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Relatos Ardientes

Mi hermano me rogó que lo dejara mirar

Lo supe la primera vez que Daniel desvió la mirada al hablarme de su mujer. No había rencor en sus ojos, ni reproche. Había otra cosa, algo que él todavía no se atrevía a nombrar y que yo reconocí enseguida porque llevaba años aprendiendo a leer esos silencios en los hombres.

Daniel y yo crecimos en la misma casa, pero nunca nos parecimos. Él se conformaba; yo nunca aprendí cómo se hace eso. Cuando me confesó, entre cervezas, que su relación con Noelia se había apagado, no me sorprendió. Lo que me sorprendió fue cómo lo dijo.

—Ella ya no me desea —murmuró—. Y lo peor es que la entiendo.

—¿Y qué piensas hacer?

Se quedó callado un buen rato, girando el vaso sobre la mesa.

—No lo sé. A veces pienso que solo necesita a alguien que la haga sentir algo otra vez.

Y ese alguien no eres tú, pensé. Pero no lo dije. Solo asentí y pedí otra ronda.

***

Noelia entró en mi vida tres semanas después, una tarde de jueves, con la excusa de devolverme un libro que en realidad nunca le había prestado. Era pelirroja, de esas mujeres que saben perfectamente el efecto que causan y fingen no saberlo. Se sentó en mi sofá con las piernas cruzadas y me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.

—Daniel me dijo que tú sí sabes escuchar —dijo.

—Depende de lo que quieras contarme.

Lo que quería contarme no eran palabras. Lo entendí cuando se inclinó hacia delante y dejó que el escote de su blusa hablara por ella. La tensión en sus pechos, el brillo en sus ojos, la forma en que cruzaba y descruzaba las piernas, todo gritaba hambre. No la toqué esa tarde. La hice esperar, porque la espera es la mitad del placer y porque quería que volviera por su propio pie. Volvió. Al martes siguiente, sin libro y sin excusas.

La primera vez con ella fue lenta, casi cruel de tan paciente. La desnudé despacio, bajándole la blusa por los hombros, liberando el sujetador, acariciando la piel pálida de su abdomen mientras ella se mordía el labio y respiraba cada vez más fuerte. Le quité la falda, luego la ropa interior, y me quedé mirándola como se mira algo que uno ha estado deseando demasiado tiempo. Noelia estaba acostumbrada a que la tomaran con prisa; yo la obligué a quedarse quieta, a sentir, a pedir. Le recorrí los pechos con la lengua, le chupé los pezones hasta ponerlos duros, y ella empezó a mover las caderas contra mi boca, desesperada. Cuando le abrí las piernas y hundí la cara entre sus muslos, sus dedos se aferraron al respaldo del sofá como si fuera a romperlo. La lamí sin apuro, lamiendo el coño húmedo, separando sus labios con la lengua, entrando y saliendo hasta que su respiración se volvió un quejido roto. Cuando por fin la hice mía, primero con los dedos, sintiendo cómo se le contraía todo el cuerpo bajo mi mano, y después empujando mi polla dentro de ella, lo hizo gritando, y después se quedó largo rato mirando el techo, incrédula de lo que su propio cuerpo había sido capaz de hacer.

—¿Por qué Daniel nunca…? —empezó, y se mordió el labio.

—No hables de él ahora —le dije—. Ahora estás aquí.

La puse boca arriba, le abrí más las piernas y seguí follándola despacio, hasta que me pidió más fuerte, más hondo, más. Se lo di. La penetré hasta hacerla temblar, clavando el ritmo justo donde ella perdía el juicio, y cuando empezó a correrse alrededor de mi verga, su rostro se desarmó en una mezcla de placer y vergüenza que me dejó la sangre ardiendo. Acabé dentro de ella, sintiendo la contracción de su coño apretándome mientras me vaciaba, y la dejé ahí, respirando a borbotones, con los muslos abiertos y la piel húmeda de sudor.

