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Relatos Ardientes

La desconocida de la playa que subió a mi piso

La primera vez que la vi estaba sentada sobre una toalla blanca, de espaldas a mí, contemplando el mar como si esperara que le contestara algo. Tenía las piernas recogidas y los brazos cruzados sobre las rodillas, y el pelo atado en un moño flojo del que se le escapaban algunos mechones. Yo había bajado a esa cala temprano, antes que el resto de la gente, y me había instalado detrás de las dunas, donde la arena se mezcla con los matojos secos y nadie repara en uno.

Desde allí veía la línea de su espalda, el modo en que la luz temprana la doraba. Una gota de sudor bajó despacio por su columna y se perdió bajo el elástico del bañador. No supe en qué momento dejé de mirar el mar para mirarla solo a ella.

Se llamaba Mariana, aunque eso lo supe después. Aquel primer día no era más que una desconocida que extendía aceite por sus piernas con una calma que me pareció obscena de tan tranquila. Se untaba los muslos, el vientre, los hombros, y cada movimiento de sus manos me ataba un poco más al sitio. Ojalá fueran las mías, pensé, y la idea me dejó la boca seca y la polla dura contra la tela del bañador.

Volví al día siguiente. Y al otro. Me convertí en un animal de costumbres, agazapado siempre en el mismo hueco entre las dunas, esperando su ritual de mirar al horizonte y repartirse el aceite por el cuerpo. Cada tarde me prometía que esa sería la vez que me levantaría y me acercaría a hablarle. Que le preguntaría la hora, cualquier excusa. Y cada tarde me quedaba quieto, mirándola, con la mano metida por dentro del bañador y la verga hinchada entre los dedos, hasta que ella recogía la toalla y se marchaba sin saber que existía.

***

Tardé casi dos semanas en reunir el valor. Fue una mañana de viento, con el mar picado, cuando casi no había nadie. La encontré recogiendo sus cosas y, antes de pensarlo demasiado, le dije una tontería sobre las olas. Ella se rió, con una risa franca que no esperaba, y de pronto las palabras dejaron de costarme tanto.

Resultó que vivíamos a tres calles de distancia. Caminamos juntos de vuelta al pueblo, hablando de nada en particular, y descubrí que era fácil estar a su lado, mucho más fácil que mirarla en secreto. En la esquina donde nuestros caminos se separaban nos despedimos, y yo seguí hacia el supermercado convencido de que aquello no se repetiría.

Pero el pueblo es pequeño y el azar, caprichoso. Veinte minutos después la encontré sentada en el escalón de su portal, con cara de fastidio y el móvil en la mano. Había perdido las llaves de casa. Era sábado, el cerrajero solo hacía salidas de guardia y le había dicho que tardaría al menos un par de horas en aparecer.

—Y yo con toda la sal del mar pegada al cuerpo —se quejó, frotándose el antebrazo con una mueca—. Me pica todo.

Lo dije sin pensarlo, igual que había hecho con lo de las olas.

—Vivo aquí mismo. Si quieres, sube y te das una ducha mientras esperas. No tengo ropa de mujer, pero puedo dejarte una camiseta y un pantalón corto secos.

Mariana me miró un segundo más de lo necesario, calibrando, y la mueca se le transformó en una sonrisa amplia.

—¿Sabes que me estás salvando la tarde?

***

Subimos los dos tramos de escalera y abrí la puerta de mi piso. Es pequeño, ordenado a fuerza de vivir solo, con un balcón estrecho desde el que se cuela el ruido de las gaviotas. Saqué una toalla limpia del armario, se la di y le mostré el baño.

—No es gran cosa, pero el agua sale caliente —dije—. Una advertencia: la puerta no cierra bien. Con la humedad la pintura se hinchó y el pestillo no engancha. Pero estoy en el salón, tranquila.

—Gracias de verdad —contestó, y noté que lo decía en serio.

Ajusté la puerta hasta dejarla apenas encajada y me fui al salón. Me senté en el sofá, me froté las manos sin motivo, me levanté, volví a sentarme. Tantos días mirándola de lejos, inventándome su voz, su olor, el tacto de su piel, y ahora la tenía a unos metros, desnudándose detrás de una puerta que ni siquiera cerraba.

