. Un tipo de hombros anchos, barba corta y esa forma de mirar a su mujer como si fuera propiedad suya y trofeo al mismo tiempo. Venía casi siempre antes del cierre, se tomaba un par de tragos y esperaba mientras nosotros limpiábamos y recogíamos.

La primera vez que entré al almacén sin avisar del todo, quería verla cambiándose. No voy a mentir. Abrí la puerta con la excusa de darle la parte de las propinas y me la encontré con el pantalón ya puesto pero desabrochado, el vientre al aire y el sujetador a medio subir.

Se cubrió un instante, más por reflejo que por vergüenza. Luego me vio mirarle las tetas, no apartó los brazos enseguida y dejó que una copa del sujetador cediera lo suficiente para mostrarme un pecho lleno, pesado, con el pezón oscuro ya medio erizado por el aire fresco del cuarto.

—Te gusta lo que ves, ¿no? —me dijo.

La pregunta me cayó en la entrepierna como un golpe. Cerré la puerta detrás de mí.

Ella se quitó el sujetador por completo. No lo hizo deprisa, sino con una lentitud hecha para ser observada. Sus pechos cayeron libres, grandes, vivos, con ese peso que obliga a mirarlos moverse. Se los levantó con ambas manos, los masajeó despacio por debajo y se pellizcó los pezones mientras yo seguía clavado frente a ella con la verga latiéndome dentro del pantalón.

—No pongas esa cara —murmuró—. Si no quisiera que vieras, te habría echado.

No la toqué aquella vez. Ella se puso otro sujetador, más fino, más provocador, y una camiseta ceñida que le marcaba los pezones. Salió del almacén como si nada. Yo me quedé atrás un momento, respirando hondo como un imbécil.

Al día siguiente trabajamos con una tensión distinta. Ya no era solo roce. Era un acuerdo callado. Cada vez que pasaba a mi lado, me dejaba sentirla. Cuando yo me acercaba demasiado, no se apartaba. Cuando tenía que subirse a una banqueta para alcanzar algo, sabía muy bien lo que dejaba a la altura de mis manos.

A media tarde, con solo dos mesas ocupadas por viejos jugando cartas, se apoyó sobre la barra, arqueó apenas la espalda y me regaló el culo como si me lo sirviera en bandeja. Yo me puse detrás con la excusa de recoger vasos y le metí la mano por debajo del delantal y del pantalón ajustado.

Sus braguitas ya estaban húmedas.

Deslicé dos dedos entre sus labios y ella soltó el aire por la nariz, sin moverse demasiado para no llamar la atención. Le acaricié el coño despacio, abriéndola con los dedos, notando cómo se mojaba más. Cuando busqué el clítoris con la yema, su cadera se empujó hacia atrás contra mi mano.

—Así no —susurró sin mirarme—. Me vas a hacer gemir aquí mismo.

—Eso no parece molestarte.

—No me molestaría si no hubiera testigos.

Hubo que cortar porque entraron dos clientes nuevos. Pero en ese roce corto entendí dos cosas: que Lorena se excitaba con el riesgo, y que yo ya no iba a poder conformarme con tocarla por accidente.

***

La conversación con Damián llegó sola. Esa noche lo encontré mirando en el teléfono unas fotos de Lorena en la playa. No estaba solo. Cuatro habituales del bar se apretaban alrededor de la mesa, comentando en voz baja, con ese tono asqueroso y caliente que usan los hombres cuando creen que la mujer de la que hablan no puede oírlos.

En una de las fotos ella salía con una camiseta mojada pegada al cuerpo. En otra, tumbada al sol, enseñando media teta. Damián sonreía como quien exhibe una botella cara.

—Te gusta que la miren —le dije cuando los otros se apartaron.

No lo negó.

—Me pone cachondo —respondió—. Ver cómo se desesperan por tocar lo que solo yo me follo.

Eso explicaba muchas cosas. Las fotos. Los comentarios que él mismo alimentaba. La forma en que se sentaba a beber mientras ella recogía con nosotros todavía dentro del local. No era un cornudo ingenuo. Era un voyeur de los que se excitan prestando la imagen de su mujer, siempre que el control siga pareciendo suyo.

—Pues tu novia no solo se deja mirar —le dije—. Sabe perfectamente lo que provoca.

Damián me estudió en silencio y sonrió despacio.

—Eso también me pone.

A partir de ahí, la idea se armó sola. Empezó como una apuesta idiota. Que si era capaz de enseñar las tetas en la penumbra. Que si solo un momento. Que si con los ojos vendados para que no le diera vergüenza. Yo pensé que aquello se quedaría en una exhibición rápida para unos pocos salidos. Pero la noche nos llevó más lejos.

Cuando entré al almacén para avisarle, Lorena ya se estaba quitando la camiseta.

