Mi novio quiso verme con otro y yo le seguí el juego
Me llamo Mariana, tengo veinticuatro años y llevo cinco con Daniel. Nunca fui de las que se conforman con una relación tibia, y por suerte él tampoco. Probamos casi todo lo que se puede probar entre dos personas que se desean, y aun así siempre aparecía algo nuevo. Daniel es de esos hombres que disfrutan viéndome arreglada, que me compran lencería sin que la pida, que se quedan mirándome cuando salgo del baño envuelta en una toalla. Y a mí me encanta sentirme deseada. Con él me gané la lotería.
Esa tarde yo estaba en casa de mi madre, tomando mate en el patio, cuando me vibró el teléfono.
—Amor —escribió.
—¿Qué pasó? —contesté.
—Me puse a pensar y se me ocurrieron varios inventos.
Acá vamos otra vez.
—¿Ahora qué se te metió en la cabeza? —le pregunté, ya sonriendo sola.
—Te los digo, y vos me decís si querés probarlos. Aunque sea una vez, a ver si te gusta.
—Yo siempre termino haciendo todo lo que se te ocurre —escribí—. Dale, contame.
—No pienses que soy raro.
—Raro ya sos. Por eso te quiero.
Tardó un poco en mandar la lista. Cuando llegó, la leí dos veces.
—Uno: coger en la calle, en una plaza, de noche. Dos: que salgas a caminar con lencería, tacones y un collar, lejos de acá. Tres: un vibrador con bluetooth que yo manejo desde el teléfono. Cuatro: verte besar y tocar con otro hombre.
Me quedé mirando la pantalla. Las tres primeras me las imaginaba, eran travesuras nuestras. La cuarta era otra cosa.
—La primera la hacemos cuando quieras. La segunda, de noche y lejos, puede ser. La tercera comprala de una vez, que hace meses la prometés. La cuarta… ¿estás seguro de eso?
—Segurísimo —respondió enseguida—. Lo vengo pensando hace rato, me daba un poco de vergüenza decírtelo.
—¿Vergüenza vos? —le escribí—. Mirá que ya hicimos cosas peores y nunca te tembló el pulso.
—No es lo mismo. Esto no es normal.
—Vos no sos normal, mi amor, y por eso te elijo. Si querés verme con otro, lo voy a hacer. Pero dame tiempo para elegir bien a quién.
—Tomate todo el que necesites.
—Una cosa —agregué—. No quiero que después te arrepientas ni que esto nos traiga problemas. Tengo clarísimo que te amo a vos. Si lo hago, lo hago por vos.
—Lo sé. Por eso lo pensé tanto antes de decírtelo. Te amo.
La verdad, no me sorprendió tanto. Hacía tiempo que Daniel tiraba indirectas sobre un trío, y nunca se animaba a pedirlo de frente. Sospeché que esta era su manera de empezar a abrir esa puerta, de a poco.
***
Ahí mismo, en el patio de mi mamá, abrí el chat. Había un chico que me comentaba todas las historias que subía, que me escribía cada vez que publicaba una foto. Tobías. Nunca le había dado demasiada bola; yo jamás le sería infiel a Daniel a escondidas, porque no hay nadie como él. Pero esto no era a escondidas. Esto era para él.
Subí una foto un poco subida de tono, de las que dejan poco a la imaginación, y esperé. No pensaba escribirle yo; quería que cayera solo. Treinta minutos después, sonó el mensaje.
—Guau, qué hermosa estás —puso.
—Gracias, nene.
—Cómo me gustaría darte unas nalgadas.
—Vení y hacelo —contesté.
—¿En serio?
—Yo siempre hablo en serio.
—¿Y tu novio?
—¿Te vas a frenar por él?
—No, pero pregunto igual.
—Si me querés tocar, vení a casa.
—Listo. A la noche paso.
Guardé el teléfono con el pulso un poco acelerado. Daniel iba a quedar mudo cuando viera que le cumplía la fantasía el mismo día que la pidió. Pasé el resto de la tarde con mi madre, y a eso de las cinco volví a casa, me bañé y me puse un conjunto de encaje que él me había regalado.
