Mi vecina noruega no sabía que la veía por la ventana
Me llamo Adrián. Hace un par de meses abrí un pequeño despacho en un pueblo de la costa murciana, uno de esos lugares donde el invierno se nota porque las persianas bajan al unísono y el verano porque vuelven a subir todas el mismo día. No voy a decir a qué me dedico exactamente; basta con que sepan que recibo clientes, que tengo una mesa con una pantalla y una silla giratoria, y que mi ventana da a la calle principal del barrio, justo enfrente del chalé de Ingrid.
A Ingrid la conocí, si es que se puede llamar así, el día que decidí invitar a los vecinos a un aperitivo de inauguración. Quería caer bien, ganarme la confianza del barrio, soltar tarjetas. Pasé puerta por puerta repartiendo invitaciones impresas. Toda la calle me abrió la suya. Toda menos la de enfrente. En el número catorce vivía, según me contó la señora del estanco, una mujer noruega que llevaba un par de años allí y que apenas se relacionaba con nadie.
—Es muy guapa, eso sí —añadió, con una sonrisa de las que no acaban de decirlo todo.
Cuando volví a tocar su timbre con la invitación, tardó casi un minuto en abrir. Y cuando lo hizo, entendí la pausa de la señora del estanco. Ingrid debía rondar los cuarenta. Rubia, pelo corto a la altura de la mandíbula, ojos de un azul tan claro que parecía importado de otra latitud. Delgada, sin ser frágil. Llevaba unos vaqueros y una camisa blanca abierta dos botones más de lo prudente. Le tendí la invitación, le expliqué lo del aperitivo y ella la miró como quien estudia un menú en un idioma que no entiende del todo.
—Gracias, lo intentaré —dijo, con un acento suave que estiraba las erres—. Aunque no prometo nada.
No vino. Lo supe porque me pasé toda la inauguración mirando hacia la puerta. Vinieron la señora del estanco, la pareja del primero, el chico del bar de la esquina, el matrimonio mayor del cuarto. Vinieron incluso unas chicas de veintipocos del bloque del fondo, que se quedaron media hora coqueteando con descaro y se fueron sin terminarse la cerveza. Ingrid no vino.
Pensé que se me había escapado para siempre.
***
Las semanas siguientes apenas la vi. Un día me crucé con ella en el supermercado y nos sonreímos a tres metros de distancia, sin más. Otro día la vi cargar bolsas del coche al portal, con unas gafas oscuras enormes y un vestido beige que se le pegaba al cuerpo solo lo justo. Su chalé tenía dos plantas y un garaje. En la primera planta, justo a la altura de mi mesa de trabajo, había un ventanal corredero que daba a un pequeño balcón. Yo me sentaba a esa mesa ocho horas al día, con la pantalla del ordenador y el ventanal de Ingrid en la misma diagonal.
Durante semanas, ese ventanal fue solo un rectángulo de cristal opaco con un visillo blanco. Hasta esta mañana.
Eran las nueve y veinte. Yo acababa de abrir el portátil, todavía con el café a medias. Levanté la vista para descansar la nuca y vi una sombra moviéndose detrás del visillo. Una silueta. Su silueta. Reconocí los hombros rectos, la línea del cuello, el modo en que inclinaba un poco la cadera hacia un lado. Llevaba una bata azul turquesa, una de esas batas largas hasta media pantorrilla. El visillo se descorrió de golpe.
Y entonces la vi entera.
Detalle por detalle, sin estorbos. Ingrid se había quedado de pie frente al cristal, mirándose en algo que debía de ser un espejo, fuera de mi campo de visión. Se atusaba el pelo, se pasaba los dedos por la nuca, se ajustaba el cuello de la bata. La luz de la mañana le daba de pleno en el rostro. Estaba sola en aquella habitación, eso lo supe enseguida por cómo se movía. Una mujer que se sabe vista no se mira al espejo así.
Yo me quedé inmóvil en la silla. Pensé, durante una fracción de segundo, en levantarme y bajar el estor de mi propio despacho. No lo hice.
***
Cogió un libro de algún lugar y se sentó en un sofá colocado justo enfrente del ventanal. La distancia entre su sofá y mi mesa no debía superar los quince metros. El sol le daba en las piernas. Cruzó una sobre la otra, despacio, con esa cadencia que tiene la gente que está a solas y no tiene prisa. La bata se le abrió un palmo a la altura del muslo. Yo bajé los ojos a la pantalla, conté hasta cinco, los volví a subir.
