Mi inquilina y el balcón que daba a su cama
Antes de nada, me presento: todos me llaman Darío, aunque en realidad es un apodo que arrastro desde la adolescencia. No soy un hombre especialmente atractivo; destaco en unas cosas y me quedo corto en otras. Me gusta considerarme apañado, sin ser de los que reparten elogios a mi paso. Siempre he tenido amigas, algunas con más confianza que otras, y nunca me ha costado relacionarme con las mujeres. Con casi nadie me llevo mal.
Hace unos años, cuando mis padres se jubilaron y se mudaron al pueblo, a la vieja casa familiar, me cedieron el piso de la ciudad. Mis hermanos vivían lejos y ya habían recibido su ayuda para establecerse, así que les pareció justo: yo trabajaba aquí y todavía no tenía un empleo estable. Con tres habitaciones para mí solo, decidí alquilar dos para tener un ingreso extra e ir más holgado.
Con el tiempo me cansé de aquel sistema. Con lo que había ahorrado me busqué un piso más pequeño para mí y dejé el de mis padres en alquiler completo. Menos gente entrando y saliendo, menos desconocidos y, sobre todo, más libertad para mis aficiones sin tener al casero durmiendo en la habitación de al lado. Acabé enfocando el alquiler en estudiantes, con contratos de corta estancia que duraban lo que durase su curso.
Por mi parte, me instalé en un pequeño ático dúplex. Con los ingresos de los alquileres y mis trabajos esporádicos no pasaba penurias y podía permitirme la hipoteca. Pero lo mejor de vivir solo era la libertad absoluta. Me había acostumbrado a un estilo bastante abierto en lo sentimental y lo sexual, y era un privilegio que disfrutaba enormemente. Follar cuando quería, con quien quería, sin dar explicaciones a nadie.
El piso tenía dos dormitorios medianos, cada uno con su baño, y una cocina unida a un salón. El segundo dormitorio quedaba en la planta superior, con un balcón que asomaba a la ciudad. Y aquí está el detalle que lo cambió todo: desde ese balcón, a través de un gran ventanal, se veía la cama de la habitación inferior. Vivía tranquilo, hacía y deshacía a mi antojo. Esa fue mi rutina hasta que dejó de serlo.
Un miércoles, al salir del trabajo, recibí un mensaje de Marta, mi inquilina más antigua, que ocupaba la habitación más grande del piso que aún tenía alquilado. Me pedía que la llamara. No parecía urgente ni sonaba a problema de la casa, así que me lo tomé con calma y decidí telefonearla al llegar.
—Hola, Marta, ¿qué tal todo? Dime, ¿qué querías comentarme? —pregunté mientras dejaba las llaves en la entrada.
—Hola, todo bien. Quería saber si conoces a alguien que alquile una habitación o un piso pequeño. Una chica de mi pueblo viene a hacer un curso a la ciudad. Lo tenía todo apalabrado, pero los del piso donde se iba a quedar se han echado atrás. Empieza en unos días y se ha quedado sin nada.
—Pues no tengo ni idea, la verdad. Puedo preguntar, pero ahora mismo no se me ocurre nadie. ¿Cuánto tiempo sería?
—Creo que tres meses, quizá un poco más, no lo sé seguro. Había pensado que los primeros días podría quedarse en mi habitación, como hace mi hermana cuando viene. Así le doy tiempo a buscar algo.
—Claro, como siempre. No me importa que se quede contigo unos días. Pero a la larga habría que ver cómo lo veis tus compañeros de piso, no sea que alguno se piense que tiene barra libre para meter gente.
No tenía mucho margen para ayudar, pero aun así pregunté a un par de conocidos. Nadie disponía de una habitación con tan poca antelación. Y entonces me acordé del dormitorio de la planta baja del ático, el que apenas usaba salvo cuando venía algún hermano de visita, cosa que pasaba muy de vez en cuando. No me entusiasmaba la idea de perder intimidad, pero llevaba un tiempo sin echar un polvo y tampoco parecía que eso fuera a cambiar pronto.
El domingo por la tarde llamé a Marta.
—Hola, Darío, ¿qué tal? —respondió.
—Mira, no sé si tu amiga habrá encontrado algo. He preguntado y nadie tiene nada libre. Pero he pensado que yo tengo la habitación de abajo desocupada. Si quiere, se la dejo por cuatrocientos cincuenta o quinientos. Tendría baño propio y un par de baldas en la nevera. El único problema es que vivo lejos del centro, no sé dónde dará el curso, pero igual le pilla retirado.
—Pues sé que todavía no ha cerrado nada. Si no encuentra, dice que aplaza el curso. Pero con tu opción quizá lo acepte.
—¿Cuándo llega? Que se quede contigo unos días, venga a ver la habitación y decida.
—Vale, se lo comento. Ella viene este miércoles. Podríamos pasarnos el viernes por la tarde y que lo vea. Ah, y tranquilo: es amiga de mi hermana de toda la vida, no te va a dar ningún problema.
—Si tú respondes por ella, me basta. Os veo el viernes sobre las siete, si os va bien. Te acuerdas de la dirección, ¿no?
—Sí, allí estaremos. Chao.
