El huésped que mi marido invitó a mirarme
Lo había hecho. Me había follado a Marcos. O, mejor dicho, me lo había cabalgado yo, porque él apenas se dejó hacer. Me había atrevido, y con la poca luz que protegía mi vergüenza me coloqué encima de él, le agarré la polla dura y caliente con la mano, la froté un par de veces contra mis labios ya empapados y me la fui metiendo despacio, sintiendo cómo el capullo me abría por dentro centímetro a centímetro. Cuando la tuve entera clavada hasta el fondo, apreté los muslos contra sus caderas y empecé a moverme, primero con círculos suaves para acostumbrarme al grosor, después subiendo y bajando cada vez más rápido, con la polla saliéndome hasta la punta y volviendo a hundirse de golpe. Me mordí el labio para no gritar y conseguí un orgasmo breve y rápido, pero intenso, uno de esos que te dejan temblando encima del hombre, con el coño palpitándole alrededor de la verga sin saber muy bien qué acabas de empezar.
La mañana siguiente continué con el juego del día anterior. No me quitaba la mirada de encima, y se le notaba el bulto medio escondido bajo el mantel de papel cuando bajamos a desayunar al pueblo. Creo que esta vez lo hice mejor, con más cuidado, para que no hubiera espectadores de más. Tampoco quería que la cosa corriera de boca en boca, aunque allí apenas nos conocían dos o tres personas.
Lo que tenía claro es que ya no era solo que a él le gustara y se hubiera vuelto más lanzado. Era que me estaba dando cuenta de que él también me atraía a mí, y de que darle a Daniel el gusto de los cuernos no me iba a costar ningún esfuerzo.
Esperé a que mi marido se durmiera. Daniel nunca tardaba mucho. En cuanto su respiración se volvió pesada, salí de la cama con solo las braguitas puestas y crucé el pasillo casi de puntillas, deseando que Marcos siguiera despierto.
Lo encontré despierto, sí, con la mano debajo de la sábana y ocupado en aquello que tenía en medio del cuerpo. Se la estaba meneando pensando en mí, y verlo así me humedeció las bragas de golpe. Aparté la sábana sin decir palabra y le encontré la polla dura, gorda, con el capullo ya brillante de la baba que él mismo se había sacado. Le aparté la mano, me arrodillé al borde del colchón y me la metí entera en la boca. La saboreé despacio, chupándole el glande con la lengua enroscada, bajando hasta la base y volviendo a subir con los labios apretados. Le oí gemir y taparse la boca con el brazo para no hacer ruido. Le mamé la verga con hambre, escupiéndole encima para que se resbalara mejor, masturbándosela con la mano mientras le lamía los huevos uno por uno. Cuando lo noté al borde, me subí de un salto, me arranqué las braguitas y me la clavé de un tirón, sentada encima, cara a él. El coño me chorreaba tanto que la polla entró de golpe hasta las pelotas. Le tapé la boca con la mano y empecé a cabalgarlo furiosa, machacándome el clítoris contra su hueso pubiano en cada bajada. Me agarró las tetas por debajo del camisón y me pellizcó los pezones hasta que grité contra su palma. Me corrí encima de él con la verga bien adentro, sintiendo cómo el coño se me cerraba a espasmos alrededor de la polla, y él terminó soltando el chorro de semen caliente dentro de mí, empujando las caderas hacia arriba para vaciarse del todo en mi coño. Ocurrió lo que yo creo que deseaba sin atreverme a decirlo en voz alta.
Después me metí en la ducha, para tener una excusa preparada por si Daniel notaba que me había levantado. Dejé que el agua caliente me lavara la corrida de Marcos que me resbalaba por los muslos, me lavé el coño hinchado con los dedos y volví a ponerme las braguitas. Volví a la cama de mi marido. Parecía dormido, como había imaginado.
