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Relatos Ardientes

La milf del parque que todos querían mirar

Tener a una mujer obediente no sirve de nada si uno solo la usa entre cuatro paredes. Yo siempre he pensado que el verdadero morbo empieza cuando el cuerpo se expone, cuando el riesgo de ser visto convierte una simple orden en una descarga mental mucho más fuerte que cualquier polvo rápido y mecánico.

Samanta lo sabía. Por eso aceptaba mis juegos con esa mezcla de nervios, sumisión y hambre sexual que tanto me gustaba provocarle. Era una mujer madura, de esas que llaman la atención incluso cuando intenta pasar desapercibida: caderas amplias, tetas generosas, culo firme y una forma descarada de respirar cuando estaba excitada.

Aquella tarde hacía calor, y yo quería verla deshacerse por dentro mientras la miraban otros hombres. No buscaba solo que enseñara carne. Quería que sintiera el peso de las miradas, que notara pollas endurecerse a su alrededor sin poder tocarlas, que se mojara sabiendo que obedecía para mí mientras servía de espectáculo para desconocidos.

Le pedí que recogiera a sus dos niñas y luego se acercara a un parque amplio, con bancos, senderos y suficiente gente como para que el juego tuviera sentido. Nada improvisado. Todo calculado.

Cuando llegó, me mantuve apartado, sentado en un banco desde el que podía controlarlo todo sin llamar la atención. Ella no me miró de inmediato. Llevaba una camiseta negra larga, lo bastante corta como para dejar claro que debajo no había margen para demasiado decoro, y un pantalón ceñido que le mordía el coño y el culo con una obscenidad casi insultante.

La tela se le hundía entre las nalgas de una forma tan evidente que cualquier hombre con ojos iba a fijarse. Además, llevaba dentro lo que yo le había ordenado antes de salir: un plug anal con base de joya violeta, bien colocado para que, si se inclinaba, pudiera verse sin ninguna duda.

Me escribió apenas se sentó cerca del arenero donde jugaban las niñas.

—Estoy aquí, Amo.

Le respondí enseguida.

—Levántate. Ve con ellas y agáchate sin doblar las rodillas. Quiero que el tipo de la gorra, el que está a tu derecha, vea lo que llevas dentro.

Samanta obedeció sin titubear. Caminó despacio hasta el borde del arenero, les dijo algo a las niñas y luego se inclinó hacia delante. La camiseta se deslizó apenas lo justo. El pantalón se le metió por completo entre las nalgas y dejó la joya del plug expuesta, brillando bajo la luz de la tarde.

Vi al hombre levantar la cabeza del móvil y quedarse quieto. Primero no entendió lo que estaba viendo. Después entornó los ojos. Luego abrió la boca. La sorpresa se le convirtió en morbo en cuestión de segundos.

Samanta se quedó así un poco más de la cuenta, fingiendo sacudirles arena de las piernas a las niñas. El hombre ya no apartaba la vista. Con una torpeza casi adolescente, llevó el móvil a una posición mejor y apuntó la cámara.

Yo sonreí. Ella sabía que la estaban fotografiando. Eso la encendía. La idea de ser capturada por la mirada ajena, de quedarse grabada en el teléfono de un desconocido para su paja posterior, la volvía loca.

Regresó al banco y me mandó otro mensaje.

—Ya me he mojado.

—No me sorprende, cerda —le contesté—. Ahora siéntate con las piernas abiertas y recuéstate. Quiero que la costura del pantalón se te clave bien en el coño. No te tapes.

Lo hizo despacio, como si buscara comodidad, pero yo conocía de sobra el efecto de esa postura sobre su cuerpo. Separó los muslos, echó la espalda atrás y dejó el sexo tensando la tela. Desde donde estaba, podía ver el bulto húmedo formándose en la entrepierna y cómo la prenda se le marcaba entre los labios.

Un chico joven, ya adulto, que estaba cerca con otro muchacho, dejó de mirar su pantalla y clavó los ojos en ella. Se quedó inmóvil, tragando saliva. Samanta fingía leer en el teléfono, pero sabía perfectamente que la estaban devorando con la vista.

