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Relatos Ardientes

Lo que vi por la webcam que Sebastián olvidó cerrar

Era un viernes de febrero y la ciudad ardía. El aire en mi departamento se quedaba pegado a las paredes, sin moverse, y el ventilador de techo apenas alcanzaba a despeinar las cortinas. Vivo sola desde hace dos años, en un sexto piso con vista a un patio interno donde nadie se asoma, así que en verano duermo desnuda casi todas las noches.

Esa noche encendí la notebook con la intención de leer algo y terminé en una página que no abro tanto como debería. Elegí un video al azar, sin pensar demasiado: una chica de pelo castaño y un hombre con tatuajes en los antebrazos. Se ahorraron la conversación de los primeros segundos y pasaron directo a lo que importaba.

Me bajé las bragas hasta los tobillos y las dejé colgando del pie izquierdo. La pantalla iluminaba la cama con esa luz azul artificial que lo vuelve todo más íntimo. Llevé la mano a la entrepierna mientras la chica del video se acomodaba el sexo de él entre los pechos y empezaba ese vaivén lento y obsceno que pone los segundos en cámara lenta.

Acabé casi sin esfuerzo, mordiéndome el labio para no hacer ruido, aunque no había nadie a quien molestar. Después fui al baño, me lavé la cara y volví a la cama con la piel todavía caliente. Me dormí abrazada a la almohada, soñando cosas que olvidé al despertar.

***

Al día siguiente me levanté tarde, me preparé un café y abrí Facebook por costumbre. Tenía notificaciones acumuladas, un par de mensajes de mi madre que respondería más tarde y la lista de contactos en línea con esos puntos verdes que siempre invitan a algo. Entre ellos, Sebastián.

A Sebastián lo conocí en un grupo de fotografía, hace casi un año. Nunca nos vimos en persona. De vez en cuando me escribía para mostrarme alguna toma que había hecho en el norte, o para preguntarme cómo iba mi semana. Era un coqueteo de baja intensidad, de esos que existen para alimentar el ego sin comprometer nada.

—¿Mucho calor por allá? —empezó él esa mañana.

—Insoportable —tipeé—. Estoy con la notebook en las rodillas y un vaso de agua que ya está tibio.

Hablamos de tonterías un rato. Después, sin que ninguno empujara demasiado, la conversación cambió de temperatura. Me preguntó si estaba con alguien y le dije que no. Le devolví la pregunta y respondió lo mismo. Hubo un silencio extraño antes de que escribiera la siguiente línea.

—¿Y si encendemos las cámaras? Así charlamos como personas y no como avatares.

Acepté sin pensarlo mucho. Me peiné con los dedos, me cambié la remera por una más escotada y conecté la cámara. Cuando su rostro apareció en mi pantalla, entendí por qué ese coqueteo me había durado un año. Era guapo de una manera tranquila, con la barba apenas crecida y unos ojos castaños que parecían reírse antes que la boca.

Charlamos casi una hora. Me dijo cosas amables sin caer en la cursilería: que mi sonrisa salía mejor del lado izquierdo, que se notaba que tenía sueño todavía, que algún día le iba a gustar invitarme a un café. Yo me iba acomodando en la silla cada vez más cerca de la cámara, sin darme cuenta del todo de que algo se estaba calentando entre nosotros sin que ninguno lo nombrara.

—Esperá un segundo —dijo de pronto—. Tocaron el timbre. No cuelgues, ya vuelvo.

Se levantó de la silla y desapareció del cuadro. La cámara siguió encendida, apuntando a un escritorio prolijo, una estantería con libros y una ventana por la que entraba la luz de media tarde. Yo me serví otro café, miré un par de noticias en otra pestaña y volví. Sebastián no aparecía.

Pasaron cinco minutos. Después diez. Estaba por escribirle un mensaje para avisarle que cerraría la ventana cuando lo vi reaparecer. Pero no estaba solo. Detrás de él, justo en el marco que la cámara dejaba ver, se asomaba una mujer.

***

Era alta, morena, con el pelo recogido en un rodete deshecho. Llevaba un vestido amarillo de tirantes finos y unas sandalias bajas. Se reían de algo, ella le tocaba el brazo y él le decía cosas al oído. Sebastián no miró la cámara ni una sola vez.

Apagué la luz de mi escritorio, tapé con un dedo el LED verde de mi propia cámara y me asomé apenas para seguir mirando, como una espía. El corazón se me había puesto a latir distinto. No de miedo. De otra cosa.

Ella se acercó más a él. Le rodeó el cuello con las manos y lo besó. Sebastián la apoyó contra el borde del escritorio, justo en el ángulo de la cámara, y le bajó los tirantes del vestido con dos movimientos lentos. El vestido cayó al suelo como una hoja. Ella no llevaba sostén.

Cerré las cortinas de mi cuarto y volví a sentarme en la silla. Las piernas ya las tenía abiertas sin haberme dado cuenta. Por la pantalla, la morena le sacaba la camisa a Sebastián mientras él le besaba el cuello con una concentración que me erizó la espalda. Lo había imaginado tantas veces ocupándose así de mí que me dolió un poco verlo ocuparse de otra.

Pero el dolor duró un segundo. Después solo quedó el calor.

