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Relatos Ardientes

Grabamos todo en nuestra última noche de playa

Esa mañana —bueno, más bien al mediodía, porque otra vez se nos había escapado el sol después de acostarnos al amanecer— me despertó un cosquilleo tibio entre las piernas. Entreabrí los ojos y vi a Lucía dándome pequeños lametazos, concentrada como una gata bebiendo agua. Resultaba hasta tierno. No evitó que, en cuestión de segundos, la tuviera completamente dura.

—Pero, cariño… —murmuré, acomodándome contra la almohada.

—Hola, papi —me saludó ella con esa vocecita de niña buena que tan bien usaba.

—¿Estás cachonda o qué?

—¡Mucho! —contestó, y saltó encima de mí plantándome los pechos en la cara.

Se cogió un seno y me lo metió en la boca, apretándome la cabeza contra ella, obligándome a chuparle el pezón. Obedecí sin resistirme. Mordisqueé despacio mientras notaba su sexo húmedo deslizándose sobre mi muslo.

—Ya —dijo de pronto, separándose y dejándose caer boca arriba con un suspiro—. Esta noche cerramos la promesa.

—Si llegas —respondí, y pasé dos dedos por su entrepierna para enseñárselos empapados.

—Claro que llego —me cogió la mano con ironía—. Anoche me follaron por todos lados. ¿Cómo no voy a estar así?

En eso tenía toda la razón.

—Te propongo una cosa —dijo, pasándome sus dedos húmedos por los labios—. Hoy es el último día. ¿Y si nos dejamos llevar y vemos hasta dónde llegamos?

La propuesta me puso a mil. Mi erección, que empezaba a ceder, volvió a su esplendor.

—Vale —respondí con cierto temor—. Pero hay que aguantar hasta la noche.

—Hecho —contestó, y se subió de nuevo, insertándose mi polla muy despacio con un gemido largo—. Empecemos.

Lucía empezó a cabalgarme sin prisa. Cada bajada la sentía entera, hasta el fondo. Sus pechos rebotaban y, cuando le di la primera palmada, soltó un gritito. La agarré del pelo y tiré hacia atrás; su espalda se arqueó como un puente.

—¡Joder, papi! —jadeó, y se dio la vuelta para seguir cabalgándome de espaldas—. ¡Azótame!

La obedecí. Uno, dos, tres, primero contenidos, luego con todas mis fuerzas. Su culo se fue poniendo rojo y ella pedía más. El último golpe me llevó al borde, pero conseguí separarme a tiempo. No era la primera vez que jugábamos así, ni mucho menos, pero seguía encendiéndome cuando me lo pedía.

—Al poste, cariño —le dije medio riendo, recobrando el aliento. No sé cómo, pero no me había corrido.

—¿Un rato de playa, papi? —preguntó, levantándose ya de la cama.

—Sí. Me vendrá bien un baño.

***

Lucía repitió el tanga del día anterior, esta vez con un top diminuto que apenas le cubría los pezones, y un vestido de tiras. Caminamos hasta quedarnos cerca del chiringuito. Entre cerveza y cerveza jugábamos a lo de siempre: observar a la gente e inventarles historias.

Nos fijamos en un grupo que jugaba en el agua con una colchoneta: dos chicos y una chica, todos veinteañeros largos. A mí me llamó la atención ella, menudita y muy delgada, con un pecho desproporcionado.

—Mira, mami. ¿Cómo puede tener esas tetas con ese cuerpo? —comenté.

—Estaba pensando lo mismo —respondió—. Son operadas. Fíjate, ni se le mueven al correr.

Uno de los chicos y la chica parecían pareja; al poco se fueron a tumbar a la arena, dejando al tercero solo con la colchoneta. Lucía se quedó mirándolo unos segundos.

—Voy a preguntarle a su amigo —dijo sin mirarme, y se metió en el mar.

Llegó hasta él y se puso a charlar. Desde la toalla no oía nada, pero en un momento dado se quitó el top y se levantó los pechos con las dos manos. No pude evitar reírme: ya sabía de qué iba la conversación. Decidí acercarme. A mitad de camino vi cómo le cogía las manos al chico y se las ponía sobre el pecho, animándolo a apretar. Él, claro, lo hizo.