—Tu novio ha organizado una tontería ahí fuera —le dije.

Ella ni se inmutó. Se quedó en sujetador, cruzó los brazos por debajo de las tetas para levantárselas y me miró como si hubiera estado esperándome.

—Lo sé —respondió—. Me lo dijo. También sé que no seréis solo tú y él.

Eso me dejó helado.

—¿Y aun así vas a salir?

—Si salgo, es porque quiero. No porque me engañen.

Se acercó hasta quedar pegada a mí. Sus tetas rozaron mi pecho. Metió la mano entre nosotros y me agarró la polla por encima del pantalón, apretando justo donde más dolía la erección.

—Pero antes quiero saber algo —susurró—. ¿Vas a seguir mirándome como un hambriento o por fin me vas a tocar de verdad?

Le respondí besándola. Ella abrió la boca enseguida, caliente, directa, mordiéndome el labio mientras me sobaba la polla. Le metí una mano por la espalda, bajé hasta su culo y se lo apreté con ganas. Con la otra le agarré un pecho por encima del sujetador, pesado y firme, y le pellizqué el pezón hasta que gimió contra mi lengua.

—Eso, cabrón —murmuró—. Ya era hora.

La empujé contra la pared del almacén y le bajé el pantalón junto con las bragas. Su coño brillaba húmedo bajo la luz amarilla del cuarto. Separó las piernas sin que tuviera que pedírselo. Hundí dos dedos y entraron de golpe, resbalando fácil.

Lorena echó la cabeza hacia atrás y se llevó una mano a la boca para ahogar el gemido. Yo la abrí más con los dedos, metiendo y sacando mientras con el pulgar le frotaba el clítoris. Su respiración se volvió ronca, cortada. Me agarró la muñeca y empezó a follarse sola la mano, marcando el ritmo con las caderas.

—Chúpamelo —me pidió—. Quiero salir ahí fuera ya caliente.

Me arrodillé sin hacerme rogar. Le levanté una pierna sobre mi hombro y le abrí el coño con los dedos para mirarlo antes de comerlo. Estaba empapada. Le pasé la lengua de abajo arriba, lenta, sintiendo cómo se estremecía entera. Luego la clavé de verdad: lengua dura sobre el clítoris, chupadas húmedas, pequeñas sacudidas rápidas hasta que empezó a jadear y a temblarle el muslo.

—No pares... no pares, joder...

Le metí dos dedos otra vez mientras le lamía el clítoris sin darle descanso. Se corrió con un espasmo violento, apretándome la cara entre los muslos. Noté la humedad correrme por la barbilla mientras ella se arqueaba contra la pared y gemía ahogado para que no la oyeran fuera.

Cuando se calmó un poco, me tiró del pelo para hacerme levantar.

—Ahora quiero tu polla.

Me desabroché el pantalón y la saqué. Ella la miró con una sonrisa sucia y me la agarró con confianza. Se arrodilló donde yo había estado y me la metió en la boca de una vez, sin miedo, hasta hacerme soltar un gruñido. Tenía una forma brutal de chupar: lengua firme, labios apretados, una mano trabajándome la base y la otra apartándose las tetas para que me fijara en cómo rebotaban con cada movimiento de cabeza.

Me la mamó con hambre, escupiéndome sobre la punta antes de volver a tragársela. La sacaba hasta dejar solo el glande húmedo y volvía a hundírsela entera, mirándome desde abajo con los ojos brillantes. Yo le agarré el pelo en una coleta improvisada y empecé a marcarle el ritmo. Ella no protestó. Al contrario, abrió más la garganta y dejó que se la metiera hasta el fondo, ahogándose un poco, con saliva corriéndole por la comisura.

—Qué buena mamada haces —le dije, jadeando.

Ella se la sacó apenas para contestar.

—Y todavía no has visto cómo follo.

La levanté de un tirón, la giré y la incliné sobre unas cajas. Le aparté el tanga del todo y le metí la polla de una embestida. Entró hasta el fondo, húmeda y apretada todavía por el orgasmo reciente. Lorena soltó un gemido grave y clavó las uñas en el cartón.

—Joder... sí... así...

Empecé despacio solo los primeros dos golpes. Después ya no pude contenerme. La follé duro, sujetándole la cadera con una mano y con la otra agarrándole una teta por encima del sujetador, sintiendo el peso botarme en la palma mientras le metía la polla una y otra vez. El sonido húmedo de la penetración llenó el cuartito. Ella echaba el culo hacia atrás para recibirme mejor y de vez en cuando movía la cabeza para mirarme por encima del hombro, sudada, roja, excitadísima.

—Más fuerte —me pidió—. Quiero salir con las piernas temblando.

