Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi compañero me llevó a casa y su esposa nos miraba en vivo

Hay cosas que llevo meses guardándome y que recién ahora me animo a escribir. La más fuerte de todas tiene que ver con Andrés, un compañero del trabajo con el que terminé teniendo una complicidad que jamás imaginé.

Andrés tiene treinta y un años y está casado hace cinco con Camila. Eso lo supe el primer día, cuando me lo presentaron y vi la foto de fondo de pantalla en su celular: ella sonriendo en una playa, él abrazándola por detrás. Lo que no supe enseguida fue lo que esa pareja tenía de particular.

Nos hicimos amigos rápido. Mismos horarios, misma costumbre de tomar café a media tarde, mismo humor un poco ácido para sobrevivir a las reuniones eternas. A las tres semanas ya almorzábamos juntos, a las cinco le había contado que escribía relatos en una página de erótica, y a las seis me había confesado que él y Camila los habían leído todos, una noche, antes de dormir.

No supe si me incomodaba o si me halagaba.

—Camila dice que escribes muy bien —me soltó un mediodía, sin levantar la vista del menú—. Que ojalá algún día te pase algo conmigo, para que tengas material nuevo.

Me reí porque no supe qué otra cosa hacer. Pero la frase se me quedó pegada toda la tarde.

***

El proyecto que arrancamos juntos terminó siendo más grande de lo previsto. Los jefes nos pusieron a cargo, y entre presentaciones, informes y entregas, los horarios se volvieron impredecibles. Un martes salimos a las once y media de la noche. Yo todavía no tenía coche de la empresa, y Andrés, sin que se lo pidiera, agarró las llaves y dijo que me llevaba a casa.

El trayecto era de unos cincuenta minutos. La ciudad estaba vacía y las calles olían a lluvia. Pusimos música baja, hablamos de cualquier cosa, y en algún momento, sin venir a cuento, le pregunté si Camila se enojaba cuando él volvía tan tarde.

—Al contrario —contestó—. Hoy me escribió que aprovechemos. Que hagamos algo que después pueda mandarle.

Me mostró el chat. La frase era exactamente esa: «Hoy es noche de hacer una locura, así me mandas foto. ¿Le cuentas a Mariana?». Llevaba un emoji que no voy a describir, pero se entendía la idea.

—¿Y qué se supone que tendríamos que hacer? —pregunté, mitad nerviosa, mitad divertida.

Andrés bajó la velocidad. Me miró de costado, calculando, y se animó.

—En el próximo estacionamiento quítate el sostén. Y bájate un poco el pantalón. Nada más. Lo justo para mandarle una foto.

Yo esa noche llevaba una blusa blanca semitransparente, un sostén beige con un poco de relleno, un pantalón de vestir gris y debajo una pantaleta negra de algodón con encaje en el borde. Nada planeado para nada de lo que vino después.

***

Le dije que sí. Le dije que sí y todavía no entiendo bien por qué. Tal vez porque su forma de proponerlo no tenía la urgencia de un tipo intentando aprovecharse: tenía la naturalidad de alguien que cumple un capricho de su esposa.

Entramos a una playa de estacionamiento subterránea, vacía, con esa luz amarilla de tubo fluorescente que vuelve todo más sórdido y más íntimo a la vez. Andrés apagó el motor pero dejó las luces interiores prendidas un segundo, lo justo para mirarme.

Me quité la blusa con un movimiento rápido, antes de pensarlo demasiado. Me desabroché el sostén y lo dejé caer sobre la palanca de cambios. Andrés soltó un silbido bajo, casi un suspiro.

—Tienes unos pechos hermosos —dijo, sin tono de chiste—. Y los pezones grandes. No me los había imaginado así.

Por los nervios y el aire acondicionado fresco los tenía duros, parados, oscuros bajo la luz amarilla. Me puse la blusa otra vez encima, sin sostén, y la tela se pegó a la piel como si estuviera mojada. Después me desabroché el pantalón, levanté la cadera apoyándome contra el asiento y lo bajé hasta la mitad del muslo.

