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Relatos Ardientes

Los grabé siete minutos sin que lo notaran

Ya había tomado la decisión mucho antes de aquella tarde. La relación con Damián estaba podrida y yo lo sabía, aunque me hubiera costado meses admitirlo en voz alta. No me faltaban motivos, ni uno solo, sino una lista que crecía cada semana.

El modo de vida que pretendía imponerme no tenía nada que ver con la persona que yo era. Quería decidir con quién hablaba, qué ropa me ponía, a qué hora volvía. Y lo hacía con esa sonrisa condescendiente que pretendía pasar por preocupación.

Estaba también la forma en que me había hablado la última vez en el coche, volviendo de una cena. Subió el tono, me llamó cosas que no pienso repetir, y golpeó el volante a dos centímetros de mi cara. Esa noche entendí que el siguiente paso no sería verbal.

Y por si quedaba alguna duda, estaban sus propias compañeras de trabajo. Un par de chicas majísimas, de esas que dicen lo justo con la mirada antes de animarse a poner palabras. Me contaron cómo trataba a otras, qué presumía en los pasillos, de qué manera hablaba de mí cuando yo no estaba. No dejaban lugar a dudas.

El único problema que me quedaba era cómo terminar sin que aquellas chicas se vieran salpicadas. No quería que él atara cabos y les hiciera la vida imposible por haberme avisado. Le daba muchas vueltas a la manera de hacerlo limpio.

Al final, sin proponérselo, me lo puso facilísimo él solito.

***

Por mi trabajo tenía que salir una mañana temprano y pasar cuatro días fuera, en otra ciudad. Era un viaje cerrado desde hacía semanas, y Damián lo sabía perfectamente: me había preguntado el día, la hora del tren y cuándo volvía, con un interés que entonces me pareció cariño.

Salí puntual, como siempre. Pero a media mañana surgieron problemas técnicos en el sitio al que iba, de esos que no se resuelven con una llamada, y la reunión se aplazó sin fecha. Así que, en lugar de cuatro días, poco más de media tarde después ya estaba de vuelta, arrastrando la maleta por la acera de mi propio barrio.

Dejé el coche en el aparcamiento del edificio y subí en el ascensor sin pensar en nada concreto. Llevaba los auriculares puestos, escuchando un pódcast sobre asesinatos sin resolver, abstraída en la voz tranquila del narrador. Metí la llave, abrí la puerta de casa con la naturalidad de quien llega a su sitio, y no noté nada raro.

El recibidor estaba en penumbra. Dejé la maleta apoyada contra la pared, sin hacer ruido, más por costumbre que por sospecha. Avancé hacia el salón todavía con la historia del pódcast en los oídos.

Y entonces lo vi.

***

Damián estaba completamente desnudo, de pie, agarrando con las dos manos las caderas de una mujer. Una mujer mucho mayor que él, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, inclinada hacia delante y apoyada en el reposabrazos de nuestro sillón. Le estaba metiendo la polla hasta el fondo con un empeño que nunca le había visto poner en nada, sacándola casi entera hasta que el glande brillante quedaba a la vista para volver a clavársela de golpe, y ella respondía echando el culo atrás, jadeando abierta de piernas, los dos brillantes de sudor bajo la luz de la lámpara.

La mujer tenía el culo en pompa y unos pechos enormes, de silicona, demasiado para mi gusto, que se balanceaban colgando con cada embestida, los pezones oscuros y duros rozando la tela del sillón. Iba muy maquillada incluso en pleno acto, con el pelo teñido de un rubio caro y las uñas perfectas clavadas en el brazo del sofá. Tenía clase, eso había que reconocerlo, una clase de boutique y de salón mensual. Entre las nalgas abiertas se veía la polla de Damián entrando y saliendo, la piel de ella enrojecida por el roce, un hilo brillante de flujo bajándole por la cara interna del muslo hasta la rodilla.

Lo primero que sentí no fue rabia. Fue una calma extraña, casi fría, como si la escena no me perteneciera y yo fuera solo una espectadora que ha entrado en la sala equivocada del cine.

Ninguno de los dos advirtió mi presencia. Estaban demasiado ocupados el uno con el otro, de espaldas a la puerta, sumergidos en lo suyo.

Me quité un auricular despacio. Saqué el móvil del bolso con la mano firme, sin que me temblara, y empecé a grabar.

***

Grabé siete minutos enteros. Siete minutos en los que siguieron a lo suyo sin sospechar que cada gesto quedaba guardado para siempre. Encuadré bien la cara de él, la de ella, el sillón, la lámpara, el conjunto completo. Por si algún día me hacía falta, o simplemente por el placer sereno de tener la verdad en la palma de la mano.

Tómate tu tiempo, pensaba mientras grababa. Acaba bien, que no se diga.