Se lo di. La embestí hasta hacer crujir las cajas, hasta que su coño empezó a apretarme en pulsos desordenados. Metí la mano entre sus muslos, le froté el clítoris mientras seguía follándola y se corrió otra vez, esta vez gritando mi nombre entre dientes.

No me corrí porque fuera seguían esperando. Saqué la polla cuando ya estaba al límite y la vi girarse con las mejillas encendidas y la boca entreabierta.

—No acabes todavía —dijo—. Quiero que me vean antes. Quiero salir sabiendo que me acabas de follar.

***

Le vendamos los ojos por puro teatro. La persiana estaba casi cerrada y las luces principales apagadas. Solo dejamos la tenue iluminación de la calle colándose por la rendija y un par de linternas pequeñas en manos de los cuatro tipos que habían pagado la ronda a cambio del espectáculo.

Damián estaba excitado de verdad. Se le notaba en la respiración. Yo también. Mi polla seguía dura dentro del pantalón, aún mojada por el coño y la boca de Lorena.

Ella salió despacio del almacén con la venda puesta, guiada por su novio, pero al pasar cerca de mí rozó deliberadamente su mano con la mía. Un gesto mínimo para recordarme que todo aquello no estaba pasando a sus espaldas. Sabía perfectamente el poder que tenía.

Damián le susurró algo al oído. Lorena se acarició las tetas por encima de la camiseta, apretándolas con ambas manos. En la penumbra se oyeron respiraciones contenidas y el crujido de una silla. Uno de los tipos se estaba recolocando la polla dentro del pantalón como un animal impaciente.

Ella levantó despacio la camiseta y se la quitó. Debajo llevaba un sujetador fino, casi transparente bajo aquel haz de luz temblorosa. Sus pezones se marcaban claros. Después soltó el cierre y dejó caer los tirantes por los hombros.

Sus tetas cayeron libres y los cuatro se quedaron mudos.

Lorena se las sostuvo un momento, las levantó, dejó que pesaran, se acarició los pezones y los endureció entre los dedos. Damián miraba fascinado. Yo miraba todavía más cerca, sabiendo cómo se sentía su piel en la boca y cómo apretaba su coño por dentro.

Uno de los mirones no aguantó y soltó un jadeo obsceno. Ella sonrió, aunque llevara los ojos cubiertos.

—No os hagáis los santos —dijo—. Sé que estáis más calientes que la plancha de la cocina.

Hubo una risa nerviosa. La venda ya no servía de nada. Lorena sabía cuántos había allí y aun así siguió. Se llevó las manos a la cintura, se bajó el pantalón poco a poco y quedó en bragas delante de todos. Yo vi cómo uno de ellos sacaba directamente la polla por la bragueta para pajearse sin disimulo.

—Si vamos a hacer esto —dijo ella—, lo hacemos bien.

Me buscó a ciegas con la mano, pero me encontraba mejor que ninguno. La agarré de la muñeca. Ella me sonrió de frente, aunque no me viera, y dijo:

—Tú. Ven.

La besé otra vez en medio de aquel grupo de mirones. Damián no intervino. Al contrario, se acercó por detrás y le agarró las tetas mientras yo le metía la lengua hasta hacerla gemir. Los otros la devoraban con los ojos. Dos ya se estaban masturbando abiertamente.

Le bajé las bragas de un tirón. Damián le abrió las piernas desde atrás y yo me arrodillé delante de ella, en plena sala del bar, para volver a comerle el coño bajo la mirada de todos. Lorena apoyó las manos en mi cabeza y se dejó hacer mientras su novio le manoseaba los pechos y le chupaba el cuello.

El local olía a alcohol, a sudor y a sexo recién encendido.

La lamí despacio al principio, exagerando cada pasada de lengua porque sabía que no solo la estaba excitando a ella, sino alimentando el espectáculo de los otros. Levanté la vista y vi a uno de los mirones pajeándose tan fuerte que se le movía todo el cuerpo. Otro tenía la boca abierta mirando cómo mi lengua se hundía entre los labios hinchados de Lorena.

—Mírala bien —dijo Damián con voz rota—. Mirad cómo se corre.

Eso la encendió todavía más. Lorena me agarró fuerte del pelo y empezó a follarse mi boca, restregando el coño contra mi cara mientras gemía sin ganas ya de esconderse. Cuando le chupé el clítoris con insistencia, se corrió a la vista de todos, temblándole las piernas y soltando un grito claro, descarado.

Se quedó jadeando apenas unos segundos.

Luego me hizo levantar y me ordenó:

—Fóllame aquí.

No tuve que pedir permiso. Damián la inclinó sobre una mesa cercana, apartando vasos y ceniceros. Yo me bajé el pantalón hasta las rodillas y le metí la polla con un golpe seco. Los cuatro mirones se apretaron alrededor sin tocar, pero tan cerca que podía oír sus pajas, sus respiraciones, sus murmullos sucios.

