Me ganó otra exhibicionista en la oscuridad
Lo que voy a contar pasó hace no mucho, una noche de viernes después de una fiesta de trabajo. Yo ya pasé de los treinta y nunca he tenido problemas para admitir lo que me excita: me gusta que me miren, me gusta provocar, me gusta sentir que alguien se queda quieto solo por verme cruzar una línea más. No es algo que haga con cualquiera ni en cualquier sitio, pero cuando se junta el alcohol justo, el hombre adecuado y ese cosquilleo entre las piernas que no me deja pensar, me convierto en otra.
Aquella noche salí con Darío, un compañero con el que llevaba semanas coqueteando. Nada formal, nada serio, pero sí lo bastante intenso como para que ya supiera de mis gustos. Habíamos bailado pegados, me había puesto la mano en la cintura más de una vez, y cada vez que yo me agachaba a decirle algo al oído notaba cómo se le endurecía el cuerpo.
Iba con una falda corta, una blusa ajustada y tacones que me hacían caminar más despacio de lo normal. No era un atuendo escandaloso, pero sí lo bastante ceñido para marcar culo, cintura y escote. Desde media noche yo ya estaba caliente, de esa forma molesta y deliciosa en la que el cuerpo pide que lo toquen aunque la cabeza todavía finja compostura.
Salimos del salón de la fiesta de madrugada, riéndonos por cualquier tontería. Afuera hacía fresco y había que caminar un tramo entre árboles y bardas para llegar a la avenida donde habíamos dejado el coche. La música quedó atrás, apagada, y nos envolvió esa oscuridad tibia de los lugares residenciales donde todo parece dormido.
Fue ahí donde vimos a la otra pareja.
Estaban a unos metros, medio escondidos junto a una pared, besándose con hambre. Se notaba que también venían de una fiesta: ropa elegante, él con camisa abierta en el cuello, ella con un vestido corto que ya se le había subido hasta medio muslo. No eran críos, eso se veía de inmediato; eran dos adultos jóvenes, quizá un poco menores que nosotros, pero mayores de sobra y metidos en lo suyo con una descarada seguridad.
Cuando nos vieron se separaron apenas un segundo. Yo esperaba que se apartaran o se fueran, pero no. Se miraron entre ellos, luego nos miraron a nosotros, y se quedaron ahí. Esa duda, esa tensión, me subió el pulso.
Darío me sostuvo de la cintura y me pegó a la pared sin preguntarme nada. Me besó con fuerza, metiéndome la lengua, mordiendo mi labio inferior, y yo le respondí al instante porque venía deseándolo desde hacía horas. Sentí su mano bajar hasta mi culo, apretarlo por encima de la tela y luego amasar una nalga con descaro.
—No nos vamos a hacer los tímidos ahora —me susurró.
Yo giré apenas la cabeza y vi que la otra mujer nos observaba. Tenía una media sonrisa insolente, como si quisiera medir hasta dónde me atrevía. Esa expresión me picó el orgullo de la forma más absurda y más caliente posible.
—Que no nos ganen —le dije a Darío, casi sin aliento.
Él entendió al momento. Metió la mano por debajo de mi falda y me agarró las nalgas directamente, piel con piel, porque llevaba una tanga mínima. El aire frío me rozó el culo expuesto y casi me hizo gemir, pero lo que de verdad me aflojó las piernas fue ver que la otra pareja volvía a besarse mientras nos seguían mirando de reojo.
Darío me abrió más la blusa, desabrochando uno, luego dos botones. Bajó la boca a mi cuello y a la parte alta del pecho, chupándome la piel. Yo levanté la barbilla y me dejé hacer, sintiendo cómo la humedad me empapaba la tanga. No tardó nada en apartarme el sostén lo justo para sacar un pecho y atraparme el pezón con la boca.
El jadeo se me escapó sin remedio.
Yo ya me había exhibido antes, incluso había dejado que me tocaran en lugares donde alguien podía descubrirnos, pero aquello era distinto. No estábamos escondidos del todo. Si alguien doblaba la esquina o asomaba desde una ventana, nos veía. Y encima no solo me estaba viendo un hombre: me observaba otra mujer con una calma descarada que me revolvía el coño.
Le devolví la mirada. Ella respondió levantándose un poco el vestido, enseñando unas piernas largas y el borde de una tanga diminuta. Su acompañante se inclinó sobre su escote y le chupó un pezón que ya había quedado fuera. Yo sentí una punzada de competencia, de excitación y de rabia mezcladas.
Así que hice lo mismo, pero más.
