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Relatos Ardientes

Solo quería que la mirara mientras se tocaba

Salía del trabajo un martes por la tarde, de esos en los que el turno termina temprano y la ciudad todavía respira con calma. Llevábamos casi dos semanas escribiéndonos, y se me había vuelto una costumbre peligrosa: revisar el móvil en cada semáforo, en cada pausa, en cada momento muerto, esperando una notificación suya. La conversación había empezado con un mensaje educado a través de un correo —«me encantó lo que escribiste»— y se había ido convirtiendo, día a día, en algo que me costaba esconder en casa.

Ella se llamaba Noelia, aunque ese no es su nombre real. Vivía en un barrio del sur de Sevilla, cerca de un parque grande que yo conocía de oídas. Me había contado que estaba casada, que su marido era buena persona pero que jamás entendería ciertas cosas —que hacía años que no se la follaba como ella necesitaba, que se corría en tres minutos y se dormía—, y que por eso necesitaba un espacio donde nadie la juzgara. Lo entendí perfectamente. Yo también buscaba lo mismo.

Lo que más me atraía de ella no era lo que mostraba, sino lo que insinuaba. Una semana entera de mensajes había subido la temperatura de forma lenta y deliberada, hasta que empezamos a intercambiar fotos con temporizador, de esas que se borran a los pocos segundos y te obligan a mirar con toda la atención del mundo. Fotos de su coño afeitado, de sus tetas pesadas colgando cuando se inclinaba delante del espejo, de un dedo suyo brillante de saliva después de habérselo metido en la boca para mí.

Esa tarde, mientras caminaba hacia el coche, sentí vibrar el teléfono. Cometí el error de abrir la imagen en plena calle: una foto suya, atrevida, con un contador de diez segundos. Estaba desnuda de cintura para abajo, con las piernas abiertas y dos dedos separándose los labios del coño para que se viera todo, rosa y mojado. Me arrepentí al instante de no haber esperado a sentarme, porque la polla se me puso dura al golpe dentro del pantalón. La cerré antes de que ningún transeúnte alcanzara a fijarse en mi pantalla, y caminé deprisa hasta el aparcamiento, tapándome el bulto con la carpeta que llevaba en la mano.

—Casi no he podido verla —le escribí en cuanto cerré la puerta del coche.

—¿No estabas trabajando?

—Salí temprano. Iba por la calle y me puso cardíaco igual. Se me ha puesto dura en mitad de la acera, guarra.

—¿Estás en el coche?

—A punto de arrancar. Y con la polla clavada en la cremallera.

—Demuéstralo.

Solo esas dos palabras bastaron. Con el calentón que llevaba encima, me costó muy poco. Me aseguré de que nadie pasara cerca, me desabroché el pantalón, me bajé el calzoncillo lo justo y me saqué la polla, que ya estaba goteando por la punta. Me acomodé en el asiento y le mandé una foto de cuello para abajo, también con diez segundos de caducidad: la mano rodeándome la verga entera, la piel tirante, el glande brillante de líquido preseminal. Un poco en venganza, lo admito.

Vi que abría el archivo. A los diez segundos apareció el aviso de que había expirado, y casi de inmediato llegó su respuesta.

—Madre mía, cómo me has puesto. Estoy chorreando, en serio.

—No me lo creo.

—¿Quieres comprobar si es verdad?

—Sabes que me encantaría meter la lengua entera para comprobarlo.

Se hizo un silencio largo en el chat. Pensé que se había echado atrás, que el juego había llegado hasta donde tenía que llegar y nada más. Me guardé la polla como pude, incómodo, dura y palpitando contra la tela. Metí la llave, arranqué el motor y me dispuse a salir hacia casa. Y justo en ese instante, el teléfono vibró otra vez.

Era una ubicación. Debajo, un solo mensaje.

—¿Vienes a buscarme?

Se me hizo un nudo en el estómago. Miré el mapa: estaba a quince minutos, en una zona que conocía vagamente. Tardé apenas unos segundos en decidirme. Compartí mi ubicación en movimiento y le escribí una única palabra.

—Voy.

***

Durante todo el trayecto los nervios no me soltaron. Tuve que recordarme a mí mismo que debía respirar, que no pasaba nada, que solo iba a follarme a alguien con quien llevaba días compartiendo más intimidad de la que tenía con casi nadie. La polla se me subía y se me bajaba a rachas contra el volante, imaginándomela de rodillas en el asiento del copiloto con mi verga en la boca. En un cruce estuve a punto de saltarme un ceda el paso por mirar el navegador en lugar de la carretera. Levanté el pie del acelerador y me obligué a calmarme. Disfruta lo que venga, sea lo que sea.

