El huésped que mi marido invitó a mirarme
Lo había hecho. Me había acostado con Marcos. O, mejor dicho, lo había follado yo, porque él apenas se dejó hacer. Me había atrevido, y con la poca luz que protegía mi vergüenza me coloqué encima de él, lo guié dentro de mí y conseguí un orgasmo breve y rápido, pero intenso, de esos que te dejan temblando sin saber muy bien qué acabas de empezar.
La mañana siguiente continué con el juego del día anterior. No me quitaba la mirada de encima, y se le notaba el bulto medio escondido bajo el mantel de papel cuando bajamos a desayunar al pueblo. Creo que esta vez lo hice mejor, con más cuidado, para que no hubiera espectadores de más. Tampoco quería que la cosa corriera de boca en boca, aunque allí apenas nos conocían dos o tres personas.
Lo que tenía claro es que ya no era solo que a él le gustara y se hubiera vuelto más lanzado. Era que me estaba dando cuenta de que él también me atraía a mí, y de que darle a Daniel el gusto de los cuernos no me iba a costar ningún esfuerzo.
Esperé a que mi marido se durmiera. Daniel nunca tardaba mucho. En cuanto su respiración se volvió pesada, salí de la cama con solo las braguitas puestas y crucé el pasillo casi de puntillas, deseando que Marcos siguiera despierto.
Lo encontré despierto, sí, con la mano debajo de la sábana y ocupado en aquello que tenía en medio del cuerpo. Y ocurrió lo que yo creo que deseaba sin atreverme a decirlo en voz alta.
Después me metí en la ducha, para tener una excusa preparada por si Daniel notaba que me había levantado. Me puse las braguitas otra vez y volví a su lado. Parecía dormido, como había imaginado.
No lo hablé con nadie, pero ya lo tenía decidido: iba a conseguir que Marcos y yo nos quedáramos solos en la casa. Haríamos todo lo que quisiéramos, sin que mi marido se enterara, sin contárselo nunca, y le haría prometer a Marcos que él tampoco diría una palabra. Lo haría a mi manera. Daniel quería cuernos, claro que los quería, pero se iba a quedar con las ganas de saber que ya los tenía.
***
La encontré en la cocina, preparando el café con una camiseta finísima y unas bragas nuevas, caladas, muy pequeñas y bonitas. Yo me había vestido un poco más de lo necesario, para que no se repitiera lo del día anterior, cuando estuve a punto de perder la cabeza nada más verla.
—Así me gusta, que madrugues —me dijo sin girarse del todo.
—¿Daniel no se ha levantado todavía? —pregunté.
—No, le gusta dormir un rato más. Entre semana madruga bastante, ya se cobra el descanso los fines.
—Es normal —contesté, por decir algo.
—¿Tú mañana trabajas? —Lo soltó con una naturalidad que escondía algo.
—Sí, aunque no tengo horario fijo. Suelo acercarme un rato a ver cómo van las cosas, nada más.
—¿Y podrías faltar mañana? ¿O algún día más?
Por supuesto que podía. Con una sola llamada y dejando a mi segundo al tanto por si surgía algo, nadie me echaría en falta. Estaba claro que ella buscaba intimidad, y yo por fin podría hacer algo con calma, sin tener que escondernos en la penumbra como dos adolescentes.
El día transcurrió más o menos como los anteriores. Baño por la mañana, un rato de caminar por el monte en el que Daniel aprovechó para preguntarme, en voz baja, si había intentado ya algo con ella. Le dije que no, que la veía esquiva. Después me preguntó lo mismo que ella: si podía quedarme un día más. Él tenía que volver a casa a media tarde, madrugaba al día siguiente y el camino desde allí era largo y con tráfico. No quería que su mujer se quedara sola, decía, si yo podía acompañarla. Y, de paso, intentar algo de una vez y luego contárselo con todo detalle.
Le prometí que me quedaría hasta medianoche, pero le dejé caer que quizá tuviera que regresar después de esa hora. No quería que se imaginara que pensaba pasar allí la noche entera, o varios días. Aquello, en lugar de molestarle, pareció gustarle. Incluso me lo agradeció, como si le estuviera haciendo un favor enorme.
Nos portamos bien el resto de la jornada. Ella no enseñó nada en la piscina: bikini completo, cerró la puerta del baño para ducharse y la del dormitorio para vestirse. Parecíamos una pareja cualquiera con un huésped igual de corriente. Daniel se marchó a media tarde, tal y como estaba previsto, y nosotros seguimos con la misma normalidad estudiada, hasta que empezó a caer la tarde.
