Mi esposa aceptó el desafío del club swinger
Somos una pareja que sigue enamorada después de muchos años, y quizá por eso me atreví a proponerle lo que le propuse. Nos conocimos por casualidad, en una cena en casa de un amigo, y caí rendido ante ella desde el primer minuto. Recuerdo que durante los primeros meses hacíamos doscientos kilómetros solo para tomarnos un café juntos, como dos críos de quince años incapaces de esperar al fin de semana.
El tiempo, sin embargo, hace lo que hace. Empezamos a convivir, llegaron las rutinas, los problemas de fuera que se cuelan en la cama, y la pasión de los primeros años se fue volviendo costumbre. No es que el deseo desapareciera; es que se había quedado dormido. Y a mí, en mitad de ese sopor, se me metió una idea entre ceja y ceja.
Me excitaba la sola idea de verla con otros mirándola. Empecé a soltárselo poco a poco, casi en broma, siempre en la cama, cuando ella estaba más receptiva. Le proponía ir a un local liberal, solo a mirar, solo a curiosear. Estaba convencido de que jamás se atrevería.
Una noche volví a sacar el tema. Lo recuerdo bien porque no era el sitio habitual de esas conversaciones: estábamos tumbados, enredados, con la luz apagada.
—No quiero —me dijo, muy seria—. Pero no me desafíes, Adrián.
—¿Por qué no? —contesté, medio en broma.
—Porque acepto el reto. Y luego no me vengas llorando si no te gusta.
Me quedé callado. Conozco esa mirada suya, penetrante, casi amenazante, la de alguien a quien más vale no provocar. Sara es así: delgada, morena, con una melena negra y lisa que le cae por la espalda, alta, con unas curvas que detienen el tráfico. Tiene un rostro precioso y unos ojos que advierten antes de que abras la boca. Y esa noche, esos ojos me decían que iba en serio.
Tres días después estábamos aparcando frente al club.
***
—No va a pasar nada —me repitió por enésima vez antes de bajar del coche—. Venimos solo a mirar y a tomarnos una copa.
—Claro, cariño, lo que tú quieras —le respondí, acariciándole la rodilla—. Aquí nadie está obligado a nada.
Y entramos. Como éramos nuevos, una chica del personal nos recibió y nos explicó cómo funcionaba todo: las normas, las zonas, el respeto por encima de cualquier otra cosa. Cuando nos dejó solos, nos encontramos rodeados de gente con muy poca ropa y mucha actitud, todo el mundo a medio vestir, todo perfectamente natural.
Sara se había arreglado para la ocasión, y yo apenas podía apartar la vista de ella. Llevaba un conjunto de lencería roja, con transparencias que dejaban poco a la imaginación. Sobre los pechos, unos cubrepezones plateados con forma de pico. El tanga era un hilo negro casi invisible. Y por encima, una gabardina finísima que insinuaba más de lo que ocultaba, abierta lo justo para volver loco a cualquiera.
Pedimos dos martinis secos en la barra y nos pusimos a charlar. A pesar de toda la carga sexual del ambiente, estábamos sorprendentemente cómodos. Todo el mundo era educado, nadie invadía nada, y eso la fue relajando copa a copa.
A unos metros había dos hombres sentados juntos, dos mulatos altos a los que, por la forma de tratarse, dimos por pareja. Al pasar cerca, uno de ellos se giró hacia Sara.
—Qué conjunto tan bonito —le dijo con una sonrisa franca.
—Muchas gracias —contestó ella, halagada.
Se interesaron por nosotros, nos preguntaron si era nuestra primera vez. Les dijimos que sí. Entonces el más alto, que dijo llamarse Bruno, se ofreció a enseñarnos el sitio y a charlar un rato. Aceptamos. Por el camino, le comentó a Sara que él hacía masajes y que, si le apetecía, le regalaba uno.
—Quizá más tarde —respondió ella.
Me quedé de piedra. Esperaba un no rotundo, y en cambio había dejado la puerta entreabierta. Y eso que se moría de los nervios, que era su primera vez, que apenas un par de horas antes juraba que veníamos «solo a mirar».