Llegué hasta ellos y abracé a Lucía por la cintura, apoyando el mentón en su hombro. El chico, que no me había visto venir, le soltó las tetas de golpe.

—¿Qué tal, mami? —pregunté.

—Bien, papi. Aquí, charlando con mi nuevo amigo —respondió, guiñándome un ojo—. Resulta que está soltero y que cumplió veinticuatro la semana pasada. Le preguntaba si las de su amiga eran de verdad, y me dijo que ni idea. Así que le enseñé que las mías sí lo son.

—Pues felicidades atrasadas —le dije al muchacho.

—Gracias —contestó, ya más suelto.

—Eso, que aún no te lo había dicho. Felicidades —añadió Lucía, cogiéndolo de la nuca y acercando su boca a la de él, despacio, dándole tiempo a apartarse.

No se apartó. Fue él quien se lanzó a besarla con ganas, sin soltarle el pecho. Lucía lo agarró del culo y lo pegó contra su cuerpo. Cuando se separaron, le metió la mano en el bañador y se la sacó.

—¡Vaya! —exclamó—. Con esto no vas a tener problema para echarte novia.

El chaval sonrió, henchido de orgullo. Era justo lo que ella buscaba. Empezó a masturbarlo mientras yo hacía de pantalla. Le cogió la mano y se la guió por dentro del tanga.

—¿Es el primer coño que tocas? —le preguntó. Él asintió con los ojos cerrados—. Pues disfrútalo.

No duró ni un minuto. Con un gemido que ella intentó callar tapándole la boca, el chico explotó. El primer chorro fue a parar al ombligo de Lucía; el resto le escurrió por la mano.

—Espero que te haya gustado tu regalo de cumpleaños —le dijo, besándole la frente.

El muchacho asintió y se marchó hacia sus amigos, que lo recibieron con cara de asombro. Lucía se limpiaba la barriga tan tranquila.

—Si la tetona hubiera sido la soltera, te habría tocado a ti —comentó con una sonrisilla.

—Vaya… qué mala suerte tengo —respondí con ironía.

***

La tarde pasó sin nada que destacar y, al anochecer, nos despedimos de la playa con cierta nostalgia. Cenamos algo ligero y nos preparamos para el ritual de la última noche.

—Hoy, cómoda —dijo Lucía saliendo del baño con unos vaqueros ajustados que le marcaban el culo y una camiseta de licra, sin sujetador.

—Perfecta, como siempre —le di un azotito al pasar.

Nos quedamos por la zona; queríamos beber más que caminar, así que paramos en el primer local que nos gustó. Estaba abarrotado. Encontramos una mesa y empezamos a beber en serio. Era nuestra última noche y lo íbamos a dar todo. Entre bromas cada vez más subidas de tono, el alcohol fue soltándonos.

Cuando se acabaron las cervezas, Lucía se ofreció a ir a la barra. La seguí con la mirada, pensando que esa mujer estaba tremenda llevara lo que llevara. El camarero tardaba, y un tipo se le acercó. Ella no esquivó la charla; al contrario, sacó sus gestos más coquetos. Volvió a los dos minutos.

—Te ha molado el tío ese —le dije.

—La verdad es que sí —contestó. Era parecido a mí: moreno, delgado, de mi estatura, algo más joven—. Cinco minutos más y me lo ligo.

Solté una risita.

—¿Crees que no? —me miró seria.

—Claro que sí, cariño. Podrías ligarte a quien quisieras. Pero ¿en cinco minutos…?

—Dame tu móvil —dijo. Lo trasteó y lo dejó sobre la mesa con un cronómetro de cinco minutos—. Si se acaba el tiempo, me llamas. Si no, gano yo.

—Vale —respondí, sin saber muy bien qué decir.

Activó el contador, se colocó bien las tetas y fue directa hacia él. Coqueteos, sonrisas, caricias leves. Uno, dos, tres, cuatro minutos. Antes de que sonara la alarma, lo cogió de la mano y se lo llevó hacia los baños. Le sobró tiempo.