No lo hablé con nadie, pero ya lo tenía decidido: iba a conseguir que Marcos y yo nos quedáramos solos en la casa. Haríamos todo lo que quisiéramos, sin que mi marido se enterara, sin contárselo nunca, y le haría prometer a Marcos que él tampoco diría una palabra. Lo haría a mi manera. Daniel quería cuernos, claro que los quería, pero se iba a quedar con las ganas de saber que ya los tenía.
***
La encontré en la cocina, preparando el café con una camiseta finísima y unas bragas nuevas, caladas, muy pequeñas y bonitas. Se le transparentaban los pezones oscuros a través del algodón, y por detrás las bragas se le hundían entre las nalgas, dejando el culo casi desnudo. Yo me había vestido un poco más de lo necesario, para que no se repitiera lo del día anterior, cuando estuve a punto de perder la cabeza nada más verla.
—Así me gusta, que madrugues —me dijo sin girarse del todo.
—¿Daniel no se ha levantado todavía? —pregunté.
—No, le gusta dormir un rato más. Entre semana madruga bastante, ya se cobra el descanso los fines.
—Es normal —contesté, por decir algo.
—¿Tú mañana trabajas? —Lo soltó con una naturalidad que escondía algo.
—Sí, aunque no tengo horario fijo. Suelo acercarme un rato a ver cómo van las cosas, nada más.
—¿Y podrías faltar mañana? ¿O algún día más?
Por supuesto que podía. Con una sola llamada y dejando a mi segundo al tanto por si surgía algo, nadie me echaría en falta. Estaba claro que ella buscaba intimidad, y yo por fin podría follármela con calma, sin tener que escondernos en la penumbra como dos adolescentes.
El día transcurrió más o menos como los anteriores. Baño por la mañana, un rato de caminar por el monte en el que Daniel aprovechó para preguntarme, en voz baja, si había intentado ya algo con ella. Le dije que no, que la veía esquiva. Después me preguntó lo mismo que ella: si podía quedarme un día más. Él tenía que volver a casa a media tarde, madrugaba al día siguiente y el camino desde allí era largo y con tráfico. No quería que su mujer se quedara sola, decía, si yo podía acompañarla. Y, de paso, intentar follármela de una vez y luego contárselo con todo detalle.
Le prometí que me quedaría hasta medianoche, pero le dejé caer que quizá tuviera que regresar después de esa hora. No quería que se imaginara que pensaba pasar allí la noche entera, o varios días. Aquello, en lugar de molestarle, pareció gustarle. Incluso me lo agradeció, como si le estuviera haciendo un favor enorme.
Nos portamos bien el resto de la jornada. Ella no enseñó nada en la piscina: bikini completo, cerró la puerta del baño para ducharse y la del dormitorio para vestirse. Parecíamos una pareja cualquiera con un huésped igual de corriente. Daniel se marchó a media tarde, tal y como estaba previsto, y nosotros seguimos con la misma normalidad estudiada, hasta que empezó a caer la tarde.
Fue ella quien propuso bajar otra vez al pueblo, cenar algo y, si estaba abierto, pasarnos por el baile. Me pareció una idea estupenda. Nos arreglamos cada uno en su cuarto, hasta que, cuando yo ya estaba listo, me llamó para que le diera mi opinión sobre el vestido que pensaba ponerse.
Verla de pie, en bragas y sujetador negro de encaje, era todavía más excitante que haberla visto desnuda. Las bragas eran diminutas, apenas dos triángulos unidos por finísimas cintas, con tanto calado que se adivinaba la raja del coño perfectamente marcada bajo la tela, incluso el bulto suave del monte de venus depilado. Por arriba, el encaje transparente apenas cubría nada, y los pezones oscuros, duros como piedras, se le clavaban contra la tela. Los pechos, apretados, se juntaban y marcaban un canalillo imposible de ignorar.