Seguía leyendo. La pierna izquierda balanceándose suavemente. La bata, un poco más abierta. Su rodilla brillaba con la luz del sol y, por debajo, la piel del muslo se perdía en una sombra clara hasta donde la tela volvía a tapar. Cada vez que pasaba una página, todo el cuerpo se le movía un poco. Cada movimiento subía la tela un dedo más.
No mires —me dije—. No mires.
Miraba.
Algún cliente podía entrar por mi puerta en cualquier momento. Mi cerradura no estaba echada, mi pantalla no tenía nada útil abierto, mi cara debía de ser un poema. Pero no podía apartar los ojos. Era como una de esas escenas que no eligen los actores. Yo era el único espectador, y ella no sabía, no podía saber, que tenía público.
En un momento dado, Ingrid descruzó las piernas para apoyar el libro abierto sobre el muslo. Levantó el otro pie y lo posó en el filo del sofá. La bata se le abrió del todo. Bajo la tela no había nada. Ni braguitas, ni medias, ni nada. La luz le entró directa a la entrepierna durante un par de segundos, lo justo para que mi cerebro registrara la imagen y se la guardara con etiqueta de archivo permanente. Una piel pálida, totalmente depilada, una hendidura clara y exacta.
Después volvió a colocar el pie en el suelo, como si nada, y reanudó la lectura.
Yo tenía la polla dura desde hacía rato. Dura de un modo casi doloroso, apretada contra la cremallera del pantalón. Mi mesa me tapaba de cintura para abajo desde la calle, pero cualquiera que entrara por la puerta lo iba a notar a un metro. Apoyé las dos manos sobre el teclado y fingí que tecleaba algo. No tecleaba nada. Apenas respiraba.
***
Calculé después que había estado casi una hora así. Una hora entera con ella leyendo en el sofá, con el sol cayéndole encima, con la bata abriéndose y cerrándose al ritmo de las páginas. Cuatro o cinco veces más me regaló, sin saberlo, el mismo plano. Sus pechos se intuían por el escote, no muy grandes pero del tamaño exacto que una mano pide. Su pelo, su nuca, esa boca que llevaba todo el rato medio entreabierta. En algún momento se llevó el dedo índice a los labios, lo mojó y pasó la página.
Eso casi acaba conmigo.
No te corras encima sin tocarte —pensé, y casi me río yo solo del ridículo de la situación—. No aquí, no así.
Cerca de las diez y media se levantó. Se desperezó —un solo gesto, los brazos por encima de la cabeza— y desapareció hacia el interior. Tardó cinco minutos. Cinco minutos en los que yo, idiota, fui a la cocinita del despacho, me lavé la cara con agua fría, me miré en el reflejo de la cafetera y volví a mi silla creyendo que ya estaba todo terminado.
No estaba terminado.
Volvió a aparecer en el ventanal, esta vez de pie junto al cristal, mirando a un lateral, como si tuviera otro espejo en la pared. Llevaba la bata aún puesta. En la mano tenía unas braguitas pequeñas, negras, finas como un papel. Levantó una pierna, deslizó la tela hasta la rodilla, levantó la otra, se las terminó de subir. Se las ajustó con los dedos a la altura de la cadera y se quedó un instante mirándose al cristal de costado.
Después se desató la bata.
La tela cayó hacia atrás muy despacio, sostenida un segundo por el hombro y luego derramada sobre el sofá. Ingrid se quedó en braguitas, completamente vuelta hacia mi lado, sin verme, mirándose a su espejo invisible. Sus pechos eran exactamente como los había imaginado. Pequeños, firmes, con los pezones rosados y endurecidos por el aire fresco de la mañana. Se pasó las dos manos por el cuello, por las clavículas, bajándolas hasta la cintura, como si se estuviera revisando o como si simplemente le gustara el roce de sus propios dedos sobre la piel.
Se giró de perfil. La curva del pecho, el vientre plano, el arco de la espalda hasta el principio del culo, todo ello a quince metros de mi cara, encuadrado por un marco de aluminio y un cristal que probablemente nunca había pensado que sería un escenario. Yo respiraba por la boca.