Cuando llegué al punto que marcaba la ubicación, la vi de inmediato. Una mujer de unos cuarenta años, con un vestido largo y negro y un pequeño bolso color teja colgado del hombro, miraba la pantalla del móvil apoyada contra una farola. El vestido se le pegaba a las caderas anchas y le marcaba unas tetas grandes sin sujetador. Levantó la vista, me reconoció por la matrícula que le había mandado y me saludó con la mano. Acerqué el coche al bordillo, quité el seguro y dejé que subiera.

—Hola —dijo, y su voz sonaba distinta a los audios, más grave, más real.

—Hola. ¿Nerviosa?

—Muchísima. ¿Y tú?

—Igual. ¿Qué quieres que hagamos?

Sonrió de medio lado, con una mezcla de timidez y descaro que me desarmó.

—¿Te apetece que juguemos un rato? —preguntó—. Aunque no lleguemos a más.

—Me encantaría —respondí, y era completamente cierto.

Seguí sus indicaciones. Me guio por calles que se iban quedando solas hasta una explanada de tierra detrás de un polígono, uno de esos sitios discretos donde nadie pregunta nada. Aparqué en una esquina apartada, entre dos naves cerradas, con la suficiente penumbra para sentirnos tranquilos. Apagué el motor y dejé solo las luces del salpicadero encendidas.

Nos quedamos hablando. Aunque llevábamos más de una semana escribiéndonos a diario, nunca habíamos conversado de viva voz, salvo por algún audio suelto. Lo que empezó como una charla trivial —el tráfico, los nervios, lo raro y lo emocionante de la situación— fue cogiendo cuerpo poco a poco, hasta que terminamos hablando de lo que cada uno había sentido durante esos días de mensajes.

—De todo lo que te he mandado esta semana —dijo, girándose hacia mí en el asiento—, ¿qué es lo que más te ha gustado?

—Tu sonrisa cuando te haces las fotos —contesté, y ella puso los ojos en blanco como si esperase otra respuesta—. Pero si me pides que sea sincero, la foto en la que te separabas el coño con dos dedos. La que mandaste el jueves.

—¿La de la peca?

—La de la peca —los dos nos reímos.

El chiste venía de unos días atrás. En una de sus fotos yo me había fijado tanto, con tanto detalle, que había descubierto una pequeña peca junto al borde de un labio, casi tocando el clítoris, y se lo había hecho notar. Ella se había muerto de risa porque ni siquiera sabía que la tenía.

—Había que mirar muy de cerca para verla —dijo, mordiéndose el labio.

—Es que miré muchísimo. Me la pelé mirando esa foto tres veces esa noche —y volvimos a reírnos, esta vez con una complicidad que ya no tenía nada de inocente.

—¿Te gustaría verla con más detalle? —preguntó, bajando la voz.

—Me encantaría —respondí.

***

Noelia separó un poco las piernas y tiró de la tela del vestido, deslizándola hacia arriba con una lentitud calculada. Bajo la luz tenue del salpicadero, la piel pálida de sus muslos parecía brillar. Cuando la tela le pasó las caderas confirmé lo que ya sospechaba: no llevaba nada debajo. El coño le quedó a la vista, afeitado, con los labios ya hinchados y una humedad brillante que le mojaba la parte alta de los muslos. La conocía de las imágenes, pero tenerla a un palmo, real, con su respiración audible y el olor a sexo mezclado con su perfume y el aire cerrado del coche, era otra cosa completamente distinta.

Me incliné hacia ella, apoyando una mano en su rodilla para acercarme. Ella me tomó la otra mano y guio mis dedos apenas un instante, no para que la tocara de verdad, sino para mostrarme el sitio exacto de la dichosa peca, justo al borde del labio derecho, a un centímetro del capuchón del clítoris. La yema del dedo me rozó la piel caliente y noté que estaba empapada. Levanté la vista y la miré a los ojos. Tenía las mejillas encendidas y la mirada vidriosa, y con la mano libre se había soltado un tirante del vestido, dejando caer la tela y sacando fuera una teta pesada, con el pezón oscuro y duro apuntando hacia mí.

—¿Me dejas verte? —preguntó con la voz entrecortada—. Sácala. Quiero vértela toda.

—¿No prefieres que te toque yo?

—No. Déjame verte. Por favor.