***

Lo que no esperaba era la llamada de mi hermano dos días más tarde. Me citó en el mismo bar de siempre, y supe por su voz que algo había cambiado. Llegó nervioso, con las manos inquietas alrededor del vaso, igual que la primera noche.

—Sé lo de Noelia —soltó de golpe.

Me quedé en silencio, midiendo su reacción. No había furia. Había, otra vez, esa cosa indefinible bajo la superficie.

—Ella ha cambiado —siguió—. Vuelve a casa distinta, encendida, como hacía años que no la veía. Y yo… —tragó saliva—. Yo no puedo dejar de pensar en lo que pasa cuando está contigo.

—¿Y eso te enfada?

Negó con la cabeza, despacio, sin atreverse a mirarme.

—Me pasa lo contrario —confesó al fin, casi en un susurro—. Por las noches, cuando duerme a mi lado oliendo todavía a otro hombre, me toco imaginándolo. Imagino cómo la miras, qué le dices, cómo le haces eso que yo nunca supe.

Dejé que el silencio pesara entre nosotros. Sabía adónde quería llegar antes de que lo dijera.

—Quiero verlo —dijo—. Una vez. Solo quiero mirar.

***

Lo pensé varios días. No por escrúpulos, sino porque el placer de conceder un deseo así crece con la espera, igual que crecía el de Noelia cuando la hacía aguardar. Le dije que sí un viernes por la noche, con una sola condición: él miraría, pero no existiría. Nada de ruidos, nada de presencia. Una sombra detrás de una puerta entreabierta.

—Si te oigo, se acaba —le advertí—. Y no habrá segunda vez.

Asintió como un niño al que le prometen algo prohibido.

A Noelia no se lo conté. Esa parte era mía, mi pequeña crueldad privada. Le pedí que viniera a mi casa a las nueve, vestida con la falda corta y la blusa fina que tanto le gustaba que yo le arrancara. Daniel llegó media hora antes. Lo coloqué en el pasillo, en la penumbra, con la puerta del salón apenas separada del marco. Desde ahí se veía el sofá entero, iluminado por la lámpara de pie. Él, en cambio, quedaba sumido en una oscuridad total.

—No te muevas de aquí —le dije—. Pase lo que pase.

***

Noelia entró puntual, con ese aire de seguridad que se le borraba en cuanto yo la tocaba. La recibí con un beso largo, metiéndole la lengua en la boca, mordiendo su labio hasta oírla soltar un gemido, sabiendo que a tres metros mi hermano contenía la respiración. La llevé hasta el sofá sin dejar de besarla, de espaldas a la puerta, para que la escena quedara enmarcada justo en el ángulo que él podía ver.

—Hoy quiero que te portes mal —le susurré al oído.

—¿Más que la última vez? —respondió con una sonrisa torcida.

—Mucho más.

La senté en el borde del sofá y me arrodillé frente a ella. Le subí la falda con una lentitud calculada, centímetro a centímetro, hasta dejar sus muslos al descubierto. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un suspiro entrecortado. Yo sabía que cada sonido que ella hacía cruzaba el salón y se clavaba en mi hermano como una aguja.

Le aparté la ropa interior, y el olor de su coño mojado me golpeó de lleno. No la hice esperar demasiado: la lamí primero por encima, después más abajo, abriendo sus labios con la lengua hasta dejarla empapada, resbalosa, temblando sobre el sofá. Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris, y su cadera se levantó sola, buscando más. A cada movimiento suyo yo respondía con más presión, más saliva, más lengua, hasta que empezó a decir mi nombre como si fuera una orden y una súplica al mismo tiempo. Desde el pasillo me llegó un sonido apenas perceptible, un roce de tela, una respiración que se aceleraba. Daniel no podía evitarlo. Sonreí sin que Noelia lo viera y seguí, metiendo y sacando los dedos mientras mi boca la dejaba sin aire, hasta que se estremeció entera y se corrió con un gemido largo, manchándome la mano y el mentón.