—Listo —murmuré—. Saca la foto y arrancamos.

***

Salimos a la calle. Andrés conducía con una mano y con la otra sostenía el celular para mostrarme las respuestas de Camila. Cada semáforo en rojo era una excusa para leerlas en voz alta.

«Qué envidia.»

«Tiene unos pechos preciosos. Dile que la felicito.»

«Mándame otra. Con más luz, así la veo mejor.»

Encendí la luz del techo y dejé que sacara la segunda foto. Esta vez quedé enfocada de la cintura para arriba, con la blusa todavía puesta pero abierta, transparente, y los pezones marcándose como dos puntos oscuros. La envió. La respuesta llegó en menos de un minuto.

«Pídeles permiso para tocarlas. Pero quiero verlo.»

Lo miré. Andrés tenía la mandíbula apretada y los nudillos blancos en el volante. No estaba fingiendo. Le creía cada gesto.

—¿Quieres? —me preguntó, y la voz se le rompió un poco.

—Para el coche —contesté.

***

Se metió por una calle lateral oscura, una de esas zonas industriales sin gente a esa hora. Estacionó debajo de un árbol que tapaba el farol. El silencio del barrio era casi un personaje más.

Levantó el celular y, antes de que yo entendiera del todo, ya había iniciado una videollamada con Camila. La pantalla se llenó con ella, recostada en la cama, sin nada arriba, con un sostén abierto colgándole del brazo. Tenía el pelo recogido en un rodete deshecho y los ojos brillantes. Se notaba que llevaba rato esperando.

—Hola, Mariana —dijo, como si nos conociéramos desde hacía años—. Espero que no te moleste.

No supe contestar. Sólo sonreí.

Andrés me apoyó la mano abierta sobre el pecho izquierdo, con cuidado, casi pidiendo permiso. Yo asentí. Cerró los dedos sobre el pezón, lo apretó suave, lo soltó. Lo volvió a hacer. Camila, desde la pantalla, se mordía el labio y bajaba la otra mano fuera de cuadro.

—Más fuerte —le pidió ella, en un susurro—. Que se le note.

Andrés obedeció. Yo cerré los ojos un segundo. Cuando los abrí, vi que se había abierto el pantalón y que tenía la mano sobre la verga, ya dura, gruesa, oscura entre el vello negro. No era enorme, pero tenía una forma firme que me llamó la atención. No le dije nada. Sólo subí los pies al asiento, abrí las piernas y empujé la pantaleta a un costado.

—Yo también —dije, mirando a Camila.

***

Lo que pasó después duró poco, pero fue de las cosas más intensas que viví en mucho tiempo. Camila acomodó el celular sobre un soporte y nos mostró el cuerpo entero. Estaba completamente desnuda, con los muslos abiertos, masturbándose con dos dedos y un ritmo lento. Andrés se la frotaba al lado mío, sin mirar la calle, sin mirar nada que no fuera la pantalla. Yo me clavé los dedos despacio, abriéndome, sintiendo el frío del aire entrar donde antes había tela.

Camila gemía bajo, muy bajo, como si tuviera miedo de que alguien la escuchara en su casa. Andrés respiraba fuerte por la nariz. Yo no decía nada, pero el calor del coche se había vuelto insoportable.

—Está depilada —murmuró ella, mirándome a la pantalla—. Se le ve todo, qué hermoso.

Esa frase me terminó de derretir. No es que me sintiera halagada, es que me sentí mirada de un modo que jamás me habían mirado. Aceleré el ritmo, dos dedos adentro, el pulgar arriba. Andrés se vino primero. Un gemido seco, casi un quejido, y la leche le cayó sobre la mano, sobre el volante, sobre el pantalón. No intentó limpiarse. Siguió mirando.

Camila se vino segundos después, con un temblor que le sacudió el pecho. Yo cerré los ojos y me dejé ir contra el respaldo, mordiéndome la mano libre para no gritar. Fue corto y eléctrico, como un calambre que me corrió desde la pelvis hasta los talones.