Oí correr el agua. Y entonces se me ocurrió la idea que había estado evitando desde que la invité a subir.

Me reconozco cobarde para casi todo, pero la curiosidad pudo conmigo. Me levanté del sofá despacio, cuidando de no hacer crujir el parqué, y avancé por el pasillo hasta la puerta del baño. Estaba entreabierta, no más de cinco centímetros, una rendija vertical de luz y vapor. Por ella podía ver el interior. Me dije que solo echaría un vistazo. Me mentí, claro.

Mariana se había quitado ya la ropa de la playa y estaba de pie frente al espejo, soltándose el moño. Tenía los brazos en alto, deshaciendo el nudo del pelo, y en esa postura la veía entera: las tetas erguidas por el gesto, los pezones oscuros y duros de la brisa que entraba por la ventana, la curva de la cintura, el triángulo de vello recortado entre los muslos, la espalda que tantas tardes había seguido con la mirada desde las dunas, ahora a apenas tres metros de mí. Tan cerca que me daba miedo respirar.

Se inclinó para descalzarse las sandalias y se me abrió, sin querer, la vista de su culo redondo y firme, y del coño asomando entre las piernas, con los labios brillantes por el vaho. Se incorporó y, con un movimiento de la mano, terminó de desvestirse. Yo seguía cada gesto desde la rendija, con el corazón golpeándome las costillas, la polla ya hinchada apretándome contra la cremallera, y la certeza de estar haciendo algo que no debía. Eso, lejos de frenarme, lo volvía todo más intenso.

Abrió el grifo y se metió bajo el chorro. El agua empezó a bajarle por el pelo, por los hombros, entre las tetas, resbalando por el vientre hasta perderse en la mata de vello del pubis, trazando caminos que yo había imaginado mil veces tendido detrás de una duna. Se me secó la garganta. La ropa empezó a estorbarme, el calor me subía por el cuello, y me apoyé en la pared del pasillo mientras me abría el botón del pantalón para que la verga dejara de dolerme apretada.

La vi enjabonarse despacio, sin prisa, como si el agua caliente le devolviera el cuerpo después del día de sal. Se pasaba la espuma por los hombros, por los brazos, se agarraba una teta con la mano llena de jabón y se la amasaba, deslizando el pulgar por encima del pezón hasta que se le ponía tieso como una piedra. Después se pasaba a la otra, y repetía el gesto con la misma calma. Así lo haría yo, pensé, pero con la boca, chupándole cada pezón hasta que se le escapara un gemido.

Bajó la mano enjabonada por el vientre. Yo aguantaba la respiración. La vi meterse los dedos entre las piernas, abrirse los labios del coño con el índice y el corazón, frotar despacio, con un cuidado que parecía inocente pero no lo era, porque enseguida arqueó el cuello hacia atrás, apoyó la nuca contra los azulejos y dejó escapar el aire por la boca abierta. Se estaba tocando. Se estaba tocando el coño con la mano llena de espuma, sabiendo o sin saber que la veía, y yo me saqué la polla del pantalón sin pensarlo, me la agarré con la mano derecha y empecé a pajearme al ritmo de sus dedos, mordiéndome el labio para no gemir.

Se frotaba el clítoris en círculos lentos, después más rápidos, y de vez en cuando se metía dos dedos y los hundía hasta el fondo, con la boca todavía abierta y las tetas subiendo y bajando bajo el agua caliente. Yo me pelaba la verga apretándome fuerte, con la punta ya mojada, mirando cómo se le tensaba el vientre, cómo abría las piernas más para dejarse mejor acceso, cómo se apoyaba de espaldas contra la pared para no caerse. La espuma le resbalaba por los muslos, se le mezclaba con lo que le salía a ella de dentro, y todo bajaba por sus piernas largas hasta perderse en el desagüe.

Aceleré la mano al mismo tiempo que ella. Vi cómo empezaba a jadear más alto, cómo los dedos se le movían frenéticos entre las piernas, cómo se agarraba una teta con la otra mano y se retorcía el pezón entre el índice y el pulgar. Se le escapó un «joder» apagado, un temblor de las caderas, y todo el cuerpo se le sacudió en un espasmo largo, con las rodillas medio dobladas, sujeta a los azulejos como si fueran lo único que la mantenía en pie. Yo me corrí a la vez, mordiéndome el puño para no soltar un gemido, con la corrida chorreándome por los dedos y goteando en el parqué del pasillo, sin poder apartar los ojos de ella.

