La botella nos dejó sin reglas aquella tormenta
La tormenta nos dejó encerrados en la casa antes de medianoche. Afuera, el viento azotaba las ventanas y el mar sonaba como si quisiera tragarse la costa entera. Adentro, en cambio, el salón estaba caliente, cargado de ron, música y esa inquietud nerviosa que aparece cuando un grupo de amigos sabe que la noche se arruinó y al mismo tiempo siente que algo mejor puede empezar.
Éramos siete. Yo había ido con mi novia, Nerea, una morena bajita, de cuerpo pequeño y duro, con un piercing en la lengua y otros dos en los pezones que me volvían loco desde la primera vez que se quitó la camiseta delante de mí. También estaban Bruno y su novia, Elisa; Mauro, alto y rubio, con esa seguridad de tipo que nunca duda; Iván, más callado pero observador; y Clara, la única soltera, pelirroja, pecosa y descarada cuando bebía.
La lluvia nos había jodido la cena fuera, la salida y hasta el paseo por la playa. Así que abrimos otra botella, subimos la música y nos dejamos caer por el salón como animales aburridos en una jaula demasiado pequeña. Nadie quería irse a dormir. Nadie tenía sueño de verdad.
—Hay que inventar algo —dijo Nerea, tumbándose en el sofá y estirando los brazos por encima de la cabeza.
Su camiseta se levantó apenas lo justo para enseñarme el aro del ombligo. Mauro la miró un segundo más de lo normal. Yo lo vi. También vi que ella se daba cuenta y no apartaba la mirada.
—Nada de cartas ni mierdas de mesa —soltó Clara—. Si nos vamos a quedar encerrados, al menos que sea divertido.
—Pues juguemos a la botella —dijo Iván con una media sonrisa—. Como cuando éramos críos, pero versión adulta.
Hubo un silencio corto. No incómodo. Más bien expectante. Bruno se echó a reír primero, como si quisiera quitarle peso a la propuesta, pero no dijo que no. Elisa bajó la vista a su vaso y luego la levantó con las mejillas algo coloradas. Mauro ya sonreía. Nerea se incorporó enseguida, con esa chispa en los ojos que yo conocía demasiado bien.
—Sí, pero con reglas —dijo—. Si no, esto se queda en besitos y ya.
La escuché y sentí dos cosas a la vez: una punzada de celos y una erección empezando a despertarse despacio bajo el pantalón. Porque cuando Nerea se ponía así, juguetona y retadora, nunca se quedaba a medias. Y porque yo sabía que verla calentarse con otros me iba a doler y a excitar al mismo tiempo.
Improvisamos el juego en la alfombra del salón. Una botella vacía en medio. Una libreta con papelitos para marcar tiempos y niveles: beso con lengua, beso y manos por fuera, manos por dentro, y el último, ya sin demasiada vergüenza, caricias casi sin ropa. Entre risas lo planteamos como un juego, pero todos sabíamos que estábamos construyendo otra cosa.
La primera en girar fue Nerea. La botella apuntó a Bruno. Después salió un minuto. Y luego, beso con lengua.
—Empezamos suave —dijo ella, pero sonrió como si fuera mentira.
Se acercó gateando por la alfombra y se puso entre las piernas de Bruno. Él se tensó al principio, quizás por Elisa, quizás por mí, quizás por todos mirándolo. Nerea le agarró la cara con las dos manos y le metió la lengua sin pedir permiso, directa, húmeda, profunda. El sonido de sus bocas llenó la sala en apenas unos segundos.
Bruno reaccionó tarde, pero reaccionó. Le puso las manos en la cintura y empezó a besarla de verdad, abriéndole la boca, tragándose sus gemidos. Yo veía el brillo húmedo de los labios de ella, la forma en que movía la cadera sobre las piernas de él, el modo en que su lengua marcada por el piercing entraba y salía con descaro. Cuando Iván cantó el tiempo, Bruno estaba rojo y Nerea volvió a su sitio con la respiración un poco acelerada.
Me miró de reojo al sentarse a mi lado. No me pidió permiso. Solo quería comprobar si yo seguía dentro del juego.
Y seguía.
Después le tocó a Mauro con Elisa. Salió un minuto y manos por fuera. Se besaron con menos timidez que los anteriores. Mauro le metió la mano por la espalda, apretándole la cintura, subiendo luego hasta el costado del pecho por encima de la camiseta. Elisa gimió bajito en su boca. Bruno lo vio todo sin decir una palabra, con la mandíbula apretada.
