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Relatos Ardientes

El vecino me miraba desde la ventana

Hola otra vez. Para quienes no me conocen, voy a decirlo claro: soy una mujer adulta, de las que saben perfectamente el efecto que causan cuando quieren provocarlo. No soy inocente, aunque más de una vez me lo hayan supuesto por la cara. Mi cuerpo, en cambio, no deja mucho espacio para las dudas, y hace tiempo dejé de fingir que no me gusta que me miren.

Después de terminar una relación larga, me quedé con demasiadas ganas acumuladas y sin nadie fijo con quien gastarlas. Al principio pensé que me iba a costar, pero me pasó lo contrario: empecé a descubrir que la falta de pareja me daba una libertad brutal. Ya no tenía que cuidarme de celos ni de explicaciones. Si quería ponerme una tanga mínima, salir sin ropa interior o pasearme frente a una ventana sabiendo que alguien podía verme, era asunto mío.

Todo empezó como un juego simple. Una tarde me puse un pantalón deportivo ajustadísimo y decidí salir sin calzones a un supermercado de mi zona. Llevaba una blusa corta, zapatillas blancas y el pelo recogido, nada exagerado si uno quería hacerse la tonta, pero yo sabía bien lo que estaba haciendo.

Con cada paso sentía la tela rozándome directo entre las piernas, marcándome más de la cuenta. No tardé ni diez minutos en notar las primeras miradas. Hombres solos, un cajero, uno que fingía elegir productos mientras me repasaba el culo cuando me agachaba. Yo me demoraba a propósito frente a los estantes bajos, separando un poco las piernas, empinándome más de lo necesario. El calor que me subía por dentro era tan fuerte que volví a casa con las bragas ausentes pesándome en la cabeza como una promesa.

Ese día me masturbé recordando cada mirada. Me abrí las piernas sobre la cama, todavía con el pantalón puesto hasta las rodillas, y metí los dedos bajo la tela húmeda. Acabé rápido, apretando los muslos, excitada no por una cara concreta sino por la idea de haber sido comida con los ojos por varios desconocidos.

Desde entonces, empecé a repetirlo. A veces era un vestido corto por la calle. A veces leggings sin nada debajo. A veces camisones ligeros en mi cuarto, cuya ventana daba de frente a otros departamentos y negocios del otro lado de la avenida. Mi habitación estaba en una segunda planta y yo misma convertí ese espacio en escenario.

Doblar ropa frente a la ventana se volvió una excusa. Barrer en camiseta larga y panties también. Inclinarme sobre la cama, estirarme, agacharme, subir una pierna a la silla mientras me ponía crema. Todo era una pequeña función privada para ojos ajenos. Y lo mejor era no saber siempre quién estaba mirando.

Hasta que un día sí lo supe.

Al otro lado de la calle, en otro segundo piso, empecé a distinguir a un hombre que aparecía con demasiada frecuencia. No era un niño ni nada parecido; era claramente un adulto joven, quizá de veintitantos, moreno, delgado, con hombros secos y la costumbre de quedarse quieto en penumbra, como si pensara que así nadie lo veía. Pero yo lo veía. Y cuanto más lo notaba, más descarada me volvía.

Me ponía leggings sin tanga y caminaba por el cuarto sabiendo que él estaba ahí. Una noche incluso me quedé frente a la ventana acomodándome el camisón muy despacio, dejando que subiera más de la cuenta por mis muslos. No podía verle la cara con claridad, pero sí la postura tensa, inmóvil. Ese detalle me hizo hervir.

También empecé a ir al gimnasio con ropa ajustada solo para sentir el mismo efecto. No iba a entrenar en serio, si soy sincera. Iba a verme en los espejos y a sentir cómo se desviaban los ojos hacia mi culo cuando hacía sentadillas o me inclinaba. Esa sensación de estar siendo observada me tenía cada vez más perra, más hambrienta, más necesitada de llevar el juego un paso más allá.

Y el paso llegó un sábado.

Ese día me puse una falda corta recta, una blusa celeste y tenis. Bajé a la tienda de la esquina a comprar unas cosas sin verdadera necesidad. No había avanzado ni media cuadra cuando sentí una presencia detrás de mí. No era paranoia: los pasos mantenían distancia, pero me seguían.

