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Relatos Ardientes

El mirón de la playa por fin nos tocó

Durante años nos cruzamos con el mismo hombre en aquella playa apartada, escondida tras unas dunas largas y un camino incómodo que casi nadie quería recorrer. Al principio solo era un mirón más, uno de esos tipos que fingen pasear sin rumbo mientras buscan dónde clavar los ojos. Con el tiempo dejó de ser un desconocido, y sin haber compartido apenas palabras, terminó formando parte de una rutina que mi mujer y yo esperábamos cada verano.

Entre nosotros nunca hubo engaños. Todo empezó como una fantasía hablada en voz baja, en la cama, cuando ella me confesó que le excitaba saberse observada y a mí me ponía duro verla abrirse para otro sin dejar de ser mía. Así fuimos llevando el juego cada temporada, avisándole con un mensaje breve cuando sabíamos que iríamos a nuestro rincón, dejándole claro que podía mirar, acercarse un poco más cada vez, tensar ese hilo invisible que nos unía a los tres.

Aquel verano parecía distinto. Pasaron las semanas y no coincidimos ni una sola vez. Pensamos que, después de tantos años de silencios cómplices y pajas furtivas entre toallas, el juego se había terminado. Mi mujer fingía que le daba igual, pero cuando preparábamos las cosas para ir a la playa siempre me preguntaba si creía que aparecería.

Ese día fuimos con ganas de sobra acumulada. Llegamos temprano a nuestro sitio, armamos el toldo lateral para taparnos de la orilla y nos tumbamos sobre la arena caliente con la seguridad de quien conoce bien el terreno. Habíamos follado en casa antes de salir, despacio, solo para calentar, y en el coche nos fuimos tocando todo el camino. Los dos estábamos al límite, pero habíamos decidido aguantar.

Mi mujer llevaba un vestido ligero encima del bikini, aunque apenas tardó unos minutos en quitárselo. Se quedó con la parte de arriba desatada y la braguita corrida hacia un lado, como hacía siempre cuando empezaba a provocarme de verdad. Yo la miraba abrir las piernas bajo la sombra y ya notaba la polla dura, apretada contra el bañador, mientras ella sonreía como si supiera exactamente cuánto me iba a hacer sufrir.

—Hoy tengo ganas de jugar en serio —me dijo, pasándose dos dedos por el canalillo y bajando luego la mano hasta acariciarse por encima de la tela húmeda.

—Entonces más te vale aguantar —le respondí.

—Si aparece, no pienso portarme bien.

Nos besamos largo, con lengua, con esa mezcla de costumbre y hambre que solo da una pareja que lleva años compartiendo fantasías. Le aparté la braguita y metí la mano entre sus muslos. Ya estaba mojada, muy mojada, con el coño caliente y blando bajo mis dedos. Ella abrió más las piernas y soltó un gemido corto cuando le froté el clítoris despacio.

Pasamos horas así, entre caricias y pausas, aparentando normalidad cada vez que alguien cruzaba lejos por la arena. Cuando la playa empezó a vaciarse y la luz cambió, pensé que no vendría. Ya estábamos casi recogiendo cuando lo vi aparecer a lo lejos, caminando por la orilla con ese paso contenido del que no quiere parecer ansioso. En cuanto nos reconoció, dejó de mirar al mar y subió directo hacia las dunas.

Sentí un vuelco inmediato en el estómago. Mi mujer también lo vio y se mordió el labio inferior. No hizo falta hablar mucho. Volvimos a colocar la sombrilla, levantamos un poco más el lateral del toldo y dejamos la zona medio cerrada, suficiente para taparnos de lejos y seguir siendo visibles de cerca.

—¿Le dejo acercarse? —le pregunté, aunque sabía la respuesta.

