Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El verano en que me descubrieron mirándome

Me llamo Diana y tenía poco más de veinte cuando viví el verano que todavía me enciende la piel cada vez que lo recuerdo. No había estado con ningún hombre, aunque llevaba años explorándome sola, aprendiendo qué me hacía gemir, cómo respondía mi cuerpo cuando me tocaba despacio y cuándo necesitaba apretarme fuerte para correrme de verdad. Perdí la virginidad en aquella casa de descanso, lejos de mi ciudad, durante unos días de calor pegajoso que me cambiaron para siempre.

En ese tiempo yo compartía alquiler con una amiga de la universidad, Lorena. Había tenido que quedarme unas semanas más para cerrar un curso atrasado, así que no pude volver de inmediato con mi familia cuando arrancaron las vacaciones. Cuando por fin terminé, ella me invitó a pasar unos días en la casa de sus abuelos, cerca del lago, donde iban a reunirse varios parientes. Dudé un poco, pero me insistió tanto que acepté.

La casa era grande, fresca en la planta baja y sofocante arriba. Desde que llegamos me recibieron con una amabilidad que me hizo sentir menos extraña, pero también me dejó demasiado consciente de mí misma. Yo siempre había sido insegura con mi cuerpo: baja, con caderas anchas, pechos generosos y un vientre suave que nunca supe esconder del todo. A solas podía mirarme desnuda y gustarme; frente a otros, en cambio, me sentía torpe.

Entonces apareció Mauro, primo de Lorena, y se me secó la boca.

Era un hombre adulto de presencia segura, de esos que ocupan el espacio sin esfuerzo. Alto, ancho de hombros, con los brazos curtidos por el sol y una forma de sonreír que parecía saber exactamente el efecto que causaba. No era solo guapo; era descarado sin ser vulgar, de esos hombres que sostienen la mirada un segundo más de la cuenta y te dejan pensando en ello el resto del día.

Yo intenté actuar normal. Comer, conversar, fingir que no me fijaba en cómo se tensaban sus antebrazos cuando cargaba las hieleras o en cómo se le pegaba la camiseta húmeda al torso después de meterse a la piscina. Pero cada vez que cruzábamos palabra sentía el cuerpo más caliente. Él me hablaba con confianza, como si ya me conociera, y yo apenas lograba responder sin delatarme.

La habitación que me dieron estaba en el segundo piso y tenía baño propio. Apenas entré, noté un detalle extraño: la ventana del baño daba a un cubo interior que separaba varias recámaras. Era de esos espacios estrechos por donde corría el aire y se veían otras ventanas enfrentadas. No le di demasiada importancia al principio. Abrí para que entrara brisa, dejé mi ropa sobre la cama y traté de relajarme.

Pero el calor de esa noche era insoportable. La casa olía a madera tibia, jabón y humedad de verano. Después de cenar y soportar durante horas la presencia de Mauro sin atreverme a mirarlo demasiado, subí a mi cuarto con la cabeza llena de imágenes suyas. Cerré la puerta, me quité la ropa y me quedé un momento frente al espejo del baño.

Siempre he sido honesta conmigo misma: aunque me avergonzara delante de otros, a solas me gustaba tocarme y mirarme. Esa noche me recorrí con las manos despacio, sintiendo cómo los pezones se me endurecían apenas rozarlos. Me apreté los pechos, me giré de lado, pasé la palma por mi vientre y seguí hasta bajar entre las piernas. Ya estaba húmeda antes de entrar a la ducha.

Me metí bajo el agua tratando de bañarme rápido, pero no tardé en abandonar esa idea. El agua caliente me resbalaba por la espalda y yo seguía pensando en él: en su voz grave, en su pecho, en la curva de su boca. Me acaricié un pezón con una mano y con la otra me abrí los labios. El clítoris me latía con una sensibilidad casi dolorosa.

Empecé a frotarme con movimientos cortos, lentos al principio, haciendo círculos hasta que el placer se volvió demasiado claro para ignorarlo. Me mordí el labio para no hacer ruido. Bajé dos dedos, los llené de mi propia humedad y me los metí apenas, más por intensificar la sensación que por otra cosa. Mi coño se contrajo de inmediato, apretándolos.