—Estás demasiado linda —me dijo apenas me vio.
Le di un beso y no le conté nada todavía. Unos cuarenta y cinco minutos más tarde, Tobías me avisó que estaba por llegar.
—Amor, te tengo una sorpresa —le dije a Daniel.
—¿Cuál?
—Te voy a cumplir una de tus fantasías.
—¿Cuál de todas?
Sonó el timbre antes de que pudiera responder. Fui hasta la puerta y abrí. Tobías entró con una sonrisa nerviosa, sin disimular que me miraba de arriba abajo. Cuando él y Daniel se cruzaron las miradas, los dos se quedaron petrificados. Daniel me clavó los ojos como diciendo ah, esa fantasía.
—Tobías, te presento a mi novio. Daniel, él es Tobías, el chico que vino a darme unas nalgadas —solté, muerta de risa.
A Tobías casi le da un infarto. Daniel se echó a reír por mi broma pesada.
—Tranquilo, hermano, no pasa nada. Hacé de cuenta que estás en tu casa —dijo Daniel, con una cara de felicidad que no le cabía en el cuerpo.
—Gracias —murmuró Tobías, todavía blanco.
—¿Ves, tonto? Mi novio no dice nada. Relajate —le insistí.
—Pensé que estabas jodiendo.
—Te dije que siempre hablo en serio. ¿Verdad, amor?
—Verdad —contestó Daniel.
***
Tobías se sentó en el sillón individual. Daniel se acomodó en el de tres cuerpos con el teléfono en la mano, fingiendo que miraba algo. Yo me senté sobre las piernas de Tobías para aflojarle los nervios, y hablamos un rato de cualquier cosa hasta que la tensión empezó a derretirse. Después me levanté a buscarle un vaso de agua. La cocina está abierta al living, así que ellos me veían perfecto.
Daniel se acercó por detrás, me dio una palmada en la cola y me susurró al oído:
—Los voy a ver por la cámara.
Teníamos una cámara escondida en el living, instalada por seguridad. Me guiñó un ojo, fue hacia el pasillo de las habitaciones y, antes de irse, le dijo a Tobías:
—No me la castigues tan fuerte, eh.
—Tranquilo —contestó Tobías, riéndose por primera vez sin tensión.
Le alcancé el agua y escuché cómo Daniel encendía el televisor del cuarto. Un partido de fútbol, el volumen justo. Con el camino libre, Tobías se levantó, me tomó de la cintura y me inclinó contra el respaldo del sillón, dejándome la cola en alto. Y, contra todo lo que le había pedido mi novio, empezó a castigarme fuerte. A mí me encanta así, cuanto más firme mejor. Gemía y me reía a la vez.
Después de un rato me dio vuelta, me puso de pie y me besó mientras me apretaba con las dos manos. Sentí su erección perfectamente a través del pantalón. Lo empujé al sillón, me arrodillé y le bajé el pantalón de un tirón. Se la saqué y empecé a chupársela haciendo todo el ruido que pude. Él me apoyó la mano en la nuca, sin forzar, dejándose llevar. Le lamía los costados, lo miraba mientras me golpeaba la lengua con la punta. Cuando sentí que ya no aguantaba, aceleré hasta que se vino, empujando hasta el fondo. Tragué todo, me la limpié y se la guardé en el pantalón como si nada.
Justo entonces apareció Daniel.
—Veo que ya terminaron —dijo.
—Sí —respondió Tobías—. Tu novia es una experta.
—La entrené bien —bromeó Daniel, y a Tobías casi se le sale el corazón otra vez.
—Amor, traeme agua, casi me ahoga —dije, y los dos se rieron.
—Cuando quieras una mamada, mi novia está a tu disposición —siguió Daniel, divertido.
—¿En serio, hermano?
—En serio. ¿Verdad, amor?
Me estaba gustando ese juego.
—Verdad —dije.
Tobías se fue prometiendo volver al día siguiente. Antes de salir, lo besé en la puerta, frente a Daniel, mientras él me apretaba la cola. Apenas se cerró la puerta, Daniel me agarró, me dio vuelta y me penetró de una sola vez. Me cogió duro, rápido, sosteniéndome de los brazos, hasta que terminé temblando y él se vino dentro de mí.
