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Relatos Ardientes

Mi esposa quería que la vieran a las tres de la mañana

Para los que no nos conocen, déjenme que les cuente algo de Camila. Mi mujer tiene sangre caribeña por parte de su madre y se le nota en cada detalle: piel morena, busto generoso y unas caderas que no pasan desapercibidas en ninguna esquina. A mí en realidad lo que me vuelve loco son sus piernas, finas y largas, pero ella sabe muy bien qué provoca su escote y lo usa como arma cada vez que sale a la calle.

Desde los primeros meses de novios descubrimos que tiene una vena exhibicionista que no se le calma con nada. Trabajó un par de temporadas como edecán en ferias y eventos, y desde entonces andar con tacones y vestidos minúsculos le resulta más natural que ir en jeans. Pasar al supermercado de la esquina sin maquillaje y sin algo provocativo encima le parece un desperdicio.

La historia que les voy a contar empezó un sábado cualquiera. Habíamos planeado ir al hipermercado por la tarde, pero la mañana se nos fue en otra cosa. Camila se levantó con ganas y, antes de que pudiera tomar el café, ya tenía mis manos pegando sus tetas contra el vidrio de la sala que da al frente de la casa. La cogí ahí mismo, con la cortina descorrida y la calle entera de testigo, hasta que me vacié dentro de ella.

Cuando recuperé el aire, le bajé las bragas y le devolví el favor con la lengua. Ella se vino entre jadeos largos y, cuando se calmó, me confesó al oído que mientras yo la embestía contra la ventana había visto a un tipo del otro lado de la calle, un vagabundo que la observaba sin disimulo. Me dijo que se imaginó por un segundo que el hombre cruzaba, abría la puerta y la cogía hasta dejarla seca. Esa fantasía le había acelerado el orgasmo.

El plan original no cambió. A media tarde le saqué del armario lo que ella misma llama «el uniforme de puta»: un vestido blanco con vuelo, casi transparente, tan corto que solo unos olanes evitaban que se le viera el culo cada vez que daba dos pasos. Strapless, sujeto por dos botoncitos minúsculos y la presión de sus tetas. Sin ropa interior, por supuesto. Lo completó con unos tacones rosas que me dejan sin saliva.

Salimos a esperar el taxi y los autos no paraban de pitar. Yo me distraje un instante con el celular para revisar dónde estaba el conductor, y en ese momento pasó un tipo en bicicleta. Frenó frente a nosotros con la excusa del semáforo en rojo y empezó a comerse a Camila con la mirada sin ninguna vergüenza. Cuando le cambió la luz, en lugar de seguir, alargó la mano y de un tirón le bajó los dos botones del vestido. Salió pedaleando como una bala mientras ella se quedaba con los pechos al aire en plena vereda.

El vestido le cayó hasta la cintura y su cuerpo moreno quedó expuesto unos segundos para todo el que estuviera mirando. A mí se me cortó la respiración. Camila se cubrió con los brazos, roja como un tomate, y se acercó a mí escondiendo la cara en mi hombro. Justo entonces apareció el taxi. El conductor la miró de arriba abajo en el retrovisor durante todo el viaje y no creo que fuera casualidad.

—¿Quieres volver? —le pregunté con la voz ronca.

—Ya me vieron todo, ¿qué más da? —contestó, encogiéndose de hombros.

Esa frase, la maldita frase con la que siempre me deja la verga dura, me acompañó durante todo el recorrido al supermercado.

***

Volvimos a casa con las bolsas y el morbo encendido. Camila no se cambió el vestido. Lo llevaba subido por encima de las caderas mientras guardaba la compra, como si la cocina fuera una pasarela privada. Cada vez que pasaba a mi lado yo le frotaba la verga por la espalda. Reía sin parar.

En una de esas se sentó en mis piernas, se inclinó sobre mi oído y me preguntó:

—Te encantó que me vieran desnuda, ¿verdad? La tienes dura desde la mañana.

—No me hables así si no vas a hacer algo al respecto —le contesté.

—¿Y si vamos a la esquina de madrugada y me haces lo que todos esos hombres fantasearon hoy?

No tuve que pensarlo. La besé largo, mordiéndole el labio inferior, y ella se levantó como si nada para seguir acomodando latas. Quedaba mucho día por delante y a mí ya me estaba doliendo la espera.