—Mierda... —susurré sola, apoyando una mano en el azulejo.

Seguí tocándome con más hambre. El agua, mis dedos y la imagen de Mauro masturbándose en mi cabeza se mezclaron hasta que dejé de pensar. Me froté más rápido, metí y saqué los dedos una y otra vez, sintiendo cómo me resbalaban dentro. Cuando me corrí, tuve que abrir la boca para ahogar el gemido. Las piernas me temblaron y me quedé inclinada hacia delante, respirando agitada, con el agua golpeándome la nuca.

Salí de la ducha ligera, casi mareada de placer. Me puse la pijama y me acosté, pero no lograba dormir. Con la luz apagada vi una claridad tenue entrando desde el baño. Me levanté, curiosa, y me acerqué descalza. Entonces entendí que, desde la ventana enfrentada, podía verse parte de mi baño... y probablemente alguien podría haberme visto hacía unos minutos.

Se me revolvió el estómago. Iba a apartarme cuando la otra ventana se abrió.

Era Mauro.

Lo reconocí por el perfil, por el torso desnudo y por la forma tranquila con que apoyó un brazo en el marco. Había encendido la luz de su baño, así que podía verlo con bastante claridad. No llevaba camiseta. El cabello húmedo, la piel todavía brillante por el agua. Y entonces bajó la mano hacia su cintura y empezó a masturbarse.

Me quedé clavada en el sitio.

No era una duda. No era un gesto ambiguo. Se estaba haciendo una paja de frente a la ventana, lento, mirando hacia mi lado aunque yo estuviera medio escondida por la oscuridad. Mi primer impulso fue retroceder, pero el segundo fue más fuerte. Sentí una oleada de calor entre las piernas tan inmediata que me faltó aire.

Metí la mano por debajo de la blusa. Mis pezones estaban duros otra vez. Bajé la otra mano dentro de la braga y me encontré empapada. Él seguía moviendo el brazo con un ritmo firme, apretando la mandíbula, echando la cabeza atrás por momentos. Yo empecé a imitar mi respiración a la suya, mis dedos al ritmo de su mano.

Me abrí bien y froté el clítoris con desesperación. Lo miraba mientras él se tocaba y eso lo hacía todo más intenso, más sucio, más excitante. No podía creer lo que estaba haciendo, pero tampoco quería parar. Me corrí de nuevo con la palma presionada entre las piernas, soltando un gemido que esta vez sí se escapó.

Él lo oyó.

Mauro giró la cara directo hacia mí. No pude verle todos los detalles, pero sí la sonrisa lenta con que se lamió el labio inferior al descubrirme. No dijo nada. Solo me sostuvo la mirada unos segundos, como si quisiera que supiera que me había visto tocándome mientras lo espiaba. Luego cerró la ventana con calma.

Me quedé helada cuando se me bajó el temblor del orgasmo. Pasé de la excitación a la vergüenza en cuestión de segundos. ¿Y si le contaba a alguien? ¿Y si pensaba que yo era una pervertida desesperada? ¿Y si había interpretado todo mal? Dormí poco y mal, dando vueltas, repasando la escena una y otra vez.

Al día siguiente bajé a desayunar rezando por no encontrarlo. No estaba. Lorena me dijo que había salido temprano al pueblo con unos amigos y sentí un alivio tan grande como decepcionante. El resto de la familia siguió tratándome igual que siempre, así que supuse que él no había dicho nada. Aun así, apenas pude probar bocado.

Pasé el día inquieta. Cada vez que recordaba su mano moviéndose frente a la ventana o esa sonrisa cuando me descubrió, me mojaba sin remedio. Me repetía que esa noche cerraría la ventana y que no volvería a cometer la misma locura. Pero en el fondo sabía que ya no podía fingir indiferencia.

Cuando por fin subí a mi cuarto, fui directa al baño y cerré la ventana antes de desvestirme. Me metí en la ducha intentando concentrarme en otra cosa. Apenas abrí el grifo, escuché unos golpes suaves en el vidrio.

Se me paró el corazón.