Ella no contestó con palabras. Se tumbó boca abajo, abrió las rodillas sobre la toalla y levantó apenas las caderas, dejando el culo redondo en pompa. Luego metió la mano por debajo de sí misma y empezó a tocarse el coño con lentitud, separándose los labios y embarrándose de su propia humedad.

Yo le hice una seña al hombre. La de siempre. Esta vez, sin embargo, no venía solo a mirar desde dos metros más lejos.

Se acercó despacio, con respeto, casi conteniendo la respiración. Era un hombre adulto, curtido por el sol, discreto incluso con la polla marcándosele bajo el bañador mojado. Se arrodilló donde le indiqué, a la espalda de mi mujer, dentro ya de nuestro pequeño refugio de tela y arena. Desde ahí podía verla entera: el culo abierto por la postura, la espalda arqueada, la mano hundida entre los muslos.

Yo me senté frente a ella y saqué la polla. Ella la agarró sin dejar de mover el culo hacia atrás, la besó en la punta y empezó a mamármela con hambre. No era una mamada suave ni decorativa. Se la metía en la boca hasta donde podía, tragando saliva, sacándola para lamerme el tronco y volver a hundírsela entera. Cada vez que me rozaba con los labios yo apretaba los dientes para no correrme demasiado pronto.

Mientras tanto le metí dos dedos en el coño. Entraron sin resistencia, resbalando en su humedad. Ella gimió con mi polla en la boca y movió las caderas buscando más. A su espalda, nuestro mirón se estaba masturbando ya sin disimulo, con la verga semierecta primero, más dura a cada segundo, a apenas unos centímetros de su culo.

Me miró pidiendo permiso sin hablar. Yo asentí.

La primera vez que le puso las manos encima a mi mujer fue casi torpe, como si temiera romper el hechizo. Las dejó sobre sus nalgas grandes, las apretó con cuidado y luego con más hambre, amasándolas de verdad. Ella no se apartó. Al contrario: separó aún más las piernas y siguió chupándome como una loca, empujando la cara contra mi pelvis mientras yo le abría el coño con los dedos.

Él bajó una mano hasta su ano y lo rodeó con la yema de un dedo. Mi mujer dio un respingo y soltó un gemido grave contra mi polla. Sabía que era él, pensé. Claro que lo sabía. Y le estaba encantando.

Yo seguía metiéndole y sacándole los dedos, mojándoselos con su propia excitación, frotándole el clítoris con el pulgar. Él sobaba su culo, lo separaba, acariciaba el borde apretado del ano y se masturbaba cada vez más rápido con la otra mano. La visión era tan brutal que apenas podía decidir dónde mirar: al culo de mi mujer temblando bajo las manos del otro, a su boca tragándose mi polla, o a la verga ajena botando a la altura de mi cara.

En un momento simplemente pasó. Sin pensarlo, alargué la mano libre y le agarré la polla. Dura como piedra. Caliente. Más gruesa de lo que esperaba. Él se quedó quieto un segundo, sorprendido, y cuando vio que no era una broma ni una prueba, soltó el aire y me dejó hacer.

Empecé a masturbársela al mismo ritmo con el que le metía los dedos a mi mujer. Una mano en su coño, otra en su verga. Ella mamándome. Él tocándole el culo. Los tres jadeando dentro de aquel rincón ridículo de playa, escondidos a medias, con el sonido del mar detrás y la arena pegándose a las rodillas.

—Joder... —murmuró él por primera vez, con la voz rota.

Mi mujer me soltó la polla solo para tomar aire y dijo, mirándome desde abajo:

—No pares. Quiero sentirlo todo.

Le metí un tercer dedo y arqueó la espalda con un gemido largo. Él le abrió más las nalgas y rozó otra vez su ano. Yo seguí pajéandolo con fuerza, notando cómo se le tensaba toda la base antes de correrse. Y entonces ya no aguanté más. Mi mujer volvió a hundirse mi polla hasta el fondo y me corrí en su garganta, caliente y espeso, mientras seguía con la mano dentro de su coño y la otra apretando la verga del mirón.