Volteé apenas en el reflejo de un vidrio y lo reconocí. Era el vecino de la ventana. En persona se veía mejor: de mi estatura o un poco menos, piel morena, barba apenas marcada, brazos definidos sin exagerar. Me seguía con unos papeles en la mano y una mirada clavada exactamente donde yo imaginaba.

Entré a la tienda con el pulso disparado. Mientras elegía cualquier tontería, notaba su reflejo detrás de mí. Yo me agaché una vez más de lo necesario a tomar una botella de abajo y sentí ese segundo de silencio espeso, ese vacío de aire que deja una mirada concentrada en el culo de una mujer. Salí con la bolsa y caminé de regreso sin darme vuelta. Él siguió detrás.

Cuando entré a mi casa, pensé que la escena iba a quedar ahí, convertida luego en otra paja gloriosa. Pero tocaron el timbre casi enseguida.

Era él.

Me dijo, nervioso pero decidido, que se había mudado al edificio de enfrente con unos amigos y que andaba buscando trabajo. Necesitaba ayuda para armar un currículum y preguntó si podía prestarle una computadora un momento. La excusa era tan torpe que casi me da risa, pero también era perfecta. Lo hice pasar.

Mi madre andaba en la casa y eso me dejó tranquila solo por un instante. Él se presentó, dijo que acababa de instalarse enfrente y vi cómo me miraba de reojo al notarlo yo también. Me puse roja como una idiota. Un rato después, mi madre salió a hacer unas compras y me dejó sola con «el vecino nuevo» y su famoso currículum.

Lo senté en el comedor, junto al mueble de la computadora. Yo seguí un momento en la cocina, fingiendo normalidad. Me preguntó un par de cosas y terminé acercándome para hacerlo yo misma más rápido. Me senté en una silla giratoria, crucé las piernas y empecé a escribir.

La falda se me subió apenas me acomodé. No hice nada por bajarla. Sentía su mirada en mis muslos, en la curva interna, en el espacio exacto donde la tela terminaba. Cada vez que acercaba el brazo para señalar algo en la pantalla, su olor me llegaba más fuerte y yo me humedecía más.

—¿Te molesta si uso el baño? —preguntó.

Le indiqué dónde estaba y seguí con el documento. Cuando volvió, yo estaba inclinada hacia delante acomodando unas hojas en la impresora. Lo vi por el reflejo de la pantalla. Se había quedado parado detrás de mí, mirándome el culo sin disimulo mientras la falda tirante marcaba todo. No dije nada. Al contrario: me incliné un poco más.

Le entregué las hojas impresas y, en vez de despedirlo, dejé que la situación siguiera respirando. No sé cuál de los dos habló primero de bailar, pero en dos minutos ya teníamos música sonando desde su celular. Me dijo que no conocía bien el estilo de acá y que quería aprender. Yo podría haber dicho que no. En vez de eso, subí a mi cuarto por unos tacones altos, solo para que me viera subir y volver con las piernas más tensas y el culo todavía más levantado.

Cuando bajé, me recorrió con la boca medio abierta. Ahí supe que ya estaba hecho.

Empezamos con algo suave. Le enseñé a llevar el ritmo, una mano en mi cintura, una vuelta, otra. Como yo iba más alta por los tacones, su cara quedaba a la altura de mis pechos y sus manos rozaban demasiado abajo cada vez que intentaba guiarme. Yo no sabía bailar tan bien, pero sí sabía moverme lo suficiente para frotarme contra él con apariencia de error.

Después cambió la música a algo más pegado. Se colocó detrás de mí y dudé por puro teatro.

—Eso ya no es enseñar —le dije, girando apenas la cabeza.

—Solo una canción —contestó con una voz más grave de la que esperaba.

Me dejé. Su cuerpo se pegó a mi espalda y sentí su verga endurecerse a través del pantalón. El primer roce me sacó un gemido muy leve que disimulé con una risa. Empecé a mover las caderas, lenta al principio, y él respondió apretándome la cintura con más firmeza. Sus manos fueron bajando. Rozó mis nalgas una vez. Luego otra, ya sin accidente posible.

Yo estaba ardiendo. Giré y lo senté en una silla del comedor.

—Mira —le dije—, a veces las chicas hacen así.

Me subí sobre sus piernas y empecé a moverme encima de él, despacio, frotando mi coño cubierto por la tela de la falda contra su bulto duro. Sus manos subieron desde mis muslos hasta mis caderas, luego a mis nalgas, y de ahí más arriba, apretándome las tetas por encima de la blusa con una torpeza que en vez de molestarme me puso peor. Yo me dejaba caer en pequeños sentones, sintiendo cómo me buscaba entre las piernas aunque la ropa siguiera puesta.