Mientras cocinábamos, la muy descarada se quitó el vestido para no mancharlo y se quedó solo con el delantal y los tacones. Verle el culo desnudo cada vez que se agachaba a sacar algo del horno fue una tortura que no le deseo a nadie. Tuve que beber dos cervezas frías para no embestirla contra la mesada y arruinarle el plan.

***

A las tres y media de la mañana, cuando ya casi me había vencido el sueño, sentí su boca caliente entre mis piernas. Abrí los ojos a duras penas y la vi inclinada sobre mí, lamiendo despacio. Cuando giré un poco la cabeza, alcancé a ver en el espejo del armario su culo enorme, levantado, con un par de juguetes ya colocados en sus dos entradas. Estaba lista hacía rato.

—Es hora —le dije.

Ella siguió lamiéndome unos segundos más, como una gatita que no quiere soltar lo suyo, y luego se levantó. Recogió el vestido blanco que había dejado tirado en el sillón, se lo puso por la cabeza y los botones casi no aguantaron. Me alcanzó las llaves y abrió la puerta sin hacer ruido.

La calle a esa hora era otra. Casi no pasaban autos. Yo iba grabándola con el celular mientras ella caminaba hacia la esquina, balanceando las caderas con esa cadencia que solo sabe hacer cuando se sabe observada. El vestido se le subía con el viento y a contraluz se notaba que debajo no había nada.

Llegamos a la esquina. Está demasiado iluminada, con un farol nuevo que el municipio había puesto la semana anterior. Por un segundo dudé. Pero Camila ya se estaba bajando el vestido hasta la cintura para que le tomara fotos.

—No seas cobarde —me dijo entre risas—. Mira si dejo escapar esto ahora.

Cada vez que se acercaba un auto a lo lejos, ella se subía el vestido y se escondía detrás de un poste. Cuando se alejaba, volvía a la acera y se lo bajaba todo. Hubo un momento en que caminó hasta el medio de la calle, completamente desnuda, con los tacones repicando sobre el asfalto. Se quedó ahí unos segundos, mirándome con la barbilla en alto, y regresó corriendo cuando un par de luces aparecieron en la esquina.

Se sentó en la parada del bus, cruzó las piernas con el vestido en la cintura y me llamó con un dedo. Le saqué la verga sin pensarlo y se la metió en la boca ahí mismo. Yo escuchaba algún motor lejano, pero ninguno se detenía. Hasta que vi a lo lejos las luces de una patrulla.

Camila reaccionó rápido. Se bajó el vestido como pudo, cruzó las piernas y empezó a hablarme como si estuviéramos discutiendo de algo serio. La patrulla pasó muy despacio, casi al ralentí. El oficial del lado del copiloto bajó un poco la ventana y le clavó la mirada en las piernas. No nos paró, pero el corazón se me subió a la garganta.

—Mejor cambiamos de lugar —murmuré cuando se alejaron.

***

Detrás de nuestra casa hay un parque pequeño, frente a un mercado de abastos que a esa hora está cerrado pero recibe los primeros camiones de descarga al amanecer. Conozco bien la zona porque paso por ahí a correr los domingos. Llevé a Camila hasta el parque, le quité el vestido entero y lo dejé doblado sobre una banca, junto a su bolso.

—Te reto a darle la vuelta al mercado así, solo con los tacones —le dije.

—Lo hago si tú también te desnudas —me contestó al instante.

Acepté. Me quedé en bóxer, dejé el pantalón y la camisa junto a su vestido y la seguí grabando mientras avanzaba por la vereda. Cada vez que escuchaba un motor, se agachaba detrás de algún auto estacionado o se metía en los huecos oscuros de los locales. Yo la miraba de lejos, con la verga marcada contra la tela, y no podía creer lo que estábamos haciendo.

Llegamos a la parte trasera del mercado, donde estacionan los camiones, y no aguanté un minuto más. La empotré contra la pared de un local, le subí una pierna y me hundí en ella sin previo aviso. Estaba empapada. Apenas duré unos minutos. Me vacié dentro de ella entre jadeos contenidos.

—Tramposo —me reprochó mientras se acomodaba—. Tienes que ponerte duro otra vez.

—Vuelve al parque y dame cinco minutos.

Caminamos de vuelta, ella sin nada encima, yo a su lado en bóxer, los dos riéndonos por lo bajo como dos adolescentes que se acaban de salir con la suya. Cuando llegamos al parque, la cosa cambió.