El ambiente cambió ahí. Dejó de parecer una tontería de amigos y empezó a oler a sexo. A deseo compartido, a prohibición medio permitida, a esa clase de tensión que se mete en la sangre y ya no sale.
Cuando llegó mi turno, la botella señaló a Elisa. Luego salió cinco minutos. Y manos por dentro.
Bruno soltó una risa seca, como si quisiera demostrar que le daba igual. Yo no estaba tan tranquilo. Me acerqué a ella y nos quedamos mirándonos un instante demasiado largo. Tenía los labios entreabiertos y la respiración ya corta antes de tocarme.
La besé despacio al principio, dándole tiempo a apartarse si quería. No lo hizo. Al segundo roce ya me había agarrado de la nuca y me estaba devolviendo el beso con ganas, pegando su pecho al mío. Su lengua era cálida, nerviosa, cada vez más valiente. La mía le respondió buscando el fondo de su boca, empujándola hacia atrás hasta que soltó un gemido que escucharon todos.
Metí una mano bajo su camiseta y noté el tirón de su abdomen al tocarle la piel. Se estremeció. Le acaricié el vientre, las costillas, subí despacio hasta encontrarle el pecho por encima del sujetador. El pezón estaba duro. Lo froté con el pulgar, apretando apenas, y ella me mordió el labio mientras exhalaba por la nariz.
—Joder... —susurró contra mi boca.
La otra mano se me fue a la espalda, la pegué más a mí, y ella aprovechó para pasarme la palma por la entrepierna. Me apretó la polla a través del pantalón y noté que sonreía. No apartó la mano. La frotó lento, luego más firme, poniéndome todavía más duro. Cuando se la bajé al borde del pantalón corto y le metí los dedos bajo la tela, descubrí que ya estaba mojada.
Elisa abrió más las piernas por puro reflejo. Le rocé el coño por encima de la braga, luego por debajo, y tuve la yema de los dedos empapada al instante. Su gemido fue más alto esa vez. Bruno se movió en su sitio. Nerea no apartó la vista de nosotros ni un segundo.
Los cinco minutos se me pasaron como si hubieran sido treinta segundos. Cuando nos separaron, yo tenía la polla latiéndome con fuerza y Elisa respiraba con la boca abierta, evitando mirar a su novio.
Entonces supe que ya nadie iba a controlar nada.
***
Seguimos bebiendo. Clara besó a Bruno y le dejó la boca hinchada. Iván pasó de reservado a hambriento cuando le tocó con Nerea y le metió las manos bajo la camiseta hasta agarrarle la espalda desnuda. Mauro recibió diez minutos con Clara y acabaron medio tumbados en la alfombra, comiéndose la boca y apretándose como si llevaran semanas deseándose.
Yo intentaba fingir calma, pero me ardía el cuerpo. Cada vez que veía a Nerea con otro, sentía esa mezcla asquerosa y deliciosa de rabia y calentura. Me daba celos. Muchísimos. Y aun así no podía dejar de mirar. Al contrario: cuanto más la veía soltarse, más me ponía.
El golpe de verdad llegó cuando la botella escogió a Nerea otra vez y luego señaló a Mauro. Diez minutos. Manos por dentro.
Nadie bromeó. Ya no era momento de bromas.
Nerea se mordió el labio, me sostuvo la mirada y esperó apenas una fracción de segundo. Yo asentí. No porque me sintiera generoso, sino porque estaba igual de atrapado que ella en ese juego.
Se sentó a horcajadas sobre Mauro y se besaron como si se conocieran el cuerpo desde hacía tiempo. No hubo tanteo. Las manos de él subieron a sus muslos, los apretaron, le metieron los dedos por debajo del pantalón corto. Ella soltó un gemido grave, muy suyo, uno que yo había escuchado en la cama y que me disparó la sangre a la polla.
Mauro le chupó el cuello, bajó a la clavícula y volvió a la boca, abriéndosela con hambre. Nerea le desabrochó el pantalón y le metió la mano dentro. Lo hizo delante de todos, sin esconder nada, acariciándole la polla por encima del bóxer primero y metiéndose después por debajo. Mauro lanzó un taco entre dientes y le clavó los dedos en la cintura.