Me bajé el short hasta los tobillos y dejé la mano izquierda sobre el muslo, sin tocarme todavía. Quería estirar el momento, mirar primero. La morena se arrodilló frente a Sebastián y le abrió el pantalón con la boca. Vi cómo se lo metía entero y cómo él apoyaba la mano abierta en la pared, buscando equilibrio.

—Mierda —susurré, sin que nadie pudiera oírme.

Mi mano izquierda finalmente bajó. Empecé despacio, con la yema del dedo medio dibujando círculos pequeños sobre el clítoris. Cada vez que ella subía y bajaba la cabeza, yo aceleraba un poco. Cada vez que él dejaba escapar un suspiro que mi micrófono apenas registraba, yo apretaba los dientes.

Ella se levantó, le sacó la mano de la pared y la puso sobre su propia nuca. Le besó la boca con más hambre que antes. Después se dio vuelta, apoyó las palmas sobre el escritorio y le ofreció la espalda. Sebastián le acarició el trasero como quien acaricia algo que sabe muy bien que es suyo.

La penetró de un solo movimiento. Vi cómo el cuerpo de ella se tensaba y se relajaba al ritmo de él. Vi el músculo de la espalda contraerse y soltarse. Vi a Sebastián apretando los dientes y mirando hacia abajo, perdido en lo que hacía. Me metí dos dedos sin esperar más, hasta el nudillo, y me llené la boca con el dorso de la otra mano para no gritar.

El primer orgasmo me llegó casi sin aviso. Me sacudió de pies a cabeza y me dejó con la respiración entrecortada y los ojos cerrados unos segundos. Cuando los volví a abrir, ellos seguían. Sebastián había bajado el ritmo y ahora se movía con una calma deliberada, como si quisiera hacerla esperar.

Después la levantó del escritorio, le pasó el brazo por la cintura y la llevó hacia el medio de la habitación, fuera del encuadre. Por un instante creí que se había terminado el espectáculo. Pero a los pocos segundos volvieron, esta vez con ella inclinada sobre el respaldo de la silla, mirando casi directamente hacia mi cámara.

Si hubiera abierto los ojos, me habría visto.

Sebastián se acomodó detrás. Esta vez no la penetró de la misma manera. Apoyó la mano en el medio de su espalda y empujó con más cuidado, más atento. Me llevó un segundo entender lo que estaba pasando, hasta que el gesto en la cara de ella —una mueca de placer mezclado con esfuerzo— me lo dejó claro.

—Por atrás —murmuré yo, completamente fuera de mí.

Empecé a deslizar un dedo dentro de mi propio culo mientras seguía masturbándome con la otra mano. Lo hice despacio, copiando el ritmo que veía en la pantalla. La morena hundió la cara contra el respaldo y soltó un grito que el audio apenas me dejó oír. Sebastián cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, con la boca abierta.

Sentí el segundo orgasmo subiendo desde algún lugar profundo. Me arqueé en la silla, golpeé sin querer la pata del escritorio con el pie y tuve que morderme el antebrazo para que el grito no saliera por el departamento entero.

Cuando recuperé la mirada, Sebastián se había apartado de ella y la había hecho girar. La morena se arrodillaba ahora frente a él, con la boca entreabierta. Él se masturbó dos veces, tres, y terminó contra su cara. Una parte cayó en su mejilla, otra le pintó los labios, otra le bajó por el cuello hasta el pecho. Ella se relamió despacio, sin dejar de mirarlo.

Después se levantó, recogió el vestido amarillo del piso y desapareció hacia algún cuarto interior. Probablemente al baño, supuse.

***

Me costó reaccionar. Tardé como diez segundos en darme cuenta de que Sebastián, en cualquier momento, iba a volver a sentarse frente a la pantalla, y que iba a ver en mi cuadro a una mujer desnuda, despeinada, con dos dedos todavía adentro y la cara roja de haber acabado dos veces seguidas mientras lo espiaba.

Cerré la ventana del chat con un manotazo. Apagué la cámara, bajé la tapa de la notebook como si fuera una caja de Pandora y me quedé sentada en la silla, escuchando mi propia respiración. Tenía la piel pegajosa y el pelo pegado a la frente.

Me arrastré hasta el baño y abrí la ducha fría. El agua me cayó encima como si me devolviera la conciencia de a poco. Me reí sola, todavía adentro de la ducha, pensando en lo que acababa de pasar y en lo cerca que había estado de ser descubierta.

Más tarde, ya seca y con una remera limpia, abrí Facebook otra vez. Sebastián me había escrito hacía unos minutos.

—Perdoname, me apareció una visita inesperada. ¿Seguimos charlando mañana?

Me quedé mirando la pantalla un rato largo, mordiéndome el labio inferior, con la sangre todavía latiendo en lugares que no debería. Tipeé despacio, eligiendo cada palabra como si la pesara.

—Mañana —escribí—. Pero esta vez quiero que sea en persona.

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Comentarios (5)

Turco_BA

Que situacion tan morbosa jaja, me atrapo desde el primer parrafo. Excelente!!

LucasNocturno

Tremendo relato, la tension que se va generando es increible. Tiene continuacion??

CarlosDRC

El titulo lo dice todo y encima cumple con las expectativas. Muy bien narrado, se siente que lo estas viviendo vos mismo.

Pame_404

buenisimo!! se me hizo cortisimo

RicardoH86

Ese titulo me engancho de entrada y no decepciona. Buen trabajo, con ganas de leer mas de estos.

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