Mi novio quiso mirarme con su mejor amigo
El sexo con Mateo había sido el mejor de mi vida durante años, desde la primera noche, cuando todavía éramos dos pendejos: yo con veinte recién cumplidos y él con veintitrés.
A Mateo lo conocí en el Subsuelo, un bar de Chacarita al que fui una noche cualquiera con ganas de que pasara algo. Me acuerdo de que llevaba mi mejor versión: un top negro que dejaba la espalda al aire, una pollera de cuero cortita y unas botas de taco que me hacían caminar como si el lugar fuera mío. Casi no me maquillo, salvo los labios, siempre rojos, y una línea fina en los ojos para que resalten. Mateo todavía me jura que fui la chica más linda que vio esa noche, que quedó tildado apenas me cruzó. Yo no lo registré hasta que se animó a encararme, y lo hizo con una calma que no tenían los demás.
Antes de él se me habían acercado varios, algunos bastante más grandes, todos con la misma idea de llevarme a un telo. Uno hasta se atrevió a pedirme que se la chupara ahí mismo, en un rincón del bar. Si hubiera tomado dos copas más, capaz que no le decía que no: con un par de tragos encima se me afloja la voluntad, es mi punto débil. Estuve incluso mirando con ganas a un tipo sentado en una mesa con sus amigos. Pero esa noche el premio se lo llevó Mateo.
Terminamos en un hotel a tres cuadras, poco antes de que el bar cerrara, y ahí empezó todo: enredados entre las sábanas, después bajo la ducha, después frente al espejo mirándonos como si descubriéramos algo. Mateo me cogió con el hambre de alguien que se venía guardando para una mujer con la que, los dos lo sabíamos sin decirlo, iba a quedarse mucho tiempo.
Y así fue. Pasaron seis años de noviazgo y nos volvimos inseparables. La relación era buena, sana, tuve esa suerte. El que vino antes que él, con el que perdí la virginidad, era un manipulador insoportable que me cuestionaba la ropa, los horarios, hasta los «me gusta» que ponía en una foto. Le sacaba una sola cosa de provecho, y por eso tardé en dejarlo: la tenía enorme. Pero cuando lo dejé y conocí a Mateo entendí que no hacía falta semejante tamaño para que me temblaran las piernas. Mateo siempre supo qué decirme al oído, cómo agarrarme, cuándo no dejarme ganar. Sabía que la pelea por mandar era la mitad del juego, que tenía que doblegarme un poco para que yo le rogara el resto.
Por eso, cuando a principios del año pasado empecé a notarlo apagado, me asusté. Al principio pensé que había perdido las ganas, que ya no le gustaba. Cosa rara, porque yo a mis veintiséis estoy mejor que nunca: las horas de gimnasio me dejaron un cuerpo del que antes no me animaba a presumir. Lo veía distraído, en otra parte, y eso me carcomía.
Una noche, tirados en la cama frente a una película mala, me acomodé sobre su pecho y empecé a tocarlo por encima del pantalón. Reaccionó enseguida, pero la mirada se le seguía yendo a un punto lejano de la pared.
—Últimamente estás raro —le solté al fin, cruzándome de brazos sobre él—. ¿Hay algo que me tengas que contar?
Mateo se quedó pensando unos segundos. Después largó:
—Sí. Te tengo que confesar una cosa, amor.
Mi cabeza se fue al peor lugar. Hay otra. Ya no le caliento. Se dio cuenta de que le gustan los tipos. Respiré hondo y me preparé para el golpe.
—Dale, largalo. Voy a tratar de entenderte.
No estaba preparada para lo que dijo. Ni en un millón de años.
—Tengo la fantasía de verte con otro hombre.
Lo miré fijo a esos ojos de un azul casi líquido. Levanté apenas la cabeza.
—¿Qué?
Soltó una risita nerviosa. Seguro esperaba que me levantara indignada y me fuera. No lo hice. Me quedé ahí, mirándolo, sin terminar de creer que eso saliera de los mismos labios que me besaban entera todas las noches.
—¿Lo decís en serio?
Asintió. La mirada se le veía culpable, pero firme.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre. Desde que te conocí me calentás tanto que… no sé si es morbo o qué, pero más de una vez me la hice imaginándote con otro tipo. En esta cama.
El corazón me dio un vuelco. Cada palabra lo alejaba un poco del hombre que yo creía conocer. Y, sin embargo, la idea no me daba asco. Empecé a darle vueltas, y agradecí que no fuera lo que me había imaginado. No hay otra. No me dejó de querer. Mientras lo procesaba, la cosa se ponía cada vez más… interesante.
—Una cuestión de morbo —repetí.
—Algo así —dijo.
—¿Y vos pensás que eso no nos haría mal? Como pareja, digo.
Se encogió de hombros, ya más relajado al ver que no salía corriendo.