Yo no podía apartar la vista. Veía el movimiento de la muñeca de ella dentro del pantalón ajeno. Veía la cara de placer del cabrón. Y al mismo tiempo veía cómo él le bajaba el short y la braga hasta medio muslo para colarle la mano entre las piernas.
—Mierda... —jadeó Nerea, echándose hacia atrás apenas lo justo para darle espacio.
Mauro le metió dos dedos en el coño de golpe, sin delicadeza. Ella abrió la boca, sorprendida, y luego le sonrió como una zorra complacida. El sonido húmedo llegó hasta donde yo estaba. Él la trabajó sin prisa, entrando y saliendo, frotándole el pulgar en el clítoris. Nerea empezó a moverse encima de su mano, a buscarla con la cadera, a apretarse contra esos dedos como si se olvidara por completo de que todos la estábamos mirando.
Su camiseta se le subió hasta casi el pecho. Yo podía adivinar los piercings marcados bajo la tela. Quise arrancársela yo mismo. Quise sacar a Mauro de allí. Quise seguir mirando para siempre. Todo a la vez.
—Así... así, no pares —le dijo ella, ronca, sin dejar de restregarse.
Él obedeció. Le hundió más los dedos, le abrió las piernas todo lo que la postura permitía y le frotó el clítoris con una presión que yo sabía que la volvía loca. Nerea se echó la cabeza atrás y dejó escapar un gemido largo, sucio, sin vergüenza. Elisa se humedeció los labios al verla. Clara cruzó las piernas. Bruno tenía la mano metida en su propia entrepierna por encima del pantalón, como si ya ni se molestara en disimular.
Nerea se corrió así, sobre la mano de otro hombre, delante de todos nosotros. Se tensó de golpe, cerró los muslos alrededor de la muñeca de Mauro y tembló con la boca abierta mientras el orgasmo le sacudía el cuerpo. Él siguió un poco más, lento, exprimiéndole los espasmos, hasta que ella tuvo que apartarle la mano jadeando.
Me miró enseguida después. Tenía los labios brillantes, las mejillas encendidas y esa expresión de placer culpable que me desarma siempre. Yo estaba tan duro que me dolía.
***
Lo que siguió fue la caída final de cualquier norma. Ya no girábamos la botella solo por jugar. La girábamos para darnos una excusa mínima, una coartada ridícula antes de empezar a tocarnos como queríamos desde hacía horas. Las parejas se mezclaban, cambiaban, repetían. El salón olía a alcohol, saliva y excitación.
Me tocó con Clara en una ronda de diez minutos. Nos besamos sentados en el sofá, su culo pegado a mi muslo, mis dedos metidos hasta el fondo de su escote. Le saqué un pecho y le chupé el pezón por encima de los aplausos y las risas de los demás. Ella me abrió la bragueta y me sacó la polla con una naturalidad que me dejó temblando.
—Vaya, el novio tranquilo no estaba tan tranquilo —me susurró.
Me la pajearon pocas veces como me la pajeó ella esa noche: firme, mojándose la mano con saliva, mirándome a los ojos mientras me subía y bajaba la piel. Yo le metí dos dedos en la braga y casi me los atrapó con las piernas. Estaba ardiendo. Cada vez que curvaba los dedos dentro, su coño apretaba más.
Nerea nos observó sin intervenir. Pero se estaba tocando. Tenía una mano entre las piernas, por dentro del short, y se acariciaba despacio mientras nos miraba. Ese detalle casi me hace correrme ahí mismo.
Después fue peor. O mejor.
Mauro volvió a salir con Nerea, y esta vez ya nadie fingió que se trataba solo de besos. Ella se quitó la camiseta por su cuenta antes siquiera de sentarse con él. Sus pechos pequeños quedaron al aire, con los aros plateados brillando bajo la luz tenue del salón. El silencio que se hizo fue de hambre pura.
Mauro le atrapó un pezón en la boca y tiró del aro con los dientes con mucho cuidado. Nerea soltó un gemido tembloroso y le agarró el pelo. Él le mamó primero uno, luego el otro, mientras le sobaba el culo y le bajaba la ropa interior. Ella terminó desnuda de cintura para abajo, abierta sobre sus muslos, el coño mojado y brillante a la vista de todos.