***

Quedamos los tres en silencio. Sólo se escuchaba el aire acondicionado y el ronroneo del motor en marcha.

—No hagan más nada —dijo Camila por fin, con voz ronca—. Cuando llegue, le toca a él recompensarme.

Se cortó la videollamada. Andrés y yo nos miramos un segundo y nos largamos a reír los dos al mismo tiempo. Esa risa nerviosa de adolescente que acaba de hacer una travesura grande. Acomodé la pantaleta, me subí el pantalón, busqué el sostén que se había caído entre los asientos. La blusa la dejé como estaba: abierta, semitransparente, sin nada debajo. Total, faltaban veinte minutos para mi casa y nadie me iba a ver.

El resto del trayecto fue raro. Hablamos de Camila, de cómo se habían conocido, de las cosas que habían hecho ellos dos en pareja. Me contó de tríos con amigas de ella, de un intercambio con otra pareja, de noches enteras improvisando. Mientras manejaba, sin que se lo pidiera, me apoyó la mano sobre el pecho desnudo y la mantuvo ahí, jugando despacio con el pezón, como si fuera la cosa más natural del mundo. Yo lo dejé hacer. Su mujer le había dado permiso.

***

Llegamos a la una y veinte de la madrugada. Antes de bajar me puse el blazer sobre la blusa abierta, me acomodé un poco el pelo y le di un beso en la mejilla. Como si recién hubiéramos vuelto de una cena de trabajo cualquiera. Como si no hubiera pasado nada.

—Avísame cuando llegues —le pedí.

Antes de cerrar la puerta del coche, me mostró un último mensaje de Camila: «Dile que la próxima salida me invitan. Yo manejo y ustedes hacen lo que quieran atrás».

Me reí, le dije que sí, que cuando quisieran, y entré a mi casa sintiendo todavía las piernas un poco débiles. A los pocos minutos me llegó un mensaje al WhatsApp desde un número desconocido. Camila se había agendado mi contacto sin que yo me diera cuenta.

«Hola, hermosa. Quería repetir lo de hoy. Si quieres podemos coordinar para el fin de semana, en mi casa esta vez. Te dejo pensarlo. Buenas noches.»

A la una y cuarenta me llegó otra foto, de las que se ven una sola vez, en la que se le adivinaba la cabeza inclinada sobre la entrepierna de Andrés. «Llegó», escribió debajo. «Te debemos un poco de esto.»

Les contesté que me dejaran dormir, que no se podía competir con ellos a esas horas, y dejé el celular boca abajo.

***

Apagué la luz y me quedé un rato mirando el techo, todavía caliente, todavía sin terminar de creer lo que había pasado. Tengo que llamar a Daniela y contarle, pensé. Va a querer venir la próxima vez. Y conociéndola, capaz que ni siquiera se queda mirando.

Vendrán más historias, lo prometo. Hay cosas con un amigo del gimnasio que tengo pendientes desde hace semanas. Y una apuesta con Daniela que terminó como nunca pensé. Pero todo a su tiempo. El trabajo es agotador y la energía para escribir no me sobra. Mientras tanto, sepan que Andrés y Camila ya me agregaron a un grupo de chat que se llama «Tres».

Por ahora no abro las notificaciones. Por ahora.

Ver todos los relatos de Voyerismo

Valora este relato

Comentarios (6)

Rodrigo_BsAs

increible!!! que morboso todo, jaja no me esperaba ese giro para nada

Valentina_Kre

Dios mio, quede sin palabras. De lo mejor que lei por aca en mucho tiempo. Sigan subiendo cosas asi

NachoQuilmes

segunda parte porfa!! dejo mucho en el aire

LectorNocturno9

me hiso acordar a algo parecido que me paso hace años jajaja. Muy buen relato, bien contado

Silvia_BA

No pude soltar el cel hasta el final. Muy bien narrado todo

Martina_91

y la esposa lo sabia de antes?? o fue sorpresa para los tres? muero de curiosidad jaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.