—Estuve leyendo sobre el tema. Pensaba que era de enfermo, pero resulta que es más común de lo que creés, sobre todo en parejas de años. Dicen que hasta ayuda cuando la relación se empieza a desgastar.
—¿Y la nuestra se desgastó?
—No, no —se apuró—. Es lo que dicen los que saben. Tiene nombre y todo.
Frunció la frente buscando la palabra y me explicó, medio enredado, eso de que él disfrutaba viéndome con otro, que el morbo estaba en imaginarme pasándola mejor con un extraño que con él. Yo lo escuchaba sintiéndome una tonta por no haber oído nunca nada parecido. Pero le encontraba sentido.
—Todos contentos —murmuré.
—Exacto —sonrió, pícaro.
No pude aguantar la risa y enterré la cara en su panza.
—No hace falta hacerlo, amor. Vos querías saber qué me pasaba. Es esto.
—Es que… creo que podríamos hacerlo.
Abrió los ojos enormes y se inclinó hasta que nuestras narices se tocaron.
—¿En serio?
Asentí.
—Pero pará: ¿con quién? No me voy a acostar con cualquiera para darte el gusto.
—Obvio que no. De hecho, ya tengo un candidato.
—¿Ah, sí? ¿Quién?
—Bruno.
Otra vez la sorpresa me dejó muda. Bruno era uno de sus amigos de toda la vida. Estaba en el grupo aquella noche en el Subsuelo; me había parecido lindo cuando lo vi al lado de Mateo, antes de que mi novio se me acercara, pero no le había prestado más atención. Vivía colgado del gimnasio, se sacaba fotos frente al espejo marcando músculo, andaba siempre de musculosa. Tenía labia, eso sí, y se llevaba puesta a una chica distinta cada semana. Yo siempre había sospechado que, atrás de tanto cuerpo, escondía poca cosa. Pero algo debía tener.
—¿Y? ¿Qué te parece la idea? —preguntó Mateo, sin soltarme la mirada.
—Se va a hacer raro. Es tu amigo.
—Sí, lo sé. Justamente por eso. No es un desconocido.
Me quedé callada un rato largo.
—Dejame pensarlo, ¿sí?
—Obvio. Decidas lo que decidas, lo voy a respetar.
Le di un beso. Esa noche la película terminó sin que supiéramos de qué iba. Cogimos un rato y nos dormimos. Bueno, él se durmió. Yo me quedé despierta más de una hora dándole vueltas al asunto. Era arriesgado y tentador a la vez. Y a mí lo arriesgado siempre me tentó.
***
A la mañana desperté sola. Mateo ya se había ido a trabajar. Me encontré desnuda entre las sábanas revueltas, con ese olor a noche que todavía no se había ido. El primer pensamiento del día fue directo: ¿lo vamos a hacer, entonces? ¿Voy a estar con su amigo mientras él mira?
Y después llegaron los otros pensamientos, los más sucios. ¿La tendrá grande o tenía razón yo? ¿Se la voy a tener que chupar? ¿Y si me pide algo más?
Tarde me di cuenta de que, mientras recitaba esas preguntas en mi cabeza, ya tenía dos dedos adentro. Se me escapó un gemido. Me mordí el labio y me apreté en posición fetal.
—Bruno… —dije en voz baja, casi sin querer.
Saqué la mano, me limpié con un pañuelo y agarré el celular de un manotazo. Abrí el chat de Mateo y escribí: «Amor, amanecí re caliente. Hablale a tu amigo y contale lo que charlamos. Estoy dispuesta». Y abajo: «Cuando puedas, escribime. Te amo».
Dejé el teléfono y me arrodillé en la cama. Con una mano me acaricié, con la otra busqué el Instagram de Bruno. Lo tenía abierto, por suerte. Pasé fotos con amigos, selfies en distintos lados, hasta que encontré la que buscaba: él de frente, los músculos en tensión, la mirada seria. Lo imaginé en esta misma cama, abriéndome las piernas, entrando despacio primero y después sin piedad. Casi podía sentirlo.
La fantasía se cortó con el sonido del celular. Un mensaje de Mateo: «Me re pone que hayas aceptado. Ya le hablo».
***
Llegó el fin de semana y con él la ansiedad. Quedamos para el sábado a la tarde. Según me contó Mateo, la reacción de Bruno había sido igual a la mía: primero el desconcierto, después la curiosidad. Le tuvo que explicar lo mismo que a mí. Y al final dijo que sí.
—No sé si están locos o aburridos —había contestado—, pero, viéndola a tu novia, ¿quién va a decir que no?
Me ruboricé cuando me lo repitió, aunque no era nada que no me hubieran dicho antes. Lo distinto era el contexto.