***

La tomé en el sofá primero, despacio, sosteniéndole las muñecas por encima de la cabeza para que no pudiera tocarme, para que solo recibiera. Le abrí más las piernas y, con la punta de mi polla, le rocé la entrada antes de hundirme de golpe, escuchando cómo se le cortaba el aliento. Después la giré de espaldas, de rodillas sobre los cojines, en una postura que dejaba su perfil iluminado de lleno hacia la puerta. Le tiré del pelo con suavidad para obligarla a arquear la espalda, y cada embestida le arrancaba un sonido nuevo, más sucio, más roto, y cada sonido era para dos hombres: para el que la poseía y para el que miraba sin poder respirar.

—Dime que es mejor que en casa —le ordené al oído, en voz tan baja que solo ella podía oírlo.

—Es mejor —jadeó—. No hay nada igual a esto.

Le di más fuerte. La sujeté por la cintura y la hice rebotar sobre mi verga, una y otra vez, hasta que el sofá crujió y ella empezó a llorar de placer, con la cara escondida entre los brazos. La vuelta que le di después fue peor para Daniel: la puse boca abajo, le levanté la cadera y le entré desde atrás, con golpes secos que le hacían temblar los muslos. El ruido de piel contra piel llenó la sala. El olor a sudor, a sexo y a coño abierto se volvió espeso, casi animal. Le metí la mano entre las piernas mientras la follaba por detrás, rozándole el clítoris con los dedos manchados de su propia humedad, y ella gritó de nuevo, más alto, arqueándose tanto que casi se me escapa. No lo hizo para él, porque ni siquiera sabía que él estaba ahí. Pero esas palabras viajaron por el aire hasta el pasillo y aterrizaron justo donde tenían que aterrizar. Imaginé la cara de Daniel en la oscuridad, devorado por una mezcla de humillación y deseo que jamás había sentido con tanta intensidad. Esa contradicción era exactamente lo que había venido a buscar.

La llevé al límite tres veces. A la tercera, su cuerpo entero tembló, se arqueó y se rindió, y yo me dejé ir dentro de ella sintiendo cómo se aferraba a las sábanas como si el mundo se acabara. Le seguí embistiendo hasta vaciarme, sintiendo la corrida caliente llenándole el coño mientras ella seguía convulsionando alrededor de mi verga. Cuando terminamos, la abracé desde atrás, le acaricié el pelo húmedo y la dejé descansar. Ella se quedó dormida casi al instante, vencida.

***

Me levanté en silencio, me puse la bata y salí al pasillo. Daniel seguía allí, apoyado contra la pared, con la mirada perdida y la respiración todavía agitada. No hizo falta que dijera nada; su expresión lo contaba todo. Había visto a su mujer convertirse en alguien que él nunca conoció, y la había deseado más que nunca precisamente porque ya no le pertenecía del todo.

—¿Y bien? —le pregunté en voz baja.

Tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó ronca, distinta.

—No sabía que se podía sentir esto —dijo—. Verla así, saber que yo… que yo lo permití. —Se pasó la mano por la cara—. Es lo más excitante que he vivido en años.

—¿Y mañana? —insistí—. ¿Mañana la mirarás con rencor?

—No —respondió enseguida—. Mañana la miraré sabiendo lo que esconde. Y eso… eso me la hace mil veces más deseable.

Lo entendí, porque hay deseos que no buscan poseer, sino contemplar. Daniel no quería recuperar a Noelia. Quería el vértigo de mirar lo que no podía tener, el filo exacto donde el deseo y la pérdida se confunden. Y yo, que conocía bien ese filo, sabía que volvería a pedírmelo.

—Vete a casa —le dije—. Acuéstate a su lado. Y cuando ella vuelva a oler a otro hombre, recuerda que ese olor también es un regalo mío.

Daniel asintió y se marchó sin hacer ruido, igual que había llegado. Cerré la puerta y volví junto a Noelia, que dormía ajena a todo, ajena a que esa noche había sido contemplada, deseada y entregada por partida doble. Me tumbé a su lado y, antes de cerrar los ojos, supe que esto no había hecho más que empezar.

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