Le escribí otra vez.

—Vuelve con las niñas. Ponte otra vez de espaldas al chico. Quédate agachada y dale tiempo para grabarte bien.

Esta vez, cuando se inclinó, la escena fue todavía más descarada. El plug centelleó al sol, el pantalón desapareció entre sus nalgas y la camiseta, al quedar colgando, dejó entrever parte de sus tetas pesadas moviéndose debajo de la tela. El chico ya no fingió. Puso el móvil en horizontal y comenzó a grabar.

Yo podía imaginar la respiración de Samanta bajo la mascarilla ligera que llevaba, ese jadeo corto que le salía cuando la excitación le empapaba el coño. Y efectivamente, un minuto después me escribió.

—Amo, estoy chorreando.

—Claro que sí. Eres una guarra exhibicionista. Ahora quiero más. Siéntate y sube los talones al borde del banco. Ábrete bien. Tócate como si fuera casual.

La vi recolocarse con lentitud. Apoyó los pies en el asiento, abrió las piernas y dejó el coño en primer plano para cualquiera que pasara por delante. La camiseta no llegaba a cubrirle la entrepierna. El pantalón, tan ajustado, prácticamente dibujaba sus labios. Bajó una mano mientras con la otra seguía usando el móvil.

Al principio solo frotó por encima de la tela. Un roce circular, lento, apenas insinuado. Después apretó más. Su muñeca empezó a moverse con ese ritmo corto y exacto que yo le conozco tan bien. El coño le latía tanto que la tela parecía viva.

El chico que la grababa se quedó enganchado. Lo noté en cómo cruzó las piernas primero y luego en cómo tuvo que acomodarse para ocultar la erección. Cerca de él, otro hombre mayor caminó más despacio al pasar, volvió la cabeza dos veces y terminó sentándose en un banco lateral para seguir mirando.

Samanta separó un poco más las piernas. Metió dos dedos por el borde del pantalón, directamente entre los labios, y al sacarlos los llevó un segundo bajo la pantalla del móvil, como si escribiera. Yo sabía que estaban empapados.

—Enséñame mejor lo puta que estás —le ordené por mensaje—. Quiero que te metas los dedos de verdad.

Ella deslizó la mano otra vez, esta vez con descaro. Los dedos desaparecieron por completo entre sus piernas. Su espalda se arqueó. Cerró los ojos apenas un instante y volvió a abrirlos, clavándolos en la pantalla para no delatarse demasiado. Se estaba metiendo los dedos en pleno parque, a pocos metros de otras personas, con varios hombres masturbándose mentalmente con cada gesto suyo.

Desde mi banco pude ver el movimiento húmedo de su mano bajo la tela. No era una simple caricia. Se estaba follando con los dedos. Entraban y salían, cortos al principio, más decididos después, buscando el punto exacto que la deshacía.

Un brillo oscuro apareció en la entrepierna del pantalón. Luego más. Se estaba mojando tanto que la tela ya no lo disimulaba. Apreté la mandíbula al imaginar cómo tendría el coño por dentro: hinchado, resbaladizo, abierto en torno a sus dedos.

Me mandó un audio muy breve, casi un suspiro.

—Necesito correrme.

—Todavía no. Aguanta. Quiero llevarte más arriba.

La tuve así un rato, obligándola a quedarse al borde. Subía y bajaba la mano, se frotaba el clítoris, volvía a meterse dedos, sacaba el pulgar mojado y seguía. Cada orden mía la iba vaciando por dentro de vergüenza y llenando de calentura. Eso en ella era la mezcla perfecta.

Cuando ya tenía los muslos tensos y la respiración visible incluso a la distancia, le mandé la siguiente orden.

—Llévalas a la parte del fondo. Los bancos junto a los arbustos. Siéntate ahí y espera.

Ella se levantó con torpeza. Al ponerse de pie, vi cómo juntaba ligeramente las piernas por reflejo, seguramente sintiendo el chorro de flujo bajarle desde el coño hasta la entrepierna. Caminó con las niñas hacia la zona más apartada del parque, una hilera de bancos semiescondidos por setos altos y árboles.