Si me hubiera hecho el menor gesto, la habría tumbado sobre la cama, le habría arrancado esas bragas con los dientes y le habría comido el coño hasta dejarla ronca de gritar. Pero estaba concentrada en su ropa, haciendo conmigo lo que seguramente hacía con su marido: usarme de espejo. Me iba enseñando vestidos, casi todos discretos, y me los apoyaba por delante para que valorara el efecto. Luego se giraba para devolverlos a la percha, y aquel culo redondo dentro de las bragas negras se empinaba a un metro de mí mientras ella, ajena en apariencia, descartaba uno tras otro sin darme tiempo a opinar. Tuve que meterme la mano en el bolsillo para acomodarme la polla, que ya empujaba dolorosamente contra la cremallera.
Y al final encontró el indicado. Corto, fresco, perfecto para presumir de mujer elegante y atrevida al mismo tiempo. Una sola pieza que le llegaba a media pierna y le estilizaba las piernas largas, con un escote en uve que dejaba intuir todo lo que el sujetador había acercado. Lo mejor era el cierre: se cruzaba por delante y se ataba a la cintura con dos lazos. Bastaba con tirar de uno para que el vestido se abriera entero.
Me mandó a esperarla fuera. Tardó todavía un buen rato, pero al fin salió, con la falda revoloteándole alrededor de las rodillas, y subimos al coche rumbo al pueblo.
Esta vez no sé si hubo exhibición, porque yo estaba sentado frente a ella y la mesa me tapaba la vista de sus piernas. Pero con aquella falda era difícil que se quedaran del todo escondidas. Tampoco me importaba demasiado: ya había tenido mi pase privado, y aún confiaba en que hubiera más.
Cuando fuimos a bailar, después de tomar algo, sentir su cuerpo caliente bajo la fina tela era una gozada. Me apretó las tetas contra el pecho y noté al momento los pezones duros marcándose bajo la tela. Bajé la mano hasta el arranque del culo y ella no la apartó; al contrario, se pegó más, restregándome el vientre contra el bulto que ya se me estaba formando en los pantalones. Cada vez que giraba sobre sí misma, la falda se elevaba y dejaba ver un instante el muslo desnudo hasta bien arriba, y yo me acercaba para no perder detalle, consciente de que media plaza la miraba y de que a ella eso, lejos de incomodarla, parecía encenderla. Me lo confirmó cuando me susurró al oído, con la voz ronca, que no llevaba bragas debajo.
Al final se cansó y volvimos a casa. Nos despedimos en el pasillo, cada uno hacia su cuarto a prepararse para dormir. Me puse solo el pantalón corto que usaba de pijama y me acerqué hasta su puerta. Y allí estaba, esperándome ya tumbada, desnuda del todo, con las piernas ligeramente abiertas y una sonrisa tranquila en los labios. Tenía el coño depilado y brillante, los labios ya hinchados y separados, dejando ver el interior rosado y empapado.
Ninguno de los dos necesitó decir nada. Me tendí a su lado y acaricié por fin su cuerpo sin prisas ni miedos, con la certeza de que nadie iba a interrumpirnos. Nos besamos despacio, con lengua, saboreándonos, y no hizo falta más señal para seguir. Me coloqué sobre ella y la fui besando desde el nacimiento del pelo hasta la punta de los pies, deteniéndome donde más me apetecía. Sus pechos recibieron mis manos además de mi boca; le chupé los pezones duros uno tras otro, mordiéndoselos suavemente, tirando de ellos con los dientes hasta que arqueó la espalda y me clavó las uñas en la nuca. Bajé por el vientre, le metí la lengua en el ombligo, le mordí la piel tensa del hueso pubiano y cuando el calor de su sexo me detuvo, ya no me moví de ahí.