Me abrí la blusa del todo y dejé los dos pechos al aire. Darío soltó una risa baja, hambrienta, y me los tomó con las dos manos como si por fin le hubieran dado permiso de usarlos. Me besó uno, luego el otro, lamiendo los pezones hasta ponerlos duros. Yo me arqueé contra él, consciente de cada centímetro de piel expuesta, de cada segundo en que los otros podían verme así, jadeando con las tetas fuera en medio de un camino oscuro.
—Mírame —me pidió Darío.
Lo hice, pero solo un instante. Luego giré de nuevo hacia la otra pareja. El hombre me estaba mirando fijamente, con la boca entreabierta. Su compañera lo notó y, lejos de molestarse, le agarró la mandíbula para volverlo hacia ella. Después, sin apartar sus ojos de los míos, se subió el vestido hasta la cintura.
Se quedó con la tanga puesta, pero era tan pequeña que casi no tapaba nada.
Sentí un golpe de calor seco en el vientre. Darío aprovechó mi distracción para meterme dos dedos entre las piernas, apartando la tela mojada de mi tanga. Entraron de golpe en mi coño y tuve que taparme la boca para no gemir demasiado alto. Estaba empapada, blanda, abierta para él desde antes de que me tocara.
—Joder, cómo estás —me murmuró al oído—. Chorreando.
Me acarició por dentro con movimientos lentos, luego más firmes, y yo empecé a mover la cadera buscando más. Con la otra mano me apretaba un pecho, tirándome del pezón. La mezcla de dolor leve, placer y vergüenza me puso al borde muy rápido.
La otra mujer ya tenía el vestido recogido en la cintura. Su hombre la sobaba por encima de la tanga mientras ella le abría el pantalón. Cuando sacó su polla, larga y tiesa, sentí que me ardían las mejillas. No por pudor. Por excitación. Por esa especie de desafío silencioso que se había instalado entre nosotras.
Darío siguió metiéndome dedos y yo empecé a frotarme contra su mano, sin elegancia, sin fingir. Mis muslos temblaban. Me agarré de sus hombros y abrí más las piernas. El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo se escuchaba clarísimo en la quietud del lugar.
—Así, no pares —le dije—. Mételos bien.
Obedeció. Me clavó un tercer dedo y me partió un gemido. Mi coño lo absorbía con ansiedad, apretándolo, pidiéndole más. Mientras tanto, la otra mujer se arrodilló delante de su hombre y se metió su polla en la boca con una facilidad que me dejó helada un segundo. Bajaba y subía la cabeza despacio, luego rápido, chupando el glande, lamiendo el tronco, llevándose los huevos a la boca entre una respiración y otra.
Yo me quedé mirándola como idiota, con los dedos de Darío dentro y el pecho agitado.
—¿Te gusta verla? —me preguntó él.
—Sí —admití—. Y me gusta que nos vea.
Eso lo volvió más bruto. Me sacó los dedos empapados y me los pasó por el clítoris, frotándome en círculos precisos, crueles. Sentí el orgasmo subir de golpe, rápido y afilado. No pude sostenerlo. Me corrí restregándome contra su mano, con las tetas al aire y la falda subida, mordiéndome el hombro para no gritar.
Me dejé caer un segundo sobre su pecho, temblando. El orgasmo me vació y me suavizó las piernas, pero no me calmó del todo. Al contrario: apenas recuperé el aire, noté la polla de Darío dura, insistente, empujándome entre las nalgas por encima de la ropa.
Miré otra vez a la pareja de enfrente y ahí fue cuando me di cuenta de que no íbamos ganando nada.
La mujer ya se había quitado la tanga. Su vestido seguía atrapado en la cintura y sus pechos rebotaban libres mientras seguía mamando. El hombre la sujetaba del pelo con una mano y con la otra se acariciaba la base de la polla antes de empujársela más adentro. Ella me miró desde abajo, con la boca llena, y sonrió alrededor de la verga.
Ese gesto me atravesó el orgullo como una aguja.
Darío me giró y me pegó de espaldas a él. Me abrió más las piernas con la rodilla y me bajó la tanga hasta medio muslo. El aire me dio directo en el coño húmedo. Su mano volvió enseguida, dos dedos primero, luego el pulgar en el clítoris. Yo eché la cabeza hacia atrás sobre su hombro, completamente entregada.
—Quiero metértela aquí mismo —me dijo—. Quiero que te vean mientras te folló.
—Hazlo —contesté sin pensarlo—. Pero hazlo ya.