Ella tragó casi todo, apartándose al final solo para dejar que un hilo de saliva y semen le cayera por la barbilla. Respiraba agitada, con los ojos entornados y las mejillas encendidas. Nuestro invitado seguía sin correrse, temblando de excitación mientras yo aún lo sujetaba.

Nos quedamos así unos segundos, recomponiéndonos apenas. Luego ella se giró sobre la toalla y se puso boca arriba. Se echó el sombrero sobre la cara, no para esconderse de nosotros, sino para entregarse del todo. Abrió las piernas y dejó el coño completamente expuesto, brillante, hinchado, palpitando todavía por mis dedos.

Él se arrodilló entre sus muslos como si hubiese esperado esa imagen durante media vida. Su polla, tiesa y húmeda, le rebotaba contra el vientre mientras la contemplaba. Yo me coloqué a un lado, le abrí más con las manos y empecé a acariciarla despacio, separándole los labios, jugando con el clítoris, metiendo un dedo y luego dos otra vez.

—Cómeme —dijo ella, con la voz ronca.

No me lo repitió. Bajé la cabeza y le hundí la lengua en el coño. Estaba resbaladísimo, con ese sabor salado y caliente que me volvía loco. La lamí de abajo arriba, deteniéndome en el clítoris, chupándoselo con fuerza mientras ella me sujetaba del pelo y se retorcía sobre la toalla. Desde ahí veía de reojo al otro hombre pajeándose sin apartar la vista de su coño y de mi boca trabajando entre sus piernas.

Mi mujer me agarró la polla y empezó a masturbarme mientras yo la devoraba. La alternaba con mamadas cortas, húmedas, sucias, sacándome la polla de la boca solo para volver a gemir cuando yo le clavaba más la lengua. Él estaba tan cerca que varias veces su verga rozó mi hombro y mi mejilla. No se apartó. Yo tampoco.

—Mírala cómo se abre para ti —dije, levantando la cabeza un momento.

Él soltó un quejido y se la meneó con más fuerza.

—Llevo años soñando con esto.

—Pues mira bien —respondió ella, apartándose un poco el sombrero para verlo—. Y no te quedes quieto.

Al oírla, él se inclinó y le puso una mano en una teta, apretándola con torpeza primero y con hambre después. Con la otra siguió masturbándose. Yo seguí comiéndole el coño sin pausa, chupándole el clítoris hasta que empezó a contraer los muslos alrededor de mi cabeza. Sabía que estaba a punto por cómo me tiraba del pelo, por cómo su vientre temblaba, por el modo en que me empujaba la cara contra el sexo como si quisiera asfixiarme ahí.

No pude evitarlo: volví a agarrarle la polla al otro. Esta vez mi mujer lo vio y se excitó todavía más. Le subí el ritmo a él con la mano, apretando fuerte en cada bajada, mientras con la otra seguía abriéndole el coño a ella para lamerla mejor.

Entonces él habló, ya sin filtros.

—Mira cómo se corre el cabrón mientras te toca y me la agarra.

Yo levanté la vista de golpe, tenso, pero mi mujer respondió antes de que pudiera pensar.

—Sí —dijo con un jadeo sucio—. A este mariconazo le pone verme abierta para otro. Y más si te hace correrte con su mano.

Escucharle eso a ella me atravesó como una descarga. Era un lenguaje que usábamos en privado, parte de nuestro juego más íntimo, y oírselo decir delante de él, con el coño abierto y mojado, me desarmó por completo. Ella lo sabía. Lo vio en mi cara y sonrió apenas antes de volver a gemir.

Le saqué la polla de la boca y me masturbé encima de su pecho. No tardé nada. Me corrí sobre sus tetas, dejando chorros calientes que le salpicaron la piel y el cuello. Ella se untó parte con los dedos y siguió tocándose el clítoris mientras yo, todavía temblando, no soltaba la verga del otro hombre.