Le abrí las piernas del todo, le sujeté los muslos con las manos para que no me dejara escapar y hundí la cara en su coño. La lamí de abajo arriba con la lengua plana, saboreando el jugo espeso que ya le chorreaba por el perineo. Le abrí los labios con los dedos y le busqué el clítoris, hinchado y descarado, y se lo chupé como si fuera un pezón pequeñito, atrapándolo entre los labios y meneándolo con la punta de la lengua. Ella gemía cada vez más fuerte, agarrándome del pelo, empujándome la cara contra su coño, restregándomelo como si quisiera comerme entero. Le metí dos dedos y se los curvé hacia arriba mientras seguía chupándole el clítoris, buscándole ese punto por dentro. Se corrió de golpe, con las piernas cerradas alrededor de mi cabeza, gritando sin importarle ya que no hubiera nadie escuchando, y sentí cómo el coño le palpitaba apretando mis dedos, empapándome la barbilla y el cuello con su corrida.
Todavía temblando, me tiró de los hombros hacia arriba y me buscó la boca, lamiéndose su propio sabor de mis labios. Su respiración entrecortada me avisó del momento exacto. Le puse la punta de la polla en la entrada del coño, la froté arriba y abajo contra su clítoris y ella soltó un jadeo largo que era más una súplica que otra cosa. La fui penetrando despacio, atento a sus jadeos, disfrutando del calor apretado que me iba envolviendo la verga centímetro a centímetro, y cuando aún quedaba la mitad por entrar fue ella quien me clavó las manos en el trasero y me empujó contra su cuerpo para terminar de hundirme entero. Empecé a follármela con embestidas largas y hondas, saliendo casi del todo y volviendo a clavársela hasta las pelotas, viéndole la cara transformada de placer, con la boca abierta y los ojos entornados.
—Más fuerte —me pidió entre dientes—. Fóllame más fuerte, no seas suave conmigo.
Le hice caso. La cogí por debajo de las corvas, le doblé las piernas contra el pecho y me hundí en ella con toda la fuerza que tenía, oyendo el chasquido húmedo de mis huevos golpeándole el culo en cada envión. Ella se agarraba a las sábanas, mordiéndose los nudillos para no despertar a los vecinos, con las tetas botando en cada embestida. Después la puse a cuatro patas, le agarré las caderas con las dos manos y se la clavé por detrás, viendo cómo la verga entraba y salía brillante de sus jugos, cómo el culo redondo se le sacudía con cada golpe. Le solté un cachete y ella gimió pidiendo otro, así que le di dos más, uno en cada nalga, hasta dejársela roja. Le metí el pulgar mojado en el ojete y ella se estremeció entera, empujando el culo hacia atrás para que se lo hundiera más.
La sentí temblar de nuevo, contraerse alrededor de la polla, y llegamos casi a la vez, exhaustos y satisfechos. Me corrí dentro de ella con la verga hasta el fondo, chorro tras chorro, sintiendo cómo el coño me exprimía hasta la última gota, mientras ella se dejaba caer sobre la almohada con un gemido ahogado. Salí despacio y vi cómo un hilo blanco de semen le resbalaba entre los muslos hasta manchar la sábana. Su mirada lo decía todo, y a mí me parece horrible preguntar o hablar de más después del acto. Un beso y una caricia valen más que mil palabras. Nos quedamos dormidos cogidos de la mano, con su cuerpo desnudo pegado al mío y el olor a sexo todavía flotando en la habitación.
Por la mañana llamaría a la oficina para avisar de que no aparecería hasta el viernes. Había que aprovechar esos días, y en tan poco tiempo se pueden hacer muchas cosas. Nunca creí que estuviera enamorada de mí. Es más, estoy seguro de que quería a Daniel por encima de todo. Pero a él se le había escapado el juego de las manos, y yo pensaba sacar partido de ese deseo suyo de ser un cornudo.
Y creo que ella pensaba más o menos lo mismo. Daniel quería que nos liáramos, quería saberlo y quizá hasta presenciarlo, pero no íbamos a darle ese gusto, al menos no por ahora. Solo una cosa me rondaba la cabeza mientras la veía dormir: a ella le encantaba enseñarse, disfrutaba sintiéndose mirada, de eso no había duda. Y yo me prometí explotar esa faceta suya, sacarle todo el provecho a ese detalle delicioso de su carácter.