Me sacó los dedos, se escupió la mano y se agarró la polla. Yo sentí la punta caliente rozándome la entrada, subir entre mis labios, empaparse con mi propia humedad. Me abrí más para recibirlo. Cuando me la metió de una embestida, hasta el fondo, el grito se me escapó entero.
—Joder... sí...
Se quedó un instante clavado dentro de mí, respirando fuerte contra mi cuello. Yo tenía el coño tan sensible por el orgasmo previo que cada centímetro me dolía rico, me llenaba, me hacía apretar. Luego empezó a moverse. Primero despacio, sacándola casi toda y volviéndomela a meter con firmeza. Después más duro.
Sus embestidas sonaban húmedas, contundentes. Mi culo chocaba contra su pelvis y mis pechos rebotaban al ritmo de cada golpe. Yo me agarré la blusa abierta para no caerme y miré de frente a la otra pareja, que ya había dejado de fingir indiferencia. Los dos nos observaban mientras seguían en lo suyo.
La mujer se levantó de las rodillas con la boca brillante y se dio vuelta, apoyando las manos en la pared. Su hombre le agarró las caderas y se la metió sin demasiada ceremonia. Ella soltó un gemido ronco, nada delicado, nada tímido. Y entonces empezó otra clase de competencia.
Darío me follaba por detrás cada vez más fuerte. Yo abría las piernas y echaba el culo hacia atrás para recibirlo mejor. Notaba cómo la punta me golpeaba adentro, profunda, mientras una mano suya subía a estrujarme un pecho y la otra me sobaba el clítoris entre embestida y embestida.
—Mira cómo te cojo —me decía al oído—. Míralos y correte conmigo dentro.
Yo jadeaba, incapaz de responder algo entero. Solo decía sí, joder, más, no pares. Sentía la mezcla de vergüenza, exhibición y deseo subir otra vez. Delante de mí, la otra mujer estaba siendo follada con el vestido aún en la cintura, el culo desnudo recibiendo golpes secos. Ella giró la cara hacia mí y vi su expresión: no era timidez, ni juego superficial. Era puro vicio.
Esa mirada me arrastró otra vez al borde.
Darío sacó la polla apenas y volvió a clavármela con más fuerza. El impacto me hizo cerrar los ojos. Me tenía abierta, húmeda, usada, y eso me calentó todavía más. Me pellizcó un pezón y luego me pasó la mano empapada por el clítoris con movimientos sucios, insistentes. No aguanté.
Me corrí por segunda vez con su polla adentro, apretándolo en espasmos, echando la cabeza atrás y diciendo su nombre sin control. El orgasmo me sacudió entera. Sentí cómo él casi perdía el ritmo por la fuerza con que lo estrujaba mi coño.
—Así, carajo —gruñó—. Así me gustas.
Yo respiré hondo, todavía temblando, y por un momento pensé en decirle que paráramos ahí y nos fuéramos a su departamento a seguir a solas. Me había exhibido más que nunca, me había corrido dos veces, y aun así sentía que el límite se me venía encima. Pero Darío estaba demasiado duro, demasiado metido en esa locura para querer detenerse.
Delante de nosotros, el otro hombre se corrió primero. Se hizo una paja rápida viendo cómo Darío me embestía y acabó sobre los pechos y la cara de su mujer. Ella recogió la corrida con los dedos y se los chupó sin apartar la vista de mí. A mí se me secó la boca.
Yo esperaba que ahí terminara el espectáculo, que al menos bajaran el ritmo. No fue así.
La mujer se acercó unos pasos, todavía con restos de semen en el pecho, y se plantó delante de nosotros mientras Darío seguía dentro de mí, más lento ahora, pero sin salir. Nos miró a los dos con descaro, como si la oscuridad y el lugar le pertenecieran.
—¿Te lo vas a guardar para después? —le dijo a Darío, clavándole los ojos a la polla que entraba y salía de mí.
Yo me quedé muda. No era rabia exactamente. Era sorpresa, incredulidad y una excitación nueva, extraña, que me pegó justo en el estómago.
Darío soltó una risa ronca. Todavía me sujetaba por la cintura, y yo notaba su verga gruesa moviéndose dentro de mi coño sensible.
La mujer se agachó despacio, sin tocarme, y tomó la base de su polla cuando él salió de mí. Sentí el vacío de golpe y casi protesté, pero me quedé inmóvil. Ella la chupó apenas en la punta, un gesto breve, provocador, suficiente para volverlo todavía más duro.
Su acompañante ya estaba recuperándose y se colocó detrás de ella. La tomó de las caderas mientras ella seguía mamando a Darío de rodillas. Fue una imagen obscena, desordenada, imposible de ignorar: yo con la blusa abierta y la falda subida, Darío sosteniéndole el pelo a otra mujer, y el hombre de ella preparándose para follársela desde atrás.