A las tres y media sonó el portero. Lo miramos por la cámara y confirmamos que era él, parado abajo. Mateo bajó a buscarlo y yo me preparé. Decidí que la primera impresión tenía que ser definitiva: la pollera más corta, una remera blanca de hombro caído que dejaba ver el ombligo, los labios rojos, un perfume que casi nunca usaba. Me miré al espejo y supe que estaba lista. Después me senté en el sillón con cara de desinteresada, como si todo eso hubiera sido casual y no calculado al milímetro.
Entraron riéndose, hablando de fútbol seguramente. Tardaron en cortar la charla y acercarse.
—Eh, amor —dijo Mateo, ansioso—. Llegó Bruno.
Giré la cabeza despacio. Bruno traía una musculosa negra y un pantalón corto que le marcaba las piernas trabajadas.
—Hola —saludé.
—Hola —me devolvió, con la voz un poco trabada.
Me crucé de piernas con calma, incliné el cuerpo apenas para que se viera el escote. Bruno se relamió sin darse cuenta. Después miró a Mateo con cara de chico al que le cuesta creer su suerte.
—¿Y, lo hacemos ahora, o…?
Mateo sonrió.
—Yo diría que sí. Mirala: se hace la distraída, pero se estuvo arreglando antes de que subiéramos.
Mi novio me conocía bien. Me puse de pie, me acomodé la pollera, suspiré. Rodeé el sillón, le apoyé una mano en el pecho a Bruno y le dije:
—Vamos a la pieza.
Entramos, prendí la luz y me senté en la cama. Le di una palmadita al colchón para que se sentara al lado. Lo hizo, recuperando de a poco su seguridad. Nos miramos en silencio y él me apoyó la mano en el muslo, cerca del borde de la pollera.
Mateo se había quedado de pie a unos pasos, mirándonos.
—Amor, no te quedes ahí parado. Traete algo para ponerte cómodo.
—Tenés razón —dijo, y fue a buscar una silla.
Cuando volvió, Bruno y yo ya nos estábamos besando. Despacio, sin apuro, reconociéndonos. Tenía el aliento fresco, sin el rastro de cigarrillo que tenía Mateo. Me agarró de la nuca y me atrajo hacia él, mientras la otra mano subía por mi pierna. Se me erizó la piel. Un calor me bajó directo al centro del cuerpo.
Dos dedos gruesos corrieron la tela a un costado y me acariciaron. Dejé de besarlo, ya no podía concentrarme en otra cosa que no fuera respirar a pausas.
—¿Te gusta? —preguntó.
Lo miré con los ojos entrecerrados y asentí. Lo besé más fuerte. Sus dedos no se detenían. Se me escapó un gemido, un grito chiquito. Abrí un ojo y busqué a Mateo. Estaba sentado, mirándome fijo, con el cierre del pantalón ya abierto, tocándose despacio para no terminar antes de tiempo.
Verlo así me prendió todavía más. Me corrí en la cama, le quité la mano a Bruno y bajé hacia su entrepierna. Le abrí el pantalón, corrí la tela y lo tomé en la mano. Nada de poca cosa: me había equivocado. Lo tenía firme, apenas inclinado hacia arriba, suave al tacto. Reconozco, con un poco de culpa, que superaba a Mateo.
Me lo llevé a la boca entero, hasta sentir la base contra los labios. Apreté con la lengua y volví despacio hasta la punta.
—Ay, la puta… —se le escapó a Bruno.
Seguí con lo mío, cada vez con más ganas, mientras él me agarraba del pelo.
—Linda tu novia, eh —jadeó—. Y cómo lo hace.
Mateo se rió.
—¿No te dije?
—Sí, pero… es demasiado bueno esto.
Bajé el ritmo a propósito. No quería que se terminara ahí. Miré de reojo a Mateo: se tocaba con ganas, le gustaba lo que veía, lo que él mismo había armado. Me incliné más, dejando las caderas en alto. Sentí la mano de Bruno volver atrás, correr la tela otra vez y meter los dedos. Ahora más rápido. Se escuchaba, lejano, el sonido húmedo. Las caderas se me empezaron a mover solas.
Le di una pausa, me puse de pie y le di la espalda. Lo miré por encima del hombro.
—Desnudame.
Bruno me bajó la última prenda con suavidad, deslizó las manos hacia adelante y me atrajo hacia su boca. Empezó a lamerme desde atrás. Arqueé la espalda y se me cerró el pecho, no podía ni soltar el aire. Lo agarré del pelo como si tuviera miedo de que parara.
—Rica, ¿no? —comentó Mateo desde la silla.
Bruno respondió con un gemido sin dejar lo que hacía. Después me miró, tocándose cada vez más rápido.
—¿Y a vos te gusta lo que te hace, amor?
—Sí… —apenas pude decir.
Ya no aguantaba. Lo miré por encima del hombro casi como un ruego.
—Metémela.
