Me toqué en el autobús y aquella pareja me miraba
Todavía me acuerdo de la tarde en que el calor me ganó dentro del autobús. Era un día cualquiera de febrero, de esos en que el aire no se mueve y la ropa se pega a la piel como una segunda capa. Llevaba una falda corta de algodón, y el sudor me bajaba por los muslos hasta que la tela se me ajustó al trasero, marcándolo más de lo que yo hubiera querido en público.
Subí en la última parada del centro, cuando el autobús todavía iba lleno. Tardé varias cuadras en conseguir asiento, agarrada a la barra, sintiendo cómo cada frenada me empujaba contra los cuerpos de los demás. Cuando por fin se desocupó un lugar junto a la ventanilla, me dejé caer con un suspiro de alivio.
Al otro lado del pasillo iba una pareja. Él tendría unos treinta años, de barba corta y campera abierta; ella, el pelo recogido en una cola desordenada y unos jeans gastados. Se notaba que volvían de algún lado juntos, porque él le sostenía la mano sobre el muslo y le acariciaba los nudillos con el pulgar, distraído, como quien hace algo mil veces. Me parecieron tiernos. Esa clase de cariño automático que solo existe cuando dos personas se conocen de memoria.
Las cuadras fueron pasando y el autobús se fue vaciando. En cada parada bajaba gente, y al cabo de un rato quedábamos apenas un puñado: ellos dos, yo, una señora mayor sentada bien adelante de espaldas a todos, y el chofer con los auriculares puestos.
Entramos en una avenida en reparación, con el asfalto levantado y baches por todos lados. El autobús empezó a brincar y a vibrar, y los asientos temblaban con cada pozo. El temblor me subía desde el respaldo y se me metía entre las piernas de una manera que me cortó la respiración.
Qué bien se siente esto. Me están dando unas ganas terribles de tocarme.
Intenté ignorarlo. Apreté las rodillas, miré por la ventanilla, conté carteles. Pero el calor, el vaivén y esa vibración constante eran demasiado. Bajé la mano con disimulo y la deslicé por debajo de la falda. La ropa interior estaba húmeda, y no era solo por el sudor. Me acaricié por encima de la tela, lento, dejando que el movimiento del autobús hiciera la mitad del trabajo.
Cerré los ojos un instante y me concentré en esa presión tibia que iba creciendo. Cada bache era una sacudida que me empujaba más cerca del borde. Pensaba que nadie podía verme, que el respaldo del asiento de adelante me tapaba lo suficiente.
Entonces sentí una mirada.
Abrí los ojos y giré la cabeza. Era ella, la chica de la pareja. Su novio se había quedado dormido contra la ventanilla, la boca entreabierta, ajeno a todo. Pero ella estaba bien despierta, y no me miraba a la cara. Tenía los ojos clavados entre mis piernas, justo donde mi mano seguía moviéndose.
El primer impulso fue cerrar las rodillas de golpe y fingir que no pasaba nada. Pero ese pensamiento se deshizo en cuanto la vi pasarse la lengua por el labio inferior, despacio, casi sin darse cuenta de que lo hacía. No era una mirada de reproche. Era hambre.
Miré alrededor. La señora de adelante seguía de espaldas. El chofer cantaba bajito una canción que solo él escuchaba. No quedaba nadie más. Y algo en mi pecho hizo clic.
Decidí darle lo que estaba buscando.
Me acomodé en el asiento, girándome apenas hacia ella, y dejé que mis rodillas se separaran un poco más. Con dos dedos aparté la tela del costado de mi ropa interior, que a esa altura era poco más que un cordón, y me metí el dedo índice. La piel se me erizó entera. Me estaba acariciando para una completa desconocida, en un autobús, a media tarde.
La expresión de su cara me encendía más que mi propia mano. Tenía las mejillas rojas y respiraba por la boca. Cuando por fin levantó los ojos y me miró de verdad, a los ojos, saqué el dedo, mojado, y me lo llevé a los labios. Lo lamí despacio mientras le guiñaba un ojo.
Un gemido bajo se le escapó. Recién entonces me di cuenta de que ella también había bajado una mano hasta su entrepierna y se tocaba por encima del jean.
***
La señora de adelante eligió ese momento para darse vuelta. Me lanzó una mirada que, de haber tenido balas en los ojos, me habría dejado tirada en el pasillo. Me dio tanta gracia que casi me río en voz alta, pero no paré. Al contrario, seguí, sosteniéndole la mirada hasta que ella resopló indignada y volvió a clavar la vista al frente.