Mi mujer estaba ya al borde. Se abrió con las dos manos, mostrándose más, ofreciéndose con descaro. Yo bajé otra vez a su coño y le metí la lengua con fuerza, rápida, insistente, mientras la otra mano seguía pajéandolo a él hasta llevarlo casi a la locura. El hombre jadeaba, con las caderas empujando al vacío, una mano apretándole una teta a mi mujer y la otra clavada en mi hombro para no caerse.

—Me corro —avisó él, ronco.

—Espérate —ordenó ella—. Quiero correrme contigo mirándome.

Le obedeció. Yo se la mamé apenas un segundo a mi mujer, chupándole el clítoris hasta que pegó un grito ahogado y arqueó toda la espalda. Se corrió duro, con espasmos visibles, apretándome la cabeza entre los muslos y manchándome la boca. En cuanto la sentí venirse, aceleré la mano sobre la polla ajena hasta el final.

Él bramó casi al mismo tiempo. Se corrió con sacudidas violentas, soltando chorros espesos sobre la arena, cerca del pubis de mi mujer, con algunas gotas cayéndole en el muslo y en mis dedos. Ella lo miró sin apartar las piernas, todavía convulsionando por su orgasmo, y yo seguí apretándole la verga hasta sacarle la última pulsación.

Nos quedamos los tres respirando como animales, derrumbados dentro de aquella trinchera improvisada de toallas y viento. El mar sonaba igual que siempre, indiferente. Nadie dijo nada durante un rato. Solo había cuerpos sudados, semen mezclado con arena y esa vergüenza dulce que llega justo después de hacer realidad una fantasía demasiado vieja.

Él fue el primero en apartarse. Lo hizo con la misma discreción con la que había entrado, limpiándose como pudo y bajando la cabeza, quizá por pudor, quizá por respeto. Yo no lo detuve. Entre nosotros nunca hicieron falta grandes discursos.

Mi mujer se incorporó despacio. Tenía el pecho manchado, el coño brillante, el pelo revuelto por el sudor y la sal. La besé en la boca sin importarme el sabor mezclado de mi corrida y la suya. Ella me devolvió el beso con una calma casi tierna, muy distinta de la ferocidad de hacía un minuto.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Estoy de puta madre —respondió, sonriendo—. Y tú también lo estás.

La ayudé a levantarse. El otro hombre ya se alejaba hacia las dunas, sin volver la vista, comportándose como un caballero raro y silencioso que supo estar exactamente donde debía. Nosotros recogimos lo imprescindible y caminamos de la mano hacia el agua.

Las olas nos dieron en los tobillos y luego en las rodillas. Mi mujer se agachó a enjuagarse los muslos, y yo le limpié el pecho con ambas manos mientras ella soltaba una risa cansada. La abracé por la cintura y nos quedamos un momento así, mirando el horizonte, sintiendo cómo el agua fría borraba las huellas visibles de lo que acabábamos de hacer.

—Después de tantos años —murmuró ella—, por fin dejó de ser solo un mirón.

—¿Te arrepientes?

Se giró, me besó otra vez y negó con la cabeza.

—Mándale otro mensaje cuando volvamos —dijo—. La próxima vez quiero verlo aún más de cerca.

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Comentarios(5)

Romi_lec

excelente!!!! me quede con ganas de leer mas

SilviaMdza

Por favor escribi la segunda parte, necesito saber como termino todo jaja. Muy bueno!!

LectorNocturno_88

Me recordo a unas vacaciones en la playa hace unos años, hay algo en esa tension que se siente demasiado real. Muy buen relato, sigue asi

Mauro_BA

la tension que fuiste construyendo es increible. Se nota la mano de alguien que sabe escribir, felicitaciones!

AnaPlaya_ok

jaja me mato el final, que morboso todo. Quiero mas!!

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