Bruno me llevó con sus manos hasta dejarme boca abajo en la cama. Levanté las caderas. Se sacó la musculosa y el pantalón, se acercó y me dio una palmada en la cola. Después fue entrando de a poco, primero la punta, después el resto, llenándome entero. Se echó atrás como para salir y volvió a hundirse de golpe hasta el fondo.
Solté un grito que pocas veces Mateo me habrá escuchado en todos estos años.
Subió un pie a la cama, me agarró de la cintura con una mano y del pelo con la otra, echándome la cabeza hacia atrás.
—Qué calentita estás… —jadeó.
Empezó a embestir tan fuerte y sin pausa que el golpe de su cuerpo contra el mío sonaba como aplausos. Le pedí, entre jadeos, que no parara, que siguiera así, que más fuerte. Me hizo caso. Me tomó del cuello con la otra mano y, sin frenar, se inclinó y me besó al revés. Nos quedamos mirándonos así un segundo.
—Sos hermoso —le dije—. Y esto, durísimo…
—¿Te gusta? ¿Está como te gusta a vos?
—Ajá.
Siguió un rato largo. Cambiaba las manos de lugar todo el tiempo, esas manos que querían conocerme entera: la espalda, el cuello, los pechos. Me llevó hacia él, pegando mi espalda a su pecho, y me abrazó mientras seguía moviéndose. Giré la cabeza, lo miré y le sonreí mordiéndome el labio. Me besó con ganas, después bajó al cuello.
—Sos un dulce —le dije bajito.
—Vos sos preciosa. Me está encantando.
—A mí también. Seguí, no frenes.
Me acordé entonces de eso que Mateo había leído, lo de la humillación. ¿Tendría que decirle cosas que lo hicieran sentir así?
—Creo que la tiene más grande que vos, amor —lancé—. Y más dura.
Mateo se tocó más rápido.
—¿Ah, sí? ¿Te calienta más?
—Sí. ¡Cómo se mueve! No tiene freno.
Bruno escuchaba todo, pero no se distraía. No cambiaba el ritmo. Unos minutos después me la sacó, me dio vuelta, me abrió las piernas y volvió a entrar. Volví a gritar.
—¡Dale, así, no pares!
Se inclinó sobre mí, me rodeó con esos brazos y me besó el cuello mientras seguía.
—Se les ven las ganas a los dos —comentó Mateo.
Giré la cabeza.
—Fue tu idea, amor.
—Sí. Y no me vas a decir que no la estás pasando bien.
Me reí.
—Me encanta. Me encanta tu amigo.
Bruno meneó la cabeza y me avisó, agitado, que estaba por terminar.
—Ya viene. ¿Dónde la querés?
Abrí la boca y le mostré la lengua.
—¿Toda?
—Toda.
Cuando llegó el momento, se retiró y avanzó de rodillas hasta quedar sobre mí. Lo tomé con la mano y me lo llevé a la boca. Soltó un último gemido grave que llenó la pieza. No tragué enseguida; lo dejé asentarse un segundo. Después sí. Le chupé un poco más para terminar de limpiarlo y le admití, mirándolo, que me había gustado. Que todo de él me había gustado.
Recién entonces volví a mirar a Mateo. Había terminado hacía rato, sin que ninguno de los dos se diera cuenta; se había levantado a limpiarse y volvió a la silla. Yo seguía desnuda en la cama, sin ganas de vestirme, disfrutando el descanso bajo la mirada de mi pareja.
—Esto fue increíble —reconoció Bruno, ya vestido de nuevo.
—¿No la habías pasado así de bien? —pregunté, sonriendo.
—No. Fue lo mejor que viví.
Vi que Mateo me miraba con una sonrisa tibia, a punto de tirar alguna.
—Y para vos también fue lo mejor, ¿no? —dijo.
Me reí en seco y me puse colorada. Ya había salido del papel; ya no tenía motivos para seguir diciendo cosas para humillarlo. Pero, pensándolo bien, no me acordaba de que mi novio me hubiera hecho ver las estrellas tan de cerca. Me dio un poco de pena reconocerlo. Mientras se quedara en mi cabeza, nadie iba a salir lastimado.
Mateo acompañó a Bruno hasta abajo después de charlar un rato más. Habían hablado de repetir, aunque sin fecha. Si yo aceptaba, claro. Acepté con fingido desinterés, mientras por dentro ya estaba contando los días. Ese tipo cogía como un animal.
Y, como decía en internet, esa noche Mateo y yo lo hicimos casi tres horas seguidas. En un momento me preguntó si pensaba en Bruno mientras estaba con él. Le dije que no, que eran dos cosas distintas.
Pero qué difícil fue concentrarme sin que su cara, sus músculos y todo lo demás se me cruzaran por la cabeza. Y qué difícil iba a ser esperar a la próxima.