***
La semana pasó tranquila. El jueves ventilé la habitación, cambié las sábanas y comprobé que el baño funcionaba bien. El viernes, poco después de las siete, las dos chicas llamaron al telefonillo.
—Hola, chicas, pasad. ¿Qué tal todo? —dije abriendo la puerta.
—Hola, Darío. Bien, ¿y tú? Mira, ella es Noelia, mi amiga. Perdona el retraso, me he liado con la línea de metro.
—No pasa nada. Hola, Noelia, encantado. ¿Queréis tomar algo? Os enseño la habitación y me decís.
—Gracias, a mí me vendría bien un vaso de agua —contestó Noelia con una sonrisa tímida.
Le calculé unos veintitrés años, estudiante de un máster, esa edad en la que ya eres adulta del todo pero conservas cierta frescura. Tenía tetas pequeñas y firmes que se marcaban bajo la camiseta, un culo redondo y respingón embutido en unos vaqueros ajustados, y unos labios carnosos que se me quedaron mirando más de la cuenta. Les enseñé el salón, la cocina, la zona del comedor. Marta comentó que el piso era más amplio de lo que parecía desde fuera. Noelia asentía, observándolo todo con curiosidad.
—Aquí tienes la habitación que sería para ti —dije—. Cabe un escritorio para estudiar, tienes un buen armario y el baño para ti sola.
—Está muy bien, y por ese precio deberías planteártelo —insistió Marta—, aunque te quede lejos de la academia.
—Sí, me gusta. Aunque no sé… ¿puedo hacerle unas fotos? Para mandárselas a mi madre y consultarle —pidió Noelia.
—Claro, sin problema.
Salí de la habitación y Marta vino detrás de mí.
—Parece buena chica —comenté en voz baja.
—Lo es. Tiene veintitrés, aunque siempre aparenta menos. Es muy responsable, no te va a dar guerra.
Noelia salió al cabo de unos diez minutos, después de hablar con su madre.
—Creo que me lo quedo. Está lejos, pero es una hora de camino y el precio compensa.
—Marta responde por ti, así que te lo dejo en cuatrocientos cincuenta. Pagas al mudarte y al mes siguiente igual. No haré contrato largo, así que si encuentras algo mejor más cerca, te vas sin líos.
—Perfecto. Podría traer mis cosas mañana mismo. El lunes empiezo y prefiero acostumbrarme a la rutina desde el principio.
***
El sábado por la tarde Noelia y Marta volvieron cargadas de cajas. Mientras se instalaba, repasamos horarios y un par de normas básicas de cocina, lavadora y nevera. Marta se marchó y Noelia siguió colocando sus cosas. El domingo charlamos un rato y le indiqué dónde hacer la compra, tomar algo o salir a correr si le apetecía.
Las dos primeras semanas transcurrieron con una tranquilidad casi aburrida. Apenas coincidíamos: un rato por las tardes, alguna cena rápida. Yo me levantaba antes y salía pronto al trabajo; cuando volvía, ella solía estar estudiando en el salón y prefería no molestarla. Todo muy correcto, muy de manual. Pero eso estaba a punto de cambiar.
Tengo la costumbre de salir al balcón a tomar el aire antes de dormir. Me relaja, me ayuda a desconectar y a conciliar el sueño. Y fue así, sin buscarlo, como descubrí el otro lado de mi inquilina. Como ya he dicho, desde el balcón se ve la cama de la habitación de abajo. Esa noche estaba iluminada apenas por la pantalla de un portátil, con algo de ropa esparcida sobre el edredón. Noelia entró, se dejó caer en el colchón y, casi sin darme cuenta, reparé en que estaba completamente desnuda.
Joder, vaya con la chica de los recados. Lo pensé mientras dudaba entre seguir mirando o apartar la vista cuanto antes.
No aparté la vista. Ni de coña. Desde el ángulo del balcón la veía entera: las tetas pequeñas coronadas por dos pezones oscuros y duros, el vientre plano, y ese triángulo de vello recortado entre los muslos que se abría cada vez que cambiaba de postura. Cogió el móvil y empezó a hacerse fotos, mordiéndose el labio, recorriéndose el cuerpo con la mano libre. Se pellizcaba los pezones hasta ponerlos tiesos, se pasaba los dedos por la boca ensalivándolos y bajaba lentamente por el estómago hasta plantar la mano abierta sobre el coño. Separó las piernas de golpe, dobló una rodilla y disparó otra foto desde arriba, enseñándose el chocho abierto a la cámara. Se veía perfectamente cómo brillaban los labios de puro húmedos.
A mí, mientras tanto, el pantalón del pijama empezaba a apretarme de una forma incómoda. Tenía la polla dura como una piedra, empujando la tela. No sabía si se hacía las fotos por gusto o para mandárselas a algún novio de su pueblo, y la verdad es que me la sudaba: lo único que quería era seguir mirando.
Me bajé el pantalón y los calzoncillos hasta los tobillos. La polla saltó libre, tiesa contra el vientre, con la punta ya perlada de líquido. Decidí que, ya que el espectáculo era gratis, lo aprovecharía a fondo. Era poco probable que ella me viera desde aquel ángulo, en la oscuridad de mi balcón, así que me la agarré con la mano y empecé a acariciármela despacio, sin apartar los ojos de ella ni un segundo.