El vestido y mi ropa ya no estaban en la banca.

***

Camila se quedó paralizada. El bolso seguía donde lo había dejado, pero la ropa no aparecía por ningún lado. Lo primero que pensé fue que algún borracho la había tomado de recuerdo. Lo segundo, que estábamos a una sola cuadra de casa y no era el fin del mundo. Pero ella amaba ese vestido.

—Lo dejé acá, juro que lo dejé acá —repetía mientras revisaba debajo del banco.

Yo me alejé unos metros para mirar en las otras bancas, por si me había equivocado, y fue entonces cuando lo vi. Sentado en la oscuridad de la última banca del parque, debajo de un árbol que tapaba la luz del farol, había un hombre. Era flaco, de unos cincuenta y pico, con barba descuidada y una bolsa enorme a sus pies. Tenía nuestra ropa cuidadosamente doblada sobre las rodillas.

Esto puede salir muy mal, pensé.

Pero Camila se me adelantó. Caminó hacia él completamente desnuda, sin taparse, con los tacones repicando suaves contra el cemento. El hombre la miró y se quedó muy quieto, como si no creyera lo que estaba viendo.

—Esa ropa es nuestra —le dijo ella con una voz que yo no le conocía.

—Lo sé —contestó él, ronco—. Los vi cuando llegaron.

Hubo un silencio largo. Yo me acerqué despacio, sin decir nada, porque no quería romper lo que fuera que estaba pasando. Camila se cruzó de brazos debajo del busto, lo que no le tapaba absolutamente nada, y le habló otra vez.

—¿Nos viste todo el rato?

—Desde que pasaron por el mercado —admitió el tipo—. No me podía mover.

Me quedé congelado a tres pasos de la escena. Sentí que la sangre me bajaba toda al mismo punto.

—Devuélveme el vestido —le pidió ella—. Pero antes mírame bien. Esta es la última vez que vas a poder hacerlo.

El hombre soltó la ropa sobre la banca y la miró sin pestañear. Camila dio dos pasos atrás para que la luz del farol cercano le cayera encima. Se giró despacio, se levantó el pelo con las manos, le mostró el culo, volvió a girarse. No lo tocó, no le dijo nada más. Solo se exhibió como si estuviera en una pasarela vacía, dejándole grabar la imagen en la memoria.

Cuando terminó, se acercó otra vez, agarró el vestido y mi ropa, me las pasó a mí y me besó en la boca delante de él. Después me arrastró del brazo sin volver a mirarlo. Caminamos las dos cuadras hasta casa en silencio. Yo no me animé a vestirme hasta entrar.

***

Apenas cerramos la puerta, la levanté en peso y la cogí contra la pared del recibidor. Estaba más mojada que en toda la noche. Le mordí el cuello, le susurré barbaridades al oído y ella me clavó las uñas en la espalda. Me acabé como nunca dentro de ella.

Después, ya en la cama, me contó que mientras se exhibía para el tipo del parque no había podido pensar en nada más. Que la idea de que un completo desconocido la mirara, sin poder tocarla, sin poder pedirle nada, le había prendido un fuego que no se le apagaba todavía. Hablamos durante una hora antes de quedarnos dormidos.

De aquello hace ya un tiempo. No volvimos a salir nunca más a esa misma esquina, ni al parque de atrás del mercado, pero a veces, cuando estamos en la cama y ella se pone arriba, me pregunta al oído si me acuerdo del hombre del banco. Yo siempre le digo que sí. Y los dos sabemos que en cualquier momento volverá a inventar una excusa para que algún otro desconocido la vea.

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Comentarios (6)

Vikingo_44

que buenisimo!!! necesito la segunda parte ya

noche_calida88

Me trajo recuerdos de una salida parecida con mi pareja. Esa sensacion de que alguien te mira sin saber bien si lo sabés o no es unica, te cambia todo el cuerpo.

RobertoM_46

Por favor que haya continuacion, quede con ganas de saber que pasó con el tipo de la banca

NachoB

Lo del parque de madrugada me mató. Muy bien contado, sin ser burdo pero sin dejar nada afuera tampoco. Sigue así!!!

MatiasQ_91

tremendo!!! de los mejores que lei acá

MarceloBaires

Que morbo lo de los tacones en la oscuridad... se imagina uno la escena perfectamente. Felicitaciones

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