Yo me moví con calma para mantener una buena vista sin delatarme. Allí había más privacidad, pero no total. Era justo lo que quería.

Samanta se sentó y aparentó ordenar unas cosas en una mochila. Las niñas se entretuvieron cerca, sin prestar atención. Varios hombres pasaban por el sendero lateral. Uno de ellos se fijó en ella de inmediato y redujo el paso. Otro directamente se quedó apoyado en una baranda cercana, fumando y observando demasiado.

Le escribí:

—Bájate el pantalón lo justo. Sácate el plug despacio. Quiero verlo todo.

Tardó unos segundos en responder.

—Sí, Amo.

Abrió un poco las piernas y se cubrió parcialmente con la camiseta, aunque más para fingir que para esconderse. Desabrochó el botón del pantalón y bajó la cremallera. Luego introdujo dos dedos por detrás, buscó la base del plug y empezó a tirar despacio.

La imagen era obscena. Su culo se tensó. El esfínter se resistió un poco, abrazando el juguete antes de soltarlo. La joya violeta asomó más, luego una primera esfera, luego otra, gruesas y brillantes por la lubricación. Samanta mordió el labio y dejó escapar un jadeo ahogado cuando terminó de sacarlo entero.

Incluso desde la distancia podía ver cómo el plug salía cubierto de lubricante espeso. Ella lo sostuvo un instante en la mano, temblando, y luego se llevó esos mismos dedos al coño. Se tocó con desesperación, usando la humedad anal y la suya propia para resbalar mejor.

Uno de los hombres del sendero se quedó parado sin disimulo. El del cigarro se acomodó el pantalón. Un tercero pasó dos veces seguidas por el mismo sitio. Samanta estaba haciendo exactamente lo que yo quería: convertir un rincón de parque en una pista de exhibición para mirones hambrientos.

—Métete dos dedos y córrete —le ordené—. Quiero ver cómo te corres pensando en todas esas pollas mirando.

Ella obedeció al instante. Separó más los muslos, metió dos dedos hasta el fondo y empezó a follarse con ellos con una rapidez desesperada. La mano subía y bajaba entre sus piernas, mojada, brillante. Luego salió un momento solo para frotarse el clítoris con movimientos circulares violentos, casi brutales.

La conozco bien: cuando está a punto, aprieta la mandíbula, echa la cabeza apenas hacia atrás y abre un poco la boca. Eso mismo hizo. Los dedos volvieron a entrar. Se empaló con ellos una, dos, tres veces, y en la cuarta se quebró.

Se corrió allí mismo, temblando en el banco. Le vi el espasmo en los muslos, en el vientre, en el modo en que se agarró a la madera con la otra mano para no derrumbarse. Siguió moviendo los dedos durante el orgasmo, exprimiéndose cada contracción. Cuando los sacó, estaban cubiertos de flujo. Mucho flujo.

En vez de limpiarse, se chupó dos dedos despacio. Un gesto obsceno, deliberado. El hombre del cigarro se dio la vuelta para ocultar la erección, pero no se fue. El otro, el que se había quedado quieto, ya estaba claramente tocándose por encima del pantalón.

Yo ya no quería seguir alargando el juego. La tenía lo bastante caliente como para usarla de verdad.

—Vuelve al coche —le escribí—. Ahora.

Samanta se recompuso como pudo, guardó el plug en el bolso y recogió a las niñas. Caminó hacia el estacionamiento con la rigidez de quien lleva el coño latiendo y el culo vacío después de haberlo tenido lleno toda la tarde. Yo fui por otro lado y llegué antes.

Cuando subió al vehículo, me bastó mirarla para saber que estaba al límite. Tenía la cara encendida, el pecho subiendo y bajando deprisa y la entrepierna claramente oscurecida por la humedad. Las niñas se acomodaron atrás con sus cosas, distraídas, y ella ocupó el asiento del acompañante.

Le indiqué con la mirada un aparcamiento más apartado, detrás de una línea de árboles y lejos del tránsito principal. Conduje hasta allí en silencio. Cuando detuve el motor, ella ya tenía las piernas apretadas y las manos cerradas sobre los muslos.

—Por favor —susurró—. Métemela de una vez.