Cerró el grifo de golpe. El silencio repentino me devolvió a la realidad como una bofetada. Por un instante me quedé congelado, convencido de que me había descubierto, de que iba a apartar la puerta y encontrarme allí, con la polla todavía fuera y la mano manchada, pegado a la rendija como un miserable.

Pero solo alargó el brazo buscando la toalla. La vi envolverse en ella, escurrirse el pelo, y entonces reaccioné. Me limpié la mano con un pañuelo del bolsillo, me guardé la verga aún dura y todavía palpitante, froté el suelo con el pie y volví al salón con el sigilo de un ladrón. Me dejé caer en el sofá y encendí un cigarro con dedos torpes, intentando recomponer la cara antes de que saliera.

***

Apareció minutos después, con mi camiseta gris y mis bermudas, el pelo mojado peinado hacia atrás y la piel todavía rosada del agua caliente. Los pezones se le marcaban a través de la camiseta, dos círculos oscuros y evidentes en la tela clara, y no llevaba ropa interior debajo de las bermudas porque las suyas estaban tendidas en el baño. Estaba preciosa de un modo distinto al de la playa, más real, más cercano, y me costó sostenerle la mirada sin pensar en lo que acababa de hacer.

—Esas bermudas te quedan mil veces mejor a ti que a mí —dije, buscando recuperar el control de mi voz.

—Tonterías —se rió, y se sentó en el otro extremo del sofá, con las piernas dobladas debajo del culo—. Gracias por la ducha. La necesitaba de verdad. Me has salvado de pasar dos horas hecha un cangrejo en el portal.

—Un placer —contesté, y sentí el doble filo de la palabra en la boca.

Hablamos un rato de cosas sin importancia, del pueblo, del mar, de lo mal que funcionan los cerrajeros en fin de semana. Yo asentía, contestaba, pero una parte de mí seguía detrás de aquella puerta entreabierta, viéndola meterse los dedos hasta el fondo del coño, y me preguntaba si ella lo notaba, si había algo en mi forma de mirarla que me delataba.

Sonó su teléfono. Era el cerrajero: estaba a cinco minutos del portal. Mariana se levantó, dejó la toalla doblada sobre el brazo del sofá y se dirigió a la puerta.

—Te devuelvo la ropa otro día —dijo—. Tendré que volver a verte, entonces.

—Cuando quieras —respondí, y por una vez no me costó decirlo.

La acompañé hasta el rellano. Me dio un beso en la mejilla, rápido, cálido, que me dejó el olor de mi propio jabón en su piel, y empezó a bajar la escalera. Gírate, pensé, mirando cómo descendía. Gírate, por favor.

Al llegar al final del tramo, justo antes de desaparecer por el portal, se detuvo. Volvió la cabeza, me buscó con la mirada y sonrió de un modo que no supe interpretar del todo, una sonrisa que tenía algo de pregunta y algo de respuesta.

—La próxima vez —dijo, despacio, sin dejar de mirarme— deberías arreglar el pestillo de ese baño. O dejarlo como está. Tú decides.

Y antes de que pudiera contestar nada, bajó el último escalón y se perdió en la calle con un «ciao» que me dejó clavado en el rellano, con la polla otra vez dura contra el pantalón, sin saber si acababa de descubrirme o de invitarme a follármela la próxima vez contra los azulejos de ese mismo baño.

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Comentarios(7)

Pibe_del_sur

Tremendo. Me atrapo de arranque y lo leí de un tirón.

FabiCuriosa

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas jaja

Vero_1983

Lo leí dos veces, en serio. Hay algo en como lo contás que se siente muy real, sin ser exagerado. El gancho del comienzo es de los mejores que lei ultimamente. Esperando el proximo!

RikoPlatense

jaja la excusa de las llaves, clasico de clasicos

Tano_Mdz

Muy entretenido, de esos que se leen de corrido. Saludos desde Mendoza

SolLectora

La tensión que se va acumulando es lo que mas disfrute. Muy bien logrado.

Marquitos77

excelente!!!

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