Renata obedeció cada orden de su joven dueña
El club todavía latía cuando salieron al aire frío de la madrugada. Renata se ajustó el abrigo sobre los hombros mientras Sabrina la guiaba por el codo, sin prisa, como quien lleva algo que le pertenece. Habían bailado pegadas durante horas, se habían besado en la pista bajo las luces, y Sabrina, con esa coquetería suya que rozaba la crueldad, les había lanzado miradas a un par de jóvenes en la barra.
Los muchachos creyeron que era una invitación. Las siguieron afuera, apurando el paso, pero para cuando alcanzaron la calle, las dos mujeres ya habían subido a la camioneta y el motor estaba en marcha. Desde la ventanilla, Sabrina les sopló un beso con la palma de la mano y arrancó.
—Pobres —dijo riendo—. Se quedaron con las ganas.
Renata miró por el espejo retrovisor las caras de decepción que se encogían en la distancia. Eran las dos de la mañana. Había tiempo de sobra para lo que Sabrina tenía preparado.
Siempre tiene algo preparado.
***
Llegaron a casa y subieron directo al dormitorio. Sabrina encendió la pantalla que colgaba frente a la cama, y por un segundo se vio una habitación a media luz, apenas sombras, nada definido. Renata no le dio importancia. Estaba acostumbrada a los caprichos de su amante, a las luces tenues, a los objetos nuevos que aparecían sin explicación.
Se desnudó mientras esperaba. Dobló la ropa sobre la silla, se sentó en el borde del colchón y dejó que el frescor de las sábanas le erizara la piel. Sabrina no tardó en volver. Entró con unas medias blancas que le llegaban hasta el muslo y nada más encima, igual que Renata. En la mano traía el látigo. El mismo que la última vez le había dejado marcas que tardaron días en borrarse.
—Hoy no voy a atarte —dijo Sabrina con calma—. Quiero que tú misma te coloques. Que decidas quedarte. Que estés dispuesta a dejarme hacer lo que se me antoje.
Renata tragó saliva. Asintió sin palabras y se acomodó boca abajo en el centro de la cama, los brazos estirados hacia adelante, las nalgas ofrecidas. Lo había prometido en el club, entre risas y susurros, aunque entonces no entendía del todo por qué. Ahora tampoco. Pero obedecer se había vuelto un reflejo más dulce que cualquier resistencia.
El primer latigazo cayó seco sobre sus nalgas. Renata llevó las manos atrás por instinto, cubriéndose, y los ojos se le llenaron de un brillo húmedo. El segundo no llegó.
—Te perdoné las manos esta vez —dijo Sabrina, la voz baja y cortante—. Si lo vuelves a hacer, te las voy a marcar a ellas, y eso sí que duele. Mantenlas lejos.
No esperó respuesta. Volvió al trabajo, esta vez girando la muñeca para que solo las puntas del látigo rozaran la piel. No era el golpe lo que la hacía estremecerse, sino ese ardor fino, casi quirúrgico, que se acumulaba en cada repaso y le encendía los dos glúteos. Renata clavó los dedos en la sábana. Aprendió a no moverse.
Sabrina pasó a la espalda. Ahí no quería castigar, solo enrojecer. Unos cuantos golpes medianos, suficientes para teñir la piel de un rosa caliente, para que toda la superficie de su amante vibrara con una sensibilidad nueva.
Cuando terminó, lanzó el látigo a un lado y se tendió sobre ella. Le acarició la espalda ardida con la palma abierta, le besó la nuca, los hombros, le mordió suave el borde de la oreja.
—Qué buena eres —murmuró—. Mi niña hermosa. No sabes cuánto te quiero.
Renata cerró los ojos. Esa ternura repentina, después del dolor, la desarmaba más que cualquier golpe.
***
Sabrina se incorporó y tomó el arnés con el consolador que descansaba sobre la cómoda. Se lo ajustó a las caderas con movimientos prácticos, sin dejar de mirarla.
—Date la vuelta. Quiero verte la cara.