Fue ella quien propuso bajar otra vez al pueblo, cenar algo y, si estaba abierto, pasarnos por el baile. Me pareció una idea estupenda. Nos arreglamos cada uno en su cuarto, hasta que, cuando yo ya estaba listo, me llamó para que le diera mi opinión sobre el vestido que pensaba ponerse.
Verla de pie, en bragas y sujetador negro de encaje, era todavía más excitante que haberla visto desnuda. Las bragas eran diminutas, apenas dos triángulos unidos por finísimas cintas, con tanto calado que se adivinaba la forma exacta de lo que escondían. Por arriba, la tela transparente apenas cubría nada, y los pechos, apretados, se juntaban y marcaban un canalillo imposible de ignorar.
Si me hubiera hecho el menor gesto, la habría tumbado sobre la cama allí mismo. Pero estaba concentrada en su ropa, haciendo conmigo lo que seguramente hacía con su marido: usarme de espejo. Me iba enseñando vestidos, casi todos discretos, y me los apoyaba por delante para que valorara el efecto. Luego se giraba para devolverlos a la percha, y aquel culo redondo dentro de las bragas negras se empinaba a un metro de mí mientras ella, ajena en apariencia, descartaba uno tras otro sin darme tiempo a opinar.
Y al final encontró el indicado. Corto, fresco, perfecto para presumir de mujer elegante y atrevida al mismo tiempo. Una sola pieza que le llegaba a media pierna y le estilizaba las piernas largas, con un escote en uve que dejaba intuir todo lo que el sujetador había acercado. Lo mejor era el cierre: se cruzaba por delante y se ataba a la cintura con dos lazos. Bastaba con tirar de uno para que el vestido se abriera entero.
Me mandó a esperarla fuera. Tardó todavía un buen rato, pero al fin salió, con la falda revoloteándole alrededor de las rodillas, y subimos al coche rumbo al pueblo.
Esta vez no sé si hubo exhibición, porque yo estaba sentado frente a ella y la mesa me tapaba la vista de sus piernas. Pero con aquella falda era difícil que se quedaran del todo escondidas. Tampoco me importaba demasiado: ya había tenido mi pase privado, y aún confiaba en que hubiera más.
Cuando fuimos a bailar, después de tomar algo, sentir su cuerpo caliente bajo la fina tela era una gozada. Cada vez que giraba sobre sí misma, la falda se elevaba, y yo me acercaba para no perder detalle, consciente de que media plaza la miraba y de que a ella eso, lejos de incomodarla, parecía encenderla.
Al final se cansó y volvimos a casa. Nos despedimos en el pasillo, cada uno hacia su cuarto a prepararse para dormir. Me puse solo el pantalón corto que usaba de pijama y me acerqué hasta su puerta. Y allí estaba, esperándome ya tumbada, desnuda, con una sonrisa tranquila en los labios.
Ninguno de los dos necesitó decir nada. Me tendí a su lado y acaricié por fin su cuerpo sin prisas ni miedos, con la certeza de que nadie iba a interrumpirnos. Nos besamos despacio, saboreándonos, y no hizo falta más señal para seguir. Me coloqué sobre ella y la fui besando desde el nacimiento del pelo hasta la punta de los pies, deteniéndome donde más me apetecía. Sus pechos recibieron mis manos además de mi boca, y cuando bajé del todo y el calor de su sexo me detuvo, ya no me moví de ahí.
Su respiración entrecortada me avisó del momento exacto. La fui penetrando despacio, atento a sus jadeos, y cuando aún quedaba la mitad por entrar fue ella quien me clavó las manos en el trasero y me empujó contra su cuerpo para terminar de hundirme entero.
Llegamos casi a la vez, exhaustos y satisfechos. Su mirada lo decía todo, y a mí me parece horrible preguntar o hablar de más después del acto. Un beso y una caricia valen más que mil palabras. Nos quedamos dormidos cogidos de la mano.
Por la mañana llamaría a la oficina para avisar de que no aparecería hasta el viernes. Había que aprovechar esos días, y en tan poco tiempo se pueden hacer muchas cosas. Nunca creí que estuviera enamorada de mí. Es más, estoy seguro de que quería a Daniel por encima de todo. Pero a él se le había escapado el juego de las manos, y yo pensaba sacar partido de ese deseo suyo de ser un cornudo.
Y creo que ella pensaba más o menos lo mismo. Daniel quería que nos liáramos, quería saberlo y quizá hasta presenciarlo, pero no íbamos a darle ese gusto, al menos no por ahora. Solo una cosa me rondaba la cabeza mientras la veía dormir: a ella le encantaba enseñarse, disfrutaba sintiéndose mirada, de eso no había duda. Y yo me prometí explotar esa faceta suya, sacarle todo el provecho a ese detalle delicioso de su carácter.