Tardó como un cuarto de hora. Me dio hasta para pedir otra cerveza y volver a la mesa sin quitar el ojo de la puerta. Por fin la vi salir, con el pelo alborotado y paso firme. Se sentó a mi lado con un suspiro largo.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

—Que gané la apuesta y fui a por el premio —dijo sin mirarme.

—¿Y qué más?

—¿De verdad quieres saberlo? —ahora sí me miró a los ojos.

Asentí. Yo había entrado al juego, tocaba apechugar.

—Le hice una paja —empezó.

—¿Solo? —pregunté, relajándome un poco.

Su silencio me volvió a tensar.

—No —respondió, encogiéndose de hombros, y me puso la mano en la pierna—. Mi idea era esa y listo, pero la cosa se calentó. Me cogió del cuello, papi. Sabes que eso me pone.

La polla se me puso como una piedra.

—Explícate —le dije.

—Le estaba haciendo la paja cuando me agarró del cuello y me empujó contra la pared. No pude evitar bajarme los pantalones. Necesitaba que me tocara.

—¿Te ha follado? —pregunté entre excitado y nervioso.

—¡Sí! —casi eufórica—. Me la metió a la primera, hasta me dolió de lo fuerte que lo hizo.

—¿Te corriste?

—No. Supe parar a tiempo. No quería perder —guiñó un ojo.

—¿Y él?

—Sí.

—¿Dentro de ti?

—Más o menos.

La respuesta me dejó intranquilo. Entonces Lucía abrió la boca y se señaló el interior con el dedo.

—Lo siento, papi. Me puso muy cachonda la situación.

La creí. Tragar no era de lo que más le gustaba; conmigo tenía que estar muy al límite para hacerlo. Vi en su cara cierto arrepentimiento.

—Me parece bien, mami —dije, cogiéndola de la barbilla—. En tu coño solo me corro yo.

Que hubiera aguantado sin correrse, después de tantos días, para que lo hiciéramos juntos, me pareció hasta tierno. Esos pensamientos me calmaron.

***

Me levanté a por otras cervezas y una mano en el hombro me detuvo.

—¡Hola! ¿Qué tal? —me giré y de primeras no lo reconocí. Soy malísimo con las caras. Pero al ver a la pareja que lo acompañaba caí: eran Daniela y Hugo, los de la segunda noche en el local de música latina. Él, casi dos metros; ella, una morena espectacular.

—¡Ey! Buenas. ¿Qué tal? —respondí.

—Buscando mesa para tomar algo —dijo Hugo.

—Mi mujer está allí. Si no os importa compartir, estáis invitados.

—Sería un placer.

Volví con cuatro cervezas. Mientras me sentaba, no pude evitar repasar a Daniela: más grande que Lucía en todos los sentidos, con un vestido negro que le marcaba unas curvas imposibles. Lucía me pilló embobado, pero solo sonrió.

La conversación fue subiendo de nivel: posturas, gustos, fantasías. Hasta que Daniela soltó la chispa.

—A mí me daría mucho morbo que nos grabaran follando —dijo con su voz dulce.

—Eso es fácil, nosotros lo hemos hecho —contestó Lucía buscando mi complicidad—. Coges el móvil y listo.

—No, que alguien nos grabe y nos dé indicaciones, como en una peli porno —prosiguió Daniela, tímida. La mirada de Hugo dejaba claro que el tema ya estaba hablado.

—Os ayudamos nosotros, que ya hay confianza, ¿no? —lanzó Lucía, acariciándose por encima de los vaqueros antes de pasar la mano a mi entrepierna.

—Algo de confianza ya hay —rio Hugo, recordando aquella noche.

—Pues ya está —dije, apurando la cerveza. Me vine arriba.

***

Su hotel estaba enfrente. Subimos a la habitación sin mediar palabra. Hugo lanzó su móvil a la cama y la pareja empezó a besarse. Lucía cogió el teléfono, se tumbó y comenzó a grabarlos. Me eché a su lado.