Damián la agarró del pelo teñido y tiró hacia atrás, obligándola a arquear la espalda. La embestía ahora con un ritmo brutal, chocando los muslos contra sus nalgas con un chasquido húmedo que llenaba el salón. Se le oían las palabras entrecortadas, esas que a mí nunca me había dicho, o quizá sí y yo las había olvidado.

—Así, así, cógeme fuerte, no pares —jadeaba ella con voz ronca, meneando el culo hacia atrás para recibirla entera—. Métemela toda, cabrón, hasta los huevos, que me corro.

—Puta, qué coño tienes —le contestaba él entre resoplidos—, cómo me aprietas la polla, joder, cómo me la aprietas.

La sacó de golpe, y por un segundo vi la verga de Damián erguida, empapada, brillante del flujo de ella. La mujer se giró sin soltar el sillón, se agachó y se la metió en la boca con una destreza que no dejaba lugar a dudas. Chupaba con las mejillas hundidas, sacándosela hasta la punta y volviéndosela a tragar entera, ayudándose con la mano en la base, mientras él le sujetaba la cabeza con las dos manos y le follaba la boca a su ritmo. Se le hinchaba la garganta, le caían hilos de saliva por la barbilla hasta las tetas enormes que colgaban debajo, y ella no apartaba la vista de la cara de él, entregada.

Aproveché esos minutos, entre embestida y embestida, para mirar alrededor con una atención que me sorprendió a mí misma. La ropa de ella no estaba en el salón. Más tarde la encontraría doblada con cuidado sobre el lavabo del baño, junto a la ducha, como si pensaran terminar allí. Era ropa de boutique de lujo, y la lencería, las bragas y el sujetador, de La Perla. Tuve tiempo y ganas de leer la etiqueta.

Me quedé pensando, con un humor negro que no sabía que tenía, en cuánto dinero y cuántas horas de clínica habría detrás de aquella mujer. Los pechos, desde luego. Y a saber qué más, todo cuidadosamente arreglado para seguir resultando apetecible a un hombre quince años más joven. Seguramente lo tenía todo en orden, hasta el último detalle: el coño depilado a láser, sin un solo pelo, los labios menores recortados con simetría de bisturí, todo listo para el catálogo.

Damián la levantó del pelo, la giró otra vez contra el sillón y volvió a clavársela por detrás. Ella soltó un gemido largo, agudo, y empezó a menear el culo en círculos, empalada, restregándose contra él. Vi cómo bajaba una mano entre sus propios muslos y se frotaba el clítoris con dos dedos mientras él la seguía embistiendo, y le oí decir con la boca contra el reposabrazos:

—Córrete dentro, córrete dentro, quiero notarlo caliente, dámelo todo.

Él aguantó unos segundos más, apretando los dientes, con las venas del cuello marcadas, hasta que se hundió hasta la ingle y se quedó allí temblando, agarrado a sus caderas, corriéndose dentro con unos espasmos que le sacudieron el culo entero. Ella también se corrió, con un jadeo largo que se apagó en una risa floja, y se quedó apoyada sobre el sillón mientras él seguía clavado en su interior, resollando.

Cuando por fin sacó la polla, un chorro espeso de semen le bajó a ella por la cara interna del muslo, blanco y brillante, hasta gotear en la moqueta que a mí me había costado un dineral. Bien. Así al menos había una razón material para tirar aquel sillón.

Cuando consideré que la grabación era suficiente, guardé el móvil. No me había movido del umbral del salón. Ellos seguían sin enterarse, jadeando, recuperando el aliento.

***

Antes de anunciarme, hice algo que repensado luego me pareció lo más sensato de toda la tarde. Fui en silencio al baño, metí la ropa de la señora en dos bolsas de supermercado que tenía guardadas en un cajón, y bajé a dejarlas en el descanso de la escalera, justo en el tramo de la puerta de mi piso.

Mi primera idea había sido sacarlas a la calle directamente, dejarlas en el portal para que tuviera que bajar a recogerlas medio desnuda. Pero me pareció innecesariamente cruel, y yo no quería crueldad. Quería que se fueran.

Volví a entrar, me planté en el centro del salón y, con toda la educación del mundo, subí el volumen de mi voz para que me oyeran por encima de sus jadeos.

—Perdón que os interrumpa —dije—. Seguid, seguid sin prisa. Tomaos vuestro tiempo, de verdad.

***

El efecto fue inmediato y casi cómico. Damián se separó de un salto, como si el sillón se hubiera vuelto de hierro al rojo, y se quedó plantado en mitad del salón sin saber qué hacer con las manos ni con el resto de su cuerpo desnudo. La polla, todavía medio dura, le colgaba brillante y goteando entre las piernas, y no había manera de que aquello quedara elegante. La cara se le puso de un color que no tiene nombre.

—Mar... —empezó—. Mar, no es lo que...

—Es exactamente lo que parece —le corté, sin levantar la voz—. Con tu polla dentro de su coño hasta los huevos. No te molestes en inventarte otra cosa.