Había algo en ese «por favor» que me hizo obedecer sin discutir. Me eché hacia atrás, me desabroché el cinturón, me solté el botón del pantalón y bajé la cremallera. Levantando un poco las caderas, me bajé el pantalón y el calzoncillo hasta media pierna. La polla saltó hacia arriba, dura, hinchada, con las venas marcadas y la punta ya húmeda otra vez. Ella soltó un suspiro suave, casi sin querer, y se acercó. Se le abrieron los labios como si fuera a chupármela; por un segundo creí que iba a bajar la cabeza y tragárselo entero, pero no lo hizo. Acercó la cara hasta ponerla a un dedo de mi glande, respiró hondo —olió mi polla, literalmente, con los ojos cerrados— y volvió a su asiento con una sonrisa lenta.

—¿Puedes acariciarte un poco? —dijo—. Cascátela para mí.

—¿Cómo?

—Quiero que hoy lo hagamos así. Que nos toquemos mientras nos miramos, como en una videollamada, pero de verdad. En directo. Sin tocarnos. Yo me toco el coño mirándote la polla, tú te la meneas mirándome el coño, y nos corremos así.

Acepté. Reconozco que había imaginado otra cosa, que la iba a poner a cuatro patas contra la puerta y a metérsela hasta el fondo, que mi cuerpo esperaba enterrarse en ese coño empapado que tenía a treinta centímetros, pero la propuesta tenía un morbo que no había sentido antes. Había algo casi hipnótico en la idea de desearla a un palmo de distancia y no poder cruzar esa frontera invisible.

Ella se recostó contra la puerta, se subió el vestido casi hasta el pecho —quedaron las dos tetas fuera, redondas, cayendo hacia los lados por su propio peso— y se abrió las piernas todo lo que el asiento le permitía. Una la subió al salpicadero, la otra la dobló contra el respaldo. El coño le quedó completamente abierto delante de mí, brillante, con los labios internos asomando rosados entre los externos. Se llevó dos dedos a la boca, se los ensalivó y se los bajó al clítoris. Empezó a frotárselo en círculos lentos, apretándose de vez en cuando el pezón izquierdo con la otra mano.

Yo me acomodé en mi asiento, ladeándome para que también pudiera verme bien, escupí en la palma y me cerré la mano alrededor de la polla. Empecé a subir y bajar despacio, apretando fuerte, girando la muñeca en la corona cada vez que llegaba arriba. Los dos respirábamos cada vez más fuerte, sin disimulo, sin importarnos que el sonido pudiera escaparse por las rendijas de las ventanillas.

—Más rápido —le pedí—. Enséñame cómo te la meterías.

Ella obedeció. Se metió dos dedos en el coño, hasta los nudillos, y empezó a bombearse mientras con el pulgar seguía apretándose el clítoris. El chapoteo se oía por encima del ruido de nuestras respiraciones, un sonido húmedo, obsceno, que rebotaba en los cristales del coche. Cada vez que sacaba los dedos, salían brillantes, con hilos de flujo colgando entre ellos y el coño.

—Joder, cómo mojas —murmuré.

—Es por tu polla —jadeó ella—. Llevo toda la semana imaginándomela dentro. Todas las noches me duermo con los dedos metidos pensando en ti. Sigue meneándotela, no pares.

No apartamos la mirada en ningún momento. Era lo más extraño y lo más intenso a la vez: toda la atención puesta en el otro, sin contacto, solo el deseo viajando de un lado a otro del habitáculo como una corriente. Ella se relamía, observaba cada movimiento de mi mano con una concentración salvaje, y yo me perdía en cada gesto suyo, en cómo se le hundían los dedos en el coño hasta desaparecer, en cómo arqueaba la espalda contra el cristal, en cómo se le tensaban los muslos y el estómago cada vez que subía la intensidad.

—Escúpete otra vez —me dijo—. Quiero verte la polla brillar.

Le hice caso. Junté saliva en la boca, escupí sobre el glande y esparcí el hilo por toda la verga. La mano empezó a resbalar más deprisa, con un sonido húmedo que se le mezclaba al de sus dedos.

—Así, cerdo, así —jadeó—. Enséñame cómo me follarías. Con qué fuerza me la meterías.

Aceleré. Le enseñé con la mano el ritmo con el que se la clavaría, cerrando el puño fuerte alrededor de la corona, embistiéndolo desde la base. Ella imitó el ritmo con sus dedos, follándose el coño más deprisa, gimiendo bajito por la nariz, con la boca abierta y la lengua asomando.

