Se rompió una cañería y ella quiso mirarme
Voy a contarlo rápido, porque a medida que lo recuerdo me voy poniendo cachondo y sé perfectamente cómo va a terminar esto: con una paja de las que hacen historia. Así que vamos al grano.
Tengo cuarenta y ocho años. Soy un tipo grande, ancho de espaldas, nada de barriga. Jugué al rugby hasta pasados los treinta y todavía piso el gimnasio tres días por semana, así que conservo algo de lo que fui. La otra protagonista de esto es Pilar, una mujer unos años mayor que yo, rozando los sesenta. Tiene sobrepeso, no lo voy a esconder, pero hay algo en su mirada —pícara, divertida, siempre a punto de soltar una barbaridad— que la hace tremendamente apetecible. Sabe ser sexy sin proponérselo.
Nos conocemos desde hace treinta años, de la universidad. Y aunque parezca mentira, en todo ese tiempo nunca había pasado nada entre nosotros. Tensión sí que hubo siempre, ese roce que no llega a nada y se queda flotando en el aire cada vez que coincidíamos. Pero nada más. Hasta aquel día.
Llevábamos sin vernos desde la pandemia. Manteníamos el contacto por mensajes, alguna llamada larga, pero nada de verse las caras. Por fin pude organizarme para ir a visitarla. Ella se había comprado una casa en un pueblo bastante apartado, tierra adentro, lejos del ruido. Una casa vieja, de piedra, que estaba rehabilitando poco a poco. Y allá que me fui.
La idea original era un día de familia. Mis hijos, sus nietos, una comida larga y tranquila. Pero entre unas cosas y otras, los planes se fueron cayendo uno a uno hasta que al final acabamos solos. Ella y yo. En aquella casona a medio terminar, con todo el día por delante.
***
Estuvimos cocinando juntos, poniéndonos al día de mil tonterías, riéndonos como cuando teníamos veinte años. Esa risa cómplice que no se gasta. Recordamos aventuras de la facultad, profesores imposibles, fiestas que terminaban al amanecer. Todo inocente, todo limpio.
Y entonces, de repente, lo oímos.
Un golpe seco, brutal, como si algo hubiera estallado dentro de la pared. Después, el rugido del agua. Salimos corriendo los dos hacia el baño y nos encontramos con el desastre: un grifo había saltado literalmente por los aires, expulsado por la presión, y el agua brotaba como una fuente descontrolada que ya empapaba el suelo entero.
—¡La llave de paso! —gritó ella.
Nos lanzamos a ciegas. Yo intentaba taponar el chorro con las manos, como un idiota, y no conseguía más que mojarme entero y desviar el agua hacia los lados. Pilar rebuscaba bajo el lavabo, soltando palabrotas, hasta que por fin recordó dónde estaba la válvula de aquella zona de la casa. La giró con las dos manos y el agua, después de un último escupitajo, se rindió.
El silencio que vino después fue casi cómico. Los dos jadeando, empapados de pies a cabeza, en medio de un charco enorme. Nos miramos y empezamos a reírnos como críos.
Y fue al mirarla cuando me di cuenta.
La camiseta se le había pegado al cuerpo. Sus pechos, no muy grandes pero firmes para su edad, se marcaban con una claridad que me secó la boca. Se le notaban los pezones endurecidos por el agua fría a través de la tela mojada. Bajé la vista una décima de segundo de más.
Ella lo notó. Claro que lo notó.
—Quítate la ropa, que estás chorreando —me dijo, con media sonrisa.
Y ahí algo se encendió dentro de mí. Tengo una vena exhibicionista que no he reconocido nunca en voz alta, pero que llevo escondida desde siempre. Empecé a desnudarme delante de ella, despacio, sin apartar los ojos de los suyos. La camiseta. El pantalón. Me quedé en los bóxers, que entre el agua y la situación se me marcaban de una manera que no dejaba lugar a dudas. Estaba empalmándome y no hice nada por disimularlo.
—Anda, anda… —dijo ella, alzando una ceja—. Que ni el frío te quita la alegría, por lo que veo.
—¿Qué quieres decir? —respondí, haciéndome el inocente.
—Quítate todo, hombre, no te andes con tonterías. A nuestra edad ya no nos asusta nada.
Lo soltó entre risas, con esa sonrisa pícara que le conocía desde hacía tres décadas y que nunca había significado lo que significaba en ese momento. Y yo, que soy obediente cuando me conviene, dejé que mis ojos viajaran de su cara a sus pechos marcados una última vez, y me bajé el bóxer. Me quedé completamente desnudo en mitad del pasillo, con la polla dura apuntándola.
—¿Así querías decir? —pregunté—. ¿Y tú? ¿No te vas a resfriar con esa camiseta empapada?
Ella se rió, negó con la cabeza como quien acepta un desafío, y se la quitó de un tirón.
***
Verla así, con el torso desnudo y esa mirada divertida y caliente a la vez, hizo que se me pusiera todavía más dura, tiesa como un mástil. Pilar lo miró sin ningún pudor.
—Vaya, vaya. Sí que te cuidas para la edad que tienes —dijo, mirándome directamente la entrepierna—. Y mira cómo se te ha puesto la cosa.