Cuando la canción terminó, quise incorporarme, pero él me sujetó de la cintura.

—Otra —pidió.

No contesté. Me quedé ahí, respirándole encima, notando la urgencia en su cara. Puso otra canción y nos levantamos. Esta vez no tardó nada en abrazarme por la espalda, morderme el pecho por encima de la blusa y agarrarme el culo con descaro. Ese gesto me quebró la poca prudencia que me quedaba.

Lo empujé hasta el sofá y me senté a horcajadas sobre él. Nos besamos por fin, con hambre de verdad. Le metí la lengua hasta sentirlo gemir dentro de mi boca y él me abrió la blusa con manos ansiosas. Me saqué la prenda yo misma, después el sujetador, y le planté las tetas en la cara. Se prendió de un pezón con la boca mientras me estrujaba la otra teta con la mano. Yo le agarré la cabeza y la apreté contra mí, necesitando más presión, más saliva, más todo.

—Así, joder... así —le dije.

Bajé la mano a su pantalón y palpé su verga dura. La sobé por encima un momento, disfrutando cómo se retorcía debajo de mí, y luego abrí el cierre. La saqué. No era enorme, pero sí gruesa, bonita y muy tiesa. La miré un segundo, me mordí el labio y me agaché.

La primera chupada fue desesperada. Tenía demasiadas ganas acumuladas para fingir delicadeza. Me metí la punta en la boca, la lamí alrededor del glande y bajé todo lo que pude de una vez. Él soltó un jadeo seco y me agarró el pelo sin saber bien si podía. Yo levanté los ojos hacia él y seguí, más sucia, más rápida, dejando saliva correr por el tronco para pajearlo con una mano mientras lo mamaba.

—Mierda... vecina... —murmuró, incrédulo.

Le chupé la verga como si llevara meses esperando esa boca llena. Lo sacaba y volvía a meterlo, lamiendo por debajo, apretándolo entre mis labios, tragando cada vez un poco más. Notaba el pulso en su polla y el temblor en sus muslos. Mi coño se me escurría solo, empapando la tela de la falda.

Entonces me vibró el celular. Miré la pantalla: un mensaje avisando que en pocos minutos volverían a casa. Esa urgencia terminó de volverme loca.

Dejé el teléfono a un lado, me levanté y me quité la falda de un tirón. Debajo no llevaba nada. Me quedé solo con los tacones y la blusa abierta a medio sacar, desnuda de cintura para abajo, el coño brillante y abierto frente a sus ojos.

—¿Te gusta mirar? —le pregunté, respirando rápido.

—Sí.

—¿Desde la ventana también?

Se quedó callado un segundo y luego asintió.

—Me la he jalado viéndote varias veces.

Sentí una oleada de calor subir desde el vientre hasta la cara. Le agarré la verga con la mano, me acomodé encima y la guié a mi entrada. Estaba tan húmeda que resbaló fácil. Bajé despacio al principio, sintiendo cómo me abría, y luego me dejé caer completa.

—Joder... —solté, cerrando los ojos.

Estaba duro de verdad, grueso, y me llenó de una forma que llevaba semanas necesitando. Empecé a cabalgarlo con ansia, rebotando sobre su polla, clavando los tacones en el piso para impulsarme mejor. Él me agarró las caderas y me acompañó desde abajo, mirándome las tetas saltar, la cara descompuesta de gusto, la forma en que mi coño lo tragaba y lo soltaba una y otra vez.

—Qué rica estás —me dijo entre dientes.

—No hables, fóllame.

Pero no quería dejar el control todavía. Seguí montándolo, cada vez más rápido, sintiendo el golpe de su pubis contra mi culo, el roce exacto en mi clítoris, la humedad deslizándose entre nosotros. Me incliné hacia delante para besarlo y él aprovechó para apretarme las nalgas con ambas manos, abriéndome más, metiéndome la polla hasta el fondo en cada sentón.

Yo gemía sin disimulo. Me salían palabras sucias solas, como si llevaran semanas formándose.

—Así... sí... métemela toda... no pares...

Él empezó a empujar desde abajo con más fuerza. La torpeza inicial se le había ido rápido; cuando entendió el ritmo, me cogía bien. Se quedaba dentro un segundo más al fondo y luego subía las caderas para encontrarse conmigo. El sofá crujía, mis tetas le golpeaban el pecho, y la idea de que en cualquier momento podían abrir la puerta me tenía al borde del delirio.