Renata obedeció. Sabrina se inclinó, le separó los muslos y le besó el sexo despacio, jugando con la lengua, mientras con la otra mano le buscaba la boca para besarla. Renata gimió contra sus labios. Sabrina le levantó las piernas, apoyó la punta del consolador en la entrada y empezó a deslizarlo, milímetro a milímetro, observando cómo el rostro de la mujer se aflojaba en suspiros.
Entró del todo. Las caderas de Sabrina encontraron un ritmo lento al principio, luego más firme, y Renata, ya perdida, le arañó la espalda cuando el primer orgasmo la atravesó. No le dieron tregua. Sabrina siguió moviéndose, atenta a cada temblor, hasta que la sintió tensarse otra vez.
En el instante exacto del segundo orgasmo, Sabrina tiró del extremo de la cola de zorro que Renata llevaba clavada desde antes de salir. El tirón dolió, pero llegó mezclado con el placer, y la sorpresa lo convirtió en otra cosa, en un latigazo de electricidad que la dejó sin aire.
—Voltéate —ordenó Sabrina—. Te voy a coger desde atrás.
Renata se acomodó de espaldas. Sabrina volvió a penetrarla, arrodillada sobre sus piernas, y mientras la embestía empezó a hundirle los dedos en el ano, que el juguete había mantenido dilatado durante horas. Entraban con una facilidad que a Renata le daba vergüenza y placer a partes iguales.
***
—Ponte en cuatro —dijo Sabrina.
Tomó el lubricante, se lo extendió por el consolador y dejó caer un poco frío sobre la entrada de su amante. Apoyó la punta y empujó. Renata sintió el grosor abrirse paso, incómodo al principio, pero el cuerpo cedió sin pelear, acostumbrado ya a ser tomado de esa manera. La mitad entró entre suspiros cada vez más hondos.
Renata empezó a mecerse sola, hacia atrás, buscando más. Sabrina lo notó.
—Sigues gozando, perra —dijo, divertida.
—Me encanta sentirme llena por ahí —contestó Renata con la voz ronca.
Sabrina la tomó del pelo y tiró hacia atrás, obligándola a levantar la cabeza, a arquear la espalda. Empujó hasta el fondo, hasta que las nalgas marcadas de Renata rozaron su vientre, y la mantuvo así, inmóvil, sujeta del cabello, la cara en alto.
Y entonces Renata se fijó en la pantalla.
***
La imagen había cobrado movimiento. Al principio no entendía qué miraba: la cámara perdía el foco a ratos, y solo se distinguían dos sombras sobre una cama, dos cuerpos que se besaban. No le dio importancia. Cerró los ojos.
—Métemela fuerte —pidió—. Sácala y métemela.
—¿Quieres que te destruya este culo? —se rio Sabrina, y empezó a embestirla con fuerza, apoyando una rodilla a su lado para ganar impulso. Le tiró otra vez del pelo—. Mira la pantalla. Quiero que veas eso.
Renata levantó la vista, todavía aturdida. La imagen se aclaró. Tardó un segundo en reconocer la habitación, y otro más en reconocer a la chica de la cama.
Era su hija.
—¿Qué es esto? —Renata giró el cuello de golpe, espantada—. ¿Qué significa?
Sabrina ni se inmutó.
—Tu hija me pidió permiso para traer a su novio esta noche. Le di la llave del cuarto de al lado. ¿Iba a negárselo? También tiene sus necesidades.
Renata intentó zafarse del consolador, escapar hacia adelante, pero Sabrina la sujetó de las caderas con las dos manos y la obligó a empalarse de nuevo. Esta vez dolió de verdad, por la rabia con que lo hizo.
—Deja de ser la madre posesiva —siguió Sabrina, inclinándose sobre su espalda—. Dime, ¿qué pensaría ella si tuviera una cámara grabándonos a nosotras? Si te viera ahora mismo, ensartada por otra mujer.
Renata empezó a suplicar. Que se la sacara, que apagara la pantalla, que le jurara que no había ninguna cámara filmándolas a ellas.
—Claro que la hay —dijo Sabrina al oído, casi con dulzura—. Desde nuestro primer encuentro. Pero no te preocupes, tu hija no lo verá nunca. Eso es solo para nosotras.