Yo me la saqué sin pensarlo. No fui el único. Bruno estaba igual. Iván también. El juego ya era otra cosa: voyerismo, exhibición, una orgía a medio formar que todavía necesitaba un empujón más.
Mauro se arrodilló delante de Nerea y le abrió las piernas con las manos. Le pasó la lengua por el interior del muslo antes de lamerle el coño de abajo arriba, lento, bien abierto, como saboreándola. El gemido de ella fue tan fuerte que casi tapó la lluvia.
—Joder... sí... cómeme —dijo sin pudor, empujándole la cabeza.
Y él la comió de verdad. Le hundió la cara entre las piernas, lamiéndole el clítoris con la punta de la lengua, luego con toda la lengua plana, metiéndosela un poco dentro y volviendo arriba para succionárselo. Nerea se agarró al respaldo del sofá, arqueando la espalda, con los pezones duros y el culo al borde del asiento. Yo veía cómo se le tensaban los muslos cada vez que él acertaba con el ritmo.
Me acerqué sin que nadie me lo pidiera. Me puse al lado, le metí dos dedos en la boca a Nerea y ella me los chupó mientras Mauro seguía comiéndosela. Aquello la desquició. Empezó a gemir de forma entrecortada, a mover la pelvis contra la cara de él, a mirarme a mí como si quisiera correrse para los dos.
—No puedo... no puedo... —dijo, y claro que podía.
Se corrió en la boca de Mauro, apretándole la cabeza entre los muslos, y yo vi el espasmo exacto que le recorrió el vientre. Él siguió lamiéndola mientras duró el temblor y ella acabó lloriqueando, completamente blanda, con las piernas abiertas y el coño palpitando.
Yo no aguantaba más.
***
La botella quiso o el destino quiso, qué más da. Al final nos señaló a Nerea y a mí para la última ronda. Hubo aplausos, silbidos, comentarios de borrachos excitados. Para entonces ya nadie estaba vestido del todo. Clara tenía el sujetador por el suelo. Elisa estaba con la falda subida hasta la cintura. Los tíos llevábamos las pollas fuera o medio fuera. El salón entero era un escaparate de deseo sin control.
Nerea vino hacia mí despacio, desnuda de cintura para abajo, con la camiseta todavía puesta pero empapada de sudor pegada al cuerpo. Yo estaba sentado en el sofá, la polla tiesa, tensa, con el glande húmedo. Ella se arrodilló entre mis piernas, me la miró un segundo y se relamió.
—Te toca a ti —me dijo.
Le quité la camiseta y aparecieron otra vez sus pechos, los piercings, esa piel morena que conozco de memoria y que aun así me vuelve imbécil. La agarré de la nuca y la besé con rabia, sin ternura, metiéndole la lengua hasta hacerla gemir. Quería recuperar su boca de todas las demás bocas. Quería mezclarme con el sabor de los otros. Quería castigarla y follármela. Todo junto.
Le apreté las tetas, jugando con los aros, tirando apenas de ellos. Nerea soltó un quejido y me mordió el labio. Bajé una mano a su coño y seguía completamente mojada, resbaladiza, abierta. Le metí dos dedos hasta el fondo y ella me montó la mano al instante.
—Así me gusta, toda usada y toda caliente —le susurré al oído.
Me miró con las pupilas enormes. Esa frase, lejos de frenarla, la puso peor. Empezó a follarse mis dedos con una urgencia animal, respirando por la boca, chocando la pelvis contra mi palma.
—Entonces fóllame de verdad —me respondió.
No necesitaba repetirlo.
La levanté de los muslos y la senté a horcajadas sobre mí. Me agarró la polla y se la pasó por el coño, embarrándola bien con todo lo que llevaba encima: su excitación, restos de saliva, el desorden de la noche. El simple roce casi me hizo acabar. Ella me lo notó y sonrió.
—Ni se te ocurra correrte todavía.
Se fue bajando poco a poco, muy despacio, abriéndose sobre mí. La punta entró y ambos soltamos el aire al mismo tiempo. Luego siguió, centímetro a centímetro, hasta encajarme entero dentro. Nerea cerró los ojos y apoyó la frente en la mía, quedándose quieta un instante solo para sentirme hasta el fondo.
—Joder... —jadeé—. Qué apretado estás.