—¿Quién? —pregunté en voz baja, aunque ya lo sabía.

—Soy yo —respondió él del otro lado—. Ábreme.

—Estás loco.

—Ábreme, Diana. Solo un poco.

Su voz sonó baja, segura, como si estuviera pidiéndome algo que ya daba por hecho. Dudé apenas unos segundos. Estaba desnuda, con la piel húmeda y el pulso disparado. Terminé corriendo apenas la hoja lo suficiente para verle la cara.

Fue un error, porque en cuanto lo tuve delante dejé de pensar.

Mauro metió la mano, abrió más la ventana y me agarró de la nuca para besarme. Su boca entró con hambre, sin tanteos. Me metió la lengua y yo se la recibí con un gemido ahogado, pegándome al marco. Olía a jabón, a piel caliente y a esa seguridad obscena que me tenía hecha un desastre desde que llegué.

—Joder, sí que querías mirarme —murmuró contra mis labios.

No supe qué contestar. Él volvió a besarme y esta vez me sujetó el cabello con una mano mientras con la otra me acariciaba un pecho. Me apretó el pezón entre dos dedos y se me doblaron las rodillas. El calor me subió entero al vientre.

—Hazte atrás —dijo—. Voy a entrar.

Y entró.

Le costó pasar por la ventana estrecha, pero lo consiguió. En segundos ya estaba dentro del baño, cerrando tras de sí y arrinconándome contra el cristal de la ducha. Volvió a besarme con más fuerza. Yo le manoseé el pecho, la espalda, los brazos. Notaba la tensión de su cuerpo, la prisa, las ganas.

Me desabrochó el pantalón corto que llevaba y se lo bajó junto con la ropa interior. Su erección saltó libre, dura, gruesa, ya completamente lista. La vi y me entró una mezcla brutal de miedo, morbo y deseo. Nunca había tenido una polla de verdad tan cerca y, en vez de asustarme del todo, sentí el coño palpitar más fuerte.

—Mírame —me dijo.

Lo hice.

—Ayer te vi tocarte por mí. No voy a fingir que eso no me volvió loco.

Me mordí el labio, muerta de vergüenza y excitación.

—Yo... pensé que no me habías visto.

—Te vi entera. Cómo te abrías, cómo te corriste mirándome. —Me metió una mano entre las piernas y soltó una risa corta al notar lo mojada que estaba—. Y ahora estás igual o peor.

Me acarició la vulva con los dedos, separando los labios despacio, jugando primero con la humedad, luego presionando el clítoris en círculos lentos. Eché la cabeza atrás contra el vidrio y abrí más las piernas. Él aprovechó para meterme un dedo, luego dos. Entraron fácil por lo empapada que estaba.

—Así, tranquila —murmuró—. Quiero sentir cómo te vas aflojando para mí.

Empezó a bombear los dedos dentro de mi coño con un ritmo firme, mientras el pulgar seguía machacándome el clítoris. Yo me agarré a sus hombros, gimiendo sin poder disimular ya nada. Cada vez que me metía los dedos hasta el fondo, me arqueaba. Sentía el cuerpo entero volverse puro deseo.

Luego se arrodilló.

Me levantó una pierna, después la otra, acomodándomelas sobre sus hombros. El gesto fue tan decidido que me hizo sentir completamente expuesta. Me besó la cara interna de los muslos, despacio, saboreando la anticipación. Yo temblaba de pies a cabeza.

Su lengua llegó a mi coño y casi grité.

No fue un roce tímido; me lamió de abajo arriba con hambre, abriendo más los labios con los dedos para meterse mejor. Después concentró la boca en mi clítoris y empezó a chuparlo con una precisión obscena. Yo me sostuve como pude de la mampara, jadeando, con las rodillas flojas.

—Mauro... me voy a correr...

Él no levantó la cara.

Me respondió con otro lengüetazo largo y con dos dedos entrando de nuevo, doblándolos dentro de mí hasta encontrar un punto que me hizo ver blanco. Me corrí encima de su boca, temblando, apretándole los hombros con las piernas. Sentí cómo seguía lamiéndome durante el orgasmo, tragándose todo, sin soltarme ni un segundo.