Renata se derrumbó sobre el colchón. Sabrina la siguió sin que el consolador saliera, dejando caer el peso de su cuerpo para que sintiera que seguía sometida, que no había ningún lugar adonde huir. Las lágrimas le mojaron la sábana.
***
Sabrina sí salió, al fin. Renata quedó tendida, inmóvil, sollozando bajito. Pero la noche no había terminado para su dueña.
Fue hasta la cómoda y se cambió el arnés por uno más grueso, de punta cónica, hecho para abrirse paso. Lo lubricó con paciencia y volvió a la cama.
—Empínate otra vez —dijo.
Renata no se movió. Mantuvo la cara hundida en el colchón, llorando en silencio.
—Mi querida puta, deja de lloriquear y obedece. O hago que obedezcas.
Como respuesta, dejó caer un golpe seco con el cinto que tenía en la otra mano. La marca floreció roja sobre las nalgas. Renata gritó, pero no levantó las caderas. Cayó un segundo cinturonazo.
—Veamos cuántos aguantas antes de hacerme caso.
Aguantó cinco. Al sexto, se colocó en la posición que Sabrina exigía.
—¿Ves lo que te cuesta? —dijo Sabrina, acariciándole la espalda—. Mira nada más cómo me obligas a maltratar tus nalgas tan bonitas. Solo espero que esos gritos no los hayan reconocido tu hija y su novio. Y su amigo.
Renata levantó la cabeza hacia la pantalla. En la otra habitación, su hija —veinte años recién cumplidos— ya no estaba con un solo hombre. Eran dos. Montada sobre uno, esperaba que el otro se acomodara detrás de ella. Una doble penetración que Renata no quería ver y de la que no podía apartar los ojos.
—Por culpa de tus lloriqueos nos perdimos lo mejor —comentó Sabrina con falso reproche—. Igualita de putita que su madre.
***
Renata sintió de nuevo la punta del consolador contra su ano, ahora más grueso, abriéndola al máximo. Sabrina untó más aceite. La punta entró rápido, pero la parte ancha encontró resistencia. Renata pidió que parara. Por supuesto que Sabrina no paró. Empujó y retiró, una y otra vez, ganando terreno con cada embestida, ensanchándola sin piedad.
—Grita fuerte —le susurró—. A ver si tu hija reconoce la voz de su mamá.
Logró pasar la mitad y le arrancó un alarido que Renata trató de ahogar mordiendo las sábanas. Sabrina lo sacó de golpe y volvió a hundirlo, robándole otro grito. Sabía exactamente cómo mantener controladas a sus presas. Salió y entró, salió y entró, disfrutando del poder de hacerla aullar. Poco a poco, los gritos se fueron convirtiendo en gemidos largos, en esos suspiros profundos que solo nacen cuando el placer termina por imponerse al dolor.
Sabrina deslizó una mano bajo el vientre de Renata y la hizo levantarse a medias. Con la otra le tomó un pecho, apretándolo, y bajó los dedos hasta el clítoris, frotando con firmeza. La mezcla —el ano invadido, el clítoris encendido— desbordó a Renata en un orgasmo tan hondo que le sacudió las piernas. Al terminar, la sensibilidad la traicionó: un calor incontrolable la recorrió y se orinó allí mismo, sobre la cama, sin poder evitarlo.
Sabrina retiró el consolador de un solo movimiento y la dejó caer de bruces, como una marioneta a la que le cortan los hilos.
***
Eran casi las cinco de la mañana cuando Sabrina, mirando la pantalla, vio que la hija de Renata se despedía y se marchaba con sus acompañantes. En el cuarto de al lado se apagó la luz.
En la cama, Renata seguía tendida, incapaz de mover un músculo, vencida por el placer y por todo lo demás. Sabrina se acostó a su lado, le apartó el pelo de la cara empapada y la besó en la sien con una ternura que, después de esa noche, ya no significaba lo mismo.
—Descansa, mi niña —le dijo—. Mañana borraremos la cinta. O quizá no.