Cuando giré de nuevo hacia la pareja, el chico se había despertado. Estaba mirándome, y por el bulto que se le marcaba en el pantalón quedaba claro que le gustaba lo que veía. Esperé que ella se pusiera celosa, que le diera un codazo, cualquier cosa. En cambio, hizo lo contrario: le puso la mano encima, sobre la tela, y empezó a acariciarlo mientras lo guiaba con la otra mano hacia su propio cuerpo.
Qué escena tan rica tengo delante.
Una pareja tocándose por mí y para mí, los dos pendientes de cada movimiento de mis dedos. Yo era el centro de algo que ni siquiera había planeado, y la sensación de poder me subió por la espalda como una corriente.
El bulto del chico se puso tan duro que la tela ya no alcanzaba a disimularlo. Sin dejar de mirarme, se desabrochó el pantalón apenas, lo justo para aliviarse, y dejó la mano de ella trabajando sobre la piel. Me quité la ropa interior de un tirón, me giré de costado en el asiento y les regalé la vista de mi trasero desnudo apoyado contra el cuero gastado.
El autobús se detuvo en una esquina. La señora de adelante se levantó refunfuñando y bajó por la puerta delantera. Las puertas se cerraron con un suspiro hidráulico, y de pronto fuimos solo nosotros tres y un chofer que no nos prestaba la menor atención, perdido en su música y en una conversación telefónica con manos libres.
Ya no había nada que nos frenara.
***
Me puse de pie, sosteniéndome de la barra, y avancé un paso hacia el pasillo. El chico iba del lado de afuera, y cuando me acerqué no tardó en estirar la mano. Sentí sus dedos recorrerme la curva de la cadera, bajar, tantear. Estaba ansioso, casi torpe de las ganas, y yo quería complacerlo tanto como él a mí.
Su novia se inclinó sobre él y empezó a usar la boca, sin dejar de mirarme ni un segundo, como si necesitara mi aprobación para cada cosa que hacía. Él tenía una mano enredada en el pelo de ella y la otra entre mis piernas, dos dedos explorando con una urgencia que me hizo morderme el labio para no gritar.
Me planté frente a él, abrí más las piernas y dejé que tomara el control. Metió los dedos despacio primero, después con un ritmo que me sacó el aire. La chica, al verlo, soltó lo que estaba haciendo y se llevó la mano a su propio clítoris, frotándose mientras alternaba la mirada entre la mano de su novio y mi cara.
Los tres respirábamos al mismo compás, sacudidos por los baches, encerrados en esa burbuja de calor y piel. Yo sentía que no aguantaba más. El movimiento rápido de sus dedos, la mirada de ella, el saber que cualquiera podía subir en la próxima parada y encontrarnos así: todo se juntó de golpe.
El orgasmo me llegó con una sacudida que me dobló las rodillas, intenso y húmedo, y tuve que aferrarme a la barra para no caerme. La chica empezó a temblar casi al mismo tiempo, la boca abierta, ahogando los gemidos contra el hombro de su novio. Él fue el último, con un estremecimiento largo que dejó su huella en la tela del pantalón y en el asiento.
Quedamos los tres en silencio, agitados, mirándonos sin saber muy bien qué decir. Era una escena obscena y absurda, hermosa a su manera: había encendido a una pareja de desconocidos y los había dejado tocarme en un autobús medio vacío.
***
Tenía muchas ganas de seguir, de bajarme con ellos en cualquier parada y averiguar hasta dónde podía llegar la cosa. Pero el cartel de mi esquina ya asomaba por la ventanilla. Junté mis cosas, me alisé la falda como pude y caminé hacia la puerta.
Antes de bajar me detuve un segundo junto a ellos. Tomé la ropa interior que me había quitado, todavía tibia, y se la dejé a la chica en la mano, cerrándole los dedos encima. Ella se la llevó a la cara sin pensarlo, y la última imagen que tuve antes de que la puerta se cerrara fue la de ella aspirando la tela con los ojos cerrados, mientras su novio la observaba con una sonrisa que prometía una larga noche.
Llegué a casa todavía temblando. No alcancé ni a sacarme los zapatos: me encerré en la pieza y me toqué otra vez, repasando cada gesto, cada mirada, cada respiración entrecortada de esos dos extraños.
Volví a tomar ese mismo autobús muchas tardes después, a la misma hora, buscando entre las caras la barba corta de él o la cola desordenada de ella. Esperaba que el encuentro se repitiera, que mejorara, que se convirtiera en algo más. Pero nunca los volví a ver.
A veces pienso que fue mejor así. Que lo que pasó esa tarde de febrero existió justo lo necesario para ser perfecto, y que repetirlo solo lo habría arruinado. Otras tardes, cuando el calor aprieta y siento el respaldo del asiento vibrar bajo los baches, no estoy tan segura. Y me sorprendo escudriñando el pasillo, por si acaso.