Cuando subió de nuevo, tenía la boca brillante y una sonrisa de puro vicio.

—Esto recién empieza —dijo.

Me besó y pude saborearme en su lengua. Aquello me volvió loca. Bajé la mano y lo agarré por primera vez. Su polla estaba caliente, pesada, dura de verdad. La rodeé con la mano torpemente, sin experiencia, y empecé a moverla como lo había visto hacer. Él cerró los ojos un instante y dejó caer la frente sobre mi hombro.

—Así... no tan suave. Aprieta un poco más.

Obedecí. Subí y bajé la mano con más decisión, notando cómo la piel se deslizaba bajo mis dedos. Me encantó la reacción que provocaba en él. Se le tensaba la mandíbula, soltaba aire por la nariz, me apretaba la cintura como conteniéndose. Quise más.

—Quiero chuparte —le dije, sorprendida por mi propia voz.

Él me miró con una mezcla de sorpresa y hambre.

—Arrodíllate, entonces.

Lo hice sobre la alfombra del baño, sin pensar en nada más. La tuve delante de la cara, imponente, palpitando apenas. Saqué la lengua y la lamí de abajo arriba, probando, aprendiendo. Él soltó un gemido ronco. Repetí el movimiento y luego me la metí en la boca con cautela, avanzando hasta donde pude.

Me sostuvo el cabello en una coleta improvisada y dejó que marcara el ritmo al principio. Yo chupaba, subía, bajaba, usaba la lengua en la punta, lo sacaba para lamerlo otra vez, volvía a meterlo. Nunca había hecho una mamada, pero me guiaba por sus sonidos. Cuando gemía más fuerte, insistía ahí. Cuando me empujaba apenas la cabeza, entendía que quería más fondo.

—Joder, qué buena estás haciendo esto para ser la primera vez —dijo entre dientes.

Eso me excitó todavía más. Bajé una mano a sus huevos y los acaricié mientras seguía chupándosela. Él dio un paso atrás y me obligó a parar.

—No. Si sigues, me corro en tu boca y no quiero terminar así.

Me levantó de los brazos y me sentó sobre el mueble del lavabo. Allí me abrió las piernas de nuevo y colocó la polla en la entrada de mi coño. En ese momento sí me puse nerviosa de verdad. Nunca me habían penetrado. Me miró a los ojos antes de empujar.

—¿Segura?

—Sí —respondí enseguida—. Métemela.

Entró despacio, centímetro a centímetro, y el placer se mezcló con un dolor nuevo que me hizo jadear. Me aferré a sus hombros. Mi cuerpo se resistió un instante, luego empezó a ceder. Él no tuvo prisa. Se quedó quieto un segundo, completamente dentro, dejándome sentir el grosor, la presión, la sensación increíble de estar llena.

—Respira —me dijo al oído—. Te estás apretando toda.

Lo hice. Cuando volvió a moverse, el dolor bajó y el placer empezó a abrirse paso con una claridad brutal. Salía despacio y entraba otra vez, un poco más fuerte cada vez. El lavabo golpeaba la pared con un ruido seco. Yo gemía sin vergüenza, abierta de piernas para él, sintiendo cómo mi coño se iba adaptando a esa polla que al principio me parecía imposible.

Pronto el ritmo cambió. Ya no era solo cuidado; también era hambre. Mauro me agarró de las caderas y empezó a follarme de verdad, con embestidas más profundas, más seguidas, entrando hasta el fondo. Cada golpe me sacudía el cuerpo entero. Yo empecé a acompañarlo con la pelvis, ansiosa por recibirlo una y otra vez.

—Así te imaginé anoche —me dijo, jadeando junto a mi oído—. Mirándome y deseando que fuera yo quien te follara.

La frase me atravesó como una descarga. Me mordió el cuello, me chupó un pezón y siguió embistiéndome con más fuerza. Yo ya estaba otra vez al borde. Tenía el clítoris sensible, el coño apretándolo sin control, las piernas temblando abiertas a cada empuje.

—No pares... por favor, no pares...