Noelia abrió el portátil del todo, lo que agradecí porque la luz aumentó y la veía mejor. Escribió algo y, al poco, empezó a sucederse una serie de imágenes en la pantalla. No alcanzaba a distinguirlas, pero por cómo se le contraía la cara y cómo se relamía, no me cabía duda de que era porno del bueno. Se acomodó boca arriba, dobló las rodillas y abrió las piernas de par en par, ofreciéndome sin saberlo una vista privilegiada de todo su coño. Se llevó dos dedos a la boca, los chupó despacio, y luego los bajó directos al clítoris. Empezó a frotarse en círculos, primero lento, después cada vez más rápido, mientras la otra mano viajaba a las tetas y se pellizcaba los pezones con fuerza.
Se le escapó la boca abierta, un gesto de placer contenido. Los dedos de la mano derecha resbalaron un poco más abajo y se hundieron dentro del coño. Uno, dos dedos, entrando y saliendo con un ritmo cada vez más brusco. Se los sacaba brillantes de flujo, se los llevaba a la boca y los chupaba antes de volver a hundírselos. La cama debía estar hecha un desastre; desde donde yo estaba se oía un chapoteo suave cada vez que se metía los dedos hasta los nudillos.
Yo me la meneaba a su compás, apretando el puño más fuerte cuando ella aceleraba, aflojando cuando ella se recreaba jugando con el clítoris. Tenía que morderme el labio para no gemir, y contenía la respiración para que el vaho no empañara el ventanal. La polla me palpitaba y sentía cómo los huevos se me apretaban contra el cuerpo, listos para reventar.
Noelia levantó las caderas del colchón, arqueó la espalda y clavó los talones en el edredón. Ahora se follaba con tres dedos, martillándose el coño con una velocidad brutal, y con el pulgar de la misma mano se azotaba el clítoris. La boca se le abrió del todo, la cabeza cayó hacia atrás y se le contrajo todo el cuerpo. Vi cómo se le tensaban los muslos, cómo las tetas le rebotaban con cada sacudida y cómo aquel coño chorreando la absorbía los dedos hasta el fondo. Se corrió con violencia, sin hacer apenas ruido, con la boca abierta en un grito mudo que me llegó hasta el balcón por pura empatía.
Aguantar más era imposible. Apreté los dientes y me sacudí la polla con las últimas embestidas. Solté una descarga larga y espesa que salpicó la baranda del balcón; noté cómo los chorros salían uno detrás de otro, calientes, mientras yo seguía con los ojos clavados en su cuerpo temblando. Quizá fue por el tiempo que llevaba sin echar un polvo, quizá por lo morboso de la situación, pero me corrí como hacía meses que no me corría.
Ella tardó unos instantes en moverse. Se quedó tumbada con las piernas abiertas, la mano todavía posada sobre el coño empapado, respirando hondo. Después se pasó los dedos por la boca, los chupó despacio hasta dejarlos limpios, y cerró el portátil con los pies. Se tapó con el edredón y pareció quedarse dormida en cuestión de segundos. Me quedé un rato más en el balcón, con la polla goteando los últimos restos y el pijama a medio subir, mientras recuperaba el aliento. Apenas me creía lo que acababa de hacer ni lo que acababa de ver. Limpié la baranda como pude con un trozo de papel, cerré la puerta con cuidado y me fui a la cama.
Me costó dormir. La imagen de mi inquilina volvía cada vez que cerraba los ojos: sus dedos hundidos en el coño, sus tetas rebotando, la cara de puta descontrolada que puso al correrse. Se me puso dura otra vez, dolorosamente dura, y no me lo pensé dos veces. Me escupí en la mano y me la volví a machacar allí mismo, en la cama, imaginándome que era yo el que le abría las piernas, el que se la metía hasta el fondo, el que le tapaba la boca para que sus gemidos no despertaran a los vecinos. Me corrí otra vez, más flojo, sobre la barriga, y por fin el sueño me venció con la mano todavía manchada.
Pasé el día siguiente con esas imágenes rondándome la cabeza, aunque ya no me excitaban con la misma fuerza. Al llegar a casa y sentarme a cenar con ella, apenas pude articular palabra. Mis ojos se iban solos a sus tetas cada vez que se agachaba a coger algo, a los labios cuando llevaba el tenedor a la boca, al culo cuando se levantaba a por agua. Ya no podía mirarla igual que dos semanas atrás. Hablaba de su curso, de un examen, de una compañera pesada, y yo asentía sin enterarme de la mitad, con la polla medio dura debajo de la mesa.
Lo único que deseaba era que se retirara a su habitación para volver yo al balcón. Quería repetir aquel momento, espiar su piel a la luz del portátil, verla abrirse de piernas otra vez y follarse con los dedos, ser de nuevo el testigo invisible de un placer que ella creía solo suyo. Sabía que estaba cruzando una línea que no debía cruzar. Y sabía, también, que no pensaba dar marcha atrás.