El primer golpe de aquel tipo la hizo gemir con la boca llena. Yo lo vi todo, inmóvil, sintiendo cómo la humedad me volvía a correr entre los muslos. Me había bajado el susto inicial y regresaba el morbo con una fuerza humillante.
Ella subía y bajaba la cabeza sobre la polla de Darío mientras el otro la clavaba por detrás una y otra vez. Se escuchaban los jadeos mezclados, los golpes de piel, el sonido mojado de la mamada. Darío miraba fascinado, completamente ido, y yo también. Era imposible no mirar.
—Ven aquí —me dijo él al fin.
Me acercó de nuevo, me tomó de la nuca y me besó. Yo le saboreé en la boca el rastro de la otra mujer, un gusto salado y sucio que me estremeció. Luego me giró, me alzó un poco la falda y volvió a meterme la polla. Entró fácil, porque yo seguía abierta y empapada.
Esta vez me folló viendo la escena de frente, como si quisiera participar y observar al mismo tiempo. Yo me sujeté a su antebrazo y me dejé llevar. Ya no había competencia, ni orgullo. Solo una sensación extraña de estar hundida en una noche demasiado caliente, demasiado exhibida, demasiado real para olvidarla.
La otra pareja siguió a lo suyo unos minutos más. Él terminó otra vez con un gemido bronco y se quedó pegado a ella, jadeando. Darío no tardó mucho después. Me agarró fuerte de la cadera, me dio tres embestidas profundas y se corrió dentro de mí con un gruñido, apretando los dientes contra mi hombro.
Yo sentí el calor de su corrida mezclarse con todo lo demás y exhalé largo, vacía y aturdida.
Nos separamos despacio. Me acomodé la ropa como pude, todavía con las piernas flojas. La otra mujer se limpió la boca con el dorso de la mano y me dedicó una sonrisa satisfecha, casi burlona, pero no cruel. Como si entre las dos reconociéramos algo sin necesidad de decirlo.
Yo habría querido soltar una frase ingeniosa, una provocación final, cualquier cosa que me devolviera el control. No me salió nada. Solo asentí, respirando hondo, mientras Darío me tomaba de la mano para irnos.
***
En cuanto cerramos la puerta de su departamento, me estampó contra ella y volvió a besarme. Ya no estaba el morbo de los testigos ni la oscuridad del camino, pero sí quedaba toda la calentura acumulada. Me bajó la tanga de una vez, se arrodilló y metió la cara entre mis piernas como si hubiera pasado la noche aguantándose.
Su lengua me abrió despacio, lamiéndome de abajo arriba, saboreando la mezcla de mis corridas, su semen y el sudor de todo lo que había pasado. Yo me agarré a su pelo y gemí sin filtros. En privado ya no había que callarse nada.
—Qué rico te dejé —murmuró antes de volver a chuparme el clítoris.
Yo tenía el coño sensible, casi dolorido, pero me encantaba. Su lengua insistente me hizo temblar otra vez. Metió dos dedos y me folló con ellos mientras me chupaba con hambre, y no tardé mucho en correrme una tercera vez, más corta pero intensa, con las piernas flojas y la espalda arqueada contra la puerta.
Luego nos fuimos a la cama. Esta vez lo monté yo. Me la fui metiendo poco a poco, sintiéndola de nuevo dura y gruesa, hasta sentarme entera sobre su polla. Empecé a moverme despacio, usando mis caderas, apretándolo dentro de mí. Él me agarró las tetas, las apretó, me lamió los pezones y me dejó hacer mientras me veía subir y bajar.
—Ahora sí, sin público —me dijo.
—No sé —respondí, todavía jadeando—. Después de lo de allá, esto casi se siente tranquilo.
Nos reímos, pero solo un segundo. Luego volví a botar sobre su verga con ganas, cada vez más rápido. Sentía cómo me abría, cómo me golpeaba por dentro, cómo mi coño volvía a volverse una trampa húmeda alrededor de él. Me incliné sobre su pecho y seguimos follando hasta que los dos quedamos rendidos, sudados y satisfechos.
Al amanecer, acostada a su lado, no podía quitarme de la cabeza la mirada de aquella mujer. No me había humillado. No me había vencido de verdad. Pero sí me había recordado que siempre hay alguien más descarado, más hambriento o simplemente más dispuesto a cruzar una raya.
Y tengo que admitirlo: pensar en eso todavía me moja.
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