Ella empezó a moverse. Primero despacio, subiendo y bajando con control, apretándome en cada descenso. Yo le sujeté el culo con las dos manos, ayudándola a marcar el ritmo. Su coño estaba tan mojado que cada embestida sonaba, un chapoteo obsceno que se mezclaba con sus gemidos y con la respiración de los demás mirándonos.
Porque todos nos miraban. Nadie hablaba ya. Bruno tenía a Elisa medio tumbada a su lado, metiéndole dedos mientras ambos nos observaban. Clara se estaba masturbando en el otro extremo del sofá. Mauro se pajeaba de pie, sin ocultarse. Iván no parpadeaba.
Y eso, lejos de cortarme, me puso más bestia.
Le metí una mano entre los cuerpos y le busqué el clítoris mientras seguía clavándome dentro. Nerea se estremeció entera. Empezó a cabalgarme más rápido, perdiendo el control, con las tetas botándole delante de la cara. Le chupé un pezón, luego el otro, jugando con el piercing de la lengua contra el metal de sus aros cuando subía a besarme.
—Más fuerte —me pidió—. No me cuides.
La agarré por la cintura, me incorporé del sofá y la hice rebotar sobre mi polla con más violencia. El sonido de la carne chocando se volvió más claro, más húmedo. Ella gemía sin filtrar nada, dejando salir tacos, mi nombre, órdenes inconexas. Yo le hundía la polla hasta el fondo y sentía cómo me apretaba al final de cada embestida.
Me bastaron unos segundos para saber que si seguíamos así me corría. La saqué de golpe, la giré y la incliné sobre el brazo del sofá. Quedó con las piernas abiertas, el culo hacia mí y el coño brillándole entre los muslos. Se agarró al respaldo y volvió la cara lo justo para mirarme por encima del hombro.
—Vamos —dijo—. Que te vean.
Se la metí de una sola embestida. El grito de Nerea fue seco, roto, exactamente el sonido que yo necesitaba. Le agarré la cadera con una mano y el pelo con la otra, y empecé a follármela de verdad, sin el juego de antes, sin suavidad. Entraba y salía con fuerza, notando cómo el sofá chirriaba y cómo su coño me recibía cada vez más abierto, más mojado, más hambriento.
Ella echó la mano atrás buscando mis huevos, luego bajó hasta donde nos uníamos y empezó a frotarse el clítoris mientras yo la taladraba. Aquello la lanzó al borde enseguida. Sus gemidos se volvieron chillidos cortos, los muslos le temblaban, la espalda se le arqueaba más.
—Me corro... me corro... no pares, cabrón, no pares...
No paré. Al contrario. Le di más duro, más rápido, sintiendo el golpe de mis caderas contra su culo y el calor de su cuerpo cerrándose alrededor de mí. Nerea se corrió con un espasmo brutal, apretando tanto que casi me sacó la polla. Gritó mi nombre, se quedó rígida y luego empezó a temblar mientras seguía tocándose con desesperación.
La visión me remató. Aguanté unas pocas embestidas más, enterrado hasta el fondo, y me corrí dentro de ella con un gruñido que me salió de las tripas. Noté la descarga subir y vaciarme a sacudidas, una detrás de otra, mientras ella seguía apretándome en los últimos temblores del orgasmo.
Me quedé agarrado a su cintura, respirando como un animal. Nerea estaba doblada sobre el sofá, sudada, con el culo todavía levantado y el coño contrayéndose alrededor de mi polla mientras se me iba bajando poco a poco. El salón permaneció en silencio dos segundos. Luego alguien soltó un «joder» admirado y volvieron las risas nerviosas.
Saqué la polla despacio y vi cómo ella cerraba los muslos un instante, todavía sensible, todavía temblando. Se volvió, me agarró de la cara y me dio un beso sucio, profundo, largo. Le sabía la boca a ron, a saliva y a toda la noche.
Afuera seguía lloviendo con la misma fuerza. Adentro, ya no éramos exactamente los mismos que habíamos empezado aquel juego. La botella seguía en la alfombra, inmóvil, como si no tuviera nada que ver. Pero todos sabíamos que la culpa no había sido de la botella. Había sido nuestra. De las ganas. De los celos. Del morbo de mirarnos y dejarnos mirar.
Y si lo cuento ahora es porque, por mucho que aquella noche me revolviera por dentro, todavía me pone recordar la cara de Nerea mientras otro la tocaba y la forma en que al final volvió a abrirse para mí delante de todos.
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