Levantó la pierna más cercana a mí y, con el pie descalzo —se había quitado la sandalia en algún momento que no recuerdo—, me rozó la parte interior del muslo, muy cerca de los huevos, lo justo para recordarme que estaba ahí, que era real. Ese mínimo contacto, lejos de romper el juego, lo hizo arder. Aceleré sin querer. Ella también. El pie le subió un poco más y con el dedo gordo llegó a tocarme apenas la base de la polla y los cojones. No apretó, no agarró, solo dejó el pie ahí, apoyado, sintiendo cómo la verga me botaba contra su piel cada vez que la sacudía la mano.

—Me voy a correr —susurró—. Mírame bien. No apartes la vista.

—Yo también. Enséñame el coño cuando te corras.

Se abrió los labios del coño con la mano libre, separándolos con los dedos en uve, y siguió frotándose el clítoris con la otra a toda velocidad. El clítoris le brillaba, hinchado como un botón duro, y todo el coño le temblaba. No sé cuánto tiempo estuvimos así. El coche se había llenado de un calor espeso, los cristales empezaban a empañarse por dentro, y los dos nos movíamos al mismo ritmo, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo sin decir una palabra. Y entonces sentí que llegaba, de una forma que hacía mucho no sentía, intensa y abrupta, subiendo desde los huevos como un latigazo.

—Ahora —gruñí.

El primer chorro salió disparado y aterrizó en mi propia camisa; el segundo, más largo, me manchó los dedos y la barriga; los siguientes se me fueron escurriendo por el puño mientras seguía apretando la polla, sacándome hasta la última gota. Ella debió de notarlo, porque soltó un gemido ahogado y se tensó por completo, echando la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas. El coño le empezó a contraerse alrededor de los dedos, visible, apretando y soltando, y por la mano se le escurrió un chorrito claro que le mojó el muslo y el asiento. Se corrió mordiéndose el labio, con el cuerpo sacudido por su propio orgasmo justo en el mismo instante que el mío.

Nos quedamos así unos segundos, recuperando el aire poco a poco, mirándonos todavía con la respiración entrecortada. Ella no se sacó los dedos enseguida; los dejó dentro, apretados por las últimas contracciones, y sin dejar de mirarme se los llevó a la boca y se los chupó de uno en uno, limpios. Después, casi a la vez, soltamos una risa floja, esa risa nerviosa que llega cuando se rompe una tensión enorme.

—Uffff —murmuró ella, y miró rápidamente a un lado y al otro, comprobando que nadie nos hubiera visto desde fuera.

Al confirmar que la explanada seguía vacía y oscura, se relajó. Se acomodó el vestido sobre las tetas todavía enrojecidas, se recogió el pelo con las dos manos y me miró con una expresión a medio camino entre la vergüenza y la satisfacción. Yo me limpié como pude con un pañuelo del salpicadero, la corrida ya enfriándome en la piel, y me subí el pantalón.

—No me lo esperaba —confesé—. Pero ha sido… otra cosa.

—Eso era exactamente lo que quería —dijo—. Que alguien me mirara de verdad, mientras me corría. Sin más. La próxima vez —añadió, pasándome un dedo por la mancha húmeda que me había quedado en la camisa— te la chupo hasta el último resto.

—Prometido.

Arranqué el coche y la llevé de vuelta al sitio donde la había recogido. Durante el camino apenas hablamos, pero el silencio era cómodo, lleno. Antes de bajarse, se inclinó y me dio un beso suave en la mejilla, y luego, con la boca pegada a mi oreja, susurró:

—Todavía la tengo empapada. Voy a llegar a casa y voy a acabar otra vez pensando en tu polla.

—¿Repetimos otro día? —preguntó ya en voz normal.

—Cuando quieras —respondí.

La vi alejarse por la acera con su vestido negro y su bolso color teja, mirando el móvil otra vez, seguramente buscando ya las palabras del próximo mensaje. Y supe, mientras la veía desaparecer en la esquina, que esa frontera invisible que no habíamos cruzado —esa polla que no le había metido, ese coño que no había probado— iba a perseguirme durante muchas noches.

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Comentarios(7)

Dario_mdp

increible relato, me tuvo pegado hasta el final!!

NocheProfunda44

Por favor seguí con esto, quedé con muchas ganas de saber que paso despues

Claudio_B

El voyerismo bien contado es otra cosa. Acá se siente real sin ser burdo, eso es dificil de lograr. Muy bien.

Nico_lector33

buenisimo, se me hizo corto

lurker_felix

Nunca me había parado a pensar en ese tipo de situacion pero despues de leer esto... jaja, digamos que entiendo la idea

Gustavo_R

Excelente! el ritmo es perfecto, no sobra nada. Seguí escribiendo así

KlepaGris

Esperando ansioso la continuacion. Quedé enganchado desde el principio

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