Él bajó una mano y empezó a frotarme el clítoris mientras me penetraba. Fue demasiado. El placer subió de golpe, caliente, apretándome desde dentro. Me corrí gritando su nombre, con el cuerpo arqueado y las uñas clavadas en su espalda. Sentí cómo él seguía unos segundos más, desquiciado por mis contracciones.

—Me voy a correr —gruñó.

Salió de mí en el último momento y se masturbó dos veces con violencia antes de correrse sobre el lavabo, respirando entrecortado. Yo seguía temblando, abierta, con el coño latiendo y las piernas débiles. Él se inclinó sobre mí y me besó largo, como si todavía no hubiera tenido bastante.

Nos quedamos unos segundos en silencio, recuperando el aire.

—Quiero repetir esto todos los días que estés aquí —dijo al fin—. Pero nadie puede saberlo.

Asentí sin pensarlo. En ese momento habría aceptado cualquier condición con tal de volver a sentirlo dentro.

Me ayudó a bajarme del lavabo. Luego me manoseó otra vez, como si le costara soltarme, y terminó volviendo por la misma ventana por la que había entrado. Yo me quedé sola, desnuda y todavía húmeda, mirando el baño patas arriba y preguntándome cómo era posible que mi primera vez hubiera sido tan sucia, tan intensa y tan buena.

***

Durante el resto de esa semana repetimos nuestro secreto cada noche y, a veces, también en alguna siesta robada. El morbo de que nos descubrieran lo volvía todo más fuerte. Una tarde me llevó al cuarto de lavado y me puso de espaldas contra la puerta para meterme la mano en la braga mientras abajo toda la familia conversaba. Otra noche me hizo abrir la ventana solo un poco para verme tocarme antes de entrar.

Aprendí rápido lo que le gustaba. Chuparle la polla hasta oírlo maldecir, notar cómo se le endurecía más cuando le lamía los huevos, cómo me agarraba del pelo cuando se dejaba llevar. Él, por su parte, parecía decidido a enseñarme todo de golpe: me comía el coño hasta dejarme deshecha, me follaba de pie en la ducha, me ponía a cuatro sobre la cama y me abría las nalgas para mirarme antes de entrar otra vez en mi vagina, siempre haciéndome gemir con esa mezcla de dominio y cuidado que me dejó enganchada.

La última noche fue la más intensa. Me hizo desvestirme completa frente a la ventana abierta, sabiendo que solo él me veía desde el otro baño. Me ordenó que me acariciara para él y obedecí, mirándolo a través del cubo oscuro mientras me abría las piernas sobre el borde del lavabo. Cuando vio que estaba a punto de correrme, entró de nuevo por la ventana y me penetró por detrás sin dejarme tiempo para nada más. Me corrí con su mano en mi garganta y la otra entre mis piernas, temblando tan fuerte que casi no podía sostenerme.

Cuando aquel viaje terminó, también terminó lo nuestro. No hubo promesas ni dramas. Yo volví a mi vida con una experiencia pegada a la piel y con una certeza nueva sobre mí misma: me excitaba que me miraran, que me descubrieran, sentirme deseada en el instante exacto en que dejaba de esconderme. Desde entonces, cada vez que me encierro en un baño ajeno o una ventana queda entreabierta, recuerdo ese verano y cómo empecé a arder de verdad.

Fue mi primera vez, sí. Pero sobre todo fue la primera vez que entendí que una fantasía, cuando se vuelve carne, puede marcarte para siempre.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(7)

Pati_Cba

Que bueno!!! lo leí de un tirón sin poder parar

NocheDeJulio

El excerpt ya me enganchó pero el final te deja con ganas de mas. ¿Hay segunda parte?

FelipeS_79

Me recordo a una situacion que viví hace unos veranos. Ese tipo de momentos que uno nunca olvida jaja

Romi2805

increible!! sigue así

DiegoM_ok

¿Va a tener continuacion? porque quede con la intriga total

SilvinaRo

Me encantó la tension que se siente en todo el relato. Muy bien narrado, enhorabuena

Carlos_MdQ

jajaja a todos nos ha pasado algo parecido aunque no lo admitamos

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.