—Te gustó lo que hice —le dije después, los dos tirados en la cama.
—Demasiado. Me estaba tocando viéndote. Nunca pensé que te ibas a animar tan rápido.
—No pensaba hacerlo, pero sabía que te iba a encantar. Lo que a mí me sorprendió fue tu papel de dominante.
—Perdón, me dejé llevar.
—No te disculpes. Me calentó muchísimo que le hablaras así.
***
Al día siguiente, Tobías me escribió desde el trabajo diciendo que no veía la hora de salir. Esa tarde me puse un vestido cortísimo, de esos que con dos pasos ya se me subían y dejaban media cola a la vista. Daniel lo amaba justamente por eso, aunque casi nunca me lo dejaba usar en la calle.
Cuando llegó Tobías, los tres hablamos un rato en el living. Yo me senté sobre él y, al rato, lo besé ahí mismo, frente a mi novio. Me acomodé con las piernas a sus costados y el vestido se me trepó hasta la cintura. Tobías no tardó ni cinco segundos en bajarme las manos a la cola. Me besaba, me apretaba, mientras yo me frotaba sobre él y Daniel miraba desde el sillón con una sonrisa que lo decía todo.
Me arrodillé otra vez, le bajé el pantalón y se la chupé con la misma intensidad de la noche anterior. Daniel observaba a su novia de rodillas, comiéndosela a otro hombre, y la cara se le iluminaba. Cuando Tobías terminó, me limpié, me paré, fui hasta Daniel, le bajé el short y le hice lo mismo.
—Dios, la chupa increíble —dijo él—. ¿Viste, hermano?
—Una experta —contestó Tobías.
Daniel no aguantó mucho y se vino también. Después me levanté, fui a la cocina con el vestido todavía arremangado y serví agua para los tres. Cuando volví, los dos hablaban en voz baja, riéndose de algo que no alcancé a escuchar.
—Bueno, los dejo, me voy a duchar —dijo Daniel de pronto.
Me dio un beso y una palmada antes de irse. Me pareció raro que nos dejara solos justo entonces, pero no até cabos. No me di cuenta de que Tobías ya estaba duro otra vez. Me besó de pie, agarrándome de la cola, y de un movimiento me puso en cuatro sobre el sillón. Pensé que iba a castigarme de nuevo. Me equivoqué. Corrió la tela del hilo y me penetró de golpe. Gemí fuerte, sin poder contenerme.
Me agarró de las caderas y empezó a cogerme duro, con todo. Se escuchaba el choque y mis gemidos llenando el living. Me decía cosas al oído, que volvería siempre, que le encantaba. Y yo le seguía la corriente, perdida en el morbo de que Daniel pudiera estar mirando desde el otro cuarto. Cuando terminó, caí desplomada sobre el sillón, deshecha.
Daniel reapareció con una toalla al hombro.
—¿Ya le diste, hermano? —preguntó, como si nada.
—Sí —se rió Tobías—. Mirá cómo la dejé.
—Tontos —dije yo, tirada y sonriente—. Pásenme algo para limpiarme.
Tobías se vistió, nos besamos en la puerta y se fue. Daniel estaba tan excitado que con apenas unos minutos volvió a terminar.
—Sabés que ahora Tobías va a venir seguido, ¿no? —le dije.
—Lo sé. Y te encanta.
—Obvio. Pero a mí me gustás vos.
—Pronto te vamos a dar entre los dos —dijo, abrazándome.
—Me van a matar de placer.
—Esa es la idea —se rió—. Yo le dije que te podía coger. Por eso se animó.
—Con razón se puso tan lanzado. Y con razón te fuiste tan oportuno —le devolví, dándole un golpecito en el pecho.
—Sabía que lo querías.
—La verdad, no lo pensé. Me agarraron de sorpresa. Pero me gustó.
—Me encanta verte así —dijo, besándome la frente.
—Solo por vos, mi amor —contesté.
Y me acurruqué contra él, sabiendo que esa puerta que habíamos abierto ya no la íbamos a volver a cerrar.