—¿Me das algo para secarme o me dejas que coja una pulmonía? —pregunté, medio en broma.
—Ni hablar. Te voy a poner al lado de la chimenea, tal cual estás, mientras yo me alegro la vista y me tomo una copa de vino. Pedazo de exhibicionista, que eres un exhibicionista.
Y allá fuimos. Ella se echó una toalla por encima de los hombros, a modo de chal, tapándose lo justo. Yo, en cambio, caminé delante de ella desnudo y empalmado, sabiendo perfectamente que me estaba mirando el culo a cada paso. Lo hacía a propósito. Quería que mirara.
Me senté donde me indicó, en un sillón orejero viejo frente al fuego. Ella se acomodó enfrente, con su copa de vino, cruzando las piernas.
—Para ser la primera vez que me ves desnudo —dije—, lo estás mirando bastante bien, ¿eh?
—No cierres las piernas —respondió, ignorando mi comentario—. Hoy voy a verte todo lo que no te he visto en treinta años. Siéntate bien y déjate mirar.
Estaba desconocida. La amiga de toda la vida, la que me reñía por llegar tarde a los exámenes, me ordenaba abrir las piernas en el salón de su casa. Y a mí me encantaba.
***
Así estuvimos un buen rato. Ella bebiendo su vino, recorriéndome con los ojos sin ninguna prisa, deteniéndose en mi polla, en mis huevos, en mis muslos. Yo, con mi vaso de refresco —tenía que conducir de vuelta—, dejándome mirar y disfrutando de cada segundo de aquella inspección descarada.
Cuando llevaba media botella, se removió en su asiento.
—Esto no es justo —dijo, lamiéndose una gota de vino del labio—. Tú enseñando todo y yo aquí tapada. ¿No quieres ver tú también?
—Claro que quiero ver. ¿Lo dudas?
No terminé la frase y ya se estaba levantando. Se dio la vuelta, me ofreció la espalda, y se bajó los pantalones despacio. No llevaba nada debajo. Apareció su culo, ancho y rotundo, y cuando se giró para mirarme me mostró el pubis depilado, liso y claro a la luz del fuego.
Mi polla, que se había calmado un poco, volvió a levantarse de golpe. Ella se rió al verlo.
—Como abras más las piernas no voy a poder resistirlo —le dije con la voz tomada—. Voy a tener que hacer algo.
Y antes de que terminara la frase, ella ya se había vuelto a sentar, esta vez con las piernas abiertas, mostrándome su sexo maduro y húmedo sin ningún pudor. Brillaba. Estaba tan excitada como yo.
—No aguanto más —solté—. O te lo como, o te follo, o me la pelo aquí mismo.
—Hoy es día de mirar —dijo ella, mordiéndose el labio—. Enséñame cómo te corres.
***
Imaginaos. Dos horas conteniéndome, mirándola, dejándome mirar, con la tensión acumulándose en cada centímetro del cuerpo. Cuando por fin me llevé la mano a la polla y empecé a moverla, fue como abrir una presa.
Subía y bajaba el puño despacio al principio, marcando el ritmo para ella, que no apartaba la vista. Se mordía los labios. Abría y cerraba las piernas, enseñándome y escondiéndome su humedad, jugando conmigo, poniéndome más cachondo a cada movimiento. Su olor empezó a inundar el salón, denso y caliente, y eso me volvía loco.
—Eso es —susurraba ella—. Más rápido. Quiero ver cómo te salta.
Me soltaba obscenidades en voz baja, con esa mirada divertida y encendida a la vez, mientras sus dedos se acercaban a su propio sexo sin llegar del todo a tocarlo. Mi mano subía y bajaba cada vez más rápido por el tronco. El placer se me acumulaba en la base de la espalda, en los muslos, en todas partes.
Fue una de las mejores pajas de mi vida. Dos horas de espera concentradas en un solo instante.
Con un gruñido y un espasmo que me sacudió entero, me corrí. La leche salió disparada con tanta fuerza que casi la salpico a ella, que soltó una carcajada de pura sorpresa y satisfacción.
—Madre mía —dijo, todavía riendo—. Sí que tenías ganas.
***
Y justo entonces, como en una mala comedia, sonó su teléfono.
Era su hija. Ella y los nietos estaban a punto de llegar, a cinco minutos del pueblo. El día de familia, que se había caído por la mañana, se reconstruía de golpe en el peor momento posible.
Nos miramos un segundo, todavía jadeando, y estallamos en risas nerviosas. Después, a recoger. Limpiar las pruebas del delito, vestirnos a toda prisa, abrir las ventanas para ventilar aquel salón que olía a lo que olía, secar el charco del baño y fingir que allí no había pasado absolutamente nada más que una avería de fontanería.
Cuando su hija cruzó la puerta con los niños, Pilar y yo estábamos sentados en la cocina, cada uno con su copa, hablando del grifo roto como dos viejos amigos. Ella me lanzó una mirada por encima del hombro de su nieto, esa mirada pícara de siempre, y supe que aquello no había sido un accidente de un solo día.
Estoy deseando volver de visita. Dicen que en esa casa antigua todavía quedan muchas cosas por arreglar. Y yo, encantado de ayudar.