—¿Así le hablas a quien te ha tenido toda la tarde sirviendo de paja para medio parque?

Giró hacia mí con los ojos brillantes.

—No, Amo. Perdón. Pero necesito polla. No puedo más. Tengo el coño ardiendo.

No quise escuchar nada más. Le agarré la nuca y la besé con fuerza, metiéndole la lengua hasta callarla. Sabía a saliva nerviosa y a excitación retenida. Ella me respondió de inmediato, desesperada, metiendo una mano entre mis piernas para apretar la verga a través del pantalón.

—Fuera —le ordené.

Samanta se bajó del coche conmigo y fue hasta la parte trasera. Abrí la puerta, abatí un poco el asiento y la empujé hacia dentro. No había espacio de sobra, pero sí el suficiente para follar incómodos, sudados y con urgencia. Justo como ella se lo había ganado.

Le bajé el pantalón y la ropa interior de un tirón. El coño apareció brillante, abierto, hinchado y pegajoso. Tenía los labios completamente mojados y un hilo de flujo le caía hacia el muslo.

—Mírate cómo estás —le dije, abriéndole las piernas con la mano—. Pareces un jodido charco.

Ella gimió.

—Es por usted. Todo esto es por usted.

Le metí dos dedos sin aviso. Entraron hasta el fondo con una facilidad indecente, produciendo un sonido húmedo, espeso. Samanta se arqueó enseguida, empujando el coño contra mi mano.

—Joder, qué abierta estás.

—Llevo toda la tarde pensando en su polla.

Saqué los dedos y se los restregué por la boca. Los chupó con hambre. Luego se arrodilló como pudo dentro del espacio estrecho del coche y me abrió el pantalón.

Me sacó la verga dura y se la quedó mirando un segundo, jadeando, antes de lanzarse sobre ella. Me la tragó de golpe hasta donde pudo, sin delicadeza, con esa urgencia obscena de quien ya no está jugando. La boca le resbalaba llena de saliva mientras subía y bajaba la cabeza con ganas.

Le agarré el pelo y marqué el ritmo. Se la metí más hondo, empujando hasta hacerla toser. El sonido húmedo de su garganta llenó el coche. Babas, jadeos, respiración rota. Me encantaba verla así, después de haberla obligado a calentar a otros hombres para terminar usándola yo.

—Chúpala bien, puta —le dije—. Has hecho sufrir a demasiadas pollas ahí fuera.

Ella apartó la boca un instante, con saliva en la barbilla.

—Quiero que me folle. Quiero sentirla dentro.

La levanté, la giré y la puse de espaldas, inclinada sobre el asiento. Le separé el culo con ambas manos y contemplé su ano todavía algo abierto por el plug, y su coño palpitando abajo, brillante y tembloroso.

Escupí sobre los dedos y le froté el culo primero, solo para hacerla gemir, antes de bajar hasta el coño y extenderle toda la humedad. Luego coloqué la punta de la verga en su entrada.

—Cuenta lo que quieres.

—Que me la meta —jadeó—. Toda. Fuerte.

Se la clavé de una embestida. Entera. Hasta el fondo.

Samanta gritó, un grito corto y ahogado que enseguida se convirtió en gemido grave. Se agarró al asiento con las dos manos y echó el culo hacia atrás para recibirme mejor. Su coño me apretó con una fuerza brutal, como si quisiera ordeñarme la polla allí mismo.

Empecé a follarla sin pausa. Salía casi hasta la punta y volvía a entrar de golpe, húmedo, duro, arrancándole pequeños espasmos con cada choque. El coche se movía. Ella jadeaba mi nombre de juego, una y otra vez.

—Más, Amo… así… joder… así…

Le agarré una teta por debajo de la camiseta y se la apreté con fuerza mientras la follaba. El pezón estaba duro como una piedra. Con la otra mano le abrí más el culo y metí un dedo en el ano aprovechando que seguía dilatado del plug.

El efecto fue inmediato. Samanta soltó un gemido ronco y se corrió casi sin aviso, apretándome la verga de forma salvaje. Noté el temblor en todo su cuerpo, cómo el coño se le contraía una y otra vez mientras yo seguía empujando, usando ese orgasmo como lubricante para follarla más fuerte todavía.