Se desnudaron mutuamente delante de nosotros: él, muy trabajado en el gimnasio; ella, pura curva. Cuando empezaron a masturbarse el uno al otro, la temperatura subió. Lucía fue la primera en quitarse los vaqueros; la seguí. Nos tocábamos sin que ella dejara de grabar.

A Hugo le gustó la escena. Empujó a Daniela contra la cama, le levantó la cintura y se puso a lamerle el sexo, dejándola en pompa a un palmo de mi mujer.

—Toma —me dijo Lucía, pasándome el móvil. Se deslizó hasta que la cara de Daniela quedó a la altura de su entrepierna, le sujetó la cabeza y la guió. Ella no protestó: empezó a lamerla.

Lucía siempre había dicho que no se veía capaz de hacerle sexo oral a otra mujer, pero recibirlo era otra cosa. Apretaba la cara de Daniela contra su coño mientras gemía. Yo no perdía detalle desde la pantalla, sin saber qué me ponía más: verlas o ver la cara de placer de mi mujer.

De pronto Lucía se incorporó y le soltó un azotazo a Daniela que resonó en la habitación.

—Le toca —dijo, señalándome y cediéndome el sitio.

Ocupé su lugar y Daniela, sin objetar, me la metió hasta la garganta. No pude callar un gemido al notar sus labios casi en mi pubis. Mamaba con ganas. Me giré y vi a Lucía indicándole a Hugo que ahora le tocaba a ella; él no dudó.

—Tenemos buenos esclavos —me susurró Lucía al oído, entre risas y suspiros.

—Ya ves —contesté como pude.

Nos besamos mientras nos comían a los dos. Al rato, Hugo se incorporó, tiró de las piernas de Lucía hasta el borde de la cama y se preparó para follársela. Solo entonces me di cuenta de lo descomunal que la tenía. Por la cara de Lucía, ella tampoco se había fijado. Miré de reojo a Daniela y entendí de dónde le venía la práctica.

Hugo la abrió de piernas y se la metió de una embestida. Lucía soltó un grito desgarrador que la dejó sin aire. Él esperó a que recuperara el aliento y, cuando ella lo miró a los ojos, no paró. La folló con fuerza durante varios minutos mientras mi mujer clavaba las uñas en las sábanas.

No iba a ser menos. Puse a Daniela a cuatro patas, con la cabeza junto a la de Lucía. Le di una palmada en el sexo y se la metí entera; el grito subió de volumen. La penetré con fuerza, sus enormes pechos aplastados contra el colchón. Sus gemidos se mezclaban con los de mi mujer hasta confundirse. Lucía y yo nos cruzábamos miradas cómplices, como si aquello fuera una competición. Y yo sabía quién no iba a perder.

Cogí a Daniela del pelo y le pegué la cara a la almohada, dejándola más arqueada. Pasé un dedo por su sexo empapado y, con su propio flujo, le lubriqué el otro agujero. Se lo metí despacio; soltó un grito ahogado, mezcla de placer y de algo de dolor, y lo mantuve quieto unos segundos.

—Aguanta, mami —le dije a Lucía, que apretaba los ojos al borde del orgasmo. Asintió como pudo.

Aceleré en Daniela sin dejar de mover el dedo. Bastó un minuto para que llegara al éxtasis con un gemido largo; sentí su corrida caer sobre mi abdomen. Estuve a punto de irme yo también, pero aguanté. Si Lucía aguantaba, yo también.

—Yo también estoy a punto —avisó Hugo, bajando el ritmo.

Justo entonces Lucía se separó de él, se dio la vuelta y se lanzó a chupársela. Él se sorprendió, pero no se quejó. Mi mujer se puso a cuatro patas, dejando la entrepierna frente a mí, masturbándose el clítoris con una mano mientras con la otra lo engullía.

Capté el mensaje. Sin dudar, salté hacia ella y se la metí. Pensar que los flujos de Daniela y los suyos se mezclaban en su interior me dio un morbo brutal. Empecé a follármela con fuerza.

Hugo apretaba la cabeza de Lucía hacia abajo. Con un grito sonoro, descargó. Cuando terminó, ella se sacó la polla de la boca dejando caer parte del semen mientras tosía.

—Papi —dijo, girándose hacia mí, sin necesidad de añadir nada más.