Entonces llevó una mano al cierre del sujetador que había preparado sobre el respaldo del sofá. Lo sostuvo un instante delante de los pechos, lo abrió por detrás y se lo colocó con calma, como si esa calma fuera otra forma de provocación. Lo cerró bajo la espalda, encajó las copas y apretó los senos dentro de ellas con una lentitud que me hizo apretar los dientes. Después introdujo un dedo bajo el borde, acomodó primero un pecho y luego el otro, dejando que cada pezón encontrara su sitio y empujara la tela hacia delante. No había ninguna prisa en ese gesto. La había en mí, sí.
Abrió la cajonera del mueble del salón y sacó un vestido de color claro. Lo sacudió delante de ella, pasó una pierna, luego la otra, y se lo fue subiendo por los muslos hasta la cintura. El tejido se le pegó al vientre, le moldeó las caderas y dejó marcado el hueco exacto del pubis debajo de la ropa interior. Se inclinó apenas hacia delante, se alisó la tela sobre el culo con las palmas, luego volvió a erguirse. Cada movimiento parecía medido para enseñarme algo más de la cuenta.
Y no estaba satisfecha con enseñarme eso. No todavía.
Se llevó las manos al escote del vestido, abrió un par de botones, se los volvió a cerrar, los abrió otra vez. Me imaginé que podía verme, que estaba jugándosela a eso, pero no, no había manera de saberlo. Lo cierto es que la muy hija de puta seguía allí, de pie, tranquila, modelando el vestido frente al cristal, como si mi presencia fuera un rumor, una corriente de aire, una posibilidad inexistente.
Apoyó una cadera en el canto de la mesa, separó apenas los muslos y pasó la mano por la parte alta de la pierna, subiendo despacio hasta donde la falda ya no dejaba ver nada. Se hundió dos dedos entre la tela y el pubis, no para tocarse del todo, sino para ajustar la costura, para apretar el algodón contra el coño y dejar claro que debajo seguía habiendo calor. Al sacarlos, se humedeció la punta del dedo índice con la lengua, casi con un gesto distraído, y se miró otra vez al vidrio.
Yo noté la polla dar un tirón seco dentro del pantalón. Me ardía la base, el glande, todo. El sudor me pegaba la espalda a la camisa. Tenía la boca seca como papel.
Tres minutos enteros se entretuvo así, mirándose. Elegió por fin el sujetador color carne, se lo puso. Elegió un vestido de un perchero invisible, se lo pasó por la cabeza. Se ajustó la falda, la solapa, el escote. Sacó un pintalabios de algún sitio y se pintó mirando al cristal mismo, los labios formando esa O perfecta que ponen las mujeres cuando se pintan. Esa O fue la última imagen que se llevó mi mañana.
Después desapareció.
***
Cinco minutos más tarde, su puerta de la calle se abrió y salió ella. Mismo vestido, bolso al hombro, gafas de sol. Echó la llave, se giró un instante para comprobar que la puerta había quedado bien cerrada, y aproveché esos cuatro segundos para mirarla por última vez. El vestido le marcaba la línea del culo de un modo que parecía un acto deliberado. Cuando empezó a caminar hacia la izquierda de la calle, me obligué a apartar la vista.
Me quedé sentado, con las manos quietas sobre el teclado, durante un par de minutos. Tenía la cabeza llena de preguntas que no me había hecho nunca antes. ¿Había sido casualidad? ¿Una mujer sola, en su casa, con la confianza de quien se cree invisible, y yo en el sitio equivocado a la hora equivocada? ¿O lo equivocado era exactamente lo contrario? ¿Sabía Ingrid que mi mesa de trabajo daba a su ventanal? ¿Lo había calculado? ¿Era una de esas mujeres a las que les calienta la idea de ser miradas sin tener que decirlo en voz alta?
No tengo respuesta. Pero esta noche, cuando llegue a casa, sé que voy a cerrar la puerta del dormitorio, voy a apagar la luz y voy a recordar cada uno de esos minutos uno por uno, lentamente, con el detalle que da el repaso. La bata, el libro, el pie en el filo del sofá, la pausa frente al espejo, las braguitas negras subiendo por las piernas, la O del pintalabios. Y al día siguiente, a primera hora, voy a abrir mi despacho y voy a sentarme en mi silla giratoria, y voy a fingir que reviso correos con la mirada clavada en cualquier cosa menos en el ventanal de enfrente.
A ver si vuelve.
Si vuelve, ya no será casualidad. Ni del lado de ella, ni del mío.
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