La mujer, en cambio, mantuvo una serenidad que tuve que admirar muy a mi pesar. Se incorporó despacio, con las tetas enormes bamboleándose sin ningún pudor, se apartó un mechón de la cara y me miró de arriba abajo con la calma de quien ya ha vivido esta escena otras veces. Tenía el semen bajándole todavía por el muslo y no hizo ningún gesto por taparse.

—¿Prefiere usted darse una ducha entera —le pregunté con la misma cortesía que reservo para los clientes difíciles—, o le basta con refrescarse en el bidé antes de marcharse? Porque le está chorreando la corrida de este señor por la pierna, y no quisiera que se lo llevara puesto hasta el portal.

No me contestó. Solo sonrió de medio lado, como reconociendo el golpe, se pasó dos dedos por el interior del muslo, recogió lo que pudo y se los limpió con toda la parsimonia del mundo en el respaldo de mi sillón.

***

Me volví hacia Damián, que seguía buscando una frase que le salvara y no la encontraba, con la polla todavía a la vista y las manos cruzadas por delante como un colegial pillado.

—Una sola pregunta —le dije—. ¿Cómo coño has abierto la puerta?

Tardó en responder, y en su silencio encontré yo sola la respuesta. La única vez que le había dejado mis llaves, meses atrás, para que recogiera un paquete mientras yo estaba fuera, había sacado una copia. Lo entendí en ese instante con una claridad que me dio más asco que la propia infidelidad. No había sido un descuido. Había sido un plan, pequeño y paciente, para tener mi casa a su disposición cada vez que le apeteciera meterle la polla a otra en mi salón.

—La ropa de la señora está abajo —dije, señalando con la barbilla hacia la puerta—. En el descanso de la escalera, en dos bolsas. La tuya búscala tú, que para eso tienes copia de todo.

No hizo falta que dijera nada más. Estaba claro, supongo que hasta para él, que no quería volver a saber nada en mi vida ni de uno ni de otra.

***

Salieron en un par de minutos, recogiendo sus cosas a toda prisa. Yo me quedé dentro, con la puerta cerrada, mirando por la mirilla con una curiosidad casi científica.

Damián se vistió en el rellano de cualquier manera, metiéndose la camisa por la cabeza al revés, dando saltitos para entrar en los pantalones con la polla todavía blanda y pegajosa, mirando hacia los lados por si aparecía algún vecino. Tenía prisa por desaparecer, y esa prisa torpe me reconcilió con la decisión que llevaba meses aplazando.

Ella, en cambio, fue otra historia. Sacó su lencería de la bolsa con dos dedos, la examinó a contraluz del rellano, y se tomó la molestia de comprobar la posición de las bragas para no ponérselas del revés. Las giró, las ajustó, se las puso con cuidado bajo el vestido, apretándose la tela contra el coño todavía mojado. Hay que tener clase en todas las ocasiones, también cuando te echan de una casa ajena con la corrida de otro entre las piernas.

Cuando el sonido de sus pasos se perdió escaleras abajo, me aparté de la mirilla y respiré hondo por primera vez en toda la tarde.

***

No lloré. Esperaba llorar, y no me salió. Lo que sentí, sentada en el sillón que tuve que tapar después con una manta hasta poder limpiarlo del semen incrustado en la tapicería, fue un alivio enorme, casi vergonzoso de tan grande.

Borré su número, cambié la cerradura al día siguiente a primera hora, y guardé la grabación en una carpeta del móvil que no he vuelto a abrir. No la necesité para nada, ni para amenazar ni para presumir. Saber que la tenía me bastaba.

De aquellas chicas majísimas del trabajo, las que me avisaron, no llegó a enterarse jamás. Eso era lo único que de verdad me importaba, y lo había conseguido sin tener que dar ninguna explicación. Él se fue convencido de que lo había pillado de pura casualidad, por un viaje aplazado, y en parte tenía razón.

A veces el azar hace el trabajo que una lleva meses sin atreverse a hacer. Solo hay que tener la sangre fría de quedarse mirando hasta el final, aunque el final sea la polla de tu novio corriéndose dentro de otra en tu propio sofá.

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Comentarios(7)

LaObservadora

La tension que genera esa escena desde el primer parrafo... quede pegada hasta el final. Muy logrado!

NocheLarga22

Siete minutos y yo tarde veinte en leerlo jajaja. Tremendo el morbo de la situacion, bien contado

CuriosaLola

Que nervios me dio imaginarlo, yo en esa situacion me muero de la ansiedad. Muy bueno!

MiradorSalta

Y despues que paso con el video?? Me quede con esa pregunta dando vueltas

Festivalero77

Se hizo corto, quiero mas relatos asi. Espero la continuacion!

Claudia_33

El detalle de los auriculares al principio le da mucha verosimilitud, muy bien pensado. De lo mejor que lei en esta seccion

EnzoLector

buenisimo!!! de los mejores de voyerismo que encontre en el sitio

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