***
Bruno nos guio hasta una de las salas más reservadas. Allí, Sara me pidió que la ayudara a quitarse la gabardina. Cuando quedó solo con la lencería roja, alguien al fondo soltó un «guau» que ella oyó perfectamente. Yo, debajo de la toalla del spa, noté cómo me crecía sin remedio.
La sala tenía la luz tenue, algún neón discreto, sofás-cama repartidos y las paredes forradas de espejos. Sonaba una música lenta, al volumen justo. Había tres parejas: dos algo mayores y una de nuestra edad. Las mayores bebían sin quitarnos los ojos de encima. La de mediana edad estaba a lo suyo: él la penetraba despacio, sin prisa, mirándonos de reojo.
Los dos hombres se excitaron en cuanto vieron entrar a Sara. Me buscaron con la mirada, como pidiendo permiso. Le concedí un gesto leve a uno de ellos. Bastó. Se llevó la mano al sexo y empezó a acariciárselo mientras su pareja le mordisqueaba la oreja y se frotaba los pechos, con los ojos clavados en mi mujer.
Sara se giró hacia mí y me abrazó. Notó cómo latía mi erección contra su vientre.
—Eres un cabrón —me susurró al oído—. Me siento húmeda, me siento una guarra... y me muero de vergüenza.
—Pues nadie te obliga —le dije—. Podemos irnos cuando quieras.
No nos fuimos.
***
Salimos de la sala abrazados, todavía temblando, y sin darnos cuenta acabamos en una zona que ella desconocía por completo: un pasillo con cabinas y, en una de las paredes, un agujero a la altura de la cintura. Un glory hole. Nos besábamos con ganas, manoseándonos contra la pared, cuando Sara pegó un grito y se aferró a mí.
Por el agujero acababa de asomar una verga oscura, gruesa, recorrida de venas, completamente erecta. Por el tono de la piel, los dos pensamos lo mismo: tenía toda la pinta de pertenecer a Bruno, el del masaje.
Algo se me rompió por dentro. La sangre me hervía.
—Te voy a follar aquí mismo —le dije al oído.
—Pero... Adrián...
—Que nos vea. Que nos oiga. Que se ponga cachondo escuchándote. Que se corra deseando algo que es mío y solo mío.
Sara no dijo nada. Se puso a cuatro patas, a un palmo escaso de aquella polla. Tan cerca que, si hubiera sacado la lengua, le habría rozado el glande. Y se quedó así, mirándola, con la respiración entrecortada.
Empecé despacio. Tres embestidas suaves, apenas la punta. A la cuarta entré hasta el fondo y ella gimió como no la había oído gemir nunca. Fui subiendo el ritmo poco a poco, y en cada empujón profundo su cara quedaba a un suspiro de aquel desconocido, su aliento chocando contra la piel ajena.
Estábamos empapados en sudor. Nos temblaban las piernas. Ella gemía sin parar, una y otra vez, y el sonido rebotaba en los espejos. Perdí la noción del tiempo. Pudieron ser veinte minutos, pudo ser media hora, sin dejar de embestirla, agarrándola de las caderas como si la vida me fuera en ello.
Llegamos a la vez. Un orgasmo que nos dejó de rodillas en el suelo, sin aire, abrazados, riéndonos de pura incredulidad. Y entonces lo oímos: al otro lado de la pared, un jadeo más alto que la música. Nos giramos justo a tiempo de ver cómo aquella verga escupía un chorro espeso mientras su dueño gemía de placer.
Cuando se le pasó, la voz de Bruno nos llegó amortiguada por el tabique.
—Tienes una esposa de las que quitan el sentido —dijo, y se marchó.
Nos quedamos los dos tirados en el suelo, casi desnudos, besándonos despacio, vacíos y llenos a la vez. Sara apoyó la cabeza en mi pecho y soltó una risa floja, agotada.
—Te dije que no me desafiaras —murmuró.
—¿Y?
—Y que la próxima vez elijo yo la sala.
Sonreí mirando el techo. No hizo falta decir nada más. Aquella primera noche no iba a ser la última, y los dos lo sabíamos.
Continuará...