Lorena tenía las tetas balanceándose sobre la madera cada vez que yo le daba. Damián se puso frente a ella para que se las chupase mientras la penetraba. Ella atrapó un pezón en la boca y lo mordió suave, gimiendo alrededor. Él le metió dos dedos entre los labios para que se los chupase también, y Lorena obedeció con una mirada perdida de pura excitación.

Yo la follaba duro, sin espacio ya para disimulos. Cada embestida sonaba húmeda. Le agarré el pelo por detrás y tiré un poco para arquearle más la espalda. Su culo chocaba contra mi pelvis con un ritmo cada vez más salvaje.

—Así me gusta —gruñó—. Que me miren mientras me revientas el coño.

Uno de los tipos se corrió en su propia mano y soltó una maldición entre dientes. Otro seguía masturbándose sin quitarle ojo a la penetración. Aquello había pasado de simple voyerismo a una ceremonia cruda en la que todos participaban desde su lado del límite.

Damián me miró y señaló la boca de Lorena. Entendí al instante. Saqué la polla de su coño y la giramos entre los dos. Él le agarró la mandíbula y yo le metí la polla en la boca todavía brillando de su propia humedad. Lorena la aceptó de inmediato, tragando hondo mientras se tocaba el clítoris con dos dedos.

La boca le quedó llena, los labios estirados alrededor del tronco, la saliva escurriéndole por la barbilla. Damián le sobaba las tetas y le pellizcaba los pezones mientras yo se la metía y se la sacaba despacio, viendo cómo me tragaba. Los mirones estaban hipnotizados.

—Qué buena puta eres —le dijo su novio al oído.

Ella soltó un gemido ahogado con mi polla dentro y me agarró del culo para acercarme más.

La saqué justo antes de correrme y la volví a poner sobre la mesa, esta vez de espaldas. Le levanté una pierna y la penetré de nuevo, abriéndola más. Damián se colocó delante de ella para que siguiera chupándosela a él ahora. Lorena quedó partida entre los dos: mi polla entrando y saliendo de su coño por detrás, la de él deslizándose entre sus labios por delante.

Los cuatro solo podían mirar y correrse. Y eso hicieron. Uno detrás de otro, pajeándose a pocos pasos, soltando chorros sobre servilletas, al suelo o sobre sus propias manos mientras contemplaban cómo la mujer del espectáculo se dejaba usar y disfrutaba cada segundo.

Lorena se corrió una tercera vez apretándome con una fuerza brutal. Su coño me ordeñó hasta dejarme sin control. La saqué apenas a tiempo para corrérmele encima del culo y la espalda baja, manchándola con una corrida espesa que le arrancó otro gemido. Damián no tardó mucho más: se corrió sobre su lengua y su pecho, y ella recibió todo con la boca abierta, jadeando, satisfecha.

Durante unos segundos nadie habló. Solo se oía la respiración de seis hombres agotados y la de ella, todavía agitada, medio recostada sobre la mesa con las piernas flojas.

Finalmente Lorena se incorporó. Se quitó la venda de los ojos y miró a los cuatro mirones uno por uno. No parecía avergonzada. Parecía dueña de la noche.

—Ya habéis visto bastante por hoy —dijo con una media sonrisa—. La próxima, pagáis más.

Se recogió el pelo, buscó su ropa sin prisa y se volvió hacia mí mientras los otros empezaban a salir en silencio, vacíos y felices como idiotas. Damián estaba exultante, pero ella me sostuvo la mirada a mí.

—Mañana a primera hora hay que abrir —dijo—. Espero que no estés muy cansado para trabajar tan pegado a mí.

Yo miré sus tetas todavía marcadas por las manos, su boca húmeda, las gotas de semen secándosele en la piel, y supe que el verdadero problema no sería abrir el bar.

Sería aguantar otro día entero sin encerrarla de nuevo en el almacén y follármela hasta hacerla gritar contra la pared.

Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé escorts VIP en Palermo.

Ver todos los relatos de Voyerismo

Valora este relato

Comentarios(7)

fercho_la

que relatazo!! me enganche desde la primera linea

MartinaBAS

Me encanto como lo describiste, se siente totalmente real. Sigue asi!

NocheDorada

El voyerismo bien escrito es de mis temas preferidos y este no decepciona para nada.

marcos_lector

brillante!!! quiero mas

Julieta_Cba

Ay que historia, me dejo con ganas de saber que paso despues... hay segunda parte? espero que si

trotamundos_87

jaja me imagine la escena del bar perfectamente, tremendo momento

LetricasNocturnas

Muy bien narrado, se nota el manejo de la tension. Lo lei de un tiron sin parar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.