Me levanté apenas para cambiar de postura y él me tomó de la cintura. Me giró y me dobló sobre el brazo del sofá. Quedé a cuatro patas, con el culo abierto para él, las piernas temblándome y la verga rozándome la entrada otra vez.

—Dame nalgadas —le dije, mirando por encima del hombro.

Me soltó la primera algo tímida. Chasqueé la lengua.

—Más fuerte.

La segunda sí sonó de verdad. Me ardió delicioso. A la tercera ya me estaba penetrando al mismo tiempo, entrándome con embestidas cortas y rápidas mientras una mano me sujetaba por la cadera. Sentí otra cachetada en el culo y gemí más alto.

—Así, así... no seas suave conmigo.

Me agarró del pelo y tiró lo justo para arquearme más. Entonces empezó a follarme en serio. Su verga entraba y salía con un ritmo crudo, húmedo, cada vez más firme. Yo tenía la cara hundida en el respaldo del sofá, mordiéndolo para no gritar demasiado, mientras él me abría a palmadas y me clavaba la polla una y otra vez.

El sonido era obsceno: piel contra piel, mi coño mojado tragándolo, mis quejidos cortados. Una mano suya bajó entre mis piernas y me buscó el clítoris con dedos torpes pero insistentes. Eso me desarmó.

—No pares... ahí... ahí, joder...

Sentía el orgasmo acercándose como una presión insoportable. Él también estaba cerca; se le notaba en la respiración rota, en cómo los empujes se volvían menos regulares y más violentos. Me agarré al sofá y moví el culo hacia atrás para recibirlo mejor, pidiéndole más profundidad, más fuerza, más verga.

—¿Dónde la quieres? —preguntó, ahogado.

No dudé ni medio segundo.

—Dentro. Córrete dentro.

Gruñó algo que ni entendí y me embistió tres veces más, profundas, desordenadas, hasta quedarse metido por completo. Lo sentí correrse caliente dentro de mí, en pulsos claros, llenándome mientras me apretaba la cadera con una mano y el pelo con la otra. Esa sensación me disparó por encima del borde. Acabé casi al mismo tiempo, con un orgasmo largo, sucio, de piernas flojas y gemido imposible de contener.

Me quedé temblando, todavía doblada, sintiendo cómo su semen se mezclaba con toda mi humedad y se movía dentro con los últimos espasmos. Él salió despacio y yo me incorporé a medias, con el cuerpo caliente, el culo marcado por las nalgadas y las piernas inútiles.

Nos miramos unos segundos sin decir nada. La sala olía a sexo reciente y urgencia. Él se acomodó el pantalón, todavía sonriendo como si no pudiera creer lo que acababa de pasar.

—Gracias por la ayuda con el currículum —dijo al fin, con una cara descarada que me hizo reír.

Yo recogí mi falda del piso y me la puse sin ropa interior, sintiendo el líquido resbalar apenas al moverme.

—De nada —le contesté—. Y más te vale seguir atento a tu ventana.

Se mordió el labio, entendiendo perfecto.

Lo acompañé a la puerta. Antes de salir, me recorrió otra vez con la mirada, desde el escote mal abrochado hasta las piernas desnudas bajo la falda. No hizo falta prometer nada. Ya sabíamos los dos que aquello no había sido un accidente.

Cuando se fue, subí a mi cuarto y me acerqué a la ventana. Corrí apenas la cortina y miré hacia enfrente. Tardó poco en aparecer al otro lado, en su propio marco, buscándome. Yo sonreí, levanté un poco el borde del camisón que había dejado sobre la cama y lo vi quedarse quieto, atento, obediente.

Mi nueva rutina acababa de encontrar espectador fijo. Y yo, para qué mentir, estaba más puta que nunca.

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Comentarios(5)

MartinBaires

tremendo relato!! me engancho desde el primer parrafo

Tomas_Mdeo

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como termina todo esto

ViajeraSecreta

jaja me recordo a cuando vivia frente a un edificio y tenia algo parecido... aunque la mia termino diferente jaja

lectorBA

increible como fue subiendo la tension de a poco. muy bien logrado

Mirko_cba

Me gusto que no se apuro, fue construyendo todo de a poco. Se agradece ese ritmo, no es comun encontrarlo

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