La cogí de la cintura y le di las últimas embestidas, rápidas. La agarré del cuello con las dos manos y la apreté contra la cama en el empujón final.

—¡Joder! —gritamos los dos a la vez.

El orgasmo conjunto fue espectacular. Descargué dentro de ella todo lo acumulado de esos días en una corrida larguísima. Lucía, temblando, con la piel erizada, se desmoronó boca arriba conmigo encima.

Tardamos un minuto en volver a la realidad. Cuando giramos la cara, vimos a Daniela enfocándonos con el móvil, sonriente. Lo había grabado todo.

***

Nos vestimos los cuatro, nos despedimos con cariño e intercambiamos teléfonos para compartir el vídeo. Otra vez se nos había hecho de día. Caminamos despacio hacia nuestro hotel, yo abrazado a su cintura, ella apoyada en mi hombro.

—No se han dado nada mal estas vacaciones —comenté, besándole la mejilla.

—La verdad es que no.

—Hemos zanjado muchos temas.

—No todos —respondió tras un silencio.

La miré arqueando una ceja, sin entender, pero ella no me devolvió la mirada.

Nada más entrar, Lucía empezó a desnudarse con avidez. Se quitó la camiseta, los vaqueros, y se inclinó sobre la cama con el culo en pompa. Al bajarse las bragas, vi mi semen goteándole por el interior. Se metió dos dedos, los sacó embadurnados y empezó a acariciarse el otro agujero con ellos. Tomó aire y se introdujo uno despacio, luego otro, moviéndolos en círculos hasta sentirse lista.

—Ven, cariño —dijo, mirándome.

—¿Seguro? Recuerda la última vez.

Solo asintió.

—Mami, que no hace falta, que ya sabes que…

—Papi, por favor —me interrumpió, volviendo a humedecerse los dedos.

Me acerqué y me planté con la polla erecta frente a su entrada. La verdad es que yo también lo deseaba. Empecé a metérsela poco a poco; esta vez noté menos resistencia. La oía respirar hondo. Seguí hasta tenerla completamente dentro.

—Quiero que te corras dentro —pidió.

—Cariño, sabes que para correrme tengo que ir rápido.

Alcanzó la almohada y se la acercó a la cara.

—Inténtalo.

Empecé a moverme, cada vez más rápido. La escuchaba gemir contra la almohada. Le metí los dedos por delante y la masturbé con fuerza mientras aceleraba las embestidas. Sus gritos quedaban amortiguados por la tela.

Decidí dárselo todo. La penetré hasta el fondo y, no sé si por todo lo vivido o por la imagen de tenerla así, necesité mucho menos de lo que creía. En una última embestida ella gritó y yo sentí cómo me vaciaba dentro. Era la primera vez que me corría así con ella. No dejé de masturbarla hasta que su orgasmo le escurrió por las piernas.

La saqué con cuidado, la abracé y la dejé caer en la cama conmigo. Vi un par de lágrimas resbalando por su mejilla.

—Lo conseguiste, mami —le dije, secándoselas.

—Sí, papi —respondió con la respiración entrecortada—. Lo conseguí.

Nos besamos despacio. Esa fue la última aventura de nuestras vacaciones en la playa. Unas vacaciones que cambiaron nuestras vidas, o por lo menos, nuestra forma de entender el deseo.

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Comentarios(7)

LucasMar_88

que relato!!! me enganche desde el primer parrafo y no pude soltar el telefono hasta el final

vacaciones23

me recordo a unas vacaciones con amigos hace unos años jajaja. La apuesta me mato de risa antes de lo que vino despues

LectoraFurtiva

Por favor que haya una segunda parte... quede con ganas de saber como termino todo aquella noche

RamonNocturno

Lo de grabar todo le da un morbo especial al relato. Muy bien llevado, se siente real

NatiConf

excelente!!! seguí publicando

AndresMZA

El giro del final no me lo esperaba para nada. Cuando sale la continuación??

TiburonAzulBA

Lo que mas me gusto fue el arranque, esa apuesta tonta que deriva en algo tan intenso. Le da coherencia a todo

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