—No pare… no pare… por favor…

No pensaba parar. La saqué un momento y la giré para ponerla semisentada, con las piernas abiertas y una de ellas sobre mi hombro. En esa postura su coño quedaba completamente expuesto, abierto y chorreando.

Se la metí otra vez. Más despacio al principio, solo para verla sentir cada centímetro. Luego aceleré. Mis huevos le golpeaban el culo, su flujo me corría por la base de la polla y cada embestida sacaba un ruido húmedo que me estaba volviendo loco.

Samanta se llevó una mano al clítoris y empezó a frotarse frenética mientras yo la penetraba. Tenía la mirada perdida, la boca abierta y la cara de pura puta agradecida que pone cuando ya no piensa en nada más que en correrse.

—¿Así querías la recompensa? —le pregunté, clavándosela hasta el fondo.

—Sí… sí… joder… así… métemela… revénteme el coño…

Seguí embistiendo sin compasión. Su mano se movía rápido sobre el clítoris, mi polla le entraba dura y profunda, y el coche olía a sudor, saliva y sexo reciente. Era imposible no pensar en los hombres del parque masturbándose con lo que habían visto sin saber que esa misma mujer estaba ahora siendo follada de verdad a pocos metros.

Ella se tensó de repente. Lo vi venir por cómo cerró los muslos y arqueó el cuello.

—Me corro otra vez… me corro…

Le sujeté la cara y la obligué a mirarme.

—Hazlo.

Se corrió con un gemido largo, sucio, completamente entregada. El orgasmo le sacudió el vientre y le dejó el coño latiendo alrededor de mi verga. Seguí dándole sin frenar hasta sentir que yo también estaba al límite.

La saqué y la arrodillé entre los asientos.

—Abre la boca.

La abrió de inmediato, jadeante, con saliva en los labios. Me la agarró con una mano y empezó a pajearme mientras me lamía la punta. Bastaron unas pocas pasadas más de su lengua y su mano húmeda para que me corriera. Le vacié la corrida en la boca, en chorros espesos que ella recibió sin apartarse, tragando una parte y dejando que el resto le resbalara por la lengua.

Cuando terminé, siguió chupando despacio, limpiando lo que quedaba con una devoción obscena que me hizo agarrarle otra vez del pelo.

—Buena chica.

Samanta respiró hondo, se limpió la comisura de la boca con los dedos y sonrió con una satisfacción agotada.

—Ha valido la pena cada mirada.

Le subí el pantalón con calma. La tela volvió a pegarse a su coño hinchado y empapado. Todavía le temblaban las piernas. Antes de salir del coche, se inclinó hacia mí y me susurró al oído:

—La próxima vez quiero algo peor. Quiero que me miren más. Quiero acabar tan mojada que no pueda ni caminar.

Le acaricié la barbilla y sonreí.

—La próxima vez te llevaré a otro sitio. Y no solo te van a mirar.

Ella tragó saliva. Vi cómo ese simple anticipo le devolvía el brillo a los ojos.

Arrancamos unos minutos después, con el parque ya quedando atrás y el coche todavía cargado con el olor de nuestra follada. Samanta viajó callada, con los muslos apretados y una media sonrisa de puta satisfecha. Yo sabía que, en su cabeza, la tarde no había terminado: apenas se había convertido en otra fantasía más lista para repetirse.

Para quienes leen desde Buenos Aires: escorts VIP en Recoleta, con fotos reales.

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Comentarios(5)

ElLectorNocturno

increible!!! sigue publicando que sos de mis favoritos aca

Lectora_BsAs

Por favor que haya segunda parte, quede enganchada y se corto justo cuando mas queria saber jaja

RubenMdp

Me gusto mucho como capturaste la tension del momento. Se nota que sabes escribir, no es el tipico relato de estos sitios

Silvina_MG

jaja ay ese final, no me lo esperaba para nada

CuriosoNomade

Muy buen relato. ¿Es una historia real o ficcion? Tiene ese toque de veracidad que engancha desde la primera linea

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